REFLEXIONES PARA UN BUEN DÍA
(“Reflexiones” y “Pensamientos” extraídas del libro del mismo título de Efraín Gutiérrez Zambrano) 

·        La esperanza es, más que una virtud, una razón para vivir. Aquellos que la abandonan hacen de su vida un desierto. El optimismo es una actitud de espera paciente y una manifestación de confianza plena. El pesimismo es una manera de decir que hemos perdido la esperanza. Entonces, la pasión domina al hombre y se impone sobre la razón la fuerza del instinto. Nietzsche lo expresó así: “La pasión no sabe esperar; lo trágico de la vida de los hombres estriba frecuentemente en no saber esperar”. 

·        La humildad es superior a la soberbia y sólo los tercos e insensatos mantendrían su actitud vanidosa y desafiante. Sin embargo, la vida nos enseña que es mayor el número de los tercos e insensatos que el de los humildes. Y esto, porque para ser humilde se necesita comprender a los demás y así no tener la pretensión de ser mejores para juzgar a nuestros semejantes. 

·        El ser humano no puede hacer otra cosa que aspirar a la verdad. Pero algunos de nosotros contrariamos la lógica y el sentido común porque nos creemos amos y señores de la verdad. Con beligerancia y falso orgullo nos imponemos a nuestros semejantes, no en forma tolerante, sino desafiante. Nos llamamos a nosotros mismos poseedores de la verdad y nos cerramos a todo diálogo edificante. Entre tanta intolerancia, sectarismo y apatía he aprendido: ¡No hay mayor pecado contra la sabiduría que el fanatismo! Y me atrevo a afirmar que más peligroso el fanático que el ignorante. 

·        Si existe un defecto que nos haga despreciables a los ojos del hombre y de Dios, es la ingratitud. El ingrato cierra las puertas a nuevos beneficios. La persona agradecida se llena de felicidad al encontrarse con el rostro sonriente de quien recibe el agradecimiento. Son los ingratos quienes exigen el reconocimiento a su mezquindad cuando realizan algún favor. Pero para alcanzarlo se arrodillan y adulan a su potencial benefactor. Acertadamente, Tomás Moro, autor de La Utopía, opinó: “Nosotros tenemos la costumbre de escribir en mármol las ofensas que nos hacen, y en arena los favores recibidos”. 

·        El nivel de vida alcanzado por los progresos de la ciencia y la tecnología han llenado de soberbia al ser humano más que en cualquier tiempo. En consecuencia, el hombre en su soberbia discute el problema de la existencia de Dios. Y de acuerdo con el partido que tome será ateo o creyente. Pero lo que los diferencia no es más que su actitud frente a Dios. El ateo lo busca en la dificultad y la necesidad; el creyente lo invoca y le agradece a diario. Los hombres probamos la existencia de Dios con nuestra propia muerte; para entonces, será muy tarde para agradecerlo el maravilloso regalo de la vida. 

·        Es difícil encontrar, entre un hombre y una mujer, una amistad pura. No porque no se pueda dar, sino porque de realizarse sería una frustración de la naturaleza que espera que hombres y mujeres sean mucho más que amigos. Geraldino Brasil es de la misma opinión: “La amistad de una mujer por un hombre está entre dos vibraciones y es un punto neutro, la única diferencia absoluta que existe en este mundo. Por eso la amistad de un hombre y una mujer es la estéril sobre la tierra. Nada construye. Su hijo no se conoce.” 

·        La libertad es el presupuesto de la autonomía. Sin éstas no sería posible responsabilizarnos de nuestros actos. Gracias a ellas tenemos la facultad para elegir. La vida está en nuestras manos. Podemos escoger un cielo azul y despejado o llenar el horizonte de nubarrones y truenos. Podemos escoger entre hacer feliz y agradable la vida de quienes nos rodean, o transformarnos en murmuradores e intrigantes para arruinar su felicidad. Es en nuestro corazón donde reposan la alegría y la tristeza; de nuestra voluntad depende que escojamos ser dichosos y bendecir la vida, o amargarnos y maldecirnos a nosotros mismos. 

·        No todas las naranjas son dulces. Y algunas son más amargas que otras. Después de probarlas advertimos la diferencia de sabor. Las personas juzgan por las apariencias y eso nos encoleriza. Mas cuando juzgamos a los demás con ligereza y falta de comprensión nos sentimos tranquilos porque es imperceptible el malestar ajeno. Antes de proferir un juicio sobre alguien deberíamos tomarnos el tiempo necesario para escucharlo y conocerlo; y antes de condenar a nuestro semejante pensemos en estas palabras de Plauto: “El que acusa a otro de mala conducta debería mirarse a sí mismo.” 

