VIVA
ESPAÑA, COÑO
A lo mejor tenemos alguna cosa que
agradecer a Tejero. Su irrupción de hace veinticinco años en el Congreso de los
Diputados, vistiendo tricornio y bigote carpetovetónicos, profiriendo tacos
cuarteleros y empuñando la pistola con la que amenazaba a los padres de la
patria fue lo suficientemente ridícula como para vacunar contra males mayores.
La amenaza de un golpe de Estado que pusiera fin a
la transición a la democracia era muy real. Todavía vivían varias generaciones
que habían sufrido la guerra civil que clausuró la anterior experiencia
democrática de la República. Hacía apenas cinco años que se había producido el
golpe militar en Argentina, y solamente ocho años antes en Chile, una de las
democracias más asentadas de Latinoamérica. La fotografía de la junta militar
presidida por Videla que tomó el poder en Buenos Aires era siniestra. No menos
sombría era la imagen del Pinochet que acudió a los funerales de Franco
vistiendo sobre su uniforme prusiano una capa de resonancias mefistofélicas. La
estampa de Tejero en la tribuna del Congreso que los periódicos publicaron en
primera plana al día siguiente no resultaba tanto temible como grotesca. Y más
grotescos resultaban sus gritos en la secuencia que vimos una y otra vez en televisión.
Cuando fuimos conociendo las características del personaje y las de otros de
los conspiradores que le acompañaron, con su patrioterismo tabernario y sus
“viva España, coño”, no nos sorprendió que su aventura tuviera un final tan
chusco. No siempre la historia repite los acontecimientos, como supuso Hegel, y
a veces ni siquiera es posible que la segunda vez suceda como farsa, según
apuntó Marx, porque los actores no llegan a dar la talla. Tejero no era el
general Pavía, otro golpista al que al menos la historia ha dotado de cierta
aura romántica adjudicándole un caballo con el que en realidad nunca llegó a
penetrar en el Congreso.
Después
de Tejero ya no fue posible que nadie que estuviera en sus cabales pensara en
volver a la tradición de los pronunciamientos militares. Las reacciones que
desató el frustrado golpe del 23-F hacían inviables las conspiraciones que
hasta entonces habían sido tan habituales. Cuando digo reacciones lo digo en
sentido amplio. Estuvo, por supuesto, la reacción más o menos popular que se
tradujo en una masiva manifestación en apoyo del régimen constitucional y
contra los golpistas, y la reacción de la clase política apiñándose en torno a
las instituciones democráticas. Pero también otras reacciones más subterráneas,
de quienes jugaban a dos barajas y aprovecharon la coyuntura para tomar
posiciones ventajosas. De quienes pudieron señalar con suavidad la necesidad de
poner un poco de orden, de marcar con más nitidez dónde estaban los límites de
los cambios políticos, de quienes esgrimieron la amenaza golpista para
recomendar prudencia y tiento. A lo mejor, de quienes estuvieron en más de una
conspiración antes del 23-F y nunca más necesitaron apelar a soluciones
militares porque ya no les hizo falta después del pacto del capó. Toda la
verdad sobre los movimientos que hubo antes, durante y después del golpe de
Tejero probablemente nunca la lleguemos a saber. La verdad oficial quedó
debidamente recogida en las sentencias que decidieron hasta dónde debían
alcanzar las responsabilidades penales.
La
parte buena del 23-F es que hizo impracticable otro golpe militar, que pudiera
haber sido mucho más violento y sangriento que la charada protagonizada por
Tejero y los suyos. Nos legó algunas otras consecuencias menos positivas. La
monarquía tuvo la oportunidad de ganarse una reluciente legitimidad democrática
que hiciera olvidar la legalidad franquista de la que procedía. La reforma
militar se prosiguió con un ritmo parsimonioso que ha demorado veinte años
medidas como la supresión del servicio militar o el redimensionamiento de las
fuerzas armadas. La reforma policial ha quedado varada en cuanto a llevar la
desmilitarización a sus últimas consecuencias. Los pactos autonómicos llevaron
a poner determinados corsés a los Estatutos de Autonomía que ahora, veinticinco
años más tarde, estamos todavía aflojando.
Una de las cosas peores es, que de pronto, ya han pasado veinticinco años. Somos veinticinco años más viejos, aunque a veces parece que fue antesdeayer. Al menos en esa memoria que se empeña en fijar con tanta claridad algunas fechas determinadas (cuando murió Franco, el 23-F, el 11-S, el 11-M), de las cuales uno puede dar cuenta de dónde estaba, con quien y qué hacía, aunque pueda sepultar en la niebla del olvido años enteros de nuestra vida. Hace veinticinco años, por la tarde, a la hora en que Tejero asaltaba el Congreso, yo salía de un examen de Derecho Tributario. Suspendí.
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