Camino a la Utopía
Creer en los Reyes Magos
El otro día escuché en la estación de Renfe cómo un empleado le preguntaba a una señora: “¿Qué te van a traer los Reyes?” y ésta respondía sabiamente: “¿Traer? No quiero que me traigan nada; lo que quiero es que se lleven. Preocupaciones, por ejemplo”. Este diálogo, aparentemente sin importancia, me hizo reflexionar en lo razonables que eran las palabras de esta mujer.
En realidad todos tenemos tantas cosas, que en lugar de pedirle a los Reyes Magos que nos trajeran más, deberíamos rogarles que se llevaran, que nos vaciaran los armarios y las estanterías de cosas viejas, para crear espacios donde pudiera entrar lo nuevo. Pero la señora del comentario no se refería sólo a los objetos materiales, sino a esos otras cosas que ocupan nuestra mente y que ella calificó como “preocupaciones”.
Aunque la cuestión en estos momentos no es ya si pedimos que nos traigan o que se lleven. La pregunta es, en esta época de escepticismo que vivimos, si creemos o no en los Reyes Magos. Los niños pequeños, aunque la sociedad y el mundo ha cambiado mucho desde mi época infantil, aún siguen creyendo en los sabios Magos de Oriente. Aún les escriben sus cartas pidiendo regalos… aunque sea a través de Internet.
A mí me confesaron que los Reyes Magos no existían –después de insistirme durante años en sentido contrario- cuando tenía 9 años. Es una experiencia, similar a la que habrán tenido todos los lectores, de esas que no se olvidan nunca. Una niña de mi clase, algo mayor que yo, me agarró un día y, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sin previo aviso y sin que yo le preguntara nada, me dijo en el recreo: “Te voy a contar los misterios de la vida: a los niños no los trae la cigüeña y los Reyes Magos son los padres”.
Sin decir ni una palabra más, se fue y me dejó allí con la boca abierta, mientras sentía un nudo en el estómago y notaba cómo la tierra se abría a mis pies. La verdad es que lo de la cigüeña me dejó un poco indiferente en esos momentos, ¡pero lo de los Reyes! ¡Cómo iban a ser los padres! Pensé que a la colega le faltaba un tornillo y me indigné profundamente con ella por difundir una mentira tan increible. Era tan grande mi cabreo que, esa misma tarde, le comenté a mi madre lo que me habían dicho en el cole.
Naturalmente, yo esperaba que ella pusiera el grito en el cielo y se encolerizase ante semejante barbaridad. En lugar de eso, me confesó abiertamente que sí, que era verdad, y que los Reyes eran los padres. Como a pesar de todo yo seguía sin creérmelo –pensaba que aquello debía ser una epidemia, puesto que mi propia madre también se había vuelto loca- mi madre me llevó a casa de una vecina para que viera la bicicleta, que tenía allí escondida, y que los Reyes me iban a traer unos días después.
Con el cuerpo del delito –la bicicleta- allí presente, no tuve más remedio que darme por vencida y aceptar lo inaceptable, sin dejar por ello de sentirme totalmente engañada y estafada por mis padres, por el resto de la familia y por el mundo en general. Han pasado muchos años desde entonces y ya he vuelto a recuperar mi fe en la humanidad. Y lo que es más importante, aún sigo creyendo en los Reyes Magos.
Ya no son esos Reyes de mis horas infantiles que traían juguetes y que podían ser sustituidos por los padres. Mis Reyes Magos, los de ahora, son esas tendencias internas que siempre están ahí, en nuestro Oriente interior, y que te hacen el regalo de devolverte la confianza en ti mismo, en la vida y en los demás, aún cuando todo parezca derrumbarse a tu alrededor, y el clima imperante sea de desánimo.
Esos son los Reyes en los que sigo creyendo, a los que escribo puntualmente y a los que pido que me traigan muchos regalos de los que no ocupan lugar ni en la mente ni en los armarios… En cuanto a hacer hueco y limpieza, para que cuando lleguen con sus presentes encuentren espacios donde depositarlos, de eso ya me encargo yo a lo largo de todo el año.
(3 de enero del 2009)
Dulce Navidad
Si ha sido capaz de sobrevivir a la cena de Nochebuena y a la comida de Navidad, ¡enhorabuena! Tengo un conocido que felicita las Pascuas de la siguiente manera: “Te deseo que pases una feliz navidad… o con la familia”. Y es que las entrañables fiestas navideñas, con sus saraos familiares y con esa manía de que todos tenenos que ser muy felices, comer perdices, y llevarnos bien, suponen un cúmulo de tensiones y conflictos; la mayoría sin resolver desde hace muchos años y que, como el turrón ese del anuncio, “vuelven a casa por Navidad”.
