
El Dios que nos
revelan las mujeres

Autora del texto: Carmiña
Navia Velasco

Introducción
El punto de
partida de este texto es ver cómo se desarrolló, a lo largo de la
tradición Bíblica, la relación entre Dios y algunas mujeres que
aparecen en el texto con fortaleza e independencia. Vamos a mirar si
esas mujeres nos dicen una palabra específica y genérica sobre el Dios
bíblico y qué reto es para nosotras/os creyentes, en los umbrales del
siglo XXI, esa palabra.
Es importante
explicitar algunos puntos de partida en esta reflexión:
1. La
revelación de Dios se da en la historia; es por tanto un proceso.
Entendemos la revelación, por consiguiente como progresiva. Esta, por
lo demás, es una afirmación aceptada comúnmente hoy, entre los
estudiosos y en la misma comunidad eclesial.
Esta afirmación
nos arroja algunas consecuencias: Dios va mostrando su rostro poco a
poco: Desde el creador vigilante que se pasea por los jardines del Edén,
hasta el Abba-Dios amoroso e impotente en la cruz de Jesús de Nazaret,
hay un largo trecho recorrido y hay también muchos perfiles y matices
desarrollados. Y hay también, un misterio que permanece abierto. Esa
historicidad de la revelación de Dios al ser humano se da en varios
sentidos: En la Biblia misma, en la que la imagen de Dios se construye
como respuesta a la historia del pueblo y en las posteriores relecturas
del texto, en las cuales se van encontrando siempre nuevas
potencialidades que se revelan a la luz de las preguntas que se le
formulan al texto.
"De esta
manera, a medida que cambiaba la situación presente, cambiaba también
el prisma a través del cual el pueblo veía y apreciaba su pasado. Con
gran libertad y fidelidad, los autores de la Biblia componían siempre
nuevos cuadros con tradiciones y textos antiguos, teniendo en cuenta las
nuevas situaciones. Por ello de acuerdo con los textos y las personas,
de acuerdo con las situaciones y los problemas, siempre diferentes, surgían
síntesis nuevas, parciales o totales, del mismo pasado, elaboradas por
diferentes grupos y personas, en las diversas fases por las que el
pueblo pasó" (1). Esta afirmación de Mesters, nos sintetiza lo
planteado.
El rostro de Dios
se va mostrando/revelando en cada situación, siempre igual y siempre
distinto... y se nos revela siempre el mismo y siempre nuevo, en cada
relectura.
2. Si
entendemos que el texto bíblico es una obra literaria y una muy buena
literatura, aceptamos que Dios se comporta como el protagonista central
de esta historia que se desarrolla entre Dios y los hombres y mujeres de
un pueblo.
Como todo
protagonista de un relato, Dios evoluciona a lo largo de su actuación
y su manifestación (2). Su configuración en tanto que personaje se
va llevando a cabo en la medida en que responde y se actualiza en las
distintas circunstancias por las que el ser humano -su creación- va
pasando. Ningún personaje en un relato -y menos aún, en un relato de
la complejidad del bíblico- permanece estático. El personaje literario
bien estructurado, se va desarrollando y manifestando en la medida en
que lleva a cabo su praxis. En este sentido, Dios -personaje del texto bíblico-
va actuando en las circunstancias en las que la historia lo demanda.
Miraremos algunas
características de la configuración/manifestación de este
protagonista: cómo responde ante circunstancias concretas, cómo es
percibido por su antagonista. Para esta mirada nos serviremos también,
de las herramientas literarias (mirada estructural, semántica o sociocrítica)
que más se ajusten al texto escogido.
3.
Finalmente un punto de partida esencial en nuestra lectura, es el
punto de vista femenino. Queremos acercarnos a la experiencia de
Dios que tienen algunas mujeres protagonistas; pero además queremos
hacerlo con una mirada femenina, una mirada femenina aún en construcción
al interior de la Iglesia:
"Numerosas
aportaciones positivas provienen de la exégesis feminista. Las mujeres
han tomado así una parte activa en la investigación exegética. Han
logrado percibir -con frecuencia mejor que los hombres- la presencia, la
significación, y el papel de la mujer en la Biblia. El horizonte
cultural moderno, gracias a su mayor atención a la dignidad de la mujer
y su papel en la sociedad y en la Iglesia, hace que se dirijan al texto
bíblico preguntas nuevas, ocasiones de nuevos descubrimientos. La
sensibilidad femenina lleva a entrever y corregir ciertas
interpretaciones corrientes tendenciosas que intentaban justificar la
dominación del varón sobre la mujer" (3).
Se trata de ver en
qué medida la revelación de Dios que viven y por tanto nos transmiten
las mujeres, está atravesada por su condición de género y qué de
específico aporta a nuestra fe, esa relación: Dios/Mujer. Es
importante señalar, que se trata de un trabajo difícil: estamos muy
condicionados/as por siglos de lectura androcéntrica. También hay que
tener en cuenta que aunque los procesos de escritura bíblica son
complejos y en ellos indiscutiblemente participaron las mujeres, no se
puede hablar propiamente de una "escritura femenina"; sin
embargo las mujeres, miradas y escritas por la comunidad en conjunto, sí
se sitúan indiscutiblemente más cerca de ellas mismas que los
protagonistas hombres. Hay que hacer entonces un esfuerzo, para
descubrir con nuestros ojos la diferencia:
"Por tanto a
mí me preocupa algo más que los aspectos femeninos que hay en Dios,
eso que algunos varones ilustrados están hoy día dispuestos a admitir.
Esa manera de hablar me molesta, porque quiere hacernos pensar que Dios,
propiamente, es varón, y que en él puede descubrirse algún
aspecto femenino oculto. Según ese modelo de pensamiento, lo femenino
en Dios se ocultaría de la misma manera que el niño, como es bien
sabido, se oculta en el varón adulto. Pero no basta con pretender
descubrir lo femenino, aún desconocido, que hay en el Dios varonil,
conocido ya desde antiguo; la crítica femenina no ha llegado aún
demasiado lejos en lo que respecta al marco de tales construcciones
mentales. ¿No tendríamos que hablar, con la misma razón, de los
aspectos negroides que hay en Dios, y descubrir lo juvenil de Dios para
desligarnos finalmente del anciano varón blanco que hay en los cielos?
Nuestra dificultad interna reside en las imágenes, más o menos falsas,
de Dios que se nos han transmitido por tradición. Y ese abandono
carente de espíritu, ese abandono en que vivimos, no podremos superarlo
erigiendo estatuas de diosas, imágenes del matriarcado, en los templos
que se han quedado vacíos. Lo que nos hace falta no son imágenes, sino
una experiencia memorable de Dios. Nos aprieta y nos coarta el corsé
del lenguaje autoritario de los hombres, y que nos hace incapaces de
rememorar como una experiencia el misterio de la vida, al que llamamos
Dios" (4).
Las reflexiones de
Dorothee Sölle, resultan -como en otras ocasiones- muy desafiantes.
Intentaremos descubrir en este trabajo rostros inéditos de Dios, si es
que la mujeres escogidas para revelárnoslos nos dan una pauta para
ello.
Son estas mujeres:
Débora, Ana, Ester, Rut y Judit. Nos limitamos al Antiguo Testamento,
en su versión griega, porque asumimos de Ester la parte griega e
involucramos a Judit, dos mujeres muy importantes en la lectura femenina
actual de la Biblia que se realiza en América Latina. Los invitamos a
seguir sus pasos y sobre todo a escuchar su palabra: ¿Cómo se
relacionan con Dios? ¿Qué nos revelan de El? ¿Qué nos revelan de
ellas? ¿Qué nos revelan de nosotras/os y de nuestra religiosidad en el
hoy de la historia?
