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 La mujer, mediadora según la carne, excluida de la palabra.
Quiero, ante todo, agradecer a los organizadores de este Congreso que hayan tenido la gentileza de invitarme. Por mi parte, como feminista no creyente, me siento encantada de poder dialogar con las corrientes críticas dentro de la Iglesia, deseosas de un diálogo y una renovación.
Naturalmente, mi punto de vista será desde fuera, pero profundo y solidario, como mujer y como feminista, de los problemas que tienen las mujeres creyentes dentro de su institución y las reivindicaciones que ellas plantean.
La mujer en la sociedad nunca ha sido considerada como sujeto pleno del contrato social. Los interlocutores en la vida social fundamentalmente son los varones. Las mujeres han sido tradicionalmente, como se sabe, ciudadanos de segunda clase; han sido más bien pactadas por los varones; no han tenido protagonismo político, ni protagonismo ético; han tenido, por tanto, una situación de subordinación y una situación de marginación.
En esta sociedad peculiar que es la Iglesia parece que estas características se acentúan más, puesto que las diferencias, aun en la actualidad, no son solamente de hecho, sino de derecho. Desde el punto de vista legal y jurídico, las mujeres hoy en día pueden ser muchas cosas que por razones sociales todavía no son; en cambio, dentro de la Iglesia hay obstáculo de derecho a que las mujeres tengan un pleno protagonismo, a asumir todas las funciones, tales como el sacerdocio; tienen posiciones relegadas. La Iglesia da la impresión, vista desde fuera, y me imagino que también será así desde dentro, de ser una sociedad de hombres, para hombres y donde los hombres son los interlocutores y los sujetos.
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