El Señorío De Cristo
De "El Evangelio Según Jesucristo" John F. MacArthur


    Recientemente leí en una revista un artículo en contra de la salvación de señorío. Empezaba con una pregunta: "¿Necesita una persona hacer a Cristo Señor como requisito para la salvación?". No menos de diez veces en el artículo de dos páginas, el autor hablaba de "hacer a Cristo Señor" de nuestra vida. Semejante terminología se ha hecho tan familiar en nuestra generación que algunos cristianos se inclinan a creer que es bíblica, pero no lo es.

    La Biblia no habla de nadie que "haga" a Cristo Señor, excepto Dios mismo, quien "le ha hecho Señor y Cristo" (Rom 14:9; Fil 2:11), y el mandamiento bíblico, tanto para pecadores como para santos no es "hacer" a Cristo Señor, sino acatar su señorío. Los que rechazan su señorío o le honran sólo de labios, no son salvos (ver 1Cor 12:3; Lc 6:46-49). Observamos por las palabras de Jesús en Mt 7:22 que muchos de los que admiten el señorío de Cristo de palabra o intelectualmente serán rechazados en el cielo, porque no hacen la voluntad del Padre que está en el cielo. Todos los que creen en la Palabra de Dios estarán de acuerdo en que Jesús es Señor en todo tiempo y para siempre, ya sea que alguien reconozca su señorío o se someta a su autoridad, como si no lo hace.

    No obstante, algunos escritores evangélicos contemporáneos han puesto en tela de juicio el lugar del señorío de Cristo en el mensaje del evangelio. Aun sin negar que Cristo es Señor, sugieren que es una verdad que es mejor dejar fuera de las buenas nuevas que proclamamos a los no creyentes. El artículo a que me refería anteriormente dice:

    ¿Suena eso como el evangelio según Jesucristo? Ciertamente no lo es. Ya hemos visto que Jesús hace frecuentemente de su señorío el asunto central de los incrédulos. Todo lo que dijo al joven rico en mateo 19, por ejemplo, requería el reconocimiento de su señorío. En Mateo 7:21,22 y Lucas 6:46-49, él atacó la posición falsa de quienes le llamaban Señor pero no le conocían en realidad, y dejó claro que la obediencia a la autoridad divina es un requisito previo para entrar en el reino. Evidentemente su señorío es una parte integrante del mensaje de salvación.

    La Biblia revela un número de atributos eternos comprendidos en el nombre "Señor". Son todos parte del cuerpo de verdades que han de creerse para ser salvos.
 
    Decir que Jesús es Señor es, en primer lugar, reconocer que es Dios Todopoderoso, creador y sustentador de todas las cosas Col 1:16. Esto es una declaración profunda de la verdad. Caben pocas dudas de que la Biblia enseña que Jesús es Dios. Solo los sectarios e incrédulos discuten esta verdad. La Biblia declara que Jesucristo es Dios (Jn 1:1, ver v.14). Dios Padre se dirige a él como Dios (He 1:8). El muestra los atributos de la deidad: es omnipresente (Mt 18:20), omnipotente (Fil 3:21), inmutable (He 13:8), perdona pecados (Mt 9:2-7), recibe adoración (Mt 28:17), y tiene autoridad absoluta sobre todas las cosas (Mt 28:18). Cristo comprende la plenitud de Dios en carne humana (Col 2:9). Es uno con el Padre. En Jn 10:30, él dice lisa y llanamente: "Yo y el Padre uno somos".

    Vemos a Dios en acción cuando leemos de las obras de Cristo. Cuando oímos sus palabras tal como las ha conservado el Nuevo Testamento, oímos las palabras de Dios. Cuando oímos a Cristo expresar emociones, escuchamos el corazón de Dios. Y cuando Jesús nos marca una dirección, es un mandato de Dios. No hay nada que el no sepa, ni algo que el no pueda hacer; no puede fracasar en forma alguna. Es Dios en el más amplio sentido posible.
 
