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En cuanto decidimos en lo más íntimo de nuestro ser no ser dóciles a Dios, es muy posible que fabriquemos un nuevo dios, condescendiente y aun justificador de nuestras vulgaridades, defectos o vicios. El Dios verdadero siempre pide más de nosotros: sabe exigir porque conoce lo mucho bueno de lo que somos capaces; los ídolos, en cambio, son inventos nuestros para justificarnos en lo menos y aun en lo malo.

Por ello las consecuencias de las actitudes idolátricas son desastrosas, puesto que la idolatría es el calmante que tranquiliza y justifica todo lo que es menos vida, menos verdad, menos justicia, menos libertad, menos amor. Pero con frecuencia justifica además toda clase de mentiras, injusticia y muerte. Es como el sello religioso que sacraliza la maldad del mundo. Con razón, poco antes de la venida de Jesús, se llegó a decir que “la invención de los ídolos fue el origen del libertinaje..., una trampa para el mundo” ( Sab 14,12.21).

 

Romanos 1,18-32

Para Pablo resulta evidente que la fe en Dios no se reduce simplemente a aceptar unos contenidos ideológicos. No se trata de un acto intelectual: la fe lleva directamente a una relación personal con Dios y, en consecuencia, con todos sus hijos, en cuya historia él mismo se ha hecho presente. Por eso la respuesta creyente al Dios revelado consiste en que el hombre deje a Dios ser Dios, alabándolo y dándole gracias como se merece (Rom 1,21). Esto sólo es posible si el hombre no quiere ser como Dios (Gén 3,5), es decir, si acepta que él y todos los seres del mundo son hechura de Dios. Sólo así evitará querer divinizar lo creado.

 

Sin embargo Pablo sabe que el hombre, por sus propias fuerzas, no es capaz de resistir a la tentación de deificarse a sí mismo y a las cosas que le rodean. Por eso dice que “pretendiendo ser sabios, resultaron unos necios, pues cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes con forma de hombre mortal, de aves, de animales y de serpientes” (Rom 1,22s). Para el apóstol la raíz de la situación deplorable de la humanidad está precisamente en “haber sustituido al Dios verdadero por uno falso, venerando y dando culto a la creatura en vez de al Creador” (1,25).

 

 LA IDOLATRÍA DESHUMANIZA

 

Ciertamente la gran tentación del hombre es querer cambiar al Dios vivo, que irrumpe en la vida del hombre cuando y como quiere y que le lleva a donde quiere (ver Núm 9,17-23), por un dios controlable y manejable (ver Ex 32,1.23). Por ello aparece que la idolatría es la mentira radical del hombre, puesto que con ella cambia al Dios vivo por algo muerto, como subraya Pablo en el versículo 25 y ya lo había dicho el autor de la Sabiduría (13,10).

Otro punto clave en el que se manifiesta la confusión entre el Creador y la criatura lo encontramos en el hecho de que el hombre intenta domesticar, manipular al Dios trascendente, queriendo convertirlo en criatura suya: “despreciaron a Dios, al no tratar de conocerlo según la verdad” (Rom 1,28).

Conocer a Dios según la verdad no es simplemente una tarea intelectual que, a lo más, desemboca en un culto a su grandeza. Conocer a Dios quiere decir estar dispuesto a buscarlo y encontrarlo allí donde él quiere ser buscado y encontrado: en la solidaridad con los pobres y oprimidos, luchando por su liberación, tal como los profetas no se cansaron de recordarlo.

Si el hombre de cualquier manera neutraliza el ser interpelado por Dios, ya no es a Dios a quien adora, sino a su propia imaginación egocéntrica. Dios fuera del imperativo moral de justicia ya no es Dios.

Pablo piensa que el falso concepto de Dios que tienen los paganos les lleva a una conducta inhumana. Para él resulta claro que una mala teología lleva a una mala ética, por lo que la consecuencia inevitable de haber cambiado a Dios por un ídolo es el caos moral (Rom 1,26-32). Si creo en un dios injusto, es lógico que yo también sea injusto...

El no reconocer a Dios conduce al hombre a querer aprovecharse de los demás para compensar, a costa de ellos, la falta de humanidad que lleva el “romper” con el Creador. El hombre, como desconocedor de Dios, se convierte automáticamente en explotador de los demás.

