Tres historias sobre los conflictos 

ü      Un conflicto es una zancadilla que te permite avanzar más deprisa si uno evita caerse de bruces. 

ü      La irrupción de un conflicto es un campo para ejercer la reflexión. 

ü      Dos personas pueden llegar a entenderse si de antemano desean entenderse. 

ü      El zarpazo más letal de un conflicto consiste en no atajarlo a tiempo. 

ü      Desatender un conflicto es el peor de los conflictos. 

·        Primera historia:

Un  anciano fallece. En las puertas del cielo se encuentra con San Pedro que le dice: “Te has portado muy bien en la vida, así que como premio puedes pedir lo que más te apetezca, el deseo que más te gustaría colmar”. El anciano se toma un tiempo y responde que le encantaría hacerle una pregunta a Dios. “Y qué quieres preguntarle”, inquiere San Pedro. “Quiero preguntarle si algún día se acabarán los conflictos entre los hombres”. Se le concede el deseo y se presenta ante Dios. Le lanza la interrogación que tanto le espolea. Dios le responde: “Tengo buenas y malas noticias para esa pregunta. ¿Por cuál quieres que empiece?”. El anciano le invita a empezar por la buena. Dios le comenta con voz concluyente: “La buena noticia es que algún día se acabarán los conflictos. La mala es que no será durante mi existencia”.

·        Segunda historia:

Un matrimonio judío se está peleando continuamente. Para poner remedio a la situación deciden visitar al rabino y conocer su justa opinión. Le radiografían el problema. “Estamos todo el día peleando, si uno hace una cosa el otro le parece mal, nunca nos ponemos de acuerdo, siempre estamos criticándonos”. El rabino le pregunta a la mujer cuál es exactamente el problema. La mujer le esboza la situación de disputa permanente. Cuando termina, el rabino mueve la cabeza en un gesto de aseveración y le asegura a la mujer que tiene razón en todo lo que le ha dicho. Luego llama al marido y le propone lo mismo. “Por favor, cuénteme en qué consiste su malestar”. El hombre se lo expone. Al acabar la exposición el rabino vuelve a  mover la cabeza afirmativamente y le dice al marido que tiene razón en todo lo que le ha confesado. Entonces la mujer se rebela y le espeta al rabino con tono apremiante que eso no puede ser. “La razón o la tengo yo o la tiene él, pero ambos no”. El rabino la mira con ojos comprensivos y remata la conversación: “¿Sabe lo que le digo, señora? Que también tiene usted razón”. 

·        Tercera historia:

Un mendigo harapiento y famélico va por la calle. De repente pasa por delante de un restaurante de lujo. De su interior sale un olor delicioso que hace imaginar que allí dentro se va a celebrar un banquete exquisito y opíparo. Se sienta a un lado de la puerta de la calle y se dice a sí mismo que eso que no puede comer al menos lo podrá oler. Al rato sale el jefe del restaurante a reprocharle que esté ahí sentando oliendo la comida. Le espeta: “Me tiene que pagar porque usted ha olido mi comida”, “Pero si no tengo dinero”, “Entonces tendremos que ir al juez a ver qué dictamina”. Le exponen el problema al juez. El juez le pregunta al mendigo si tiene dinero. “¿Yo?, pero si lo único que hacía era oler. Además soy pobre”. “¿Tiene usted dinero?”, insiste el juez. Al final el mendigo admite poseer tres monedas. El juez se las pide ante la protesta del mendigo. “Señor juez, esto es lo único que tengo, no puede arrebatármelo”. Al final se las da. El juez coge las monedas con la mano, cierra el puño y se acerca al jefe del restaurante. Hace tintinear las monedas a la altura de sus oídos. Y le dice: “Ya está usted pagado. Sonido por olor”

© VALZAM