LA VIDA ES UNA LOTERÍA

 

El otro día recibí un correo electrónico que bajo el título de Tu Tarjeta Verde te está esperando (traduzco del inglés, el mensaje venía del centro del Imperio) me invitaba a participar en la Lotería de la Tarjeta Verde Americana con esta recomendación: Vive y Trabaja en América. Todo ello "si no es usted ciudadano americano todavía" (deduzco que creen que es cuestión de tiempo que todos seamos yanquis). Ignoro por qué suponen que tengo interés en emigrar a los Estados Unidos, aunque me temo que yo mismo he proporcionado mi dirección electrónica al gobierno norteamericano al remitir al presidente Bush una petición para que firme el protocolo de Kyoto y otra para que no se aplique la pena de muerte en Texas (dicho sea de paso, recibí un atento y automático acuse de recibo de ambos mensajes desde la Casa Blanca, pero no me ha hecho ni puñetero caso).

Como me ofrecían más información en mi propio idioma pinchando en la banderita adecuada (para el idioma de Cervantes se podía elegir entre una argentina y una española), así lo hice y en un castellano bastante macarrónico me enteré de que el Servicio de Inmigración norteamericano sortea al año 55.000 Tarjetas Verdes, es decir, permisos de residencia y trabajo para extranjeros. Según esta información, para participar en esta lotería es necesario cumplir determinados requisitos, aunque aseguran que el ochenta por ciento de la población mundial los cumple (cosa que dudo mucho, por lo que ahora explicaré).

En la propia página web donde me informaban (www.comlipot.com/gcvc, aunque hay otras, como www.americangreencard.com, parece que hay muchas empresas dedicadas a esto) dan la oportunidad de comprobar si uno se ajusta al perfil requerido para jugar. Los criterios son tres: nacionalidad, estudios y situación laboral. Introduje los míos, y hallé que con la nacionalidad española, estudios superiores (consideran como tales haber superado como mínimo la high school, que viene a ser nuestro bachillerato) y teniendo trabajo, podría participar en el sorteo. Llevado por la curiosidad fui probando con otros perfiles. Descubrí que la nacionalidad es poco relevante; admiten casi cualquiera. Únicamente parecen estar prevenidos, presumiblemente por diversos motivos, contra la de algunos países, como China, Reino Unido, Colombia o Haití (pero no contra Cuba, Corea del Norte, Irán o Afganistán, contrariamente a lo que podría pensarse). Pero incluso si uno dice que es colombiano, le dan una segunda oportunidad, y si resulta que alguno de los progenitores o el cónyuge tiene una nacionalidad más apropiada, le admiten al juego. Otra cosa son los estudios; si uno carece de ellos puede olvidarse de inscribirse en la lotería, salvo que haya trabajado al menos dos años en un puesto de trabajo cualificado.

Está claro, por tanto, que es una lotería bastante selectiva. Los norteamericanos quieren una inmigración de alto standing: gente con estudios y con una profesión que desea prosperar. Nada de muertos de hambre desesperados, sin formación y sin un lugar donde caerse muertos, llevados a la tierra de las oportunidades por el simple afán de supervivencia.

Ahora que el Gobierno del PP dice que va a reformar, de nuevo, la Ley de Extranjería, podría tomar ejemplo de los norteamericanos e introducir este original sistema de la lotería. Al fin y al cabo el gusto por los juegos de azar encaja bastante bien en el carácter español. Ya lo dice la canción: la vida es una tómbola. La fortuna de uno depende de haber nacido en Barcelona, Nueva York o Calcuta; o de hacerlo en una familia del barrio de Salamanca de toda la vida u otra del Pozo del Tío Raimundo. Nada más justo, por tanto, que adecuar la política de inmigración a esta regla que rige nuestra existencia. A la lotería de la vida se le puede hacer una pequeña adición, la lotería del permiso para emigrar.

Con un sistema como éste los beneficios podrían ser inmensos. Los inmigrantes, en vez de arriesgar su vida en las pateras, o de caer en manos de las mafias que los introducen ilegalmente en Europa, esperarían pacientemente en su país, atentos al resultado de la lotería, igual que esperan paciente y semanalmente tantos millones de personas de las clases humildes el resultado de las quinielas, de la bonoloto, de los ciegos, de la lotería nacional. La esperanza en un golpe de fortuna que le saque a uno de la pobreza, o al menos de las apreturas económicas en que vive la mayoría, tiene un efecto relajante que previene muchos conflictos sociales. Únicamente se me ocurre una mejora respecto del sistema americano; los sorteos deberían ser semanales, y no anuales. De esa manera se consigue mantener la ilusión de todas las semanas. Los resultados deberían darse por la televisión, como se hace con los demás sorteos; puede pensarse no sólo en la retransmisión en directo, sino hasta en un programa del estilo Operación Triunfo, en el cual puedan ir apareciendo los participantes y agraciados de la lotería y contar sus vidas.

También habría que diseñar unos requisitos más ajustados a nuestra realidad sociocultural y económica para participar en el sorteo. La nacionalidad requerida debiera ser la de los países con especiales vínculos históricos; es decir, los sudamericanos, guineanos y filipinos. Tampoco estaría mal preguntar por la lengua que se habla, para que los inmigrantes lleguen hablando castellano y se integren enseguida. A lo mejor no es muy constitucional preguntar por la religión (sería muy práctico poder excluir a los musulmanes, que no dan más que problemas), pero se podría abordar la cuestión de otro modo; por ejemplo, preguntar si les gusta comer jamón. Y en nuestro caso los estudios no me parecen muy importantes; al fin y al cabo la preparación de los indígenas tampoco es muy allá. Sería mejor preguntar sobre las pretensiones de los inmigrantes, y descartar a los que quieran ganar cantidades por encima del salario mínimo, ser dados de alta inmediatamente en la seguridad social o tener protección por desempleo.

Estúdiese; como en tantas otras cosas, los americanos nos han abierto el camino.

 

 

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