DEBORA: Jueza y
Profetisa
Débora es quizás
la primera mujer con más "cuerpo" y autonomía con que nos
encontramos en el recorrido bíblico. Indiscutiblemente antes que ella
unas cuantas mujeres toman iniciativas sociales, familiares y religiosas
(las hijas de Lot, Sara, Rebeca, las parteras...); pero con la actuación
y la palabra de Débora nos hallamos ante un cuadro de conjunto que
permite una mirada más detenida.
El episodio de
esta protagonista lo registra el libro de los Jueces (capítulos 4 y 5).
En su conjunto este texto nos habla de un período muy preciso en la
historia del pueblo hebreo: el asentamiento pre-monárquico de las
tribus en Canaán, época en que el pueblo aún disperso y sin
instituciones fuertes es gobernado por caudillos y "jueces" de
delegación popular, la mayoría de las veces carismáticos. Es difícil
precisar una fecha más estrecha para la actuación de Débora, pero nos
movemos en el siglo XII a. C., si acaso muy al comienzo del XI.
Los relatos que
constituyen el libro de los Jueces se componen y transmiten en forma de cantares
de gesta que exaltan la memoria de los héroes populares que
culminan y mantienen la victoria sobre los reyes cananeos. Su redacción
como parte de la Historia Deuteronomista es posterior; pero hay acuerdo
entre los estudiosos sobre la relativa "pureza" con que se
conservó el canto de Débora cuyas características nos sitúan ante un
poema muy antiguo. (De manera muy general, se considera el canto de Débora,
uno de los textos más antiguos de la Biblia).
Al enfrentarnos a
la memoria de Débora, surgen ante el lector crítico unas cuantas
preguntas: ¿Fue Débora la única mujer que asumió una voz profética
y un rol de dirigencia en esta época? ¿Hubo otras? ¿Qué ocurrió
entonces con su memoria? Surge también una certeza: en condiciones que
no siempre fueron buenas para las mujeres, hubo un grupo, un sector del
pueblo (¿principalmente mujeres?) que se ocupó de conservar y
transmitir el cantar que recoge a nuestra protagonista. A este grupo le
pareció importante y significativo conservar la memoria de una mujer
jueza en los inicios del pueblo de Israel.
Cuando nos
enfrentamos con el texto, lo primero que salta a la vista es que Débora
es una mujer líder, con funciones muy claras en el mundo en el que se
mueve. Se nos habla de ella como mujer de Lapidot, pero no se dice nada
respecto a su maternidad, en una época en que la maternidad femenina
(hijos para la guerra) era de vital importancia. Débora actúa como
gobernante (era ésta la función del juez) y como profeta con una gran
autoridad.
Ella vive su
situación con conciencia de mujer sí, pero con mucha naturalidad, lo
que nos permite pensar que si bien su situación no era quizás la más
corriente, sí era aceptada normalmente en Israel: "Sob qualquer
ponto de vista, entâo, a criatividade e o trabalho femeninos foram
altamente cotados no antigo Israel. O valor da mulher nâo estava apenas
em sua exploraçâo biológica, mas antes ela tomava plenamente parte,
junto com todos os outros elementos, na sociedade, para a consecuçâo
dos objetivos do povo israelita... Os preceitos do Decálogo e Código
da Aliança se consagram zelosamente ao combate contra a exploraçâo de
todos os grupos humanos e até dos animais. E o que demonstra o V
Mandamento. Deve-se honrar tanto ao pai como à mãe, pois é de ambos
que depende a existência de Israel"(5).
De la acción de Débora
hay dos presentaciones: La primera corre a cuenta de un narrador, que la
enfoca en el conjunto del pueblo; la segunda corre a cuenta de ella
misma que la recoge en un canto.
Miremos en detalle
a Dios, protagonista principal de esta acción y de esta narración:
El Dios que se nos
presenta en el capítulo 4, es un Dios que castiga la infidelidad de su
pueblo, entregándolo (el término hebreo empleado es vendiéndolos)
al poder de sus enemigos, los reyes cananeos. Esta convicción de que
los hebreos son vendidos por Dios a Yabín, nos deja ver definitivamente
un Dios duro, un Dios que se revela como implacable ante la infidelidad.
En este ambiente despliega Débora su autoridad, mandando a llamar a
Barac. Cuando lo tiene delante, habla en nombre de Dios: "El Señor
Dios de Israel". Ella no tiene duda alguna: conoce y explicita la
voluntad de ese Dios. Este conocimiento ¿supone un dialogo directo como
el de Abraham o Moisés? ¿Supone un discernimiento sobre el momento
histórico? ¿Supone una visión? No lo sabemos, porque el texto lo
calla, pero es claro que Débora tiene una certeza: ella conoce
la voluntad de Dios y encomienda a Barac enfrentar a Sísara, del ejército
de Yabín. El texto implica además otra certeza: el pueblo acepta sin
dudar que Débora habla en nombre de Yahvé.
Barac muestra
miedo y ella lo incita: "te acompañaré, pero el Señor dará la
victoria a una mujer"; Débora actúa conscientemente en cuanto
tal. La narración prosigue: en los versículos 10 al 14, especialmente
en este último, Débora confirma su saber sobre el actuar de Dios: Dios
les dará la victoria.
La experiencia de
Dios que tiene Débora es la de un Dios guerrero, el mismo Dios del éxodo,
que toma partido por su pueblo y que en cumplimiento de su alianza
"genera" y bendice actos de guerra, sean cuales fueren ellos.
Débora
experimenta a Dios luchando, guerreando: Vamos, que hoy mismo
pone el Señor a Sísara en tus manos. ¡El Señor marcha delante de ti!
(Es el mismo Dios guerrero que alaba Moisés en su canto).
Cuando la victoria
les ha sido dada, Débora entona su canto, en el cual además de
agradecer la victoria a Yahvé reconstruye desde su propia mirada su
historia. Es importante señalar la originalidad de este recurso: el
narrador cede la palabra a la protagonista quien canta su propia acción,
da la gloria a Yahvé, pero ensalza su participación... técnica
narrativa interesante que nos remite otra vez a la cuestión de la
memoria: Débora manifiesta una conciencia sobre la necesidad de
elaborar y mantener el recuerdo de una historia.
El primer sentido
del canto es la alabanza, el agradecimiento: "Voy a cantar, a
cantar al Señor, y a tocar para el Señor Dios de Israel"(*). Débora
se sitúa en la tradición más clásica: el Dios a quien canta, con el
que se relaciona, es el Dios revelado a Moisés, su antepasado: Yahvé.
A partir del versículo 4, Débora hace memoria: esa memoria son
las batallas y los triunfos guerreros del Señor, el Dios del Sinaí, es
decir el legislador de Israel.
Una vez invocado
ese recuerdo más antiguo, Débora relee su propia historia,
asignándole un sentido: no había caminos, no había alternativa para
los campesinos en Israel, sólo había desorden, hasta que ella misma (Débora)
se pone en pie. En este contexto de liberación, Débora se entiende
como madre de Israel. La maternidad en el Antiguo Israel, no sólo
era la fuente de la vida, sino la posibilidad de subsistir como pueblo y
formarse como nación (6). Al atribuirse a sí misma esa maternidad
colectiva Débora está ubicando su acción como portadora de vida y de
futuro para el pueblo, como constructora de historia.
El canto continúa,
con un poco de desorden: salta hacia adelante y hacia atrás, invoca
nombres de antepasados mezclándolos con los nombres de capitanes
vencedores recientes. En el versículo 11 del capítulo 5, se identifica
la victoria de Yahvé con la victoria de los campesinos de Israel (acordémonos
que están enfrentados con las "Ciudades-Estado" que oprimen a
los campesinos). Débora se convoca a sí misma unas cuantas veces, se
invita a cantar a Yahvé. Más adelante (versículo 24) reivindica la
acción de Yael, en cuanto acción de una mujer.
