Las Artes de la Semana Santa Murciana

 

José Alberto Fernández Sánchez

Licenciado en Historia del Arte

 

 

   Iniciamos hoy un recorrido por las diversas artes que componen el patrimonio de las cofradías de Semana Santa murcianas. Pero pretendemos hacerlo de una manera especial; en esta ocasión las protagonistas no serán las sagradas imágenes que procesionan por nuestras calles y plazas, sino aquellos objetos y enseres destinados a revestirlas y magnificarlas. De este modo, se pretende dotar al lector de una visión a cerca de aquellos elementos más notables que articulan y dan vida a las tallas durante las procesiones. Así, más variada y más rica será nuestra percepción sobre el fenómeno procesional y el rico patrimonio secular que atesoran las cofradías.

La Talla y el Dorado

   Desde que en 1886 el tallista Antonio López Chacón realizara un nuevo trono con candelabros para el paso de la Samaritana, sustituyendo las sencillas tarimas de madera sin tallar ni dorar, las cofradías murcianas se lanzaron a la labor de adquirir nuevas andas de similares características en las que procesionar de manera digna y decorosa sus imágenes sacras. Sin embargo, esta nueva labor que inicia Chacón, cuya fórmula es aceptada y emulada, había tenido un sonado precedente en el trono tallado y dorado por Julián Hernández y Ginés de Rueda en 1803 para la venerada imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. A pesar de ello y de que las cofradías de Gloria de la ciudad ya tenían obras de idénticas desde bastantes centurias antes, lo cierto es que la labor de Chacón supone el primer intento serio por renovar la anquilosada estética de los tronos pasionarios. No en vano, el actual trono de la Oración en el Huerto y los desaparecidos del San Juan de la Sangre y el Sepulcro del Santo Entierro fueron obra suya.

   No obstante, resultaría incompleta esta relación si no se mencionara al trono de la Dolorosa de la Cofradía de la Sangre tallado en 1892 por José Jiménez Arróniz y que supone todo un hito en el desarrollo de los tronos murcianos decimonónicos. La esbeltez y riqueza de la peana sobre la que desfila la imagen, los penachos frontales calados (en su origen) y, sobre todo, los portentosos candelabros, constituyen por si mismos todo un decálogo de la estética procesional murciana. Parecidos condicionantes estéticos tenía el desaparecido trono de la Virgen de las Angustias tallado por Juan Martínez Cantabella en 1895 y cuyas tulipas portaban una cifra superior al centenar de tulipas.

   El comienzo del siglo XX supone la entrada en el arte de la talla procesional de los postulados artístico del modernismo de la mano del célebre arquitecto José Antonio Rodríguez (trono desaparecido del Cristo del Perdón) y del gusto arqueológico-historicista, plasmado por José Huertas en varios tronos de estilo “egipcio” tallados para la cofradía del Resucitado. Sin embargo, una de las más importantes aportaciones del siglo XX será la aportación de Antonio Carrión Valverde quien incorporará a la herencia romántica la aportación de grupos figurados en los laterales de los tronos (trono del Beso de Judas), tendencia que, por desgracia no ha tenido continuidad. De los tronos realizados en las últimas décadas destacar el de la Soledad del Santo Sepulcro, con original reinterpretación de los postulados tradicionales murcianos, obra de Lorente y el trono calado de la Virgen Gloriosa de Cascales, en los que aun se intuye la pesada influencia de los parámetros neobarrocos de finales del XIX.

 

 

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El Bordado Artístico

   Una de las actividades relacionadas con la Semana Santa menos conocidas es el bordado artístico en oro al realce. Su técnica, de gran complejidad y coste, estaba ya extendida en Murcia desde el siglo XV, sin embargo es durante el siglo XVIII cuando adquiere una importancia significativa, al instalarse en la ciudad un número considerable de bordadores procedentes en su mayoría de Cataluña. Entre ellos es digna de mención la obra de Francisco Rabanell cuyos diseños ricamente bordados nutrirán a las cofradías pasionarias; el profesor Pérez Sánchez ha documentado su vinculación profesional con la cofradía murciana de Servitas, a la que realizó varios encargos.