Por eso le digo que, si ha llegado hasta aquí, mi más sincera felicitación. Piense que ya queda menos. Si ha sido capaz de superar, no sólo las reuniones familiares, sino el estrés de las cenas de empresa –con el agobio añadido del “amigo invisible” –perverso jueguecito en el que siempre te toca regalar a quien peor te cae – y a los mensajes de buenos deseos que recibe en el móvil, puede estar seguro de que lo peor ya ha pasado.
Lo que más me gusta de los mensajes en el móvil, es que casi nadie los firma y no sabes quién te los ha mandado. Se supone que todos los que se acuerdan de nosotros – y de nuestras familias, con perdón- el día de Nochebuena, tienen que figurar en nuestra agenda; a pesar de que no vuelvan a enviarnos ni un solo mensaje hasta las navidades del año siguiente. Así, recibimos un montón de sms, sin saber de quién, deseándonos las cosas más peregrinas. Algunos son muy ingeniosos, en verso y todo, y si no los contestamos, nos crean mala conciencia.
Para no tener esa mala conciencia en fechas tan señaladas, nos vemos obligados a dar respuesta a los buenos deseos que hemos recibido de toda una oleada de gente anónima y desconocida, aunque, a juzgar por la familiaridad con que se dirigen a nosotros, se diría que para ellos somos íntimos. Algunos, angelicos, incluso nos ponen: “a ver si quedamos”. Y tú piensas: “pues lo llevas claro… como no me digas quién eres…”
Y no hablemos ya del tema regalos. Si usted tiene niños pequeños o, sencillamente, ha decidido sustituir la tradición de los Reyes Magos por la de Papá Noel -que como no es la nuestra parece mejor- a la presión de las abundantes y ruidosas cenas familiares hay que añadir la de hacer regalos sin fuste, por obra y gracia de san consumo bendito. Un santo muy venerado en nuestros días. Y si encima no te ha tocado la lotería, ¡qué les voy a decir que no sepan!
Y luego está el mensaje navideño del Rey, un clásico. Una perorata, a la que nadie le hace caso- ¡a quién se le ocurre hablar a esas horas de la Nochebuena, con el follón que hay en todas las casas!- pero que los medios de comunicación se encargan de repetirnos el día de Navidad para que, lo queramos o no, terminemos enterándonos de lo que ha dicho el monarca.
De entre todas las mismas cosas de siempre que ha dicho este año, el mensaje más repetido por los Medios es que “hay que tirar del carro”. ¡Genial! Yo estoy totalmente de acuerdo con estas palabras. Lo que pasa es que, para que los de siempre pudiéramos tirar mejor, estaría bien que todos los que llevan muchos años “subidos al carro”, se bajaran y empujasen un poquito.
Pero no nos pongamos rebeldes, que eso ya está pasado de moda, y seamos “asertivos” que es lo que se lleva ahora. Así que, lo dicho: ¡enhorabuena por haber atravesado la Navidad sin demasiados daños colaterales! Ya sólo queda la Nochevieja. Los inocentes no hace falta que los celebremos porque ya representamos ese papel todo el año.
Total, que no queda nada. Un poquito de balance anual y toneladas de buenos propósitos; los mismos que el año pasado, pero envueltos con papel de celofán nuevo. Para mí, de todas maneras, las Nocheviejas son especiales porque fue ese día, hace ahora 20 años, cuando di a luz a mi querida y preciosa hija Violeta.
¡Venga; ánimo valientes, que ya falta menos!
(27 de diciembre del 2008)
La Verdad
El periódico La Verdad de Albacete publicaba hace unos días -con motivo del 35 aniversario de su implantación en esta provincia- una entrevista con Victorio Oliver Domingo, el que fuera obispo de la Diócesis de Albacete. Este hombre, muy querido y que dejó una profunda huella de su paso aquí, rememora su vinculación con la ciudad y su admiración por la profesión periodística.
En la entrevista declara que admira la herramienta que usamos: “la palabra”. Y añade que “los periodistas son personas de una responsabilidad muy grande”. Aludiendo a la cabecera de este periódico, La Verdad, afirma que “es muy expresiva, de mucha luz y compromiso” y concluye diciendo que “hay que salir a decir la verdad todos los días”.