·        No podemos pensar que las condiciones atmosféricas hagan nuestro día maravilloso o rutinario. Todos los días son buenos para quienes dejan que de su propio ser nazcan el entusiasmo y la esperanza. Todos los días son maravillosos para quienes hacen de ellos una oportunidad para servir a los demás sin egoísmo. Todos los días son radiantes, alegres y llenos de bendiciones para quienes mediante el trabajo construyen un mundo donde la justicia sea el sol y el amor resplandezca como su corona. 

·        Uno de los más grandes obstáculos que halla el hombre en su camino al éxito es su falta de fe. No cree en sus cualidades y no admite sus defectos. (Y cuando es consciente de ellos no los corrige en el menor tiempo posible). Al carecer de fe pierde la confianza, y con la confianza, la seguridad. Desprovisto de la seguridad en sí mismo menosprecia el valor del entusiasmo. Sin entusiasmo no existe, para el ser humano, la esperanza. Y sin ésta no hay razón para amar. Y sin amar… El corazón del hombre se detiene, porque sin amar no vale la pena vivir. 

·        La educación de nuestros días enseña una cantidad de cosas superfluas que distraen a niños y jóvenes, y en muchas ocasiones los pierden de su verdadero destino y cuya meta es igual para todos los hombres: Ser felices. Me encanta comparar la vida con un río. Antaño, Tales creyó que el agua era el principio de todo. Me apasiona ver llover y me ruborizo de inocencia cuando siento el agua correr sobre mi piel canela. La vida de todo hombre se parece a un río. En su nacimiento es cristalino y sus aguas dejan ver la belleza de su interior. A medida que comienza a descender, las aguas de otros ríos que se han desbordado aumenta su caudal y poco a poco lo convierten en fuerza que avasalla. Hacia la mitad de su curso, el lodo y los desperdicios impiden que conozcamos las riquezas que en el fondo de su lecho se hallan. Pero diáfano o turbio no puede detener su rauda marcha hacia el mar que tarde o temprano lo abrazará. Otros los ambicionan todo y entre más ensanchan su lecho, más destrucción ocasionan a su paso. Al llegar al océano son los más contaminados de todos y hasta el mismo mar desearía que no llegaran a sus predios. Son muy pocos los ríos, que desde la montaña donde nacen hasta el punto en donde acaban su existencia, se les ve siempre cristalinos, alegres y pacíficos. 

·        Muchos son los caminos que el hombre puede recorrer, pero uno solo de ellos es digno y obligatorio. El camino de la felicidad. 

    Todo conocimiento que apunte o se halle en esa ruta merece la etiqueta de verdadero; falacias, sofismas y apariencias son lo circundante. Errar, por tanto, es tomar el camino equivocado. Ignorar, carecer totalmente de conocimiento. Es consecuencia de la ignorancia, impasibles y cruzados de brazos, lamentar nuestra suerte y la de los demás. La razón es como esa luz débil que nos ilumina en una noche sin luna y sin estrellas, pero que tan pronto como amanezca pasará desapercibida. Continuará brillando mientras no se extinga, pero las cosas se mostrarán indiferentes antes sus rayos; para conocerlas es necesario iluminarlas, de tal manera que no proyecten sombras. Y solamente el sol lo puede lograr cuando está en su cenit. 

Fíjate en los cristales de la ventana. Unos son azules y otros amarillos, algunos están empañados. Ninguno nos dejará ver la realidad tal cual es. Los azules nos indicarán que el día que comienza amenaza lluvias, los amarillos nos dirán que será un día de sol esplendoroso. Los empañados crearán en nosotros la incertidumbre. Para salir de dudas se hace necesario abrir la ventana. Pero al intentar hacerlo nos encontramos con la luz del sol que nos enceguece en el primer instante y en los siguientes nos deja ver un minúsculo aspecto de la realidad. 

Entonces, cerramos los ojos, y al contemplarnos a nosotros hallamos la verdad indubitable de nuestro propio yo. Y ahora, ¡vámonos! El día ha comenzado y no tenemos la certeza de que se vuelva a repetir una oportunidad como ésta. 

·        El hombre tiene dos nacimientos. En el primero, los padres hacen posible el milagro de una nueva vida. El ser humano es incapaz de cortar el cordón umbilical y un adulto lo hace por él. Pierde, entonces, la seguridad que le brindaba el vientre materno, y expectante ante el mundo, agradece todo el amor que le deparen. El hombre, por su condición de ser bio-espiritual, no puede crecer en armonía desprovisto de amor. En este sentimiento el que le dará la seguridad en todas las etapas de su vida. 