Su canto termina
con estas palabras: "Perezcan así, Señor, tus enemigos! Tus
amigos sean fuertes como el sol al salir!". El Dios al que invoca
es un Dios poderoso que puede destruir y dar la vida, que puede hacer
perder la batalla y ganar la guerra. Un Dios que bendice a sus aliados y
destruye a sus enemigos.
Hemos visto
algunas características del Dios experimentado y revelado por Débora:
El Dios de Israel, que se parcializa por su pueblo y le da la victoria o
el castigo, según sea su comportamiento. El Dios de los antepasados, el
de la liberación: un Dios guerrero y poderoso que abate al enemigo y
que no disculpa la cobardía o el miedo. Un Dios alegre ante el cual se
canta y se danza. Un Dios que invita a sus hombres a la guerra y que
sostiene la acción de las mujeres valientes que luchan por el pueblo.
Un Dios en el que se puede confiar plenamente y sin ningún temor,
porque está decididamente al lado de los suyos.
Si tenemos que
preguntarnos por la especificidad femenina de la experiencia religiosa
de esta mujer en el Israel primitivo, nos encontramos -a mi juicio- con
bastantes limitaciones; creo que en este sentido podemos detectar
claramente una ambigüedad.
Ya vimos, que al
entonar su canto y relatar desde ella misma la historia, Débora
inicia una memoria femenina, una memoria de las hazañas de las mujeres.
Esto es definitivamente importante desde el punto de vista femenino.
Débora no es ni
mucho menos inconsciente en lo que tiene que ver con su género: le deja
en claro a Barac que si ella lo acompaña, la victoria no será de él,
sino de una mujer; exalta además la acción de Jael, como una
acción también femenina. En este sentido para ella no ofrece ninguna
duda el que Dios actúa igualmente por mano de hombre o por mano
de mujer: este punto de partida es fundamental. En Débora no hay
reivindicación, sino conciencia nítida de que la manifestación de
Dios es así. Esta conciencia está dejando ver un mundo en el que las
desigualdades aún no se han institucionalizado radicalmente, generando
una brecha entre la situación religiosa de las mujeres y la de los
varones.
Por otro lado es
cierto que Débora es jueza y profetisa de un mundo estrictamente
patriarcal y guerrero. En este sentido su experiencia religiosa no se va
a diferenciar de la de los hombres de Israel: Dios es poderoso y
guerrero, ofrece la vida a sus amigos y la muerte a sus enemigos. Débora
tiene interiorizada la lógica de la guerra, al mismo tiempo que tiene
claridad sobre la parcialidad de Dios por los campesinos de Israel,
frente a los reyes cananeos. Por lo demás no es pensable otra cosa:
Israel se está configurando como pueblo, su subsistencia depende de su
capacidad guerrera entre otras cosas... y hombres y mujeres trabajan al
unísono por la causa nacional.
ANA: la voz de
los humildes
Cuando -como
lectores/as- nos encontramos con la figura de Ana de Ramá, la situación
que se nos presenta es bien distinta. El libro de los Jueces, termina
con esta afirmación: "Por entonces no había rey en Israel,
cada uno hacía lo que le parecía bien". La historia que nos
va a narrar el libro de Samuel es otra: El pueblo se ha establecido en
Canaán, se ha configurado como nación y está a punto de darse una
organización monárquica. Esto supone un paso decisivo: En una situación
previa, las tribus constituían grupos diferentes que en ciertos
momentos se aliaban y en otros podían enfrentarse -como de hecho lo
hicieron muchas veces- por la tierra. En un segundo momento (el del
libro de Samuel), las tribus constituyen un pueblo. Esta unidad genera
necesariamente ciertas grietas e incluso rupturas al interior: el pueblo
ya asentado y en camino de convertirse en un Estado, se va
estratificando y diferenciando en su interior. (Débora ejerce su función
bajo una palmera, en este caso ya nos encontramos frente a un
santuario). La conciencia y la oración de Ana, va a dar cuenta cabal de
esta nueva realidad. Desde el punto de vista narrativo, el canto de Ana,
va a introducir al lector en esta nueva situación.
Veamos el cuadro general: Un hombre llamado Elcaná tiene dos mujeres,
cosa normal en la estructura social de la que hablamos. Una de ellas
tiene varios hijos -como corresponde a una buena israelita-; la otra,
Ana, no los tiene porque es estéril. Cada año Elcaná y su familia van
al templo del Señor, a ofrecer el sacrificio correspondiente. Ana sufre
porque su condición de mujer estéril la pone en muy mala situación y
porque además de ello, Peniná, la otra mujer de su marido, ella sí fértil,
se burla de su infecundidad.
Me parece
importante llamar la atención sobre algo: El narrador del texto, enfoca
clara y directamente en primer lugar a Elcaná y sus dos esposas e
inmediatamente después a Ana. Para nada se menciona el hijo futuro, que
de momento no es importante: la narración y el climax están centrados
en la figura de esta mujer, en sus sentimientos y en sus palabras. Sin
embargo las traducciones bíblicas al establecer capítulos y titularlos
, silencian a Ana y resaltan exclusivamente la figura de Samuel;
igualmente lo hacen los comentadores o editores bíblicos: la
esterilidad de Ana, tiene -a sus ojos- un único sentido: el origen
extraordinario de Samuel. Desde mi perspectiva, creo que se necesita leer
muy mal para no darse cuenta de la importancia radical que tiene
esta mujer por ella misma y no simplemente como la madre de Samuel,
importancia señalada explícitamente por la forma en que el narrador la
enfoca y la sitúa.
Miremos despacio
el cuadro que se nos presenta. No se explicita mucho la situación
socioeconómica de Elcaná, pero tenemos dos datos que nos ayudan a
situarlo. Es campesino, lo que implica que debe hacer un viaje cada año
para cumplir con los preceptos del templo en formación... Tiene dos
mujeres, lo que nos da testimonio de que no es muy rico; tener varias
mujeres era señal de riqueza. De Elcaná se rastrea su origen, de Ana
no se dice nada, sólo que era su esposa. La identidad femenina se va
perdiendo poco a poco, quedando reducida a ser una extensión de su
marido.
Pero la condición
femenina de Ana está claramente calificada. Ella es estéril.
Su vientre está cerrado. No puede haber maldición mayor para una mujer
en Israel: La mujer estéril no puede dar brazos para un Estado
incipiente que los necesita, el vientre de la mujer estéril no está
bendecido por Dios y esa no bendición puede ocultar una culpa terrible;
la mujer infecunda es socialmente repudiada. No importa pues el amor del
marido ni su generosidad, Ana se siente desgraciada, porque su
esterilidad la ubica en la escala más baja de la pirámide, en el
extremo más lejano de los márgenes. Por su esterilidad ella es la más
pobre entre las pobres. El sacerdote, incapaz de entenderla la acusa de
"borracha", la otra mujer con quien comparte vida y casa se
burla de ella... es difícil pensar en una situación peor.
En este cuadro
general, llama la atención la valentía y osadía de esta mujer de Ramá.
Enfrenta su pena y su desdicha desde una posición de libertad interior
frente a Dios, muy grande. Escuchemos su oración:
"Señor de
los Ejércitos.
Si te fijas en la humillación de tu sierva,
y te acuerdas de mí,
si no te olvidas de tu sierva,
y le das a tu sierva un hijo varón,
se lo entrego al Señor de por vida,
y no pasará la navaja por su cabeza" (1 Sam 1, 11ss)
En otras
traducciones en lugar de: "lo entrego al Señor de por vida",
dice: "Yo lo dedicaré toda la vida a tu servicio".