Ciertamente, es una responsabilidad enorme la que nos atribuye Victorio Oliver: nada menos que decir la verdad todos los días. Pero, ¿a qué verdad se refiere? ¿A la que tantas veces nos cuentan y sabemos que es mentira? ¿A la verdad que responde a intereses partidistas, o a la que permanece oculta porque no interesa que se sepa?
Poncio Pilatos preguntó a un reo, que el poder religioso de aquélla época quería matar porque hablaba de una Verdad Universal que no les interesaba difundir: “¿Qué es la verdad?”. Jesucristo, el reo, no dio ninguna respuesta. O mejor dicho, sí la hubo. La respuesta fue el silencio.
Hemos oído decir: “Y conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”. Y aquí estamos todavía, intentando conocerla y, mientras, bregando con verdades mucho más relativas, que son a las que tenemos acceso los periodistas. Eso sí, siempre que sepamos y queramos separar el trigo de la paja de entre toda la maraña de mentiras, informaciones interesadas y manipuladas que nos cuentan diariamente, para que las difundamos.
Para complicarlo más todavía, hay que decir que estas verdades relativas, maquilladas y adornadas, no son igual para todo el mundo. Cada uno se elabora su propia verdad, la que más le conviene en cada momento. Hoy puede ser una y mañana otra, incluso la contraria, dependiendo del lugar donde se encuentre el que nos la cuenta y del punto de vista que adopte en ese determinado momento.
La verdad no es la misma para un político que está en el gobierno, que para otro que está en la oposición. Y la verdad de ambos no tiene nada que ver con la de una persona que acaba de quedarse sin trabajo y ve cómo un enorme agujero negro amenaza con engullir su mundo. La verdad no es igual para el que se encuentra enfermo en la cama de un hospital, con la única perspectiva ante sus ojos del techo de su habitación, que para otra persona sana, dispuesta a emborracharse hasta perder el sentido con la excusa de celebrar la Navidad.
La verdad no es la misma para aquéllos que pasan estas fiestas sin privaciones, rodeados de su familia, que para esos otros que tienen sus casas y a su gente muy lejos de aquí, y vinieron a nuestro país buscando unas condiciones de vida y un paraíso que no han encontrado.
En este mundo y en esta sociedad, que está pidendo a gritos un cambio radical porque las viejas estructuras ya no nos sirven, hay demasiadas verdades que difícilmente pueden conciliarse. Y todos los que ostentan los privilegios, los que tienen la sartén por el mango, van a seguir intentando vendernos sus falsas verdades.
Quizás haya llegado ya el momento de hacer oídos sordos a tanta algarabía externa. Quizás tengamos que aprender a distinguir las “voces de los ecos” tal y como nos recomendaba el poeta Antonio Machado, y volver a preguntarnos sinceramente ¿Qué es la verdad?
Después, sólo nos queda escuchar en nuestro interior para ver si podemos oír esa voz que nos habla en el silencio y pedirle que nos explique de una vez por todas, cual es esa Verdad Universal que nos hará libres, por encima de nuestras pequeñas, relativas y falsas verdades particulares.
Mis mejores deseos para que la luz de esa Verdad ilumine nuestros caminos. Falta nos va a hacer.
(20 de diciembre del 2008)
Parvulario
Últimamente no están muy finos los padres de la patria con esto del lenguaje. Y teniendo en cuenta que las palabras son la manifestación de las ideas, es de suponer que tampoco se encuentran muy lúcidos en cuanto a los pensamientos. Y no digamos ya nada si nos referimos a los ideales en los que deben basarse sus expresiones.
Viendo los informativos que nos ofrece la televisión y leyendo los periódicos, tengo la impresión de que las declaraciones políticas en este país se parecen, cada vez más, a la cháchara de un patio de colegio. Y que sus protagonistas, más que miembros del Parlamento, parecen alumnos de un parvulario. Eso sí, un parvulario cuyo mantenimiento nos sale carísimo, y que con demasiada frecuencia se encuentra vacío porque sus señorías hacen novillos.
Cuando escucho que un nacionalista pide en un mítin, para festejar la Constitución, la muerte del jefe del Estado, un socialista insulta a voz en grito a los que votan “a la derecha”, y otro más insulta, por lo bajines, a los de su propio partido -todos ellos dignos representantes electos de nuestra clase política- me cuesta trabajo creer que estoy oyendo a personas adultas, maduras, en posesión plena de sus facultades mentales, y no viendo un episodio de los Teleñecos.
