YO NO HE VIVIDO POR ENCIMA DE MIS
POSIBILIDADES
En el debate de su investidura como
presidenta de Navarra la candidata soltó una afirmación que se ha hecho un
lugar común entre muchos políticos y economistas y que me irrita especialmente.
Lo dijo replicando al portavoz de Izquierda-Ezkerra: "Todos somos en parte
responsables de la crisis porque hemos vivido por encima de nuestras
posibilidades”.
Lo bueno de repartir la
responsabilidad entre todos es que al final la culpa no es de nadie. El castigo
de la crisis económica nos ha caído encima como algo fatídico, es cosa del
destino, qué se le va a hacer, cada uno que apechugue con lo que le toque, se
lo ha merecido. Nada de buscar culpables, nada de poner castigos. Así que todo
el mundo puede seguir en sus mismos puestos: los banqueros, los economistas,
los políticos, los parados.
Es un argumento tramposo hasta la
náusea y en lo que a mí se refiere lo niego rotundamente. Yo no he vivido por
encima de mis posibilidades. Llevo muchos años viviendo incluso un poco por
debajo de mis posibilidades. Llego a fin de mes sin gastarme todo mi sueldo e
incluso he logrado ahorrar un poquito. Hace más de un cuarto de siglo que no he
pedido prestado y no debo nada a nadie. Pago al contado y no compro cosas con
dinero que no tengo. La última vez que pedí dinero fue con la única hipoteca
que he tenido para comprar mi vivienda; la pagué religiosamente e incluso la
cancelé de forma anticipada. No he comprado más inmuebles, no he jugado a la
bolsa, no he invertido mis ahorros en fondos especulativos. He pagado mis
impuestos puntualmente, además sin posibilidad alguna de defraudar ya que cobro
del erario, y además he contribuido a algunas oenegés.
No me quejo sobre mis posibilidades;
vivo razonablemente bien y no he sentido la necesidad, que por lo visto otros
tienen, de endeudarme para hacer viajes exóticos o alojarme en hoteles de lujo
asiático, para cambiar de coche cada par de años y cada vez comprar uno más
potente, más rápido, más todoterreno, más caro, para renovar el vestuario cada
temporada y el mobiliario cada pocos años, para comprar un apartamento en la
playa o para sacarme el título de piloto de helicóptero. Soy de costumbres
simples y de gustos vulgares y baratos. Pero lo que no trago es tener que
compartir la supuesta culpa colectiva de haber vivido por encima de
mis/nuestras posibilidades.
Y si me quieren acusar de
individualista y de ignorar que también como sociedad hemos llevado un estilo
de vida por encima de nuestras posibilidades colectivas, que también ha habido
unos gastos públicos excesivos, también rechazo mi culpa. Nunca he votado por
los que nos han gobernado (soy un perdedor crónico), pero además me he opuesto
y he criticado en privado y en público sus decisiones económicas. He censurado
la desregulación de los mercados, la especulación financiera, la burbuja
inmobiliaria, el desarrollismo a ultranza, las inversiones desmesuradas de
dudosa utilidad social (llámese AVE, aeropuerto de Ciudad Real, circuito de
velocidad de Los Arcos o museo de los sanfermines), bajar los impuestos a los
ricos, tolerar el fraude fiscal y permitir los paraísos fiscales, los sueldos
millonarios de ciertos responsables económicos o políticos, el gasto militar y
las guerras de los últimos cuarenta años. La verdad es que los que mandan, y la
mayoría de la población, no me han hecho ni puñetero caso. Como soy demócrata
me aguanto, pero no me siento responsable de los chandríos que han hecho otros
con mi opinión y mi voto en contra.
Ojo, si hablamos de ser responsables
en otro sentido, no como culpables, sino como comprometidos, si hay que echar
una mano para ayudar a recomponer el desastre, estoy dispuesto. Si hay que
pagar más impuestos, se pagan, pero todos, incluidos los que vienen escaqueándose
desde hace siglos. Si hay que trabajar más, se trabaja. Si tenemos que vivir
por debajo de nuestras posibilidades una temporada, se hace, yo ya tengo
costumbre. Si hay que ser solidario, que hay que ser, voy el primero. Pero
culpables, no lo somos todos. A los culpables sí que hay que pedirles sus
responsabilidades personales, sean políticas o sean penales, sin que se
escabullan camuflándose en la muchedumbre y en el pecado colectivo.