Hay varias cosas
que anotar: Ana desde una situación de marginalidad y exclusión,
levanta valientemente su mirada hasta Dios, forzándolo, motivándolo
a que le conceda un hijo. A pesar de que ella no tiene nada que ofrecer,
nada que dar a Dios, se atreve a proponerle un pacto. En los
pactos antiguos, el fuerte es el que ofrece y protege, el débil sólo
puede retribuir fidelidad y adhesión. Ana, sin tener nada le dice a
Dios: si tú me das un hijo, yo te lo doy a Ti, te lo devuelvo. De
alguna manera le plantea: esto te conviene más a Ti que a mí, porque
vas a disfrutar de tu don... Además de ello, sigue mostrando osadía:
la vida de los hijos en el régimen patriarcal es propiedad y libre
albedrío del padre; la madre no tiene poder de decisión sobre ella.
Ana se salta esta ley y libremente dispone de la vida de su hijo, un
hijo que aún no tiene, pero que es su única posibilidad de lograr que
Yahvé actúe en su favor.
En el relato no se
nos presentan las palabras de Yahvé en diálogo con Ana, pero sí se
presenta la acción de éste que confirma a Ana en su fe. El hijo fruto
del pacto entre Ana y Dios llega, rompiendo así la condición estéril
de Ana. Elcaná respeta la voluntad de su esposa y le permite la
consagración del hijo a Dios. Con ello Ana refuerza su autonomía e
independencia. Cuando esta mujer, transformada por la fuerza del Dios de
la vida, regresa al Santuario, quiere dar gracias al Señor por lo que
ella sabe es una gracia. Ana tiene conciencia clara de que la potencia
vital, procede -en su caso- de Dios.
Entonces Ana de
Ramá, poseída por el Espíritu y pletórica de alegría, entona uno de
los cantos más bellos del universo bíblico:
"Mi corazón
se regocija por el Señor
mi poder se exalta por Dios,
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
No hay Santo como el Señor
no hay roca como Nuestro Dios.
No multipliquéis discursos altivos,
no echéis por la boca arrogancias,
porque el Señor es un Dios que sabe,
él es quien pesa las acciones.
Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.
El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.
El levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre los príncipes
y que herede un trono de gloria;
pues del Señor son los pilares de la tierra
y sobre ellos afianzó el orbe.
El guarda los pasos de sus amigos
mientras los malvados perecen en las tinieblas
-porque el hombre no triunfa por su fuerza-.
El Señor desbarata a sus contrarios;
el Altísimo truena desde el cielo,
el Señor juzga ante el confín de la tierra.
El da fuerza a su rey, exalta el poder de su Ungido."
(Traducción de Luis Alonso Schökel y Manuel Iglesias).
Se trata de un canto de acción de gracias. Ana agradece al Señor
el hijo que le ha dado, pero sobre todo la inversión que ha realizado
de su situación de Mujer. La forma definitiva del texto, en cuanto
historia deuteronomista es post-exílica; en términos amplios recoge
una imagen de Dios, lentamente construida en la tradición: Dios santo y
único, Dios creador que da y quita la vida, Dios protector y amante.
Pero lo más
novedoso, significativo y original, es la experiencia que tiene Ana de
Dios, como el que escoge a los débiles, pobres y desvalidos. Jack
Miles, en su polémica visión del Dios Bíblico, lo reconoce: "Lo
particularmente interesante de la oración de Ana, además de la mezcla
de rasgos de carácter divino, es la primera mención a la preocupación
de Yavé por los pobres, los débiles y los necesitados, además de los
estériles. La humildad (como palabra sumario) no ha constituido antes
en la Biblia ningún comentario especial de Yavé. Cuando los Israelitas
se quejaban en Egipto, Dios reconoció sus quejas, principalmente porque
eran parte de su alianza, no porque estuvieran sometidos a esclavitud. Y
cuando Ana habla de los pobres y necesitados, debemos entender los
israelitas pobres y necesitados. A pesar de todo, hay un nuevo énfasis
claro; y, cuando Dios acepta el agradecimiento de Ana, también acepta,
tácitamente, la caracterización que hace de él" (7).
No comparto la
afirmación tajante, en el sentido de que Dios no se preocupó de la
esclavización en Egipto por la esclavización misma; sin embargo es
claro lo que ya planteamos al iniciar la mirada sobre el Libro de
Samuel: antes Dios se ocupaba de su pueblo, entre otros pueblos... ahora
se ocupa de los débiles y pobres, al interior de la nación-estado que
va a nacer: Israel. Es Ana, una mujer; es su experiencia religiosa y su
voz profética la que nos muestra un Dios radicalmente nuevo y
subversivo, un Dios que escoge a los humildes, que se parcializa por
ellos... y sobre todo un Dios que invierte las situaciones
colmando al vacío y despojando al lleno; humillando y derrotando al
poderoso y haciendo grande al pequeño.
Esta mujer,
campesina y estéril, instaura una nueva y peligrosa memoria del
Dios de Israel: Un Dios que va a proteger y a tomar partido, por los débiles,
pobres y marginados. El cántico de Ana de Ramá, es la primera imagen bíblica
de este Dios parcializado y cercano. Esta memoria posteriormente se
silenciará muchas veces, pero va a ser sostenida y transmitida por los
profetas, guardada por los "pobres de Yahvé" y retomada para
lanzar hacia la historia, por otra mujer: María de Nazaret.
En Ana, se pone de
manifiesto no sólo el amor que nace de la maternidad sino una mirada
que es sensible y atenta al dolor y a la injusticia, a la debilidad y la
marginación. Ana "motiva" y descubre en Dios su parte
compasiva, su opción por los pequeños. En varios sentidos -como lo
hemos visto- podemos considerar a esta mujer de Ramá o Ramataim (texto
hebreo), una auténtica revolucionaria. Estas palabras de Ana inauguran
la tradición profética porque ponen en juego, en relación semántica
de oposición, términos y realidades tales, como plenitud y vacío,
poder y debilidad, riqueza y pobreza, centralidad y marginación.
Personalmente creo
que la sensibilidad de Ana, para descubrir este rostro de Yahvé, se la
da su condición y su corazón de mujer en primer lugar. Esa condición
le permite mirar con otros ojos; esa mirada se configura además
por su esterilidad, por el dolor y la amargura que esta esterilidad le
causan, su entraña cerrada la abre a las realidades más difíciles de
la vida.
ESTER:
fidelidad a prueba
Vamos a mirar qué nos dice sobre Dios, Ester, esta mujer que se sale un
poco del paradigma tradicional y se configura como protagonista bíblica
desde otras situaciones y otros parámetros. Nos interesa mirar el texto
griego, por cuanto en él nuestra protagonista desarrolla una actividad más
completa que además complementa con su palabra. Las diferencias entre la
versión hebrea y la griega son notables: algunos afirman -para
explicarlas- que las adiciones griegas fueron introducidas para hacer más
"religioso" el relato; otros postulan la hipótesis de un
original hebreo perdido cuya memoria se rescata en la traducción de
"Los Setenta". En cualquier caso, al tener la posibilidad de
leer ambos textos, el hebreo se nos aparece como "imcompleto"
respecto al griego.
La
redacción de la historia de Ester -el manuscrito griego- es tardía:
algunos la sitúan en el siglo II, durante la crisis desatada por el
gobierno de Juan Hircano sobre Judea (8). Su aparición, podría ser un
poco anterior, pero esta situación vivida en el siglo II por el pueblo
reactiva su sentido. Su orden de aparición en la Biblia hebrea es como
parte de los llamados "Escritos", después de Pentateuco y
Profetas; en la Biblia griega el libro aparece entre los últimos de los
llamados "Históricos". En cualquier caso la Historia de Israel
y de la relación con su Dios ha avanzado mucho, ha pasado por muchos
avatares: el pueblo ha convivido con otros pueblos, sus reyes han sido
derrotados, ha sido sometido a la violencia de un destierro y a la
dominación de distintos imperios. El pueblo ha sido infiel y ha escuchado
las voces de quienes quieren llevarlo de nuevo por los caminos de la
autenticidad. Su fe ha atravesado diferentes momentos y crisis y se ha ido
configurando a lo largo de ellos.
