LA VIOLENCIA COMO ARMA POLÍTICA
Entre las diversas manifestaciones públicas que se han oído como consecuencia del asesinato de Gregorio Ordóñez, líder del PP en Guipúzcoa, ha tenido especial resonancia la de Begoña Garmendia, concejala de HB en el Ayuntamiento donostiarra. Afirmaba que contra Ordóñez, como rival político, debían emplearse armas políticas y no su muerte, y de ahí su condena personal del atentado. O bien esa concejala ha encontrado su particular camino de Damasco y ha visto por fin la luz, o bien ignora por completo en qué organización política milita. Precisamente la línea de actuación más definida de HB, y de todo el conglomerado autodenominado Movimiento Vasco de Liberación Nacional en que se incluye, ha sido la utilización sistemática de la violencia como arma política. Y no me refiero sólo al continuo apoyo a la lucha armada de ETA, sino también a las amenazas que KAS y Jarrai periódicamente vierten, a veces en carteles pegados en las calles o en pintadas, y otras veces en documentos internos o en declaraciones públicas, contra políticos, militares, policías, periodistas, narcotraficantes, o cualquier otro colectivo que les resulte molesto. Y también a la violencia callejera en la que está especializada Jarrai: rotura de cristales, quema de contenedores, apaleamiento de ertzainas, lanzamiento de cócteles molotov, etcétera.
Es el hecho de que ese supuesto Movimiento Nacional base su estrategia en la violencia lo que impide su definición como una fuerza democrática y la toma en consideración de sus propuestas. El sistema democrático supone, entre otras cosas, una renuncia a la imposición violenta de las propias ideas o de los propios intereses sobre los ajenos, la búsqueda de mecanismos pacíficos para la solución de los problemas y la aceptación de las reglas del consenso o de las mayorías para la adopción de las decisiones políticas.
HB y sus afines niegan el carácter democrático del régimen político español porque no permite la autodeterminación e independencia del País Vasco, y exigen ese reconocimiento como contenido de una supuesta negociación para el fin de la violencia. Con ello confunden lo que son sus fines políticos últimos (la independencia) con el proceso por el cual podrían defenderlos (la democracia). La democracia, como procedimiento de toma de decisiones políticas, no tiene un contenido determinado ni único. Tan democrática y justa puede ser la decisión de que el País Vasco se independice de España y Francia como la decisión contraria.
HB podría defender sus aspiraciones por medios democráticos. Otros lo hacen. La independencia es pacíficamente propugnada, por ejemplo, por EA o por Esquerra Republicana de Cataluña. Es evidente que la independencia no está contenida en la Constitución española de 1978. Pero la propia Constitución contiene las vías democráticas suficientes (incluyendo su reforma) como para que esa opción sea legítimamente propugnada, perseguida e, incluso, conseguida si lograra en su día los suficientes apoyos populares. Tampoco está en la Constitución el Estado federal que propugna Izquierda Unida, pero es una opción que puede defender y defiende por vías democráticas. Ni está en la Constitución un Senado representativo de las comunidades autónomas, y la mayoría de las fuerzas parlamentarias lo está considerando. Es evidente que la democracia en estado químicamente puro no existe. Todas las ideas y opciones políticas no luchan con igualdad de oportunidades. Las instancias de poder, políticas y económicas, influyen y falsean la libre competencia. Los derechos de los ciudadanos no son siempre respetados. Las decisiones no son siempre justas ni racionales. Dijo Churchill que la democracia es el peor de los sistemas políticos conocidos, excluyendo todos los demás. Es decir, el menos peor que conocemos, porque sus alternativas son inaceptables. Pero tiene la virtud de contener en su seno los mecanismos para tratar de perfeccionarlo sin cesar.
Mientras HB se empeñe en no desmarcarse de la violencia como arma política, seguirá existiendo un foso entre ella y las demás fuerzas políticas. Lo que las separa no es una voluntad de perseguir y aniquilar la izquierda abertzale, como denuncia, sino simplemente su carácter democrático o violento. Quienes han aceptado la democracia, es decir, los medios no violentos de acción política, al menos tienen en común los procedimientos válidos de competencia política, las reglas del juego, aunque luego discrepen frontalmente en los temas de fondo. Quienes justifican la violencia como arma política no pueden ser aceptados en el mismo juego; no son demócratas aunque afirmen la cuadratura del círculo: que utilizan la violencia porque no hay verdadera democracia, y precisamente para conseguirla.
La decisión que debe tomar HB es si va a jugar dentro del sistema democrático, lo que implica la renuncia a la violencia, o si se va a quedar fuera, aislada de las demás fuerzas políticas y, por consiguiente, aislada de la inmensa mayoría del pueblo vasco al que pretende defender y representar. Lo no aceptable es que ponga como condición previa para esa renuncia a la violencia el respeto de derechos democráticos supuestamente negados ahora. Como dijo el Mahatma Gandhi "no hay caminos para la paz, la paz es el camino".
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