Cuando compruebo que el mayor argumento político, que se lanzan unos a otros en el fragor del debate político es, “y tú más”, no necesito recurrir a mi imaginación para que sus señorías aparezcan en mi mente vestidos con el baby a rayas o cuadritos del cole, hurgándose la nariz y con el bocadillo de nocilla entre las manos.
Dicen que cada país tiene los políticos que se merece. Y seguramente será verdad, puesto que hemos sido nosotros, los ciudadanos, los que los hemos elegido. Pero también es cierto que, en el mejor de los casos, sólo podemos elegir entre lo que se nos ofrece. Y si no nos ofrecen algo mejor, es imposible que podamos elegir algo distinto a lo que nos han ofrecido. Por eso no es extraño que la gente esté tan desencantada con la política, y que los que ejercen este noble oficio, tengan tan poca credibilidad.
Hombre, también están los forofos de los partidos. Del propio, naturalmente. Son los militantes adscritos al “sí buana” y a comulgar con ruedas de molino, y también los fieles votantes que, hagan lo que hagan los suyos está bien, y hagan lo que hagan los otros, está mal. O lo que es lo mismo, “al enemigo, ni agua”.
Con este patético panorama, que ya de tan sabido aburre, me pregunto: ¿Será verdad que los ciudadanos de a pie nos merecemos los políticos que tenemos? Yo diría que no. Yo no me los merezco. Me merezco algo mucho mejor, y entiendo que el resto de la humanidad tampoco se merece este “nivelazo” de nuestros representantes.
Creo que merecemos que nos representen personas adultas que no se comporten como niños en un parvulario. Personas con criterio, que no hagan del insulto al contrario su mejor argumento, y que sean coherentes. Que no digan una cosa, piensen otra y hagan lo contrario. Y, sobre todo, que utilicen el cargo público para servir, y no para servirse de él. ¿Es pedir demasiado?
Estos días me ha venido machaconamente a la memoria una frase: “¡Qué buen vasallo sería, si tuviera buen señor!”. La frase figura en el Cantar del Mío Cid, de autor anónimo, cuando Rodrígo Díaz parte cabizbajo hacia el destierro, expulsado de Castilla por el Rey Alfonso. Es la gente del pueblo, que lo ve partir, la que lanza esta exclamación.
Pues bien, han pasado más de 800 años desde que se escribió esta gesta, y aún hoy podemos decir, con plena actualidad: ¡Qué buenos vasallos seríamos, si tuviéramos buenos señores!
(13 de diciembre del 2008)
Víctimas
Hace unos días leí un curioso titular en este periódico, decía: “Ver a la Virgen no es delito”. Naturalmente, el llamativo titular estaba tan bien puesto que atrajo mi atención, y provocó que leyera el texto que se correspondía con esta información. Se trataba del archivo de una querella contra los promotores de un entramado, creado en El Escorial, alrededor de supuestas apariciones marianas.
Además de constatar con sorpresa que la artífice de todo el tinglado –que incluye residencias de ancianos y un importante patrimonio- es de Albacete, lo que más me llamó la atención es que se había creado una asociación denominada: “Asociación Víctimas de las Supuestas Apariciones de El Escorial”. No, no es broma. La mencionada asociación existe, y fue la promotora de la querella que el juez ha archivado.
De un tiempo a esta parte, la palabra “víctima” se pronuncia en los medios de comunicación casi tanto como la palabra “crisis”. El diccionario de la Real Academia considera a la víctima como una “persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”. Y también como una “persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio”.
Confieso que no me gusta nada esta palabra. Creo, sinceramente, que las asociaciones que la utilizan deberían cambiarla. Cuando se produjeron los tristemente famosos envenenamientos por el aceite de colza, los que con todo el derecho del mundo denunciaron y reclamaron indemnizaciones, no se consideraron “víctimas”, sino “afectados” o “perjudicados”. Hoy ya no se escuchan estos términos. Hoy, cualquiera que se siente dañado por otro o por causas fortuitas, de la manera que sea, se autocalifica como “víctima”.