El segundo nacimiento suele acontecer a finales la adolescencia. Ahora son los padres los que muchas veces hacen imposible el descubrimiento de la libertad. El ser humano desea ser independiente para formar su propio mundo, pero los padres, guiados por un amor egoísta (no siempre, claro está), pretenden que sus hijos no tomen los caminos que los llevarán a ser auténticos y humanos. Los mayores temen que los hijos se extravíen y los menores desconfían de la protección de los padres. Aquellos jóvenes que encuentran unos padres llenos de amor y comprensión, pronto llegan a la madurez. Otros, los más protegidos, se vuelven inseguros y permanecen hasta los veinticinco años y más sin atreverse a abandonar las casa paterna porque temen no hallar amor en ninguna parte. Es este segundo nacimiento es el  mismo ser humano, con sus fuerzas y anhelos, el indicado para cortar el cordón que lo ata a la familia que lo vio crecer. 

·        El hombre se halla en un cuadrilátero cuyas cuerdas son la angustia, el pesimismo, el escepticismo y la violencia. La primera conduce al hombre hacia el suicidio porque enceguece la razón. Para salir de ella buscamos la evasión. Huimos de nosotros mismos olvidando que lo mejor es la aceptación de nuestra condición humana. 

El pesimismo nos lleva hacia la desesperanza, y cuando el ser humano no posee la esperanza, la vida pierde sus encantos. Entonces, el tedio se apodera de todo tú ser. Es en este punto, cuando comenzamos por no creer en nada, y lo que es peor, en nadie. Este escepticismo trae la soledad como castigo. Para romper la monotonía, equivocadamente, pensamos que la violencia es la solución. Pero bien sabemos que el efecto es de la misma naturaleza de la causa. Y ante este panorama desolador abandonamos la fiesta de la vida y bufónamente nos disfrazamos para el carnaval de la muerte.. 

·        Todos somos conscientes de nuestros defectos y nuestras cualidades. Buenos, casi todos. ¿Y en qué nos diferenciamos de aquellos que se han granjeado la admiración de los demás, a quienes damos el justo título de triunfadores? El filósofo existencialista, Karl Jaspers nos entrega la respuesta: “Hay grandes hombres con sus debilidades y con sus deficiencias, tales como lo somos nosotros, pero que se ganaron a sí mismos.” 

·        Mucho se ha escrito sobre la amistad. En todos los tiempos. En todas las latitudes. Y sin embargo, el hombre no ha aprendido a ser amigo. Con justa razón escribía Dossi: “El falso amigo es como la sombra que nos sigue mientras dure el sol”. Las canciones hacen énfasis en el oropel de la amistad y nuestra propia vida nos pone de relieve que los amigos sinceros escasean. Pero, ¡ay de aquel hombre a quien la desgracia lo sorprenda sin amigos y sin amor! Para vivir plenamente, el ser humano necesita de una mano amiga y de un corazón sincero que palpite al compás del suyo. Sin amor y sin amigos la vida es como un desierto, donde el calor se siente, pero ni siquiera el sol que lo causa se puede ver. 

·        Un campesino me dijo que los hombres son como los aguacates. A unos les basta el simple paso del tiempo para madurar. Otros necesitan de los golpes, pero al abrirlos están negros. Y es que cuando el hombre no aprende a asimilar los golpes de la vida se le llena de moho el espíritu. Cuando el espíritu se muere no hay razón para el corazón palpite. 

·        Mucho pido a Dios que mi felicidad no sea eterna en esta vida porque sé que a cada momento de dicha sigue otro de dolor. Pero lo que más me alegra es saber que en mi angustia actual no debo desesperarme porque una gran dicha me espera cuando se marche mi dolor efímero. 

·        Como vendedor he visto a muchos de mis colegas que cuando lleguen al umbral donde está su comprador potencial, se detienen como un auto que choca contra un muro. Miran hacia el fondo del local como si estuvieran mirando hacia la sima, hacia el cañón. Pronto salen despavoridos ante la mirada de su comprador que los observa con desdén y desconfianza porque eso es lo que ellos proyectan. Este cuadro trae a mi memoria la afirmación de Walter Scott: “Al tímido e indeciso todo le es imposible, porque así se lo parece.” Si deseas ser un verdadero vendedor debes vencer el miedo que te impide comunicarte con claridad y de manera persuasiva. Tú naciste para ser el mejor, pero mientras te dejes dominar por el miedo, desgraciadamente, serás el peor. 