   Pero será desde las últimas décadas del XIX cuando las cofradías murcianas, como las de otras muchas localidades españolas (como Sevilla, Málaga o Cartagena), se comiencen a dotar, con verdadero interés, de conjuntos suntuosamente bordados con metales preciosos para vestir a sus imágenes titulares y dotar de prestigio a sus procesiones. Así resurgirán en nuestra ciudad los talleres de bordado como el de las “Señoritas Fontes” (que bordarán entre otros el Estandarte del Cristo del Perdón en 1897), el regentado por Laura Angelinch (toca de plata de la Dolorosa de Jesús en 1927), y los relacionados con órdenes religiosas, como el de las Madres Dominicas de Santa Ana (que será el último en desaparecer ya en la 2ª mitad del XX), entre otros muchos.

   Sin embargo, el interés por hacerse con estos bordados no se limitó a los talleres murcianos. Así, en 1891 se recurrió al obrador catalán de Francisco de Asís Serra para realizar el manto y la saya de la Soledad del Santo Sepulcro, cofradía que también adquirió en 1905 un “lujoso” estandarte en la ciudad francesa de Lyon. Con todo ello, la pieza fundamental del bordado cofradiero murciano es el gran manto que la familia de la Cierva encargó en 1927 al célebre bordador sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda para donárselo a la imagen de su devoción, la popular Dolorosa salzillesca de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

   En los últimos años se ha visto un cierto renacer en la adquisición de interesantes piezas artísticas destacando de manera notable los estandartes de la Cofradía Servita (Madres Dominicas de Jaén), del Real Cristo de Santa Clara (Antonia Sánchez de Cartagena) y las diversas túnicas encargadas por la Cofradía de Jesús para sus imágenes de vestir (Juan Rosén de Málaga). Sin embargo, y por desgracia, los talleres que se dedicaban a este trabajo del bordado artístico en oro al realce desaparecieron en Murcia hace decenios.

 

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La Orfebrería

   El arte de la orfebrería tuvo una gran repercusión en Murcia durante centurias. No en vano, sus realizadores ocupaban las inmediaciones de una de las calles principales de la ciudad, a la que dieron nombre; la Platería. Fruto de la intensa actividad que desarrollaron varias cofradías se vieron beneficiadas, conservándose hasta la actualidad un número nada despreciable de piezas de platería del siglo XVIII destinadas a las imágenes sacras de la Pasión. Fundamentalmente se trata de nimbos o auras  con los que rematar y dignificar a las imágenes de Cristo y su Madre Dolorosa, aunque también se pueden encontrar otros atributos del dolor como cálices, coronas de espinas, puñales y rosarios, todos ellos realizados en plata y, en ocasiones, sobredorados.

   Y como huella significativa de esas primeras realizaciones argénteas de las cofradías destacar la presencia del gran imaginero Francisco Salzillo como dibujante y configurador de estas piezas. Están documentados sus lazos profesionales con varios plateros de la ciudad para los que diseñó custodias y cruces parroquiales, especialmente para los Ruiz Funes. Fruto de esta colaboración resulta el conjunto de nimbos de plata de las imágenes cristíferas que Salzillo realizó para la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El más interesante de ellos es el del Cristo del Prendimiento de 1763, en que la rocalla barroca alterna con haces de luz en torno al anagrama de Jesús. De un contenido más neoclásico sería ya al nimbo de plata sobredorada que el mismo Ruiz Funes obró entre 1786-92 para el Cristo de la Negación de la Archicofradía de la Sangre, institución que también conserva otro nimbo de plata de 1848 realizado en el madrileño taller “El Iris” (proveedor oficial de la Casa Real) para el Cristo de la Samaritana. 

   Pero sin duda el ajuar de orfebrería más destacable de la Semana Santa murciana pertenece a la Virgen de las Angustias de la Cofradía de Servitas, patrona secular del Gremio de Plateros de la ciudad. Para ella le ofrendaron diversos atributos de plata y tres interesantes nimbos que nos muestran la evolución de dicha arte suntuaria en apenas una centuria. Desde una primera barroca de Ruiz Funes hasta otra neoclásica (hoy sobredorada) del mismo taller, ambas sin fechar, y una última aportación del platero Marcos Gil Manresa ya en el siglo XIX.

