LA VOLUNTAD DE LOS NAVARROS

Es un lugar común afirmar que, en una democracia, hay que respetar la voluntad del pueblo. Recientemente el Parlamento de Navarra ha reafirmado que el futuro de la Comunidad Foral depende exclusivamente de la voluntad de los navarros. Un político navarro (que no mencionaré, no me interesa polemizar con él sino exponer las ideas que me ha suscitado su comentario), disconforme con ese acuerdo, advertía que lo importante es la voluntad del pueblo, no la voluntad de las instituciones. Y también hace poco un comentarista político navarro (que tampoco identificaré) advertía al presidente del Gobierno de Navarra que no basta con respetar la voluntad de los navarros, y le exigía cierta política social y cultural para defender la persistencia de una determinada voluntad mayoritaria.

Más que sobre cual es la voluntad del pueblo, me quiero referir a qué es la voluntad del pueblo. Desde Rousseau algunos creen que existe una voluntad general objetiva, preexistente, metafísica, derivada de la propia naturaleza de la sociedad y que se dirige necesariamente al bien común. Esa voluntad general no coincide necesariamente con la voluntad de todos, según Rousseau; si los ciudadanos no cultivan la virtud puede que persigan solamente intereses particulares y no el interés común; de ese modo se apartan de la voluntad general y como mucho podemos hablar de una suma de voluntades individuales (por no decir egoístas). Todo el problema es hallar cual es esa voluntad, que siempre es justa, pero que puede estar oculta o falseada por quienes ostentan el poder. Esta opinión suele acompañar a la creencia en la existencia del pueblo como una comunidad natural, eterna, organismo que deambula a través de la historia, al que se atribuyen también un destino y unos caracteres objetivos, verdaderos, evidentes con solo observarlos. Con arreglo a estas ideas, es posible que la voluntad del pueblo sea una, y las de las instituciones que lo representen sea otra; o incluso que el pueblo manifieste directamente a través de un plebiscito una voluntad que no sea realmente la suya, porque está engañado. Es decir, que si pusiéramos los medios para que el pueblo se expresara libremente acabaría hallando su verdadera voluntad. El pueblo es considerado como un ser pensante, una persona colectiva que se puede engañar a sí misma, tener deseos inconscientes o mentir sobre su verdadera voluntad.

La personificación de una comunidad es un recurso útil para ciertos fines, pero no cabe llevarla al extremo. Solo las personas individuales tenemos voluntad; solo los seres humanos, cada uno, nos preguntamos sobre lo que realmente queremos; solo cada individuo puede buscar un deseo oculto dentro de él y que preexiste al momento en que lo encuentra.

Cuando hablamos de una voluntad colectiva, no nos podemos referir a una voluntad que existe y que hemos de descubrir, sino a una voluntad que debemos construir. Es voluntad colectiva lo que los individuos acepten como tal; pero ninguno de ellos sabe de antemano cual es, y mucho menos la puede imponer a los demás. Primero hay que llegar a un consenso sobre qué se entiende por voluntad colectiva, o mejor, como se va a determinar. ┐Es la voluntad divina, a la que no cabe sino adherirse o ir a la hoguera? Hoy solo en algún régimen teocrático se defendería. ┐Es la voluntad del monarca soberano? El tiempo de las monarquías absolutas ha pasado y en nuestra época tampoco aceptamos que una sola persona manifieste su voluntad en nombre de todos. ┐Es la suma de las voluntades individuales? Cabe esta solución solo cuando las voluntades son unánimes; pero frecuentemente ni siquiera se pueden sumar, como no se puede sumar peras con manzanas, porque las voluntades versan sobre realidades distintas. ┐La voluntad de la mayoría? Esta es la regla que adoptamos usualmente en la democracia. Pero que nos lleva a otras preguntas. ┐Qué mayoría? ┐Simple, absoluta, cualificada? ┐Sobre votantes o sobre el censo? ┐Quienes votan? ┐Sólo los ciudadanos libres, como en la antigua Atenas, excluyendo a los esclavos? ┐Sólo los propietarios, como en los sufragios censitarios del siglo pasado? ┐Sólo los hombres, como antes de 1931? ┐Sólo los mayores de 25, 21, 18 ó 16 años? ┐Sólo los nacionales? ┐O también los extranjeros residentes?