Alguien podría pensar que se trata de una simple cuestión semántica, pero no es verdad. Las palabras tienen poder y, de alguna manera, configuran nuestra realidad, ya que las cosas existen al nombrarlas. Es evidente que a veces sufrimos daños, por parte de otros, que no podemos evitar, como en el caso del terrorismo indiscriminado. Y tampoco podemos evitar que nos afecten las catástrofes naturales, pero seguir considerándose eternamente “víctimas” de estos males, no creo que sea bueno para nadie. Sobre todo para los propios afectados.
Al fin y al cabo, una “víctima” es alguien a quien le suceden determinadas cosas desagradables, sin que lo pueda evitar. Y esto no siempre es así. Muchas más veces de las que pensamos- no siempre- somos nosotros los que tenemos el control de las situaciones, pero no hacemos nada para evitarlas. ¿Por qué? Porque resulta mucho más fácil echarle la culpa a los demás de nuestras desgracias, que asumir nuestra parte de responsabilidad.
Si quisiéramos, todos podríamos integrar asociaciones de víctimas, como los de las “Supuestas Apariciones de El Escorial”. Podríamos considerarnos víctimas de infinidad de situaciones. De la subida del petróleo, del cambio climático, de nuestros padres, de nuestros hijos, de los vecinos que fuman en el ascensor, de la sociedad, de la educación que hemos recibido, de las religiones, del paso de Plutón por nuestro signo zodiacal… ¡Qué sé yo, la lista podría ser infinita!
Pero con tanto victimismo, no vamos a ninguna parte. O mejor dicho, a donde vamos es a perpetuar situaciones, en el mejor de los casos, o a sacar algún tipo de provecho o rentabilidad, en el peor. Pues de todo hay en la viña del Señor y no resulta nada difícil aprovecharse en determinados supuestos.
Si queremos considerarnos de esa manera, todos somos víctimas de la Vida y de la Muerte. Pero si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta de que, aunque hay cosas que no se pueden evitar, en la mayoría de las ocasiones somos responsables de lo que nos pasa.
(6 de diciembre, 2008)
Símbolos
Estamos rodeados de símbolos. Puede que nos resulten tan cotidianos que no nos demos cuenta de la cantidad de símbolos que manejamos en nuestra vida. El diccionario María Moliner define el símbolo como una «cosa que representa a otra», y pone como ejemplo, entre otros, el olivo como símbolo de la paz y el dinero como símbolo del valor de las cosas.
Utizamos los símbolos desde la noche de los tiempos. Las pinturas rupestres y los petroglifos de las rocas eran símbolos que aún muchos se empeñan en descifrar. Pero no hace falta irse tan lejos. Hoy mismo, además del dinero antes mencionado, estamos inmersos en un mundo de simbolismo.
Desde las marcas comerciales de bebidas, pasando por los relojes y la etiqueta de los pantalones vaqueros que vestimos, hasta las colonias, todos los productos están representados por símbolos. Los creativos de la publicidad lo saben muy bien, y por eso cuando quieren vendernos un coche, en realidad no es el vehículo lo que nos venden - aunque es lo único que nosotros compramos- sino el símbolo de un determinado estatus social.
Esta semana se ha vuelto a organizar un agrio debate mediático, entre los partidos políticos y las jerarquías de la iglesia católica, a costa de la presencia de un crucifijo en una escuela pública de Valladolid. Como todo el mundo sabe, un juez ha ordenado la retirada de este símbolo religioso, por considerar que vulnera los derechos fundamentales de igualdad, libertad religiosa y aconfesionalidad del Estado, recogidos en la Constitución.
Sinceramente, no entiendo muy bien el objeto de la polémica. Este magistrado se ha limitado, con su sentencia, a hacer que se cumpla lo estipulado en la Carta Magna.
Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que la Constitución sea papel mojado, que cuando alguien alude a la norma que regula la convivencia de los españoles, siempre hay quien se rasga las vestiduras. Dentro de una semana se cumplirán treinta años de la aprobación de nuestra Carta Magna en referendum y ya debería llegar el tiempo de que la mejor forma de celebrarla sea cumpliéndola, en lugar de limitarnos a la lectura más o menos folklórica de su articulado, como si de una obra de ficción se tratase. Al igual que se hace con El Quijote, cuando celebramos el Día del Libro.
La cruz, por cierto, es un símbolo infinitamente anterior al nacimiento de la iglesia católica. Así como la esvástica era muy anterior a la utilización que hizo de ella el nazismo. De hecho, el símbolo de los primeros cristianos era el pez, y no la cruz, al encarnar Jesús al avatar de la Era de Piscis.