   

 

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El Exorno Floral

   Uno de los elementos que más caracteriza a la Semana Santa murciana es la peculiaridad del adorno natural, presente tanto en el secular y laborioso exorno de la mesa del paso de la Cena, como en los abigarrados grupos de flores que cuajan los tronos. Sin duda, la vitalidad primaveral unida a la presencia cercana de la huerta condiciona el gusto con el que se pueblan los pasos para sus diversos recorridos procesionales.

   La flor, en principio rechazada por la Iglesia por la estricta observancia del Concilio de Trento, se fue haciendo progresivamente con un lugar destacado como manifestación palpable de la devoción de los fieles. Y, como no, los pasos murcianos se fueron poblando de un adorno floral exuberante que contrasta de manera notable con su total o parcial ausencia en otras zonas españolas, sobre todo en la austera Castilla. A pesar de ello, habría que reseñar como el adorno natural se tuvo que limitar a una ortodoxia determinada y a una simbología directamente relacionada con la Pasión de Cristo; de esta manera, lo canónico sería establecer para el adorno de los Cristos el clavel y la rosa de color encarnado y el lirio morado (colores por excelencia del martirio del Hijo de Dios). Para la Virgen, por el contrario, se optó por flores con tonalidades claras y suaves que remitieran, inevitablemente, a la pureza y virginidad de la Madre Dolorosa.

   Sin embargo, las modas estéticas han marcado unas determinadas incorporaciones que, lejos de lo peyorativo, evidencian el interés de los cofrades por dotar a sus imágenes del mayor exorno posible. Entre ellos, los más característicos resultan los populares adornos de flor de tela que estuvieron vigentes desde mediados del XIX hasta los años treinta del siglo XX. Dicho complemento floral, agrupado en características “piñas” o “bouquets” y en guirnaldas, era característico de los conventos de monjas, correspondiendo a ellas mismas su ejecución. Las Agustinas y las Anas se caracterizaron por esta labor, conservándose aun en sus clausuras los moldes con que las realizaban.

   Con el uso de flor natural a partir de los años cuarenta se configuraron varias tipologías en el adorno destacando los típicos “calvarios” de clavel rojo (Cristo de la Sangre, Sagrada Flagelación o Cristo del Refugio), los frisos paralelos al perímetro de los tronos (Santa Cena o Verónica del Perdón), “bouquet de fanal” de remembranza decimonónica realizados con clavel (Nazareno y Dolorosa de Jesús) y el adorno más libre y suelto de inspiración bucólica y campesina (Oración en el Huerto).    

 

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La Vestimenta de las Imágenes

   Si importante es la labor del escultor a la hora de realizar una imagen, fundamental resulta la actuación del vestidor en el caso en que esta sea de vestir. No resulta extraño ver grandes joyas de la imaginería sacra española desvirtuadas totalmente por la actuación inexperta de cofrades que, más llevados por el corazón que por el buen gusto, tratan de aderezar sus tallas predilectas con discutibles resultados. Precisamente, no es Murcia una tierra en la que se haya prodigado el trabajo de los vestidores, debido sobre todo al extremo celo de los camareros que acaparan gran parte del protagonismo de las imágenes al decorarlas de manera más ostentosa que efectista.

   Sin embargo la labor en los últimos años de un grupo reducido de vestidores a aportado a esta labor un cierto grado de decoro a la vez que han pretendido desterrar malos usos ampliamente aceptados entre los fieles; el más significativo es el hecho de cubrir la cabeza de las Dolorosas con el manto, ya que el hacho de ir destocada en la época hebrea de Cristo suponía ejercer un oficio de dudosa reputación moral (como si sucedía por ejemplo con María Magdalena). Estos artistas, porque así es como se les debe considerar, han desarrollado diferentes estilos y peculiaridades, todas ellas basadas en la investigación gráfica histórica y rescatadas de la propia tradición local.

