La fe religiosa es razonable

            1.- Introducción

            Para analizar cuál es la estructura del acto de fe religiosa y para poder explicar que esta fe religiosa es razonable es conveniente previamente analizar las características del acto de fe humana interpersonal.

            En su relación cotidiana (pero no por ello menos importante y vital) el hombre se basa en un tipo de conocimiento distinto del proporcionado por el método científico: en la relación yo-tu (con los padres, con los amigos, etc.) el factor determinante es el de la confianza, lo que podemos llamar la “fe humana interpersonal”. Ésta, en un primer análisis, puede definir como la confianza por la que una persona otorga crédito a otra. Como  resultado de esta forma de conocimiento, nos fiamos o, por el contrario, no nos fiamos de lo que el otro nos dice.

            Estas relaciones de confianza del niño con sus padres, luego con sus amigos y, por último, con otras personas en la madurez, son fundamentales para el desarrollo de la personalidad y para poder vivir una vida verdaderamente humana.

             2.- Estructura de la fe interpersonal

            Dicho lo anterior, vamos ahora a examinar con más detalle cuál es la estructura última de la relación de fe humana interpersonal. Veremos como existe primero lo que podemos llamar “testimonio” (por el que uno se manifiesta a otro) y luego, como respuesta, la “decisión” de confianza. Todo ello da lugar a una forma distinta de conocimiento.

            2.1. El testimonio

            La relación interpersonal comienza cuando el otro se me manifiesta como es en sí mismo mediante su confidencia. A esta primera manifestación uno puede responder manifestándose también como se es en sí mismo, con lo que ya se ha entablado esta comunicación.

            En esta relación yo-tu siempre va a ser la libertad de uno de los dos la que va a tomar la iniciativa en la relación. Y para que esta relación surja va a ser necesario que el otro responda también, desde su libertad, a esa iniciativa del primero. Existe, así, una comunicación o revelación del otro que me interpela, a lo que yo he de responder en sentido afirmativo o negativo. El instrumento fundamental en esta comunicación es la palabra.

            De este modo, la relación de fe interpersonal comienza con el testimonio de quien se comunica o se me revela. Este testimonio no es una mera declaración neutra, sino que se trata del testimonio de la interioridad del otro. Esto diferencia la auténtica relación interpersonal de otro tipo de relaciones (jurídicas, comerciales, etc.).

            Tras el testimonio del otro (por el que se me revela en su intimidad) comienza el proceso de recepción o respuesta. Se puede percibir aquí la existencia de un período más o menos largo de previsión o cautela, antes de todo acto de fe personal: antes de otorgar nuestra respuesta de fe (yo creo en ti), analizamos si es o no razonable esa credibilidad que se me pide.

             2.2.- La decisión

            Ofrecido por el otro su testimonio, la decisión de creer exige el que, antes, aparezca ante mí la razón de su credibilidad. Si no fuese así mi acto de creer sería un asentimiento irracional. Siempre hay unos motivos que nos invitan o conducen a creer en alguien, o, por el contrario, a no darle confianza.

            En definitiva, aquél en quien creo debe legitimarse, dando motivos para que sea posible la credibilidad: la credibilidad de una persona pertenece a las condiciones y supuestos de la fe en ella.

            Ahora bien, el conocimiento de la credibilidad de una persona no es equiparable a un conocimiento científico o empírico, en el que se llega a la conclusión final a través de un proceso matemático. Realmente, la credibilidad se obtiene a través de una argumentación convergente: se van sumando una serie de hechos o experiencias particulares y concretas, y de ellas deducimos que alguien merece nuestra credibilidad. No se trata, desde luego, de un resultado al que se llegue a través del tipo de pruebas propias del método científico.

            En definitiva, el “salto de fe”, tanto en la relaciones personales como en la fe religiosa, no puede ser la consecuencia, por la misma naturaleza de las cosas, de una demostración científica. Sin embargo, no por ello el acto de credibilidad deja de tener su consistencia racional, que nos lleva a tener la certeza moral de la verdad de un hecho.

             2.3.- El conocimiento

            Finalmente, la credibilidad que nos merece el otro nos lleva a la fe en su mensaje. Del “yo creo en ti” se pasa  al “yo te creo”, esto es, yo creo que lo que tu dices es verdad.

            La fe nos permite tener conocimiento de realidades que, de otro modo, nos serían inaccesibles. Así, la intimidad de otra persona sólo nos va a ser plenamente accesible a través del conocimiento que nos puede proporcionar la fe interpersonal.

            Así, el núcleo fundamental de la fe es la confianza en otra persona y en lo que ella nos manifiesta. A partir de la credibilidad que el otro nos merezca, llegamos a otorgar esta confianza, lo que nos permite acceder a conocimientos que sólo pueden transmitirse de esta forma.

           3.- La razonabilidad del acto de fe cristiano.