Pero volviendo a la polémica, lo más curioso es la manipulación y la hipocresía que existe en torno a ella. ¿Qué tendrá que ver que haya un crucifijo en una escuela pública, para que los alumnos sean mejores personas o seres humanos más íntegros? Esto, en cuanto a la jerarquía eclesial. En cuanto a la jerarquía política, tampoco se andan a la zaga.
El partido que gobierna pide, contundentemente, que sean retirados los símbolos religiosos de los colegio públicos. Pero sólo lo hace en las comunidades autónomas donde ellos no gobiernan. En las que sí gobiernan, y tienen la oportunidad de hacerlo, no piden nada de eso. Sin contar que a la hora de prometer sus cargos, lo hacen ante un crucifijo.
El partido de la oposición, por su parte, se limita a decir que ¿a quién le molesta que haya un crucifijo? Hombre, personalmente no me molesta lo más mínimo la presencia de un crucifijo. ni de un buda, ni de un poster del Ché; otro símbolo, por cierto.
Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que España es un Estado aconfesional y la Constitución está para cumplirla siempre, no sólo cuando les convenga a los poderes establecidos. Además, estoy segura de que si le preguntasen al crucificado, volvería a repetir lo que ya dijo: «Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
(29 de noviembre, 2008)
Reconciliación
Mi hijo me envió por Internet una ecografía, en tres dimensiones, de un ser muy pequeñito que, cuando nazca, será mi nieta. La ecografía me llegó hace dos días, en la misma fecha en la que se cumplían 33 años de la muerte de Franco. Al verla, dejándome llevar por el aluvión de informaciones y opiniones que se están produciendo sobre el franquismo y la guerra civil, no pude evitar que me vinieran a la cabeza los famosos versos de Antonio Machado: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón».
Cuando murió Franco, mi hijo -el padre de esta criatura que va a nacer- sólo tenía dos años. Mis otras dos hijas nacieron ya cuando en este país estaba instaurada la democracia. Los tres tienen conocimiento de esa parte tan sombría y dramática de nuestra historia que fue la guerra civil, y también del que fuera llamado Caudillo. Pero esos años en los que nos matábamos entre nosotros, no forman parte de su vida. Afortunadamente.
Recuerdo que cuando murió Franco y se inició el periodo denominado de transición política la palabra que más se repetía entonces era reconciliación. En un momento determinado se hablaba de dos vías para afrontar el futuro: la reforma y la ruptura. La mayoría de las fuerzas políticas optaron por la primera de ellas y, siendo sincera, he de decir que yo no estaba de acuerdo con pasar página sin haberle hecho pagar al régimen todo el mal que había causado.
Hoy, 33 años más vieja que entonces, contemplo el mundo de distinta manera. La vida ya no me parece una historia de buenos y malos y, más que nunca, creo que habría que recuperar ese espíritu de reconciliación que ahora, según parece, brilla por su ausencia. Desde luego, no voy a justificar ninguna de las atrocidades que se cometieron durante la guerra civil. Pero es que la guerra es pura atrocidad. Todas la guerras -también las que se están desarrollando en el mundo en estos momentos- encarnan la más terrible oscuridad. Todas son injustas y ninguna causa justifica la matanza de otros seres humanos. En momentos de conflicto bélico estamos poseídos por lo peor que llevamos dentro; y cualquier cosa que hagamos desde ese estado de irracionalidad y animalidad profunda, es digna de rechazo.
No estoy en contra de la memoria histórica. Al contrario. Creo que hay que tenerla muy presente, pero sólo para no volver a caer en los mismos errores que caímos hace ya más de 70 años. Esa memoria debe servir para aprender, y no para revivir las mismas causas -internas y externas- que nos llevaron a la guerra civil.
Creo que le debemos este esfuerzo de reconciliación a las nuevas generaciones. ¿Hasta cuándo los españolitos que sigan naciendo van a tener que hacerlo en un país dividido por ideologías obsoletas que ya nada tienen que ver con el presente? Soy consciente de que todavía existen heridas muy profundas en algunas familias y de que las cicatrices que penetran en el cuerpo de la humanidad, son visibles durante varias generaciones.
Pero algún día habrá que poner fin a todo ese sufrimiento. El dolor es algo connatural con el ser humano. Es imposible vivir y no sentir dolor alguna vez en la vida. Pero el sufrimiento no es connatural. El sufrimiento se produce sólo cuando el dolor se prolonga innecesariamente en el tiempo.