    Como Dios y Señor, Jesucristo es soberano. El dijo, por ejemplo que era Señor del sábado (Mt 12:8), queriendo decir que su autoridad como legislador supera incluso la autoridad de la ley. En Juan 5:17, Jesús defendió su derecho a contravenir las leyes del sábado hechas por hombres, los fariseos: "Mi Padre hasta ahora trabaja; también yo trabajo". Así se atribuyó la misma autoridad de Dios, y los dirigentes judíos se airaron contra él que procuraban matarle (Jn 5:18). Cuando Jesús encontraba una oposición semejante, nunca invitaba al diálogo a los incrédulos obstinados. No se molestaba en tratar de argumentar sobre teología; simplemente apelaba a su autoridad inherente como Dios (vv.19-47; ver Jn 10:22-42).

    El hecho de que los judíos no pudieran matarle antes de que llegara su tiempo es una prueba más de su soberanía: "Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar" (Jn 10:17,18). La influencia de su poder alcanza a toda persona. De hecho, todo juicio se le ha entregado a él: "Porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el juicio lo dio al Hijo" (Jn 5:22). A Jesús se le ha entregado todo el juicio "Para que todos honren al Hijo como honran al Padre" (5:23). De igual manera los que deshonran al Hijo, también deshonran al Padre.

    En el juicio final toda rodilla se doblará y toda lengua confesará a Cristo como Señor, para gloria de Dios el Padre (Fil 2:11,12). Eso no significa, desde luego, que todos vayan a ser salvos, sino que incluso aquellos que mueran sin creer se verán forzados a confesar el señorío de Jesucristo. Su soberanía es ilimitada. El doctor Marc Mueller, del Seminario Master, ha expresado la amplitud de la soberanía de Jesús con las siguientes palabras:

    Aunque es Dios soberano, Jesús tomó sonbre sí las limitaciones de la carne humana, y habitó personalmente entre los hombres (Jn 1:14). Mientras estuvo en la tierra experimentó todas las tristezas y tribulaciones de la humanidad, excepto que nunca pecó (He 4:15). Caminó sobre la tierra, manifestó su amor, demostró su poder y reveló en su conducta la justicia de Dios. No obstante, su comportamiento fue el de un siervo. La Biblia dice que él "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz" Fil 2:7,8.

    En otras palabras, aunque es Señor soberano de todo, renunció a todo aun hasta el punto de morir voluntariamente de la muerte más dolorosa y humillante conocida por el hombre. Lo hizo por nosotros. Pese a ser sin pecado y, por lo tanto, no merecedor de la muerte (ver Rom 6:23), sufrió el castigo de nuestros pecados. "El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia" (1Pe. 2:24).

    La muerte de Cristo por nosotros fue el sacrificio decisivo. Pagó totalmente el castigo de nuestros pecados, y abrió el camino para que tengamos paz con Dios. Rom 5:8,9 dice: "siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros. Luego, siendo ya justificados por su sangre, cuánto más por medio de él seremos salvos de la ira".

    Incluso en su muerte, Cristo era Señor. Su resurrección fue prueba de ello. Pablo escribe que Cristo "fue declarado Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1:1-4). Fil 2:9-11 describe la respuesta del Padre a la humildad y la muerte de Cristo: "por lo cual también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor".

    Por ello, cuando invitamos a los hombres a recibir a Cristo como Salvador, les pedimos que acepten a quien es Señor y que fue declarado como tal por Dios el Padre, que también demanda que toda rodilla se doble ante su soberanía. La salvación pertenece a quienes le reciben (Jn 1:12), pero deben recibirle por todo lo que es: "el Bienaventurado y solo Poderoso, el Rey de reyes y Señor de señores" (1Tim 6:15).
 
    Jesús es Señor. La Biblia constantemente y de distintas maneras afirma el Señorío de Cristo. El es Señor en el juicio. Es Señor del sábado. Es Señor de todos (Hch 10:36). Se le llama Señor (kurios) no menos de 747 veces en el Nuevo Testamento. Sólo en el libro de los Hechos, se refiere a él 92 veces como Señor, mientras que le llama Salvador sólamente 2 veces. Es evidente que en la predicación de la iglesia primitiva el Señorío de Cristo era el centro del mensaje cristiano.