            El cristiano cree en Dios, el cual se ha revelado de modo definitivo en Jesús de Nazaret. Nuestra fe no puede ser un acto ciego e irracional, pura adhesión emotiva. Por el contrario, podemos dar abundantes razones en que apoyar nuestra fe. En un ambiente de secularización como el que nos rodea, es de gran interés el que el cristiano conozca los motivos de la credibilidad de su fe y la razonabilidad de su adhesión a Cristo.

            Si nos acercamos a la figura histórica de Jesús de Nazaret se comprueba que existe en él determinados rasgos que lo diferencian radicalmente de los demás fundadores religiosos: ninguno como Jesús se propuso a sí mismo como objeto de la fe de sus discípulos. En Jesús el mensaje es su misma figura.

            No es posible discutir seriamente sobre el carácter histórico de la figura de Jesús de Nazaret. De él no sólo nos hablan los escritos del Nuevo Testamento, sino que también encontramos referencias en fuentes paganas. Así, los escritores romanos Tácito, Suetonio y Plinio el Joven efectúan algunas referencias bien a Jesús, bien a los primeros cristianos. Igualmente, el historiador judío del siglo I Flavio Josefo se refiere (aunque sea de pasada) a la figura de Jesús. Pero son los Evangelios los que más conocimientos nos han aportado sobre la vida de Jesús.

            En la actualidad los textos de los Evangelios han sido estudiados con todo rigor por el denominado método histórico-crítico. Es investigación bíblica está llegando a la conclusión de que algunos rasgos históricamente garantizados de la vida de Jesús apuntan claramente a que en  él se encuentra una clara pretensión que lo relaciona de modo especial e íntimo con Dios. Jesús se nos presenta, incluso si se examinan los textos  con dicho método histórico crítico, con una autoridad especial.

Los que seguían a Jesús observaban que “enseñaba como quien tiene autoridad”, que tenía poder sobre los demonios, que curaba a enfermos, que perdonaba a los pecadores, que estaba por encima del sábado, que cuestionaba las normas sobre la pureza ritual y el templo, que se permitía corregir los mandatos de la Ley, que invocaba de una manera particular e íntima a Dios como su Padre. Todo ello apuntaba ya a que Jesús estaba investido de una autoridad especial que lo identificaba como un enviado de Dios superior a Moisés y a los profetas. Por eso, antes ya de su muerte, la gente se preguntaba sobre su identidad, pregunta que recibía diversas respuestas. Tras su muerte, Dios resucitó a Jesús y éste se apareció a sus discípulos. Este hecho excepcional abrió los ojos a sus seguidores, que comprendieron entonces que Jesús no sólo era el Mesías esperado (el Cristo), sino que su relación con Dios era tan especial, íntima e irrepetible que verdaderamente Jesús podía llamarse Hijo de Dios. Tras la Resurrección, Jesús se convierte en la persona determinante y ningún título le parecerá desmesurado a la comunidad primitiva. Con el título de Hijo de Dios se expresó la particular unión de Jesús con Dios que le permitía invocarlo como Padre, se quiso señalar hasta qué punto Jesús de Nazaret pertenece a Dios, hasta qué punto está al lado de Dios frente a la  comunidad y frente al mundo, sometido solamente al Padre, constituido en  definitivo y único representante de Dios ante los hombres.      

            Como ya se ha dicho, esa pretensión de Jesús es definitivamente autorizada por Dios, tras el aparente fracaso de la cruz, mediante su resurrección. La resurrección de Jesús es fundamental en el nacimiento de la fe en Jesús. Si hemos de fundamentar la razonabilidad de nuestra fe es imprescindible también dar razones de la credibiidad de la resurrección de Jesús. Porque la resurrección de Jesús es el signo por excelencia de la credibilidad de la figura de Jesús. Como anexo a este resumen se acompaña un esquema dedicado específicamente a este punto.

            Lo acontecido  a Jesús de Nazaret, su vida, su muerte y, es especial, su resurrección, fue el mensaje central de los primeros cristianos. Cuando los primeros testigos oculares fueron desapareciendo surgió la necesidad de conservar por escrito el recuerdo de todo lo ocurrido. Fue así como surgen los textos evangélicos. El análisis que la crítica literaria e histórica ha sometido a estos textos implica que, pese a su carácter catequético, los cuatro evangelios remiten en última instancia a las palabras y acciones del Jesús histórico, ello en un marco interpretativo teológico.

            El cristiano del siglo XXI entra en contacto con Jesús a través de su descubrimiento desde la transmisión producida por los primeros testigos, por los textos evangélicos y por la Iglesia. Ello constituye el punto de partida para un encuentro personal con Jesús. Surge así una relación personal del creyente con Jesús. El testimonio de Jesús nos llega a partir de esa transmisión. El creyente puede dar una confiada respuesta con un acto de fe (yo te creo), respuesta justificada razonablemente por el testimonio de la historia.

 

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