La guerra civil causó inmenso dolor. Pero la gran mayoría de las personas que la vivieron siendo adultas, están muertas. Mi generación no participó en ella, nuestros hijos y nuestros nietos han nacido en otra época ¿Cuánto tiempo tiene que transcurrir todavía para que consideremos la guerra y el franquismo como parte de la historia pasada -y no presente- de este país?
En el albor de estos nuevos tiempos que empezamos a vivir, los esfuerzos tienen que estar al servicio de la paz y de la fraternidad universal. El otro camino, el de la guerra y el enfrentamiento, llevamos recorriéndolo desde hace miles de años. Y ya sabemos a dónde nos conduce. No hace falta repetirlo. Es suficiente.
(22 de noviembre, 2008)
Oportunidad
La palabra crisis en chino significa oportunidad. En realidad este vocablo se compone de dos ideogramas wei, que se traduce como peligro y ji, que significa suerte y oportunidad. No es éste el único idioma que tiene significados aparentemente contradictorios para una misma palabra. La Kábala, que utiliza el alfabeto hebreo, está llena de ejemplos de palabras que significan una cosa, y también su contrario. En nuestro idioma, crisis deriva del griego y es sinónimo de decisión y de cambio muy marcado, según el diccionario María Moliner.
Crisis en su acepción más nefasta y sombría es, en estos momentos, la palabra más repetida en los medios de comunicación, en las esferas del poder, en los despachos de las empresas, y también en la calle. Pareciera como si todo lo malo venido y por venir fuera achacable a estas seis letras. Eso sí, como si ningún ser humano hubiera tenido nada que ver para llegar a la situación en la que nos encontramos. Una situación que nos venden como inesperada, llovida del cielo o aparecida por arte de magia. Cuando se veía venir y todos sabemos que lleva muchos años gestándose.
Tal día como hoy los dirigentes mundiales están reunidos para tomar medidas contra la crisis; o eso se supone. Pero la verdad es que no confiamos demasiado en que las decisiones que se tomen en Washington puedan, con unas pocas vendas y tiritas, curar un cáncer que cada vez afecta a más órganos del cuerpo de la humanidad. Porque si hay una cosa clara en estos momentos, es que todos estamos interconectados, y lo que suceda en una parte del mundo, afecta a todos los demás.
La crisis es planetaria y no sólo afecta a la economía, sino a los valores más profundos del ser humano. Tampoco hay que ser ningún experto para darse cuenta de que la situación es insostenible. No se puede sostener que la mitad del mundo se muera de hambre, mientras que la otra mitad acude a las clínicas de cirugía estética para que le hagan una liposucción y le quiten la barriguita.
Pero claro, hasta que no se han visto afectados los bolsillos -ese lugar de nuestra anatomía que no figura en la acupuntura china, pero que cuando nos tocan nos vuelve especialmente sensibles- no nos hemos dado por enterados. Y ahora los gobiernos y los que controlan el poder económico, que ya no pueden mantener sus generosos beneficios, nos dan la voz de alarma y se rasgan las vestiduras como si fueran ajenos a la situación. Hay quien dice, literalmente, que se acabó la fiesta y alguien tiene que pagar las copas. ¡Vale, pero estaría bien que las pagasen los que se las han bebido! Sabemos que eso no va a ocurrir. Nos tocará pagarlas a todos; aunque todavía no nos han dicho a qué precio. Y esta es la parte peligrosa que, según el idioma chino, nos va a afectar a la hora de encarar la tan cacareada crisis. Pero ya he dicho que la palabreja se componía de dos ideogramas, y es a ese otro significado al que me quiero referir.
Dice un refrán que no hay mal que por bien no venga. Y así es porque esta crisis representa una suerte y una oportunidad para que entre todos tomemos la decisión de cambiar el rumbo y empezar a0 construir un mundo mejor, más acorde con los nuevos tiempos. No digo que sea fácil: para que nazca lo nuevo tiene que morir lo viejo. Y tendremos que empezar por lo más cercano: nosotros mismos. Habrá que liquidar nuestras viejas formas de concebir la vida, tan arraigadas en nuestro interior, y empezar a comportarnos de una forma más humana y solidaria con los demás, desterrando para siempre de nuestro vocabulario conceptos obsoletos como "tanto tienes, tanto vales".
Henry Ford dijo: «Si piensas que puedes hacer algo o piensas que no puedes hacerlo, en ambos casos tienes razón». Pues bien, no nos dejemos llevar por los malos augurios y el desánimo. Concentrémonos en pensar que podemos utilizar la crisis como una oportunidad para mejorarnos a nosotros mismos y al mundo en que vivimos. Dos cosas que van unidas y no se pueden separar.