    El carácter central del Señorío de Jesús en el mensaje del evangelio es evidente por la forma en que la Biblia presenta los términos de la salvación. Aquellos que separan el creer en Cristo como Salvador del someterse a él como Señor tienen dificultades con muchas de las invitaciones bíblicas a la fe, tales como Hch 2:21 "Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo"; Hch 2:36 "Sepa, pues, con certidumbre toda la casa de Israel, que a este mismo Jesús a quien vosotros crucificásteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo"; Hch 16:31 "Cree en el Señor Jesús y serás salvo"; y especialmente Rom 10:9,10 "Que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo".

    Todos estos pasajes incluyen de forma indiscutible el Señorío de Cristo como parte del evangelio que hay que creer para salvación. Hemos visto que el Señorío de Jesús incluye las ideas de dominio, autoridad, soberanía, y el derecho a gobernar. Si estas cosas están implícitas en la frase "confiesas... que Jesús es el Señor" (Rom 10:9), entonces está claro que las personas que acuden a Cristo para salvación deben hacerlo en obediencia a él, esto es, dispuestas a someterse a él como Señor.

    No es sorprendente que los que se oponen a la salvación de señorío hayan hecho de Romanos 10 el centro de sus ataques. Mucho se ha escrito en años recientes intentando explicar cómo se puede confesar a Jesús como Señor y aún así continuar rebelándose contra su autoridad. Algunos defienden la postura de que el término "Señor", cuando se usa en la Biblia en conexión con el evangelio, no significa "dueño soberano", sino más bien "deidad". Charles Ryrie es el más claro de los que han usado este argumento...

    En otras palabras, el doctor Ryrie dice que quienes consideran que Señor significa "dueño soberano", privan al llamamiento a la fe de su significado respecto a la deidad de Cristo. Pero este es un argumento endeble. No es necesario eliminar el concepto de la deidad de la palabra "Señor" para entender que significa "dueño". Ryrie está en lo correcto al decir que cuando la Biblia se refiere a Jesús como "Señor" quiere decir que es Dios. Pero en todo caso eso no hace más que reforzar el punto de vista de que el concepto del gobierno absoluto es inherente a la palabra "Dios" debe significar dueño soberano. ¿Qué clase de Dios sería si no fuere soberano?

    De cierto, cuanto Tomás dijo a Jesús, "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20:28), estaba usando "Señor" como más que una expresión de deidad. No estaba diciendo "¡Dios mío y Dios mío!"; estaba afirmando que Jesús era tanto Dios como Señor.

    Veamos, por ejemplo, el contexto de Romanos 10:9. El versículo 12 utiliza la frase "Señor de todos" para describir al Salvador. Significa que Jesús es Señor sobre todos: judíos y gentiles, creyentes y no creyentes por igual. Cualquier interpretación que intente privar al término de su significado de dominio soberano no tiene ningún sentido. Leer esta verdad incluyéndola en el versículo 9, da por resultado una afirmación aún más fuerte: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor (de todos)... serás salvo".

    Ciertamente la palabra Señor significa deidad dondequiera que la Biblia llama a Jesús "Señor" en relación con el mensaje del evangelio. El hecho de que Cristo es Dios, es un componente fundamental del mensaje evangélico. Nadie que niegue la divinidad de Cristo puede ser salvo (ver 1ªJn 4:2,3). Pero inherente a la idea de la divinidad está la de autoridad, dominio y derecho a mandar. Una persona que vive en rebeldía contra la autoridad de Cristo no le reconoce como Señor en ningún sentido (ver Tito 1:16).

    El sello de la fe que salva es la sumisión al Señorío de Jesucristo. La prueba definitiva de que una persona pertenece a Cristo es la disposición oara someterse a su autoridad. En 1Cor 12:3, Pablo escribió "Por eso os hago saber que nadie, hablando por el Espíritu de Dios dice: 'Anatema sea Jesús'. Tampoco nadie puede decir: 'Jesús es el Señor', sino por el Espíritu Santo".