El
libro de Ester es una narración, un relato corto, que da muy claras
muestras de no querer "hacer historia": presenta contradicciones
evidentes en los datos que en este sentido arroja. La intención narrativa
es tomar elementos de las experiencias de dominación que ha vivido Israel
y construir un cuadro verosímil que ayude a mantener la esperanza y que
muestre una salida alternativa en la cual el papel de una mujer es
definitivo: "...la enseñanza que ofrece consiste en la estrategia
de colaborar (a la fuerza) con el dominador, pero sin traicionarse a sí
mismo, sin perder la propia identidad" (9).
La
situación que nos presenta el texto es muy precisa. Los judíos viven en
la diáspora, sometidos a la dominación persa, conviven con otros
pueblos, religiones y dioses. El ambiente en que se vive se puede
considerar como cosmopolita y secularizado. El pueblo tiene escasas
oportunidades de practicar su religión, por eso -desde cierta lectura- el
papel que ocupa Dios en la narración es más bien escaso y
"modesto". En medio de este ámbito general, Ester está situada
muy concretamente: es una judía que vive "camuflada" en una
corte extranjera; desde la perspectiva yahvista se puede decir que vive en
un ambiente pagano.
Como
mujer, aunque sea Reina, participa de la limitación y restricciones que
tienen en su época sus congéneres: es parte de un harén y su condición
de "favorita temporal" no la redime de las reglas del juego. Sólo
puede presentarse ante el rey, dirigirse a él, cuando es autorizada explícitamente
para hacerlo. Cualquier actitud o comportamiento que vaya contra las
normas o disguste al rey, pone en peligro no sólo su prioridad social,
sino su vida.
El
pueblo judío que vive en dominación, cae "en desgracia" ante
la corte, por intrigas y envidias y su vida, su estabilidad y su paz
corren peligro. De alguna manera la situación de los judíos es
desesperada, no se visualizan salidas posibles: la tentación entonces es
fuerte: "pasarse al enemigo", traicionando la fe de los padres.
En estas condiciones, Ester es motivada por Mardoqueo para que a través
de una acción arriesgada trate de lograr la liberación o al menos una
mejor ubicación para su raza. Ester vacila, porque su "sitio"
social es muy arriesgado: se encuentra en el corazón del opresor y
cualquier falla le costará su vida, sin embargo su fe se activa, impulsándola
a actuar valientemente.
El
narrador en los primeros tres capítulos pinta cuidadosamente el cuadro de
su acción: una corte fastuosa, rica y poderosa. La mujer -aunque reina-
objeto de placer y demostración de poder, sin posibilidad de acción y ni
siquiera de iniciativa. Esta introducción termina con la llegada de Ester
al corazón de la corte. A partir de aquí se generan las condiciones de
la intriga y la acción: Hay un enfrentamiento entre hombres, que
simboliza el enfrentamiento entre los pueblos. En este cuadro, entra a
jugar una mujer, que con su fe, su inteligencia y osadía, su belleza y su
cuerpo va a poner en jaque al poderoso imperio.
En los
otros casos nos hemos enfrentado con la oración de las mujeres en el
momento de la acción de gracias, cuando la acción de Dios ya se ha
realizado. En este caso la relación es inversa: Ester invoca a Dios antes
de actuar, para pedirle protección. Si situación de riesgo la hace
consciente del peligro, ella lo arrostra confiada en la protección y el
poder de su Dios. El relato nos presenta el plan trazado por Ester y a
continuación las dos plegarias: la de Mardoqueo desde el exterior, y la
de Ester en el centro mismo de la acción y el peligro. Veamos los núcleos
fundamentales de su oración.
Sus
palabras están significativamente ubicadas, después de una acción simbólica
cargada de sentido: antes de orar, Ester se despoja de sus ropas y sus
signos de Reina: "en vez de perfumes refinados se cubrió la
cabeza de ceniza y basura", es decir se abaja de su condición y
se sitúa en el lugar de los humildes y los marginales: la basura es un
signo extremo de despojo... Ester no sólo se humilla ante Dios, sino que
se sitúa en un lugar social distinto, el lugar social de los
pobres... Es desde allí (simbólicamente) desde donde pronuncia su oración.
A
continuación, ella: la reina, invoca a Dios, como el único rey, y
le pide su protección. Inmediatamente invoca la memoria y tradición de
su pueblo: "desde mi infancia oí en el seno de mi
familia"... Esa memoria rescata la conciencia de la "elección"
(el pacto) y afirma las promesas cumplidas.
Viene
posteriormente un aspecto muy importante de esta oración: nos estamos
moviendo en la relectura posterior al desastre (postexilio). Ester afirma
que el pueblo ha pecado. El eterno pecado de Israel, denunciado por los
profetas, es reconocido por ella:
"Nosotros
hemos pecado contra Ti, dando culto a otros dioses; por eso nos entregaste
a nuestros enemigos", al reconocer el pecado, reconoce la justeza del
castigo.
Esta
primera parte, que podemos llevarla hasta el versículo 7, podemos
considerarla introducción a la plegaria, en la cual entramos
directamente en el verso 8. Ester entonces invoca el poder de Yahvé y le
pide que demuestre ese poder, invalidando a los enemigos de su pueblo;
impidiendo que cumplan su deseo y su promesa: acabar con Israel y por
tanto con su fe y su Dios. Ester parte de reconocer su propia incapacidad
e impotencia y pide al Señor coloque en su boca las palabras necesarias
para convencer al rey.
Ester,
al pedir la protección del Señor, toca unos de los aspectos
fundamentales de su figura:
"...protégeme
Tú Señor, que lo sabes todo,
y sabes que odio la gloria de los impíos,
que me horroriza el lecho de los incircuncisos
y de cualquier extranjero.
Tú conoces mi peligro,
aborrezco este emblema de grandeza
que llevo en mi frente cuando aparezco en público.
Lo aborrezco como un harapo inmundo,
y en privado no lo llevo.
Tu sierva no ha comido de la mesa de Amán...
...tu sierva sólo se ha deleitado en Ti,
Señor Dios de Abraham,
¡oh Dios poderoso sobre todos!
Escucha el clamor de los desesperados,
líbranos de las manos de los malhechores,
y a mí quítame el miedo".
Los verbos con los cuales Ester rechaza su situación aparente,
varían de una traducción a otra, pero en términos generales apuntan a
lo mismo: la Biblia de Jerusalén habla de aborrecer el lecho
incircunciso y asquear el emblema de reina. Jerusalén no
compara sus adornos con un harapo inmundo, sino con el paño menstrual.
(Es la misma interpretación de: "Dios Habla Hoy", Biblia de
Estudio). En cualquier caso, la plegaria en la que Ester se dice a sí
misma, nos muestra lo siguiente:
Ester
Reina (nivel apariencial) : Hermosura, emblemas, basura, cenizas, harapos
Ester Judía orante (nivel real): Vestidos regios... Impureza menstrual...
Ester se abaja lo más posible, en su deseo de llegar a Dios. Y es
interesante que no sólo rechaza al extranjero (Ley), sino que también
convoca a los pobres (= desesperados) y a las mujeres en su situación de impureza,
es decir a las mujeres en su radicalidad de excluidas. En su oración,
Ester le pide a Dios que obre en la óptica de estos pequeños y por tanto
contra los grandes.
El capítulo
4 del libro griego, y especialmente las palabras de esta mujer, son de una
riqueza semántica impresionante. La figura de Ester muestra una cosa al
pueblo: se puede vivir en circunstancias adversas y no entregarse, se
puede y se debe vivir entre paganos sin traicionar al verdadero Dios, al
Dios fundante (Ester invoca al Dios de Abraham...):
"Un
pueblo esparcido y diseminado, separado de los demás. Esta es la situación
de los judíos en el exilio. Viven dispersos entre otros pueblos, pero
viven separados, es decir, no se mezclan ni confunden con los demás, no
se disuelven, no dejan de existir como pueblo. Es el drama de la
resistencia que se aferra a su propia identidad. Aquí tenemos un ejemplo
destinado a todos los pueblos. Cada pueblo ha de mantener su propia
cultura, su propia identidad, pues la riqueza de la humanidad aumenta
cuando cada pueblo contribuye al bien de todos con lo que es
suyo..."(10).
