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La Almudaina, 9 de enero de 1913
BERNAREGGI, Francisco, "NARRACIONES DE ALDEA"
Una
tarde de junio llegué a Sa Calobra, caserío escondido entre
olivares, huertas de naranjos y frescuras de parras.
Fue una
tarde luminosa y tibia; y había una suavidad, una blancura
de tonos en el ambiente, que tamizaba en las armonías más
sutiles los peñascales y vigorosas siluetas de la sierra.
Dos
meses hacía que peregrinaba por aquellas montañas. Había
trepado por despeñaderos al borde de precipicios que se
perdían en abismos de mar. Había contemplado barrancos
colosales rajados por grietas enormes; - desprendimientos,
derrumbaderos, cataclismos espantosos; y en el desbarajuste
de peñascos y rocas desmoronadas, hechos pedazos, se
arrastraban en torturadas inquietudes estatuarias, olivos de
troncos blancuzcos y viejos como osamentas prehistóricas.
Por
acantilados imponentes, me interné en cuevas y cavernas
luciferinas pero, como no quiero asombrar con fantasmagorías
pretenciosas dejaré inédita tanta belleza, para seguir
contando que no era todo drama y tragedia en el paisaje.
También
había montes tupidos de bosques. Pinares espléndidos que se
esparramaban hasta los arenales de la playa. Brisas
perfumadas por lentiscos y romeros; ráfagas olorosas que se
desvanecían en el valle entre gorgeos.
Había
también rincones de encanto y de ensueño - caminos
deliciosos; sendas ideales sombreadas de mirtos floridos-.
Torrentes con frondosidades de álamos y almas; arroyos con
remansos que reflejaban los árboles cuajados de fruta que
asomaban por las tapias de las huertas.
Gorchs
de márgenes tranquilos y magníficos copiaban la suntuosidad
del incomparable Torrent de Pareys. La soledad augusta, el
silencio tan soberano de estos lugares que, el vuelo de una
paloma deja ecos en las peñas, era sólo profanado por mis
pasos.
Ansioso
de nuevas perspectivas y sorpresas, me encaramaba por
resquebrajaduras y aristas, hasta alcanzar las cimas más
elevadas.
A vista
de halcón, había gozado de espectáculos soberbios, fantasías
locas de luces y colores.
En el
fondo de los despeñaderos cubiertos de laureles silvestres y
retamas, se dibujaba el cauce del Torrent esmaltado por
gorchs de Turquesas y de esmeraldas.
Aguas
opalinas se deslizaban mansamente, relumbrantes al sol en
chisporraleas de pedrerías. A lo lejos; los desfiladeros se
estrechaban juntando poco a poco la brecha gigantesca que
separa Cosconá de las vertientes del Puig Mayor. La luz
dorada que inundaba el paisaje, iba enfriándose en las
tenebrosas angosturas de Sa Fosca. En el horizonte; se
esfumaban las cresterías de la cordillera de Lluch,
coronadas por cúmulos heroicos de blancuras de díamelos y
gardenias. Era un cielo triunfal con nubes de gloria.
Después
de mis correrías por estos parajes de maravilla, regresaba a
Sa Calobra empapado de sol y con el alma llena de emociones.
Al
acercarse a la aldea, salía a mi encuentro con ladridos de
júbilo interrumpidos por carreras y roncos, Colom, un perro
de pastor. Sus saltos de alborozo ahuyentaban las gallinas
que picoteaban la hierba.
Llegaba
a casa; y bajo el parral exuberante de pámpanos y de racimos
me sentaba a saborear su sombra. (Los racimos no estaban
maduros todavía).
Una paz
bíblica envolvía el lugar. Cuando Madó Margalida bajaba de
la fuente con la jarra empañada por la frescura del agua, me
ofrecía un vaso que bebía con deleite. Luego, daba una
vuelta por C’an Carbeseta, C’an Negus, C’an Puput, hasta
pararme en C’an Termes. Con l’amo n’ Lluch comentábamos
fumando cigarrillos los últimos sucesos: los crímenes
cometidos la noche anterior por una geneta que había
degollado a dos conejos y tres gallinas. La pesca milagrosa
de Juan d’es Recó que por las inmediaciones de Sa Vaca,
habían apresado en gambins no se cuantas langostas y una
cantidad fabulosa de meros.
Agotados
los temas de actualidad l’amon Lluch solía contarme cosas e
historias de la comarca. Hazañas de tiempos muy viejos; de
los que cada cueva, cada cingle guarda en recueri; y cada
atalaya de la costa una leyenda.
Las
tardes se apagaban en crepúsculos perlas, rosas y
heliotropos - callaban las cigarras- la oscuridad borraba
árboles y montes, y con las primeras estrellas empezaban a
cantar los grillos.
Por la
noche, amos y madonas, fradinas y misatjes nos reuníamos en
c’an Termes. En sa carrera, sentados al fresco (no siempre
ha de ser alrededor del fuego de las viejas cocinas
payesas), estábamos casi todos los vecinos.
En el
grupo, se destacaba un tipo muy curioso; de un buen humor a
chorros. Sen Pep. Sus ocurrencias y sus chascarrillos eran
coreados por risas y carcajadas. Para él no había
imposibles.
Lo mismo
se baila unos boleros con la soltura y agilidad de un joven,
que entonaba copeos y jotas. Los años y sus canas no pesaban
ni le entristecían. Cuando la primera guerra de Cuba en un
combate le dejaron abandonado por muerto. En Mancor,
trabajando en una mina quedó sepultado entre escombros de un
hundimiento. Los suyos le lloraron; hasta que un día se
presentó en su casa como siempre: tan campante, sano y
salvo.
Sen Pep
decía muy convencido, que había resucitado dos veces: una
vez en América y otra en Mallorca.
El corro
se deshacía, y al cabo de un rato; quedaba la aldea sumida
en profundo reposo.
En la
quietud de la noche, se oían las esquilas.
Al
apuntar el día, salía yo de casa camino de la cala. Alegrías
de pájaros victoreaban los primeros albores que se dirigían
al trabajo. Nos dábamos los buenos días. Estos buenos
payeses que me enseñaban atajos, y me obsequiaban con
frutos; no se explicaban que para pintar amaneceres, fuera
necesario levantarse tan temprano; ni podían darse cuenta
que yo tan dematí, tengues ja sa clenxa feta.
Llegando
a la playa. En las montañas más altas comenzaban a
iluminarse los picos.
El mar y
el cielo se fundían en celestes y platas. Una penumbra
transparente, con vapores amatistas, flotaba en el cauce del
Torrent.
Por las
orillas de sus gorchs encantados, pasaba largas horas;
mezclando colores, buscando matices, y queriendo expresar
armonías que la paleta no acertaba a decir. A alguien he de
echar la culpa.
Cuando
el sol caía a plomo, estaba yo de vuelta en casa. |