PROFETAS 


NI ADIVINOS…

n ente primer tema vamos a intentar ver quiénes fueron los Profetas. De ellos habla con frecuencia la Biblia. Y de ellos se habla ahora también, sobre todo en los ambientes eclesiásticos y, en general, entre los cristianos.
Pues bien, lo primero que hay que decir sobre los Profetas es que no fueron ni adivinos, ni futurólogos. Es decir, no fueron individuos dedicados a anunciar el futuro, como si supieran de antemano lo que iba a pasar. Es más, ni siquiera se puede decir de ellos que fueron los encargados de anunciar la venida de Cristo (el Mesías) al mundo. Por supuesto, que ellos hablaron de ese asunto en determinadas ocasiones. Pero debe quedar claro, desde ahora, que ni aun para eso, los profetas fueron unos adivinos del futuro.
Pero, entonces, ¿qué o quiénes fueron los Profetas? Para decirlo en pocas palabras: los Profetas fueron auténticos “hombres de Dios”, que tuvieron una gran experiencia del Señor, lo cual les capacitó para descubrir, en los acontecimientos y en la historia, las intervenciones de Dios para bien del pueblo. Por eso, ellos supieron interpretar el presente, su propia situación actual y la situación del pueblo. Y eso en un sentido concreto: ellos decían claramente si la actuación de la gente y del pueblo estaba bien orientada, según los deseos o designios de Dios; o si, por el contrario, la gente y el pueblo se apartaban de su recto camino.


ASÍ EMPEZARON

¿ómo, cuándo y dónde empezó a haber Profetas? La historia de lo que se llama el profetismo es muy larga. Y por eso, le pasa como a todas las cosas muy antiguas: que sus orígenes nos resultan difíciles de conocer con precisión. De todas las maneras, lo que aquí podemos decir sobre este asunto es lo siguiente.
Sabemos que en los tiempos de los primeros reyes del pueblo de Israel, allá por el siglo once antes de Jesucristo, había dos clases de Profetas. Ante todo, estaban los que llamaban “videntes”, que eran hombres respetables, que sabían más que la gente normal y corriente, y a los que se acudía, en algunas ocasiones, para preguntar por el paradero de cosas o animales perdidos. Por ejemplo, una vez, hubo un tal Saúl, al que se le perdieron unas burras. Se fue a buscarlas y acudió a un tal Samuel, que era de esos “videntes” a quienes la gente consultaba (1 Sam 9,2...). Pero había otra clase de Profetas, que eran llamados “nabiim”: estos vivían en grupos, rezaban mucho y, a veces, durante la oración les pasaban cosas raras, como quedarse tiesos o pegar brincos. Vivían en ermitas o capillas, apartados de la gente. Pero hay que tener en cuenta que estas dos clases de Profetas existían, no sólo en el pueblo escogido de Israel, sino también en otros pueblos y naciones de aquel tiempo. Por ejemplo, sabemos que el profeta Elías se tuvo que enfrentar una vez con 450 profetas cananeos (1Re 18,22). Con el paso del tiempo, la palabra “vidente” vino a querer decir casi lo mismo que “profeta”. También sabemos que había escuelas de profetas. Y hasta hubo un tiempo en el que eso de ser “profetas” era una especie de oficio en la corte del rey, porque hubo reyes que tenían sus profetas de cabecera, como el que tiene un médico, un sastre o algo parecido.


¿QUÉ HACÍAN LOS PROFETAS?

e acuerdo con lo que hemos dicho hace un momento, los reyes solían consultar a sus profetas en asuntos de importancia, por ejemplo cuando se trataba de organizar una guerra, luchar contra una plaga del campo o disminuir los malos efectos de una sequía. Esta costumbre llevaba consigo lo siguiente: Si el profeta decía cosas agradables, recibía regalos de los reyes y de los ricos. Lo cual era, a veces la causa de que algunos “enteradillos” se dedicaban a decir lo que a la gente le gustaba oír. Los que hacían eso eran los falsos profetas, que eran egoístas y embusteros.
Los verdaderos Profetas del pueblo de Israel tenían, ante todo, una cualidad muy importante: eran designados directamente por Dios, que era el que los llamaba a realizar semejante tareas. Por lo tanto, no se trataba de un oficio como los demás, sino que era necesariamente una persona señalada y designada por Dios. Por eso, los Profetas tenían siempre la idea de que ellos eran enviados de Dios y que hablaban en nombre de Dios. Por consiguiente, las cosas que decían no eran simplemente las cosas que a ellos se les ocurrían, sino las cosas que Dios les mandaba decir. De ahí que cuando empezaban a hablar, decían siempre: “Esto dice el Señor”.
Otra cualidad interesante que tenían los Profetas es que siempre hablaban para una situación concreta y para personas concretas, Lo cual quiere decir, entre otras cosas, que nunca daban normas generales o leyes universales. Ellos hablaban en concreto y para cada situación concreta.
Pero, sin duda alguna, lo más interesante que se puede decir de los Profetas es que, cuando se trata de Profetas grandes e importantes, aparecen siempre en tiempos de cambio, cuando se acaba una situación y empieza otra, cuando hay muchas cosas que resultan nuevas y desconocidas. Como todo el mundo sabe, estos tiempos de cambio son siempre difíciles, porque la gente no se siente segura y tiene miedo. 
La solución entonces, al menos para muchas personas, es volver a lo de antes, a lo tradicional, a lo que libera del miedo, Esto se nota, sobre todo, en lo que se refiere a la religión. Que es justamente lo que ahora le pasa a mucha gente, que se ha vuelto más carca o más tradicional, porque ahora también estamos en una época de cambio. Pues bien, en situaciones así es cuando, sobre todo, aparecen los grandes Profetas, para interpretar la situación y las cosas que pasan. Ellos le dicen a la gente que no debe agarrarse a lo tradicional, aun cuando se trate de la religión más segura del mundo. Porque lo importante no es la religión que da seguridad, sino la fe en Dios, la amistad con el Señor y la fidelidad a los planes de Dios.


