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No a una Iglesia de fieles pasivos

                      

ACTIVIDAD DEL CRISTIANO Y DE LA COMUNIDAD  

 El valor inclusivo o extensivo de la expresión «el Hijo del hombre» da a entender que la construcción del reino de Dios, es decir, la maduración y el éxito de la humanidad, no es obra de Jesús solo: lo es también de sus seguidores, dotados del Espíritu (mesianismo compartido). El designio divino es que los seres humanos alcancen la plenitud de vida que se manifiesta en Jesús: ser fiel a Dios consiste en tender personalmente a esa meta y esforzarse porque los demás la alcancen. Se deduce que tanto en la comunidad como en la misión cristiana todo tiene que ordenarse a la realización del hombre. Esto es lo prioritario y lo absoluto; todo lo demás es medio o condición.

 La consecuencia inmediata de esta constatación es que nadie puede descargar en un líder salvador la propia responsabilidad respecto al mundo: el proceso de desarrollo material y espiritual de la humanidad es cosa de todo hombre, y los cristianos deben tener plena conciencia de esa responsabilidad que comparten. La experiencia de Dios estimula a la comunidad cristiana a la tarea, pero no debe pensar que tiene el monopolio: debe tratar de asociar a su labor a todos aquellos, creyentes o no, que se esfuerzan por el bien de la humanidad; y, viceversa, ha de asociarse ella a todo movimiento o iniciativa no cristianos que tiendan a ese bien, reconociendo el Espíritu dondequiera se encuentre. Tiene que tomar como suyo todo lo que signifique afirmación de la libertad y dignidad del hombre, toda nueva posibilidad de crecimiento y maduración humanos. Así continuarán la obra iniciada por Jesús, el modelo de Hombre.

                   

 La propuesta de Jesús implica, por tanto, que los cristianos no pueden formar una iglesia de fieles pasivos, dedicados únicamente a cumplir con sus supuestas obligaciones para con Dios y esperando que sea él quien lo solucione todo. Dios no absorbe al hombre, lo proyecta hacia los demás; no monopoliza la actividad, sino que dinamiza al ser humano y lo potencia para actuar; no retrae al individuo de la historia, lo sumerge en ella; no le hace despreciar lo existente, obra divina, quiere que lo ame y se sirva de ello para llevar a término la obra de la creación. Lo que Dios quiere de todo ser humano, y muy en particular de los que siguen a Jesús, es el interés y el esfuerzo, cada uno en la medida de sus posibilidades y circunstancias, por crear un mundo más humano, por elevar el nivel de madurez de la humanidad, por favorecer el avance de la hominización. Hay que colaborar al éxito del Dios creador esforzándose porque su creación, de la que el hombre es el máximo exponente, llegue a su pleno desarrollo; hay que colaborar al éxito de Dios Padre, ayudando a que los hombres hagan la opción necesaria para poder ser y llamarse hijos suyos y acrecienten su parecido con su Padre del cielo.

Jesús señala la meta: construir una sociedad digna del hombre, es decir, justa, libre y creativa, próspera y sobria, solidaria y feliz, una comunidad humana, el reino de Dios en la tierra, que, entrelazada por las diversas manifestaciones y grados del amor fraterno, estimule a los seres humanos a avanzar en su realización y plenitud personal.

 Al mismo tiempo, Jesús identifica los obstáculos o impedimentos a la realización de ese proyecto, obstáculos que hay que sortear o derribar; son los falsos ideales de realización humana: las ambiciones egoístas de riqueza, prestigio y poder. Pero, como se ha dicho, no traza el itinerario que lleve infaliblemente a la meta: encontrar caminos y soluciones es cosa de los hombres, aunque contando siempre con su ayuda y su fuerza. Toca a los hombres construir su mundo. Él no ofrece soluciones o recetas: su labor es potenciar al ser humano, para que vaya creándose una humanidad vigorosa, amorosa, libre, dispuesta a entregarse para procurar el bien de todos. No hay salvación meramente individual; la salvación de cada uno, que comienza en este mundo y es la plenitud de vida, se consigue tanto más eficazmente cuanto más humana sea la sociedad en que vive.

                      

Actividad socio política

 La gran preocupación de los cristianos comprometidos es hoy la labor por la justicia social y, en particular, por mejorar la condición de los oprimidos y asimismo la de los marginados y más desfavorecidos en el seno de una sociedad próspera. Esa labor pretende eliminar los obstáculos externos que impiden o coartan el crecimiento humano.

 Nadie puede ignorar o subestimar la necesidad de esta clase de esfuerzo, pero hay que notar que la preocupación y la labor por la justicia social no es exclusiva de los cristianos ni tampoco necesita la inspiración cristiana para existir '3; es por sí misma objetivo de cualquier persona que viva la solidaridad humana y sea sensible a las situaciones de opresión y de miseria. De hecho, el interés por la justicia social se ha despertado entre los cristianos a consecuencia de acontecimientos relativamente recientes, inspirado por las iniciativas de movimientos políticos o sindicales. Los problemas de la justicia social buscan solución a su propio nivel y desde el punto de vista humano, sin necesidad de apelar a Jesús.

 Es innegable, sin embargo, que la labor por la justicia puede ser superficial y tener resultados decepcionantes y efímeros. El mero bienestar no contribuye al crecimiento personal. Los hombres pueden salir de una condición infrahumana, pero, si no cambian muchas de sus actitudes, quedará una injusticia soterrada que volverá a manifestarse y a infectar la sociedad.

