Quiero dedicarle a Juan Pedro Hernández un cuento que escribí hace algunos meses.
Un cuento que habla de sufrimiento, de enfermedad, y de un Cristo que se desvive por los enfermos, y que ayer mismo acogió a nuestro Juan Pedro a su lado.

 

MISTERIO EN EL HOSPITAL


    Daniel tuvo que llamar al médico de urgencias para que acudiese a su casa. Fuensanta -su mujer- estaba muy enferma. No sabía qué le ocurría, pero tenía una fiebre altísima que no le bajaba con nada. Llegó el médico a su casa y, tras examinarla, dijo que era necesario llevarla a urgencias del Hospital. Llamaron a una ambulancia y, tras entrar en urgencias del Reina Sofía, los médicos dictaminaron su inmediato ingreso, debido a la gravedad de la enferma.

    Conforme pasaban las horas, Fuensanta, en lugar de evolucionar favorablemente, fue empeorando cada vez más, hasta el punto que los médicos decidieron su ingreso en la UCI, en un estado de extrema gravedad.

    Daniel estaba hundido. Veía impotente cómo, su amada esposa se le estaba yendo de las manos. Sentado en la sala de espera, se puso a rezar. Pero necesitaba estar solo y con más intimidad, de manera que bajó de la planta donde estaba la UCI y se dirigió al mostrador de información, que se encontraba en el inmenso hall del nuevo Hospital. Allí preguntó si existía alguna especie de Capilla o similar. –Sí, señor. Mire, suba esas escaleras y, al fondo a la derecha, verá la puerta de la Capilla-.

    Encaminóse hacia allá. Abrió la puerta y, se sorprendió al ver, en la pared opuesta a la entrada, una enorme imagen de un Cristo Crucificado.


    Se acercó y lo miró de cerca. Era fácil hacerlo, ya que la imagen se encontraba en una posición muy baja, muy al alcance de la vista. El Cristo era impresionante. De una envergadura enorme, debía ser muy antiguo, ya que estaba casi totalmente oscurecido por lo que, supuso, una capa de suciedad y humo de siglos. Se arrodilló ante la imagen y comenzó a rezarle, a pedirle por su Fuensantica.
 

    Después de rezar, mirando fijamente al rostro, a los ojos entrecerrados del Cristo, comenzó a sentirse mejor, más reconfortado, y sintió una grandísima paz interior.

    Mientras Daniel oraba ante la imagen del Crucificado, Fuensanta deliraba en la UCI. No sabía dónde se encontraba y, cuando abría los ojos, únicamente veía médicos y enfermeras, yendo de un lado para otro de la sala.
 

    Una de las veces que entreabrió los ojos, vio borrosamente la figura de un médico. Tan sólo acertó a distinguir que el doctor, vestido con su bata blanca, era una persona muy alta, que tenía poblada barba y que, sentado en el lateral de su cama, la agarraba fuertemente de la mano. Volvió a cerrar los ojos, presa de la fiebre que la consumía, pero no le abandonó en ningún momento la sensación de una poderosa mano que agarraba la suya, temblorosa y débil.

   
    Cuando Daniel salió de la Capilla, al pasar por recepción decidió preguntar a una enfermera que allí había, acerca de la imagen del Crucificado de la Capilla. –Sí (le contestó la enfermera), es una imagen muy antigua, caballero. Ya se encontraba en el primitivo Hospital de San Juan de Dios, donde hoy está la Comunidad Autónoma, ¿sabe?- De este modo supo que, en el citado Hospital se encontraba ubicado, colgado en lo alto del rellano de la escalera, y por ello se le conocía como el “Cristo de la Escalera”. Ahora se le denominaba “Cristo de Zalamea”, y era una imagen de muchísima devoción y muy querida por todo el personal del Hospital y por muchísimos enfermos y sus familiares que acudían a pedirle por la curación de sus males. -Pero ya ha visto usted en qué mal estado se encuentra. Pronto va a ser llevada a un taller de restauración….. Ah, caballero, también puedo decirle que un grupo de nazarenos pretenden crear una nueva Cofradía con la imagen de este Crucificado como Titular-. Agradecido por la información que le había facilitado la enfermera, Daniel se dirigió hacia la UCI, a ver como seguía su esposa y si los médicos podían decirle algo más.

    Cuando llegó allí, las noticias no eran buenas. Fuensanta estaba en estado crítico. A través de las cristaleras pudo ver cómo estaba permanentemente atendida por un doctor que no soltaba su mano en ningún momento.
Su mujer se le iba. Lo sabía.
Sentado impotente en la sala de espera, el cansancio y el dolor le vencieron y no pudo evitar quedarse dormido.

    Se despertó por la mañana temprano, sobresaltado y con el cuerpo entumecido por la mala postura en que había pasado las últimas dos horas. Lo primero que hizo fue acercarse a la UCI y allí vio cómo el médico de las barbas continuaba junto a su esposa, aferrado a las manos de su Fuensanta.

    Dio un golpecico en el cristal para llamar la atención del doctor y éste se levantó y salió de la UCI. Daniel le preguntó por su mujer y el médico le dijo que dormía, que seguía muy grave, pero que no se preocupase, que su curación estaba en manos de Dios. Que rezase por ella y tuviese fe. Que fuese a la cafetería a desayunar algo, que se le veía muy mala cara, y que después marchase a casa a descansar un poco, que ya velaría él por su esposa. Daniel le dio las gracias por todo. Le dijo que iría a tomar algo, pero que a casa no se marchaba dejando a su mujer sola y en esa situación.