·        Decía Pratney: “Los que llegaron a las cimas del éxito son los que hicieron no sólo lo que les pidieron que hicieran, sino mucho más”. Es decir, hicieron más de lo ordinario. Esto los hizo hombres extraordinarios. El rutinario es ordinario, desesperanzado, fracasado; el osado, por su misma intrepidez se torna extraordinario, esforzado y optimista, 

·        Bastante se habla de la confianza que debe acompañar a la persona que desee triunfar. Ese insistir metódico y oportuno ha sido definido de muchas formas, pero la mejor definición es de Sydeny Smith: “La constancia no consiste en hacer siempre las mismas cosas, sino en hacerlas diferentes, pero encaminarlas hacia un mismo fin”. La misma idea se encuentra en embrión en las palabras de Luis XIV: “La constancia no consiste en hacer siempre las mismas cosas, sino las que tienden a un mismo fin.” En consecuencia, esto nos lleva a la siguiente afirmación: Nunca la rutina puede llamarse constancia porque aquella es hacer lo mismo siempre sin saber ni tener un porqué. 

·        Para muchos, Dios es una invención de la humanidad. Algunos ven la necesidad como su causa. Otros, la ignorancia. Hoy, el mito –la ciencia puede evidenciarlo todo- ha puesto a Dios entre la incertidumbre y la negación. Al hombre se le exige una conducta acorde con las leyes humanas, y una esperanza que no sobrepase los cálculos para no ingresar al reducido grupo de los ilusos. Pero aún aquellos cuyas vidas fueron tan humanas, y sin embargo, no pueden presentarse como dignas de emular, son los primeros en admitir que el ser humano necesita de “un más allá” como horizonte de sus actos. Creer o no creer no es el problema; lo fundamental es obrar de acuerdo con la aceptación o no aceptación de Dios. Resulta oportuno recordar a Baudeliere: “Aunque Dios no existiese, la religión seguiría siendo sagrada y divina. Dios es el único ser que no necesita existir para reinar”. 

·        Muchas veces he creído que la mejor forma de arreglar mis problemas es silenciando mi propia existencia. Y aunque parece una idea fácil de concebir, lo veo difícil de realizar. Para algunos el suicido es una demostración de valor. Otros, en  el extremo, consideran este acto como la peor cobardía. Pero el problema no es demostrar si existe valor o cobardía en el suicido. Para mí la pregunta es esta: ¿Por qué el hombre pierde la esperanza? Sin ella la vida carece de sentido. Sin ella, el dolor nos aplasta. Sin  ella no puede existir la fe, y en consecuencia, tampoco el amor. Sin esperanza, no hay valor, no hay cobardía; donde acaba aquélla, comienza la muerte. 

·        Hay quienes dicen que somos malos por naturaleza, pero sólo los pesimistas lo toman en serio. Nuestro mal está en la tibieza del corazón, en la indiferencia ante el dolor ajeno, en la inseguridad que nos asiste en la lucha diaria, en la falta de confianza en los demás, en el miedo intimidador, en la envidia revanchista, en el egoísmo justificado y en el temor a ser mejores cada día. Nuestro corazón es el verdadero árbol del bien y del mal. De él penden dulces manzanas para ofrecer y alegrar la vida propia y ajena. En él también se hallan las víboras dispuestas a engañarnos y engañar. 

·        Nuestra sociedad no hace nada por robustecer la familia, vale decir, los lazos familiares. Las estadísticas señalan que uno de cada cuatro matrimonio acaban en el divorcio y en algunas regiones sobrepasa el cincuenta por ciento. Las relaciones entre los esposos distan mucho de aquellas llenas de amor y ternura que se mantuvieron durante los días de noviazgo. Hoy, ante las desavenencias y problemas conyugales se piensa que lo mejor es acabar esa relación, sin sentirse culpable; y sí, más bien culpando al otro, salir al encuentro de un nuevo amor. Es la respuesta más fácil e inhumana que podemos dar. El egoísmo y el instinto reemplaza los sentimientos. El placer se impone sobre el amor, y la rutina sobre el gozo. De esta manera la familia se desintegra y el futuro de la humanidad se torna incierto. 

·        Como las olas del mar, a veces, nos agigantamos y nos lanzamos sin temores hacia las alturas. Mas no falta el obstáculo que se interponga y al chocar caemos, no para quedar serenos, sino frustrados. Debemos aprender de las olas que al chocar caen para levantarse con más fuerza. Sólo en la noche parecen descansar, pero en realidad recobran sus fuerzas para, cuando salga el sol, cumplir con su misión de proteger y embellecer el mar. 

Ayer faltaste a tus deberes. Dejaste ir los minutos y las horas sin dar el fruto que los demás esperan de ti, y lo que es peor, que tú deseabas. Pero fue superior la debilidad al deseo de ser grande.. ¡Mas no importa! Ya nada puede hacerse para cambiar el pasado. Pero es necesario que cambies hoy. Recuerda lo que tantas veces te he dicho: El mañana es de aquellos que hacen del hoy la oportunidad de corregir los errores del ayer”.

© VALZAM