    Esto no quiere decir que sea imposible que personas no salvas pronuncien las palabras "Jesús es el Señor", porque es evidente que pueden hacerlo y lo hacen. Jesús mismo señaló la paradoja de aquellos que le llamaban Señor pero no lo
creían realmente (Lc 6:46). Incluso los demonios conocen y admiten quien es él (ver Stg 2:19) . Marcos 1:24 dice que mientras Jesús enseñaba en la sinagoga, un hombre poseído del demonio que estaba allí gritó: "¿Qué tienes con nosotros, Jesús de Nazaret?¿Has venido acá para destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios!". Marcos 3:11 dice: "Y los espíritus inmundos, siempre que le veían, se postraban delante de él y gritaban diciendo: ¡Tú eres el Hijo de Dios!" Un demonio dentro de un hombre poseído por una legión de espíritus inmundos gritó: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?" Mar 5:7.

    En 1Cor 12:3 no puede referirse únicamente a decir las palabras "Jesús es el Señor". Ha de significar algo más. Incluye el reconocimiento de Jesús como Señor mediante la obediencia, rindiendo la voluntad propia a su señorío y atestiguándolo mediante los hechos tanto como con las palabras (ver Tito 1:16).

    Esto de ninguna manera establece un evangelio de obras humanas. Nótese que es el Espíritu Santo quien capacita a las personas para confesar a Jesús como Señor: "Nadie puede decir: 'Jesús es el Señor', sino por el Espíritu Santo". Someterse a Jesús como Señor no es más meritorio como obra humana que creer en él como Salvador. Ninguno de los dos actos es una buena obra hecha para ganar el favor de Dios. Ambos son obra soberana de Dios en el corazón de todo aquel que cree; y cada uno es imposible sin el otro. Jesús no podría ser Salvador si no fuera Señor. Aún más, si no fuera Señor, no podría ser Rey, ni Mesías, ni nuestro gran Sumo Sacerdote. Prescindiendo de su Señorío, todo aspecto de su obra salvadora es imposible.

    Cuando acudimos a Jesús en busca de Salvación, acudimos a quien es Señor de todos. Cualquier mensaje que omita esta verdad no puede considerarse el evangelio según Jesucristo. Es un mesaje mutilado que presenta un salvador que no es Señor, un redentor que no demuestra autoridad sobre el pecado, un mesías debilitado y enfermizo que no puede mandar a quien rescata.

    El evangelio según Jesucristo no es nada parecido a eso. Representa a Jesucristo como Señor y Salvador, y demanda que los que le reciben le tomen tal como es. En palabras de John Flavel, un puritano inglés del siglo diecisiete: "La oferta de Cristo en el evangelio incluye todos sus oficios, y la fe evangélica le recibe así; para someterse a él, tanto como para ser redimido por él; para imitarle en la santidad de su vida, tanto como para recoger los logros y frutos de su muerte. Debe ser una recepción completa del Señor Jesucristo".

    A.W.Tozer escribió siguiendo la misma linea: "Exhortar a hombres y mujeres a que crean en un Cristo dividido es una mala enseñanza porque ¡nadie puede recibir medio Cristo, ni a un tercio de Cristo, ni un cuarto de la persona de Cristo! No somos salvos por creer en un oficio ni en una obra". Cualquier mensaje que presente un salvador que sea menos que Señor de todo, no puede pretender ser el evangelio según Jesucristo.

    El es el Señor, y quienes le rechazan como Señor, no pueden utilizarle como Salvador. Todo el que le recibe, debe someterse a su autoridad, porque decir que recibimos a Cristo mientras rechazamos su derecho a reinar sobre nosotros es completamente absurdo. Es un intento inútil de mantenerse asido del pecado con una mano y tomar a Jesús con la otra. ¿Qué clase de salvación es si nos deja en la esclavitud del pecado?

    Este, pues, es el evangelio que debemos proclamar: Que Jesucristo, que es Dios encarnado, se humilló a sí mismo para morir por nosotros. Así se convirtió en el sacrificio sin pecado para pagar la pena por nuestra culpa. Resucitó de los muertos para declarar con poder que es Señor de todos, y ofrece vida eterna gratuitamente a los pecadores que se sometan a él con fe humilde y arrepentimiento. Este evangelio no promete nada a los rebeldes altaneros, pero a los pecadores quebrantados y penitentes les ofrece en su gracia todo lo que pertenece a la vida y a la santidad.

 
 
Tomado de "El Evangelio Según Jesucristo", John F. MacArthur, CBP. Pp.201-208
 
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