En realidad, la acción social es urgente e imprescindible, pero, siguiendo el ejemplo de Jesús, debe tender a lo más importante, el cambio interior del hombre. Jesús no se conforma con una justicia social externa, quiere transformar a la persona y hacer así posible un cambio duradero de sociedad: la justicia, faceta del amor, debe dimanar del interior de cada ser humano, no ser impuesta desde fuera. No le basta tampoco a Jesús que el hombre sea más o menos feliz en este mundo, quiere llevarlo a su pleno desarrollo comunicándole una vida que supere la muerte.

                   

 Es decir, no hay que contentarse con suprimir obstáculos estructurales. Y aunque a menudo lo más urgente sea sacar a los hombres de una situación infrahumana, para restablecer su dignidad y darles posibilidad de opción libre, lo más importante es siempre el desarrollo personal. En el episodio evangélico del endemoniado geraseno (Me 5,2-20 parr.), donde se describe la situación desesperada de los esclavos en rebelión, que pretendían vanamente subvertir por la violencia la situación opresora, la lección es clara: Jesús restituye al hombre su dignidad de persona y es eso lo que causa a la larga la ruina del sistema opresor, representado por la gran piara de cerdos que se precipita acantilado abajo en el mar.

 En otras palabras, hay que derribar todo lo estructural que impide el desarrollo humano (opción por la justicia); pero también eliminar todo obstáculo personal y fomentar lo positivo del hombre, estimulando su realización (opción por la plenitud). Si la plenitud humana se basa en el amor a todos, hay que eliminar todo lo que se oponga al amor y solidaridad en el individuo y, en consecuencia, en la sociedad. El proceso personal es más rápido: el individuo puede cambiar de actitud, aunque queden residuos de su pasado; el social es más paulatino, y se realiza por la transformación de la relación humana y el crecimiento de la solidaridad, que van creando nuevas estructuras sociales, y, siempre y donde sea necesario, mediante la presión y la denuncia, que exigen otro modo de vivir en sociedad.

 Por tanto, concebir como el objetivo primario y distintivo de los grupos cristianos una acción social o política impersonal es una visión parcial e incompleta que reduce el campo de su misión. Significa atribuir al punto de partida la categoría de meta. Por eso Jesús no acepta para sí el papel de un líder que impone la justicia; quiere el cambio interior y la maduración del hombre, quiere que la justicia social nazca de la confluencia de las justicias individuales. Mientras sigan vivas en los hombres las raíces de la injusticia, es decir, los egoísmos y las ambiciones, el desarrollo humano se verá obstaculizado y no habrá verdadera ni duradera solución para la sociedad.

                      

Actividad específica cristiana

 Del ser y del ejemplo de Jesús se deduce que la actividad propia de la comunidad cristiana mira siempre a la plenitud de vida del hombre; su objetivo es fomentarla y ayudar a crecer en calidad humana. El cristiano y la comunidad tienen que tender a ese objetivo trabajando para elevar el nivel de desarrollo personal y la madurez de sus semejantes. Una acción social que prescinda de eso se queda corta, no tiene en cuenta lo principal.

 No basta, por tanto, cualquier servicio a los demás, hace falta el servicio que es expresión de amor, único modo de comunicar vida. No basta actuar con el cerebro y las manos, hace falta poner el corazón. Ahí está la diferencia entre quedarse en lo externo o tocar lo íntimo. Solamente una actividad así puede ayudar a los otros en el terreno de su maduración personal.

 En la versión de Jn del episodio de los panes (6,1-13), es Jesús quien, como un sirviente (amor – entrega - servicio) reparte el pan (amor - solidaridad) (Jn 6,11). No vale el amor sin pan ni el pan sin amor. Con su gesto, Jesús invita a la multitud a la entrega y la solidaridad. No se contenta con hacer el bien: quiere llevar a aquellos hombres a hacerse corresponsables del bien de los demás, ensanchando así el ámbito del amor y su fruto; esa opción asegura el doble alimento, el perecedero y el permanente: el pan, que mantiene la vida física, y el amor, que garantiza una vida definitiva (Jn 6,27).

 En paralelo con la de Jesús, la actividad cristiana no insiste sólo en el derecho del más desfavorecido a recibir, sino también en su compromiso de hacer y de dar, asociándose a la tarea común. No busca sólo una sociedad próspera, sino una sociedad nueva, en la que no domine el egoísmo, en la que el bienestar sea solidario y compartido.

 El Padre y Jesús comunican al hombre su amor vivificante; el hombre debe comunicar a otros ese amor. La actividad que demuestra amor invita a otros a amar, y el amor es vida. Toda la actividad del cristiano, en todas sus etapas, debe estar impregnada de amor, para ir comunicando vida desde el principio. El amor se traduce en servicio, que derriba barreras y demuestra la sinceridad; la prepotencia aleja y hace sospechar de otros intereses; el paternalismo humilla.

 El individuo y la comunidad cristiana, en los que habita el Espíritu, puede y debe comunicar a otros la vida que ella tiene. Sin eso, su actividad quedará en una acción externa de aliviar miserias, subsanar deficiencias o cambiar estructuras, sin sanar ni vitalizar lo profundo del hombre ni promocionarlo. Si la línea de desarrollo humano es el amor, una actividad sin amor no desarrolla ni al que la recibe ni al que la ejerce.