(15 de noviembre de 2008)
Sueños
Cuando en abril de 1964 asesinaron a Martin Luther King yo tenía 13 años. Recuerdo los conflictos raciales que se produjeron en EE UU y cómo el telediario -entonces sólo había uno- nos ofrecía diariamente imágenes de enfrentamientos entre los negros y la policía. Me vienen a la memoria las escenas en las que las «fuerzas del orden» pretendían reducir a los manifestantes a chorros, utilizando enormes mangueras de agua, y golpeándolos con porras.
Aquellas imágenes me provocaban una enorme tristeza, indignación, y un profundo rechazo; y fue precisamente para rebelarme ante el trato injusto e inhumano que recibían los negros en EE UU cuando escribí mi primer artículo para una especie de periódico estudiantil.
En la madrugada del día 5, siguiendo por televisión el triunfo electoral de Barack Obama, esas imágenes que tanto me habían impactado antaño volvieron a ocupar con fuerza mi memoria. ¿Quién iba a pensar entonces que un negro ocuparía la Casa Blanca? Esa posibilidad era un sueño irrealizable, una utopía inalcanzable. Martin Luther King lo sabía perfectamente, pero eso no le impidió luchar por lo que era justo y soñar. Y no sólo soñar, sino expresar públicamente su sueño; algo que le costó la vida.
Todos los medios de comunicación han recordado estos días, tras el triunfo electoral de Obama, ese sueño visionario que tuvo el dirigente negro y que ahora, cuarenta años después, se ha hecho realidad. Al margen de otras consideraciones políticas en las que no voy a entrar, la buena noticia que nos ha llegado a todos con el triunfo de Obama -no sólo a los norteamericanos- es que los sueños pueden convertirse en realidad. Que es posible, que se puede hacer, que está hecho.
Y si el sueño americano se ha cumplido, me pregunto, ¿pueden cumplirse también los nuestros? ¿Pero cuáles son nuestros sueños? ¿O es que ya hemos dejado de soñar en este país? Repaso la política en general, que todos los días nos ofrecen los medios de comunicación, y veo que más que sueños, a muchos nos produce bostezos, cuando no pesadillas. Observo a mi alrededor una especie de cansancio crónico y un rancio acomodo a las situaciones establecidas, a los poderes enquistados, a lo políticamente correcto.
Todo esto me lleva a reflexionar. ¿Cuándo fue la última vez que votamos con ilusión? ¿Cuándo la alegría de un triunfo electoral nos hizo salir emocionados a las calles para celebrarlo, como ha ocurrido en EEUU? ¿A partir de qué momento empezamos a preguntarnos si merecía la pena votar o no? ¿Desde cuándo depositamos nuestro voto en las urnas a la contra, para echar a algún partido, y no a favor de que gobierne otro? ¿Cuándo hemos dejado de creer que un futuro mejor es posible?
En la madrugada del día 5 disfruté viendo por televisión los rostros emocionados de la gente, la alegría que se reflejaba en sus semblantes, las lágrimas que acudían a sus ojos, conscientes de que algo más grande que ellos mismos estaba pasando. Que con la elección del candidato negro, se estaba cerrando un oscuro capítulo de su historia y se estaba abriendo la puerta a una nueva era.
Me gustó también la reacción de McCain que encajó la derrota con dignidad. Su gesto de mano tendida y de colaboración con Obama le ennoblece. Demostró que había sido un rival, un contrincante en la pugna por conseguir la Casa Blanca, pero que no era un enemigo, porque ambos navegan en el mismo barco. Un comportamiento al que aquí no estamos acostumbrados.
El gran regalo que Obama y el pueblo americano han hecho al resto del mundo tras las elecciones en EEUU es la esperanza. La fe en nosotros mismos, la certeza de que podemos cambiar el futuro, y de que los sueños pueden convertirse en realidad.
De la misma manera que cuando tenía 13 años tomé la pluma por primera vez para expresar mi indignación y mi desesperanza por el trato a los negros en EEUU, hoy vuelvo a escribir con la seguridad de que lo imposible es posible; de que se vislumbra en el horizonte un nuevo mundo y de que, entre todos, podemos lograrlo. Sí, podemos. Seguro que podemos.
(8 de noviembre de 2008)
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