   Así, Antonio Labaña Serrano ha reeditado en la Virgen del Primer Dolor de la Cofradía de la Salud el gusto monacal decimonónico, basándose en antiguas fotografías de la Dolorosa de Jesús e incorporando en el vestuario ricos brocados del siglo XVIII. Por su parte, José Cuesta Mañas consiguió en la mañana de Viernes Santo del año 2003 vestir a la célebre Dolorosa de Salzillo a la manera y usanza de la época en que fue creada, acentuando todo su movimiento y ornamentándola con un tocado de encaje de Bruselas según la manera que recoge una conocida pintura barroca de la Iglesia de San Miguel de Mula en la que se muestra precisamente la vestimenta de una Dolorosa vestidera salzillesca de aquel periodo. Por desgracia, la antigua manera de colocar el manto “terciado” sobre el brazo de las imágenes de la Dolorosa, tal y como se ha conservado en localidades de la provincia hermana de Albacete, no ha sido rescatada a pesar de que imágenes homónimas de talla completa como la célebre de Santa Catalina de Murcia nos evidencia su uso frecuente durante el siglo XVIII.

 

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La Iluminación de los Tronos

   El abigarramiento de candelabros cuajados de tulipas durante los últimos años del siglo XIX en los pasos murcianos evidencia una clara preocupación por la iluminación de los mismos. Este interés, de índole claramente mediterránea, tiene además su paralelo simbólico al rememorar al evangelista San Juan de “luz entre las tinieblas”. Incluso, puede verse influido por la conciencia de la riqueza de la imaginería autóctona y la necesidad de ponerla correctamente en escena. Estos fueron, al menos, algunos de los motivos que condujeron a la proliferación de candelabros y “bombas” (topónimo murciano de tulipas) y que llegó a extremos prodigiosos en los antiguos pasos de la Virgen de las Angustias, el Santo Sepulcro de Dorado o el Tribunal de Herodes, la Samaritana y la Dolorosa de la Sangre.

   Toda esta estética, sumamente autóctona y original del pueblo murciana, se vio alterada con la irrupción en los años sesenta del siglo XX de la luz eléctrica en las procesiones. La cera tradicional, cobijada por las artísticas tulipas de formas vegetales, comenzó a ser suplida progresivamente por la poco estética y fría iluminación artificial; fue la época de la destrucción del casco histórico murciano y la desmesura urbana, en definitiva, de la pérdida de identidad colectiva y del desprestigio de las tradiciones.

   Afortunadamente, desde los años noventa del XX se viene asistiendo a un proceso de re-configuración estética procesional en que se está volviendo al equilibrio de la tradición; este hecho, ha vuelto a traer de nuevo a los pasos murcianos la artística calidez de la cera y su bello efecto áureo sobre las imágenes sacras. Cofradías como la Sangre, el Yacente, los Servitas o la Caridad han planteado un nuevo panorama en el cual afortunadamente ha retornado la dialéctica de la iluminación natural de la cera. No en vano, se está volviendo a recuperar aquel concepto de altar callejero que siempre tuvieron los pasos murcianos. 

 

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La Música en las Procesiones

   La música pasionaria es uno de los elementos fundamentales del acompañamiento de las imágenes. Desde los primitivos vía crucis, acompañados del monótono sonar del tambor y de clarines que señalaban el comienzo del caminar, hasta las actuales procesiones cuajadas de bandas de música, toda una serie de elementos han determinado la evolución en busca de una consolidación definitiva de la música procesional. En efecto, pocos elementos procesionales han oscilado tanto a lo largo de los siglos como la música y pocos han ofrecido tal variedad y riqueza artística.

   Durante el Barroco, y a pesar de las prohibiciones explícitas del Concilio de Trento, el paso de las procesiones era acompañado por masas corales, pequeños grupos instrumentales (música de capilla) e incluso por pequeños órganos portátiles o “realejos”. Como se puede observar, las procesiones de los siglos XVII y XVIII aportaron en Murcia toda una liturgia, traspasando el culto de las imágenes sacras desde el interior de los templos hasta la vía pública. De todos estos elementos musicales tan sólo la música de capilla (también llamada en Murcia “cuartetinos instrumentales”) y los coros (interpretando el Miserere o el Stabat Mater) subsistieron tras los pasos de Semana Santa.