En ese
momento, cuando Ester termina su oración, la intriga se prolonga, pero el
desenlace del relato nos va a mostrar que Dios escucha la plegaria de
Ester, y que por tanto acepta su "abajamiento" y su petición.
Me parece que resulta claro, que es su condición femenina la que ayuda a
Ester a "ponerse en el lugar" de los últimos... Su voz y su
oración se inscriben así en esa memoria inaugurada por Ana de Ramá. Con
esta ubicación marginal y en lo "bajo" que realiza Ester queda
claro que toda victoria es de Dios y que en ningún momento son sus
gracias femeninas o su actuar autónomo lo que consigue la liberación de
Israel. Esta mujer nos muestra una vez más que la plegaria de los
humildes es "grata a Yahvé" como dicen los salmos.
NOHEMI y RUT:
mujeres pobres
Con el
hermoso y corto cuento de Rut, nos encontramos ante unas mujeres muy
especiales. Es quizás esta "especialidad" la que permite
entender por qué a los estudiosos les resulta difícil ubicar (desde
todos los puntos de vista) el relato. Personalmente considero que la
historia misma pertenece y nace en la época de los Jueces. Se trata de un
relato abierto, que funciona siempre en la historia y que en condiciones
de florecimiento económico (primeros años de la monarquía) se silencia,
para reaparecer con nuevos bríos en el postexilio, cuando las condiciones
de los pobres y las mujeres fue particularmente dura y crítica. Por eso
creo que la historia de Rut es sometida a constantes relecturas y creo que
su redacción definitiva se da al regreso del exilio, cuando las leyes
contra matrimonios extranjeros eran una cadena pesada para los judíos
pobres.
El
relato en su estructura es simple y bastante plano, su hondura y su
riqueza le vienen del mensaje cifrado que porta y de la actuación y
sentimientos de estas dos mujeres. En la perspectiva en que estamos
leyendo, es necesario anotar lo siguiente: Rut y Nohemí, salvo algunos
cortos diálogos cotidianos entre ellas, apenas hablan. No se dirigen con
"discursos" a Dios, su plegaria se realiza en el corazón y no
se exterioriza en los labios. Ellas nos muestran, nos llevan, nos revelan
a Dios en sus actitudes y acciones. Un narrador (¿narradora?) las enfoca
en el transcurso de su vida cotidiana y resalta en ellas su actuar, fruto
de su religiosidad específica.
El
cuadro es claro: hay crisis económica, hay hambre, falta el pan... Una
familia pobre debe emigrar en busca de una posibilidad de sustento mayor.
En condiciones duras: inseguridad económica, trabajo y exilio forzado
mueren los hombres de la familia, dejando solas las mujeres: Una viuda
mayor, dos viudas jóvenes... En el sistema patriarcal en el que nos
movemos -ya lo hemos dicho varias veces- las mujeres solas están
desamparadas y en el margen. Las mujeres dependen para su inserción
social de un hombre, por eso el matrimonio por primera, segunda o tercera
vez es la única posibilidad para una mujer joven y/o sin hijos.
La
situación de Nohemí y su nueras es claramente marginal: Pobres,
emigrantes en regreso, mujeres solas... Orfa no se ve con fuerzas para
afrontarla y regresa a su casa paterna (una seguridad). Rut que pudo haber
hecho lo mismo escoge la solidaridad como el motor de su actuar y
decide asumir el destino marginal de su suegra. Con esta primera actuación
Rut establece un nuevo camino para llegar a Dios y para revelarlo: "Tu
pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré
yo... y sólo la muerte me separará de ti". "Si es válida esa
palabra de Rut, la moabita, quiere decirse que el encuentro directo entre
personas es el único lugar efectivo y decisivo de la revelación de Dio s
; entonces el amor entre las personas es fundamento y medida de la fe en
Dios... Eso significa que Dios es la meta final de un camino, que sólo se
puede recorrer en la comunión del amor... La confesión de Rut equivale
únicamente al amor; por ella hay que medir hasta qué punto es humano
Dios. Aquí triunfa la humanidad sencilla sobre las complicaciones de una
religiosidad autoritaria". (11)
Nohemí,
apoyada en su nuera, regresa a su tierra con la sensación de haber sido
"maltratada" por Dios, es decir, regresa con su autoestima baja
(en términos actuales). Rut, que decidió por iniciativa propia y
valiente asumir su destino de mujer independientemente de un hombre continúa
tomando iniciativas para lograr la susbsistencia: pide la autorización de
su suegra para ir de segadora al campo de un pariente lejano de su marido
muerto.
El
micro-relato adquiere entonces toda su dimensión: en una situación
postexílica y por tanto postmonárquica, estas dos mujeres ponen en juego
la antigua ley Israelita de la Asociación de Tribus de Yahvé (12).
Resucitan y reivindican, leyes que protegen a los pobres: Levítico 23, la
exigencia de dejar trigo para los espigadores pobres y extranjeros; la
figura del G'el o "rescatador" de los pobres, y finalmente la
ley del levirato que obliga a los hombres a proteger a las mujeres solas y
pobres. En su recorrido hacia Boz, estas dos mujeres muestran una
imaginación y una recursividad increíbles... pero además muestran en su
actuación una serenidad y una certeza que les viene de Yahvé, a quien
invocan por medio de sus "leyes" antiguas que reactualizan. Boz,
reconoce a Rut que su comportamiento está guiado por el Dios de Israel
(Rut 2, 12 ).
Cuando
Nohemí y Rut han decidido "poner a jugar estas leyes", nos
encontramos con: "Todo lo que leemos a continuación constituye una
maravillosa muestra de modestia y ambición, de ingenuidad e intención,
de súplica humilde y de astucia bien calculada. Pocas veces, incluso en
la Biblia, se ve el destino de una mujeres tan en las manos de los
hombres; aunque tampoco en ningún lugar se ve a los hombres trenzando
como en andador el tejido de una premeditación femenina"(13).
Otra
vez es el desenlace de la narración el que nos muestra en qué medida
Nohemí y Rut, son portadoras de la sanción (en términos semióticos) y
la bendición de Yahvé. Boz se casa con Rut y asume su destino y el de su
suegra. Pero no sólo esto: Rut tiene un hijo, al que la tradición
reconoce como un antepasado de Jesús. Ese hijo, rescata la pobreza,
marginación y desamparo de estas dos viudas: Las mujeres dijeron a Nohemí:
Bendito sea Dios que te ha dado hoy quien responda por ti. El nombre del
difunto se pronunciará en Israel... ¡Nohemí ha tenido un niño!
El
relato se realiza en este recorrido:
Momento
A: Nohemí - Rut: Pobres, Desprotegidas.
Momento B: Solidaridad de Rut. Accionar Rut - Nohemí. Mediación/aceptación
de Yahvé.
Momento C: Hijo, Bendición, Prosperidad.
La
situación es muy distinta a la presentada en el relato de Ester: en el
primer caso, ella está en un matrimonio extranjero, pero en el núcleo
del poder y la riqueza, la corte. Esta situación no se justifica, sino al
servicio de... Por ello, Ester debe renunciar simbólicamente "al
lecho incircunciso" y situarse en el punto de vista de los pobres.
Rut en cambio soporta sobre sí pesadas cargas: pobreza, soledad y
marginación de mujer extranjera en el país de Yahvé. La solución del
texto es bien distinta: Yahvé acoge a esta mujer y Rut se hace portadora
de una revelación novedosa. Dios se revela acompañando el actuar de los
pobres, los marginados, las mujeres sencillas del pueblo. Pero sobre todo,
Dios se revela en la solidaridad incondicional y en el amor.
