El festín de Babette

Sobre el libro...

Cuento largo de Isak Dinesen, bien merecía una buena presentación él solito, y para ello Nórdica Libros puso manos a la obra, dejando que fuera Noemí Villamuza la ilustradora de tan buenas palabras. Villamuza sabe que el trazo negro de un simple lápiz puede dibujarlo todo. Hasta los milagros. Porque El Festín de Babette cuenta muchas cosas, entre ellas, que existen los milagros...

La acción se sitúa hacia 1885 en Berlevaag, una remota aldea de Jutlandia donde todo parece de color gris. Allí viven dos hermanas -Filippa y Martine- hijas de un pastor luterano y lejos ambas de la primera juventud. Desde el fallecimiento de su padre se dedican a perpetuar el mensaje de éste y a ayudar a los demás habitantes de Berlevaag, pero su rígida educación puritana les hace vivir a la defensiva, procurando no contaminarse de un mundo hostil que, piensan, las puede separar de Dios. Catorce años antes acogieron en su casa a Babette, una cocinera francesa huída de un París convulso, el de la Revolución de la Comuna. Un día, Babette desea agradecer su hospitalidad ofreciéndoles un banquete en honor del difunto padre...

El clímax del relato lo constituye la suculenta cena que prepara Babette, y que ella misma insiste en costear. A la reunión acudirán los lugareños -cuyas relaciones se han agriado con el paso de los años- y un maduro general al que acompaña su anciana tía. Y entonces los colores resucitan, y se produce el milagro de la liberación de sus almas y de sus cuerpos, incapaces de comprender hasta entonces que ni la belleza ni el gozo de las cosas buenas son obstáculos para llegar a Dios y darse a los demás.

Babette, a través de su magnanimidad, consigue cambiar a los personajes en una sola comida. La cocinera convoca a la mesa, una mesa espléndida, elegante, cuidada. Y de ese cuidado lo agrio de las personas desaparece, se perdonan. Ellos se habían perdido entre rigideces y rencores y Babette se gasta todo su dinero y se da ella misma. Su buen hacer cambiar la mentalidad de un grupo de gente buena, pero equivocada pensando que no le está permitido disfrutar de las buenas cosas de la vida.

Babette es un alma de artista y, como tal, convierte en arte lo que toca. En este caso la comida. Lo material se convierte en vehículo para el disfrute de lo material y de lo espiritual. No es mero protocolo, es verdadera cortesía, que tiene que ver con lo que sale del corazón, esto es lo que necesitan nuestros invitados y donde hay que poner énfasis.

Cocinar, aunque se con prisa, es un arte, es también y en igual medida, ciencia y trabajo. Y no basta con ejercer este maravilloso arte en las señaladas ocasiones de un banquete. El ser humano es un alma hambrienta que exige humanizarse también a través del comer. Necesita y merece una atención ordinaria y constante, un trabajo hecho con profesionalidad, rigor, ingenio, variedad, que brinde diariamente un alimento sano, nutritivo, que le permita alcanzar su plenitud corporal e intelectual.