   Las últimas décadas del XIX marcarán su desaparición por la paulatina implantación de las bandas de música completas, que supondrán una total renovación del panorama, musical cofrade. Numerosas fueron las marchas de procesión compuestas por maestros murcianos para las cofradías de Servitas, Perdón, Sangre, Jesús y Resucitado, de las que, por desgracia no nos ha llegado nada al día de hoy. Entre otras, destacar las compuestas por el célebre maestro Julián Calvo para la Archicofradía de la Sangre (tanto para la procesión como para la convocatoria) con títulos como “La Tiberiana”, “La Pretoriana”, “Pilatos (pasodoble judaico)” o “Diana Nazarena”, o las realizadas por Emilio Ramírez “Resurrexit” o Manuel Quirlant “El Lunes Santo en Murcia”.

   Tras la Guerra Civil española desaparecieron todas estas marchas y las pocas que se han compuesto desde entonces han quedado relegadas por las importadas de Andalucía, que han sido asumidas, en muchos casos, como propias; “Nuestro Padre Jesús”, “Jesús Preso” y “Cristo de la Sangre” del jienense Emilio Cebrián, “Macarena”, “La Madrugá” o “Hermanos Costaleros” de Abel Moreno, etcétera. En cualquier caso destacar la escasa iniciativa de las cofradías murcianas para recuperar su propio patrimonio musical y de las propias bandas que, lejos de tomar cartas en el asunto, se limitan a interpretar las marchas foráneas sin impulsar la composición de maestros locales.

 

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La Saeta

   La última de las artes ha reseñar en este ciclo pasional tiene una historia desconocida y peculiar; se trata del canto de la saeta. De ella se desconoce su origen a pesar de que se intuye su evolución. Ya en el siglo XIX el erudito murciano Díaz Cassou constata la existencia de unos cantos lisos y llanos de acento religioso y popular que acusaban en su contorno melódico una ligera y, seguramente, inconsciente influencia gregoriana. Estos cantos eran interpretados durante toda la Cuaresma y la Semana Santa por grupos de cofrades que recorrían las calles de Murcia, particularmente por los conocidos hermanos del Pecado Mortal (algunas de cuyas letras recoge precisamente Cassou en su conocido libro “Pasionaria Murciana”).

   Con el tiempo, estos cantos populares fueron evolucionando, tornándose aflamencados a finales del siglo XIX. No está aun estudiada de manera concienzuda la entrada de estos cantos de raíz andaluza en Murcia pero lo cierto es que durante la década de los veinte del siglo XX eran ya bastante frecuentes al paso de las procesiones murcianas. Quizás la vía marítima cartagenera, o los mineros emigrantes de La Unión fueran los responsables de tal contagio. Así, con el paso de unos pocos años afloraron en la capital murciana toda una serie de saeteros que irrumpían de manera espontánea ante las sagradas imágenes, imitando a algunos cantaores afamados que habían pasado por Murcia durante alguna de sus giras artísticas. La prensa local recogía alguna de las curiosas letras con trasfondo social local;

                                                   Dolorosa de Salzillo

                                                 tu que tienes gran poder

                                                 haz que Vicente Medina

                                                 a Murcia pueda volver.

 

                                                    Te lo pido de rodillas,

                                                  Virgen de la Soledad:

                                                  que no se lleven de Murcia

                                                  nuestra Universidad.

 

   Estos cantos se han conservado hasta la actualidad, sin embargo muchos de los aficionados a cantarlas carecen de una formación aflamencada suficiente, resultando las mismas, en más ocasiones de las deseables, de pésima calidad interpretativa. Este problema, que también ha venido afectando a las grandes capitales cofrades como Sevilla o Málaga, se podría solventar con el desarrollo de cursos temáticos similares a los efectuados en ambas capitales andaluzas que persiguen la consecución de un academicismo que aporte cierta calidad media al devoto canto de la saeta.

 

 

Publicado en el Diario El Faro de Murcia

Semana Santa 2004

 

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