Por eso la falta de amor es la actitud radical que aparece en todas las manifestaciones de pecado que Pablo enumera en 1,19-30.

Los ídolos destruyen sistemáticamente la humanidad de sus adoradores, a quienes acaban destruyendo. No pueden realizar sus promesas, sino que obstruyen las vías de acceso a una existencia libre y feliz.

Para Pablo, pues, la consecuencia de no “conocer” a Dios es la deshumanización del hombre y el desastre del mundo que Dios le ha confiado.

Así como una mala teología produce una mala ética, también una mala ética produce una mala teología. Es lo que Pablo quiere decir cuando en el versículo 18 habla de los que “destierran la verdad con la injusticia”. Según lo visto en el versículo 25 se trata de “la verdad de Dios”, de la verdadera esencia de Dios. Y de ella afirma Pablo que a base de injusticias es con lo que los hombres impiden conocerla.

El que vive en la injusticia, o se decide a convertirse a Dios y salir de ella, o no tiene más remedio que oprimir la verdad de Dios, inventándose otro dios concordante con su manera de proceder. La actitud vital de injusticia impide conocer al Dios verdadero. Por eso una actitud constantemente injusta es como una fábrica de ídolos.

Hechos 17, 16-34

Este texto nos narra la actividad de Pablo en Atenas, una “ciudad poblada de ídolos” (17,16). El discurso que tiene el apóstol en el Areópago (17,22-31) es una crítica radical a la idolatría, en el que radicaliza y profundiza la crítica del Antiguo Testamento.

 


Utiliza dos argumentos. En el primero se refiere a Dios como creador y señor de la historia. Este Dios no necesita templos, ni altares, ni ídolos para revelarse. El hombre tampoco los necesita para conocerlo. Dios es plenamente trascendente, y por eso “en él vivimos, nos movemos y existimos” (17,28).

La presencia trascendente de Dios en el hombre, en la naturaleza y en la historia es el fundamento último y más radical contra la idolatría, puesto que es radicalmente opuesta a toda práctica idolátrica. Todos los hechos liberadores de Dios llegan a ser una imagen en la que él se revela y donde el hombre puede conocerlo a la luz de la fe. La idolatría, por el contrario, se manifiesta en la destrucción de la historia, del hombre y de la naturaleza.

 


El segundo argumento de Pablo radicaliza e ilumina el primero: Si el hombre es imagen de Dios, ”si somos de la raza de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante al oro, a la plata o a la piedra, obras del arte y del ingenio humano” (17,29). El hombre es la imagen más perfecta de Dios y en él se manifiesta y revela el Dios trascendente y creador. Y si el hombre es la imagen de Dios, ”linaje de Dios”, ninguna trascendencia y espiritualidad puede existir y revelarse en la destrucción del hombre. Si Dios se revela en la realización plena del hombre y de todos los hombres, lo que destruya de alguna manera al hombre, por más capa de espiritualidad que tenga, es pura idolatría y fetichismo.

Como conclusión podemos afirmar que los que marchan como títeres en pos de ídolos se deshumanizan y deshumanizan a los demás. Ante el ídolo moderno se siente a la vez una intensa atracción y una no menor dependencia.

 


El mecanismo de la idolatría convierte lo vivo en cadáver, el amanecer en obscuridad, lo real en fantasmagórico, lo creado por nosotros en creador nuestro. El denominador común de los ídolos es su condición de seres muertos, momificados y disecados. Los seres humanos se identifican a sí mismos con las cosas y tratan a los demás como si fueran cosas.

Los ídolos cierran al hombre dentro de sí mismo y legitiman sus actitudes de apropiación egoísta. En vez de alentarle a darse, le alientan al acaparamiento, es decir, a tener más de lo que está destinado a los otros y a poder más sobre los otros.

Tenía razón Carlos Marx cuando afirmaba que la religión es el opio del pueblo, pero él se refería, aun sin saberlo del todo, a la religión de los ídolos. La religión que él conoció en aquel obscurantismo religioso del siglo XIX era en buena parte idolátrica, tanto en su familia protestante, como en los diversos ambientes de la época.

 

 José L. Caravias sj

 

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