Incluso si nos hemos puesto de acuerdo en todas estas preguntas, todavía queda la cuestión de si la voluntad del pueblo solo se puede manifestar en una consulta popular, directa, o cabe que se haga a través de los representantes democráticamente elegidos (que es lo más habitual). Alguno me dirá que en el segundo caso no hay auténtica voluntad popular, porque los representantes siempre van a distorsionar, de un modo u otro, lo que quiere el pueblo. Los sistemas electorales, los medios de comunicación, los partidos, deforman la voluntad de los electores, disminuyen su posibilidad de elección. Esto es así; pero hay que preguntarse si realmente es posible una consulta directa al pueblo donde se manifieste una voluntad totalmente verdadera, libre, espontánea. Aunque hubiéramos solucionado de forma satisfactoria todas las preguntas que antes hacía, y hubiera consenso sobre que la consulta iba a ser enteramente democrática, es evidente que la manifestación de la voluntad popular iba a estar limitada. Primero, porque hay que hacer alguna pregunta. Si se animara a cada ciudadano a manifestar su voluntad libremente, sin límites, cada uno la dirigiría a una cosa distinta: uno desearía un puesto de trabajo, otro una novia, otro que desaparezca su vecino el del piano, otro que se aboliera la propiedad, otro que se autorice la eutanasia, otro que se prohiba el aborto, alguno que se restaure la monarquía navarra. No hallaríamos una voluntad colectiva, sino un cúmulo de voluntades individuales que ni siquiera se pueden sumar. Para ello hay que dirigir la atención de los ciudadanos a una cuestión determinada y limitar las posibilidades de elección idealmente solo a tres: sí, no o voto en blanco. Cabe teóricamente dar veinte opciones distintas; sería muy democrático pero tampoco nos daría una voluntad colectiva, porque los votos se dispersarían y la que más adhesiones obtuviera sería minoritaria. ┐Quien redacta la pregunta? ┐Cómo se fija el día (o días) de la consulta? ┐Habrá campaña previa? ┐Se podrán publicar encuestas? ┐Habrá espacios gratuitos en la televisión para todas las opciones? Cualquiera sabe que alterando las respuestas a todas las preguntas que voy formulando el resultado de una consulta popular también se puede alterar. Eso sin entrar en otras consideraciones, como ┐quién decide qué asuntos se someten a consulta y cuales no?

Quiero decir con todo esto que la voluntad popular no existe objetivamente, no preexiste a la consulta, no se trata de hallarla (si existiera, no seríamos capaces de hallarla). La voluntad del pueblo la construimos, es un artificio que nos resulta útil (artificio no en el sentido de algo falso, sino de algo artificial, hecho por el ser humano). Y porque es una construcción conceptual, cuando deja de ser útil en una determinada forma, podemos reformarla, cambiando las reglas de su formación. El ordenamiento jurídico contiene lo que se llaman precisamente reglas para la formación de la voluntad de los órganos colegiados (sea en ámbito administrativo, mercantil, político, etc.), partiendo de la idea de que hay una técnica para crear las voluntades colectivas.

La voluntad del pueblo, en gran medida, es forjada por las instituciones. Y por instituciones me refiero tanto a las estrictamente políticas (gobiernos, parlamentos, partidos, etc.) como a otras (medios de comunicación, universidades, movimientos sociales, asociaciones, etc.); entre todas ellas contestan a las preguntas que he planteado, definen como y cuando se va a establecer la voluntad popular en cada momento histórico. Por eso cuestión esencial, previa a saber cual es, es cómo vamos a construir esa voluntad del pueblo. El ideal es que la voluntad que resulte de ese mecanismo se aproxime lo más posible a la opinión de cada uno de los ciudadanos que van a manifestar su voluntad; como es casi imposible una coincidencia al cien por cien, nos conformaremos con que la voluntad popular coincida con la de la mayor parte de los ciudadanos y pueda ser aceptada como tal voluntad colectiva incluso por los que no hayan coincidido con ella.

En Navarra contamos con los instrumentos que hacen posible construir una voluntad colectiva, que son los propios del sistema democrático. Nadie puede reclamarse como conocedor de una voluntad popular por encima de esos instrumentos, ni suponer una voluntad eterna que hay que defender a ultranza, porque la voluntad de los navarros se va construyendo en el presente y en el futuro y no será la misma en un momento u otro. Pero es evidente que esos instrumentos son perfeccionables. Algunas de las medidas que podrían perfeccionar esos mecanismos están ya desde hace tiempo en el debate político. Es imprescindible modificar el art. 29 del Amejoramiento para que el Gobierno de Navarra realmente sea elegido y controlado por el Parlamento, eliminando el sistema automático que permite ejecutivos en minoría, no solo frente a la mayoría parlamentaria sino frente a la mayoría de los ciudadanos. El sistema electoral es también mejorable introduciendo el sistema de listas abiertas, de manera que se dé mayor peso a la voluntad de los votantes y menos a los aparatos de los partidos políticos en la conformación del Parlamento. Y debe introducirse en el Amejoramiento una institución imprescindible hasta ahora ausente, como es el referendum o consulta popular vinculante, que permita el pronunciamiento directo de los ciudadanos en los asuntos de mayor relevancia, incluyendo el procedimiento de reforma del propio Amejoramiento.

 

 

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