Un Dios con
tres rostros
La
confesión de un Dios único en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es
lo más específico del cristianismo y el punto original de la concepción
cristiana de Dios: es precisamente esa visión trinitaria de Dios la que
distingue el cristianismo de otras religiones también monoteístas como el judaísmo
o el islam. La denominada Santísima Trinidad es considerada por la Iglesia como
“el misterio central de la fe y de la
vida cristiana”, misterio que se considera “inaccesible a la sola razón”. Estas dificultades para
comprender el misterio han ocasionado, con frecuencia, opiniones escépticas por
parte, incluso, de algunos cristianos de buena fe, para los cuales esa confesión
trinitaria de un Dios con una única naturaleza pero con tres personas distintas
sería una especulación propia de monjes y teólogos ajena al mundo y sin ningún
tipo de consecuencias prácticas. ¿Qué se esconde, en realidad, detrás de la
confesión trinitaria? ¿Es posible
que la misma todavía diga algo al hombre del siglo XXI?
La afirmación
trinitaria de Dios aparece en prácticamente todas las tradiciones del Nuevo
Testamento. La encontramos en San Marcos, en el relato sobre el bautismo de Jesús,
y aparece también en San Mateo (en el que es particularmente relevante el
mandato del bautismo de Mt 28,19), en San Lucas y en San Juan; además,
afirmaciones trinitarias las podemos hallar en numerosos textos de San Pablo. El
testimonio trinitario está sólidamente arraigado en la primitiva comunidad
cristiana, que sintetizó con esa fórmula el resultado de una nueva reflexión
sobre Dios basada en las experiencias vividas junto a Jesús de Nazaret. Los
discípulos habían escuchado las enseñanzas de Jesús y habían sido testigos
de sus actos, muchos de ellos prodigiosos. Las palabras y las acciones de Jesús
les habían revelado que el Dios Único y Todopoderoso es, sobre todo, un Dios
de amor que es para todos como un padre. Habían sido igualmente testigos de que
existía una relación de especial filiación entre Jesús y ese Dios Padre.
Tras las horas amargas de la detención, proceso y crucifixión de Jesús,
fueron testigos de su resurrección, que fue un hecho real para los discípulos,
lo que suscitó de nuevo la pregunta sobre la auténtica identidad de Jesús,
que se convirtió desde entonces en Cristo. Finalmente, y cuando el Resucitado
dejó de mostrarse ante los discípulos, estos experimentaron igualmente una
fuerza interior que les impulsó a propagar su fe, dándose cuenta que, de una
manera distinta, Jesús el Cristo seguía presente entre ellos y les daba unas
fuerzas de las que antes carecían. Todas esas realidades de las que los
primeros discípulos fueron testigos dieron lugar a una nueva visión de Dios,
en la que éste es al mismo tiempo Padre, Hijo y Espíritu.
El Antiguo Testamento hablaba ya, ciertamente, de Dios como Padre. También
el concepto del Espíritu de Dios figura repetidamente en la Biblia desde sus
primeras páginas: el espíritu es en la Biblia el principio vital del hombre, y
el espíritu de Dios es la fuerza o poder divino que todo lo crea, conserva,
dirige y conduce. Los seguidores de Jesús conocían esas ideas y, actuando
sobre ellas, su experiencia de Jesús de Nazaret les reveló la existencia en
Dios de tres rostros distintos, Padre, Hijo y Espíritu:
a.- Dios “Padre”.
Los exégetas neotestamentarios se muestran unánimes al afirmar que la invocación
a Dios como Padre (abba, en arameo),
además de ser un rasgo propio de Jesús, pertenece
a lo que se ha venido a denominar la ipissima
verba de Jesús, a las palabras pronunciadas sin duda alguna por Él. Es el
propio Jesús, y sólo él, el que nos descubre a Dios como Padre y nos enseña
a orar diciendo “Padre Nuestro”.
Con el término Padre se designa a Dios como un ser con rostro personal
concreto, que tiene un nombre y puede ser llamado por su nombre. No existe duda,
en definitiva, de que esa apelación a Dios como Padre no es una especulación
teórica sino que se conecta directamente con la enseñanza de Jesús.
b.- Dios “Hijo”.
Los que seguían a Jesús observaban que “enseñaba
como quien tiene autoridad”, que tenía poder sobre los demonios, que
curaba a enfermos, que perdonaba a los pecadores, que estaba por encima del sábado,
que cuestionaba las normas sobre la pureza ritual y el templo, que se permitía
corregir los mandatos de la Ley, que invocaba de una manera particular e íntima
a Dios como su Padre. Todo ello apuntaba ya a que Jesús estaba investido de una
autoridad especial que lo identificaba como un enviado de Dios superior a Moisés
y a los profetas. Por eso, antes ya de su muerte, la gente se preguntaba sobre
su identidad, pregunta que recibía diversas respuestas. Tras su muerte, Dios
resucitó a Jesús y éste se apareció a sus discípulos. Este hecho
excepcional abrió los ojos a sus seguidores, que comprendieron entonces que Jesús
no sólo era el Mesías esperado (el Cristo), sino que su relación con Dios era
tan especial, íntima e irrepetible que verdaderamente Jesús podía llamarse
Hijo de Dios. Tras la Resurrección, Jesús se convierte en la persona
determinante y ningún título le parecerá desmesurado a la comunidad
primitiva. Con el título de Hijo de Dios se expresó la particular unión de
Jesús con Dios que le permitía invocarlo como Padre, se quiso señalar hasta
qué punto Jesús de Nazaret pertenece a Dios, hasta qué punto está al lado de
Dios frente a la comunidad y frente al mundo, sometido solamente al Padre,
constituido en definitivo y único
representante de Dios ante los hombres.
c.- Dios “Espíritu”.
La cristiandad primitiva se encontró con el problema de cómo expresar, una vez
el Resucitado dejó de hacerse presente a los discípulos, que Cristo Jesús
seguía estando de modo real cerca del creyente. La respuesta a esta cuestión
fue la de que Dios y Jesús Cristo están cerca del creyente y de la comunidad
en el Espíritu. No se trata solamente de que permanecieran en el recuerdo de
los creyentes, sino que la presencia de Cristo en la comunidad existía de modo
real en forma de Espíritu. El Espíritu Santo es, en palabras de un conocido teólogo,
Espíritu de Dios, Dios mismo en cuanto fuerza y poder de gracia que conquista
el interior, el corazón del hombre, que subyuga al hombre entero y se le hace
íntimamente presente, dando de sí mismo testimonio eficiente al espíritu
humano. Los primeros discípulos experimentaron en su interior la fuerza de Dios
y de Cristo en forma de Espíritu, y esa fuerza los impulsó a extender el nuevo
mensaje a todo el mundo.
Con el transcurrir de los siglos, y
seguramente con la finalidad de salir al paso de determinadas interpretaciones
poco correctas, los distintos concilios desarrollaron y explicaron la doctrina
de la Trinidad empleando conceptos propios de la época que quizá hoy nos
parezcan complicados y alejados de nuestro tiempo. Sin embargo, no podemos
olvidar, como se ha intentado explicar, que quizá las cosas, en su momento,
fueron más sencillas y que, en su origen, la primera comunidad cristiana, en su
confesión trinitaria de Dios, no hizo otra cosa que narrar con sencillez, a la
luz de todo lo sucedido con Jesús de Nazaret, que ellos habían descubierto
tres rostros distintos en el único Dios que de manera irrepetible y
sorprendente se les había revelado.