JUDIT,
resistencia popular
Al leer
el libro de Judit, nos encontramos con un relato interesante y muy bien
construido. Se trata de una narración que tiene "alientos épicos",
es una historia que quiere fundamentalmente hablarnos de la resistencia de
un pueblo ante los atropellos del opresor. Judit -otra vez una mujer-
encabeza, anima y lleva adelante esta resistencia. Su escritura está hoy
en día bastante ubicada: al interior del proceso de helenización que
vive el mundo antiguo el reinado de Antíoco IV Epifanes (175-164 a.C.)
supuso para el mundo hebreo un auténtico desastre moral. Este rey
(representado en el texto como Nabucodonosor) rompe la tradición, según
la cual Alejandro Magno y sus sucesores respetarían la cultura y la
religión israelita permitiendo a los judíos vivir -bajo su dominio económico
y político- con sus costumbres propias y su religión. Antíoco IV decide
imponer a Jerusalén costumbres y dioses extranjeros y esa imposición se
va a realizar por medios represivos y violentos; el pueblo se encuentra
desanimado y sin muchas posibilidades de oponer resistencia.
La
historia de Judit, se inscribe en este contexto: se trata de motivar,
alentar y sostener la resistencia. El libro actúa como una fuerza moral
que plantea a los judíos (oponerse y resistir es posible).
El
texto es claro en cuanto al protagonismo definitivo de una mujer. El ejército
invasor es tan poderoso que Nabucodonosor se considera a sí mismo por
encima de cualquier dios. El ejército avanza y rodea al pueblo impidiéndole
cualquier posibilidad de acción. Los jefes de Israel intentan resistir,
"hasta que un buen día todos, jóvenes, mujeres y niños se
amotinaron contra Ozías y los jefes de la ciudad... Que Dios sea nuestro
juez; porque nos han causado un prejuicio grave al no quiere negociar la
paz con los asirios. Ahora ya no hay quien nos ayude. Dios nos ha vendido
a los asirios para que sucumbamos ante ellos... Llámenlos y entreguen la
ciudad entera al pillaje de todo el ejército de Holofernes. Nos tiene más
cuenta que nos saqueen, seremos sus esclavos, pero salvaremos la vida y no
veremos con nuestros ojos morir a nuestros niños ni expirar a nuestras
mujeres y nuestros hijos" (Judit 7, 23ss).
La
situación ha llegado a los límites, ya no hay voluntad para luchar: todo
se considera perdido. Es entonces cuando Judit entra en acción, liderando
la resistencia. Judit: mujer viuda, sola, sin hombres... actúa con una
independencia y autoridad extraordinaria: no va donde los jefes del
pueblo, los llama a su casa para exponerles su plan. Si bien es cierto,
que les pide autorización, es ella quien decide la estrategia y los pasos
a seguir con absoluta libertad: "el Señor socorrerá a Israel por mi
medio. Pero no intenten averiguar lo que voy a hacer, porque no se lo diré
hasta que lo cumpla".
De la
misma manera que Ester, Judit tiene plena conciencia del riesgo de su acción
e invoca el auxilio del Señor, en una oración muy bella que abarca todo
el capítulo 9. ¿Cuáles son las características del Dios al que invoca
esta mujer?
En
primer lugar, se ubica en la tradición, una tradición remota y antigua,
el Dios de los antepasados. Pero no invoca -como comúnmente se hace- al
Dios de Abraham; evoca la memoria del "Dios de Simeón", al que
caracteriza como vengador de Dina... Es decir: evoca la memoria femenina.
En
segundo lugar invoca el poder de Dios: Dios poderoso, creador, Dios que
concede victorias y derrotas. Le pide que acabe con la fuerza del ejército
enemigo y le conceda a ella -una mujer- el triunfo. Nos encontramos otra
vez con Dios guerrero del Exodo y de Débora.
Judit
muestra una conciencia muy clara de su propio actuar. Es ese actuar de
mujer lo que le pide a Dios que valide: "ayuda a esta viuda a
realizar la hazaña que ha pensado... por mi lengua seductora hiere a
esclavos con amos... quebranta su arrogancia a manos de una mujer".
Esta insistencia de oponer la fuerza desmedida, con el triunfo de una
mujer, nos recuerda a Débora.
En
cuarto lugar, recupera también la memoria de Ana: "eres Dios de los
humildes, socorredor de los pequeños, protector de los débiles, defensor
de los desanimados, salvador de los desesperados".
Es
interesante anotar que se inscribe en el paradigma inaugurado por Ana,
pero lo complementa, situando la acción de Dios más allá de lo
material: en el espíritu. Se encuentra ante una situación de derrota
moral en el pueblo, por ello descubre un Dios que "anima a los
desanimados" (desvalidos, traduce la Biblia de Jerusalén).
Finalmente
invoca al Dios de las Tribus de Israel, como el único Dios, instándolo
a que actúe de manera que el pueblo lo experimente.
Judit
realiza su acción liberadora. En la noche, en el campamento enemigo, mata
a Holofernes. En esta acción se presenta muy clara la oposición actuante
en el postexilio: Templo v.s. Casa
Esta
oposición(14), juega en el texto: Los ancianos, los jefes y sacerdotes no
pueden hacer nada, ni devolver al pueblo su fuerza... Judit, una mujer, en
una acción que planifica desde su casa, en colaboración con su criada
-otra mujer-, y con armas "femeninas": su seducción y su
belleza realiza esa misión y sale triunfante.
En el
capítulo 16, final del libro, Judit vuelve a tomar la palabra para
exaltar la memoria de Yahvé y para animar al pueblo. Como Miriam en el
desierto, anima una danza festiva con panderos y platillos. Algo
significativo es que invoca se refiere a Dios en estos términos: "El
Señor es un Dios que pone fin a la guerra..." Esto, después de
que al iniciar su batalla lo ha invocado como guerrero... nos presenta una
visión diferente: La guerra, únicamente como un camino hacia el
restablecimiento de los equilibrios, hacia la paz. Insiste en el hecho de
que la acción se realizó por manos de una mujer; un buen trecho del
canto de acción de gracias, Judit pone en relación el contraste: Débiles
/ Fuertes...
Este
canto final, se convierte en una proclama hacia adelante: El pueblo tiene
que reorganizarse y seguirse construyendo... y aquí nos encontramos con
la recuperación de una cierta corriente profética:
"Poco
valen los sacrificios de olor agradable,
y nada la grasa de los holocaustos...
¡Ay de los pueblos que atacan a mi raza!
El Señor omnipotente se vengará de ellos
el día de la sentencia..."
El
libro termina dando testimonio en el sentido de que la memoria de Judit,
se mantuvo muy alta y valorada en el pueblo.
Con
esta protagonista nos encontramos ante un personaje maduro y acabado.
Judit tiene conciencia clara de su ser de mujer: actúa desde él, plantea
su relación con Dios y con el pueblo desde su situación femenina, evoca
-con sus palabras- a varias mujeres del Antiguo Testamento. Igualmente
ella se ubica intencionalmente del lado de los débiles y los humildes,
garantizando que tienen para ellos la protección de Dios.
Vivencias y
experiencias en común
Dijimos
al iniciar que uno de los puntos de partida de este trabajo, era el punto
de vista femenino, al finalizarlo, queremos insistir en que, desde nuestra
perspectiva:
"Sólo
es posible apropiarse de la Biblia como fuente de paradigmas liberadores,
si se puede comprobar que hay una correlación entre el principio
feminista crítico y el principio crítico por el que el pensamiento bíblico
se critica a sí mismo y renueva su visión como autentica palabra de
Dios, frente a todas las deformaciones corruptas y pecaminosas. A mi
entender es cierto que existe una correlación de este tipo entre los
principios críticos feminista y bíblico. Este principio crítico bíblico
es el de la tradición profético-mesiánica. Con la expresión (tradición
profético-mesianica) no me estoy refiriendo simplemente a un corpus
particular de textos (que se podría interpretar como un canon dentro del
canon), sino a una perspectiva y procesos críticos por los que la tradición
bíblica valora constantemente, en contextos nuevos, lo que es realmente
la palabra liberadora de Dios, tanto frente a las deformaciones
pecaminosas de la sociedad contemporánea como frente a las limitaciones
de las tradiciones bíblicas del pasado, que solo vieron y comprendieron
de un modo parcial y cuya parcialidad pudo pasar a ser fuente de
injusticia e idolatría" (15).