Es importante comprender lo que esto nos quiere decir. La gente busca en la religión más la seguridad que la fidelidad, Por eso, a veces la gente quiere estar bien con Dios, pero también con su seguridad puesta en las cosas de la tierra. Pero el Señor no tolera esa postura. De ahí que el gran profeta Elías le decía, un día a la gente: “¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies?” (1Re 18, 21). Dios quería grandes cosas para su pueblo, pero éste se aferra a su seguridad, cosa que busca en las prácticas religiosas, porque la gente se piensa que practicando la religión, con eso y nada más, ya está bien con Dios. De esa manera, la gente se engaña a sí misma, se aleja de Dios y se aparta de los proyectos del Señor. Bueno, pues todo esto es lo que los Profetas atacan, porque ven que es lo que más daño hace al pueblo.
Por consiguiente, la verdadera tarea de los Profetas era comunicar al pueblo lo que Dios quiere y lo que Dios espera, sobre todo cuando la vida y las cosas cambian, cuando la gente se engaña o no sabe que es lo que tiene que hacer.


ASÍ HABLABAN LOS PROFETAS

emos dicho que los Profetas hablaban en nombre de Dios. Por eso, sus palabras eran verdaderas palabras del mismo Dios, Pero, claro está, esto tenía un inconveniente muy grave, a saber: que las palabras humanas son muy pobres y pequeñas para expresar las ideas y los pensamientos de Dios. De ahí, la enorme dificultad en que muchas veces se veían los Profetas a la hora de querer decir al pueblo lo que Dios quería. Por eso también, muchas veces los Profetas tenían que trabajar, hasta sudar, para encontrar nuevas palabras y nuevas formas de decir lo que tenían que comunicar a la gente. Y en algunas ocasiones llegan a luchar con Dios, precisamente por este motivo.
Esto se ve muy claro, por ejemplo, en el caso del profeta Jeremías, que un día se puso a decirle a Dios: “Sábelo: he soportado por ti el oprobio. Se presentaban tus palabras y yo las devoraba. Era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu nombre, Yahweh, Dios Sebaoth. No me senté en peña de gente alegre y me divertí. Por obra tuya me senté solitario, porque me llenaste de rabia”. (Jer 15,16-17).
Y en otra ocasión le dijo el mismo Profeta a Dios: “Me has seducido, Yahweh, y me dejé seducir, me has agarrado y me has podido. He sido la risa cotidiana: todos se burlaban de mí. Porque cada vez que hablo es para clamar: ¡Atropello! Y para gritar: ¡Expolio! La palabra de Yaweh ha sido para mí oprobio y burla. Yo decía: No volveré a recordarlo, no hablaré más en su nombre. Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía”. (Jer 20, 7-9)
Estas palabras, que acabamos de ver, nos dicen claramente lo que era la vocación de estos hombres tan singulares que llamamos los Profetas. Este tipo de tarea no se hace ni por dinero, ni por regalos, ni por nada del mundo. Porque es algo sencillamente terrible. Porque los caminos de Dios son muy distintos de los caminos de los hombres.
Por eso, con frecuencia, los Profetas tenían que decir lo que resultaba duro y desagradable. Y de ahí, la dureza de su lenguaje en algunas ocasiones, Y también lo apasionante que resulta con bastante frecuencia.


LOS PROFETAS Y NOSOTROS

os Profetas existieron en los tiempos antiguos, varios siglos antes de la venida de Jesús a este mundo. Pero eso no quiere decir que este asunto de los Profetas sea una cuestión que sólo interesa a la hora de conocer la historia. Los Profetas son también de hoy, de ahora, de nuestro tiempo. Porque Dios sigue mandando al mundo y a su pueblo (los creyentes de todo el mundo) hombres iluminados, que tienen la misma misión que los Profetas antiguos: explicar las situaciones, comunicar los designios de Dios en un momento determinado, interpretar los hechos a la luz de Dios. En otro tema, más adelante, trataremos expresamente este punto. Pero ya desde ahora era importante decirlo. Todo el mundo conoce nombres como Martin Luther King, Lanza del Vasto, Juan XXIII, Oscar Romero, etc. En estos casos, se trata de los profetas de nuestro mundo y de nuestro tiempo. Por eso hay que decir aquí que lo importante es oír a esos nuevos Profetas, saber lo que nos dicen, comprender cómo interpretan la vida, los hechos y la historia. Sobre todo, en un tiempo como el nuestro, tiempo de cambio y de miedo, tiempo de inseguridad y de incertidumbre. Tiempo en que nos interesa a todos dar y dejar la palabra a los Profetas.


PREGUNTAS

1. ¿Por qué te interesa el estudio de los Profetas?
2. ¿Qué sabías acerca de los profetas, antes de empezar este tema?
3. ¿Has conocido a algún Profeta de hoy? ¿Qué te ha enseñado?
4. ¿Conoces los nombres de los Profetas de Israel? ¿Sabes algo más de ellos? ¿Qué te han enseñado?
5. ¿Crees que hoy es importante y urgente la aportación que nos pueden hacer los Profetas? ¿Por qué?