    Al regresar de la cafetería subió de nuevo a la Capilla para rezar ante el enorme e impresionante Crucificado. Pero, cuando entró se llevó una grandísima sorpresa… ¡¡¡El Cristo no estaba!!!… La Cruz negra permanecía colgada en su sitio, pero ¡¡la imagen había desaparecido!! Muy extrañado y un tanto alarmado, bajó a información y preguntó qué había ocurrido con el Cristo. Allí no sabían nada. Acababan de empezar su turno de trabajo. Pero una enfermera le comentó que había oído que un día de esos se iban a llevar la imagen del Cristo al taller de Verónicas para ser restaurado. Así que allí debían haberlo llevado esa misma mañana temprano.


    Desilusionado y un poco acongojado por no poder hallar el consuelo y la paz que la contemplación del Crucificado le había otorgado la noche anterior, Daniel subió de nuevo a la Capilla y oró postrado ante la Cruz vacía.

    Mientras tanto, las cosas en la UCI no marchaban bien para Fuensanta. Su estado había empeorado alarmantemente. La pobre, entre delirios y sueños, tuvo una visión de si misma, caminando por un oscuro y larguísimo túnel, hacia un brillante puntito de luz que se veía al final. Conforme se acercaba a la luz, ésta se volvía más y más brillante y cegadora. Cuando parecía que iba a dar el último paso para traspasar la línea que separaba la oscuridad de la luz blanca y cegadora, sintió una poderosa mano que, agarrando la suya, se lo impidió. Y, por más que intentaba desasirse, el inmenso poder de la férrea mano no se lo permitió.

    Lo siguiente que recordaba Fuensanta fue abrir los ojos y verse de nuevo acostada en su cama de la UCI, con el médico de las barbas asiendo su mano, con una sonrisa dibujada en sus labios. –Descansa Fuensanta (le dijo el gigante doctor), ya estás mejor. Pronto te pondrás bien y volverás a casa con tu esposo Daniel, que anda por ahí afuera-.

    En ese preciso momento llegaba a la UCI Daniel, que venía de la Capilla, aún triste y extrañado por la repentina y misteriosa desaparición de la imagen del Crucificado.
Al verle llegar, el doctor se levantó y salió. -Buenas noticias Daniel: Fuensanta ha pasado una grave crisis en la que ha estado a punto de morir. Pero ha superado el peor momento y ya se encuentra mejor. Dentro de pocos días podrás llevártela de vuelta a casa. Yo ahora me tengo que marchar, que me han surgido otros asuntos urgentes que atender. Tú vete a casa y descansa. Hazme caso, ¿vale?-.

    Con una infinita alegría en su interior, y con los ojos arrasados en lágrimas, Daniel se abalanzó sobre el médico para abrazarle. Al estrecharle entre sus brazos tuvo la misma sensación de paz y de consuelo que había tenido la noche anterior, cuando miró a los ojos del Cristo, en la Capilla. Enormemente extrañado, Daniel soltó el abrazo y miró al doctor a los ojos. Éste le sonrió y, llevándose un dedo a los labios para que guardase silencio, le guiñó un ojo. ¡No! ¡No podía ser! Todo tenía que ser producto del cansancio, del estrés, de la angustia que había sufrido al ver que su Fuensanta se le iba. Cuando se quiso dar cuenta, sin saber cómo, el doctor desapareció de allí.

    Daniel reaccionó y salió disparado hacia la Capilla. Subió los escalones de dos en dos y se abalanzó sobre la puerta de la misma.

    Lo que vio en la Capilla le dejó atónito y sin habla.  El Cristo de Zalamea estaba allí, colgado de su Cruz, tal como lo vio por vez primera la noche anterior.
 


    En ese preciso instante, una señora se encontraba arrodillada ante la imagen del Cristo, rezando en voz alta entre sollozos, pidiéndole por la vida de su hijo, que acababa de tener un grave accidente con la dichosa moto.



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Ha pasado un año y medio desde que ocurrió aquello.

    El Cristo de Zalamea ya no se encuentra en el Hospital. Fue magníficamente restaurado y posteriormente llevado a la Iglesia-Museo de San Juan de Dios, donde recibe culto.

    Tras muchas y arduas gestiones, finalmente fue autorizada la creación de una Cofradía en torno a la sagrada imagen del Cristo.

    Hoy es Jueves Santo por la tarde y, Daniel y Fuensanta, vestidos con sus túnicas negras con capuz dorado llegan pronto a la iglesia de San Juan de Dios. Los dos son Nazarenos Estantes del Cristo de Zalamea.


    Después de lo sucedido hace año y medio en el Hospital, fueron de los primeros en pasar a formar parte de la nueva Cofradía del Santísimo Cristo de Zalamea. Ellos, mejor que nadie, saben con certeza a Quién van a llevar sobre sus hombros dentro de pocos minutos, en la primera procesión de la recién nacida Cofradía.

    Algunos responsables de dicha Cofradía vienen observando cómo, con cierta frecuencia, cuando la iglesia está cerrada, la imagen del Crucificado “sufre” extrañísimas desapariciones que duran unas pocas horas y, tal como desaparece, la imagen del Cristo vuelve a reaparecer en su lugar.
Llevan el tema con gran discreción. No comentan nada, ni siquiera entre ellos mismos. No quieren ser tildados de locos.

    Coincidiendo con las citadas desapariciones de la imagen, por la UCI del Hospital Reina Sofía siempre aparece un gigante y desconocido doctor de pobladas barbas, que aferra con fuerza las manos de los enfermos en trance de mayor gravedad.
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Escrito en el foro de Murcia Nazarena por NazarenoColorao con motivo de su mensaje nº 5.000


   
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