Este
paradigma está en los presupuestos de nuestro trabajo. Mi mirada se ha
detenido en las mujeres, buscando en ellas una revelación que puede haber
sido ocultada por siglos de lectura androcéntrica. Buscando entonces una
cierta "revelación genérica" me pregunto qué de común
encontramos en la experiencia de Dios de las seis protagonistas escogidas.
Hay un primer hecho que me parece que salta a la vista y quiero recoger:
Dios habla muchas veces en la Biblia. Habla directamente, al menos el
hombre escucha y recoge sus palabras. Esas palabras son transmitidas al
lector de la Biblia, como dichas por Dios, o como susurradas al oído, o
como inspiradas para ser transmitidas... Otras veces Dios habla con su
acción.
En el
caso de las mujeres, Dios no habla en alta voz. Dios habla en el silencio,
al corazón de las mujeres o bien habla con su accionar, que sanciona una
petición o un deseo. Creo que un aspecto de la revelación femenina, pasa
por ahí:
"Los
místicos y los poetas saben que
el silencio es nuestra morada original.
El Tao
Te Ching dice que las "diez mil cosas", aquellas que componen el
mundo de nuestras rutinas diarias, son hijas de las palabras. Pero lo
inefable, lo que no se puede decir, "es el comienzo de cielos y
tierra". Antes de la palabra, el vacíos..."No me importa la
palabra vulgar" dice Adelia Prado: "Lo que quiero es el espléndido
caos en el que ella emerge, los sitios oscuros en los que ella nace".
Hablamos
palabras a fin de no oír la palabra que brota del silencio. Dice Octavio
Paz: "Un Silencio es como un lago, una superficie lisa y compacta.
Adentro, sumergidas, aguardan las palabras". Hay una palabra que sólo
puede ser oída cuando todas las demás permanecen mudas, una palabra
escatológica que se hace oír en el fin del mundo...
"El
sicoanálisis nació con el descubrimiento de que las palabras están
llenas de silencio. Aquellos que sólo entienden lo que se habla o lo que
se escribe, no entienden nada: la letra mata". (16).
Ana,
Rut, Nohemí, Ester... nos muestran cómo su comunicación con Dios se da
en el susurro, en el silencio. Allí en lo profundo de su corazón, Dios
se les muestra, les habla, les revela sus caminos y su voluntad.
Se
trata de algo que va mucho más allá de una interpretación bastante común
y facilista: Dios transmite su palabra a hombres, no a mujeres... La mujer
aparece en estos textos, como una guía que nos conduce a través de una
comunicación diferente, alternativa con el Dios bíblico: ese Dios que
habla en el trueno y en el mar, en la creación y en la muerte, en la
guerra y en el templo, en las tablas de la ley y en el maná... Ese Dios
que habla al corazón de quien le invoca y quien le escucha, ese Dios que
se expresa en el silencio ante quien sabe oírlo. Sólo una determinada
sensibilidad, acondicionada por situaciones muy concretas: el sentirse y
saberse al margen, por ejemplo, está en capacidad de escuchar
la voz del silencio.
Y esta
escucha, se convierte para nosotros hoy -en medio de ciudades ruidosas,
televisiones que no callan, mensajes por internet- en una invitación y un
reto: El Dios que nos revelan las mujeres se manifiesta en el silencio.
Por tanto es necesario hace silencio para encontrarlo y oírlo.
Otro segundo aspecto, para mí bastante obvio, es que, de Débora a Judit,
en la Memoria que construyen las mujeres, Yahvé se va manifestando cada
vez más claramente, como el Dios que escoge, ama, protege y bendice
especialmente, a los pequeños, a los débiles, a los marginados, a los
pobres... a los desamparados y desanimados.
La
oración femenina que hemos examinado (es sólo una pequeña parte de la
que hay en la Biblia), nos muestra a un Dios que no sólo actúa por medio
de la debilidad, sino a un Dios que protege y bendice especialmente
a aquellos que social, económica y religiosamente son situados en el
margen, menospreciados, condenados... a aquellos a quienes el conjunto
social desprecia.
En este
sentido descubrimos un Dios creador que se parcializa por su creatura
cuando esta es más débil, descubrimos un "Dios de Abraham"
(alianza, Dios familiar, Dios de Moisés...) que en el conjunto de su
pueblo escoge a la porción que ha sido excluida por otros. Esta revelación
se convierte hoy, para las mujeres y para el pobre, en fuerza liberadora y
por otro lado, esta revelación, nos ayuda a mirar cómo y dónde, se sitúa
Jesús en relación a la tradición religiosa recibida del Antiguo
Testamento.
Notas:
(*) Las
citas bíblicas son producto de la confrontación entre varias
traducciones, se parte fundamentalmente de los trabajos de traducción de
Luis Alonso Schökel.
(1) Carlos Mesters, El misterioso mundo de la Biblia, Editorial
Bonum.
(2) Es la tesis fundamental de Jack Miles, en su libro: Dios, una
biografía, Ed. Planeta, Barcelona 1996.
(3) La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Documento de la
Pontificia Comisión Bíblica, PPC, Madrid, Mayo de 1994 (segunda. Edición)
(4) Dorothee Sölle: Reflexiones sobre Dios, Editorial Herder,
Barcelona 1996
(5) Carol L. Meyers, As raíces da restrição, as mulheres no antigo
Israel, en Revista de Estudos Bíblicos, nº 20: A mulher na Bíblia,
Editorial Vozes, Petrópolis 1988.
(6) En el artículo anteriormente citado, Carol Meyers desarrolla
ampliamente una reflexión sobre el papel de la maternidad en el antiguo
Israel, con sus problemas de crisis poblacional y sus situaciones de
guerra y/o de peste y muerte generalizada. La posibilidad de poblarse era
la condición de subsistencia.
(7) Jack Miles, l.c., cfr. nota 2.
(8) Es lo planteado -entre otros- por Sandro Gallazzi, en su obra Ester,
la mujer que enfrentó al palacio, Vozes, Petrópolis 1987.
(9) Carlos Mesters - I. Storniolo: Historias de Rut, Judit y Ester, San
Pablo, Madrid 1996
(10) Mesters / Storniolo: ESTER, en el libro inmediatamente antes citado.
(11) Eugen Drewermann: El mensaje de las mujeres. La Ciencia del Amor,
Editorial Herder, Barcelona 1996.
(12) Concepto largamente explicado y sustentado por Norman K. Gottwald, en
su texto Las tribus de Yavé. Una Sociología de la Religión del
Israel Liberado, traducido y reproducido por el Seminario Teológico
Presbiteriano, Bogotá 1989.
(13) E. Drewermann, texto citado.
(14) Esta oposición que trabajan varios biblistas en Latinoamérica, se
plantea entre otros textos en: Sandro Gallazzi: Mujer: memoria y
resistencia del Pueblo, Edición de TECEPE, Quilmes (Argentina) 1994.
(15) Rosemary Radford Ruether: Interpretación feminista, un método de
correlación, en Letty M. Russell: Interpretación feminista de la
Biblia, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1995.
(16) Ruben Alves, El silencio, en O poeta, o guerreiro, o profeta,
Ed. Vozes, Petrópolis 1.992 (Traducción de Jorge Julio Mejía, CINEP,
Bogotá).
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