VÍCTIMAS Y VÍCTIMAS
Coinciden en los últimos días varias
noticias sobre las víctimas de dos épocas de nuestra historia todavía tan
recientes que mantienen víctimas vivas y próximas (la historia más remota, por
suerte o por desgracia, se llevó definitivamente sus víctimas y su recuerdo no
nos atormenta tanto). El Ayuntamiento de Pamplona por fin colocó en la casa
consistorial una placa de recuerdo a los concejales y empleados asesinados en
1936 por sus ideas políticas; en el Parlamento de Navarra se celebró un acto
solemne de entrega de certificados de reconocimiento a familiares de personas
asesinadas en esa misma época. Por otro lado, los firmantes del Acuerdo de
Gernika, y entre ellos los de la autodenominada izquierda abertzale, aprobaron
una declaración en la que afirman que “mostramos nuestro pesar a los familiares de
las víctimas mortales y a todas aquellas personas que han padecido lesiones
físicas o psíquicas, provocadas tanto por la violencia de ETA como por las
estrategias represivas y de guerra sucia de los estados español y francés”.
Por su parte, Gesto por
Me uno a quienes reclaman que, cuando
se trata de víctimas, deben ser reconocidas, honradas y reparadas en lo posible
todas las víctimas. No porque todas sean exactamente iguales como personas, que
no lo son o no lo fueron, cada una tiene su historia, no porque todas sean
inocentes, que da lo mismo si lo fueron o no, no porque sean mártires de la
libertad, la democracia o cualquier otra causa, que ninguna o casi ninguna
pretendió serlo y algunas ningún mérito hicieron para considerarlas como tales.
Simplemente porque todas fueron víctimas, porque se violó injustamente su
derecho a la vida, a la integridad física, a la libertad, a la felicidad, a
tener con ellas a sus familiares. Y porque todas son nuestras víctimas, o
debieran serlo de todos nosotros porque todas son o fueron seres humanos y,
como dijo Terencio, nada humano nos debe ser ajeno. Por desgracia, suele ser
más habitual tener por víctimas solo a las propias, sólo reconocer y honrar a
“nuestras víctimas”, las de nuestro bando, las del bando de los buenos. También
son muy humanos el sectarismo, la parcialidad y la hipocresía. Por eso los
discursos sobre las víctimas suelen estar tan viciados y por eso suelen ser tan
distintos los discursos sobre las víctimas de 1936 y los años sucesivos (guerra
civil y franquismo) y sobre las víctimas de ETA y de su época. Se contemplan
unas víctimas como sujetos que padecieron muerte o agresión injusta e
injustificable y se obvian otras que quedan reducidas a meros daños
colaterales.
Buena parte de la derecha española
sigue siendo renuente a reconocer a las víctimas del alzamiento militar de 1936
y del franquismo y busca cualquier excusa para evitarlo porque, en el fondo,
sigue encontrando justificables aquellos hechos. Con motivo de su 75
aniversario todavía se han publicado en la prensa artículos que presentan la
rebelión militar contra
Buena parte de la izquierda abertzale
sigue siendo renuente a reconocer a las víctimas de ETA y lo ha hecho de forma
fría, con lenguaje rebuscado, envolviéndolas con otras víctimas y rodeándose de
otras fuerzas políticas firmantes de la declaración para pasar su mal trago. En
el fondo, parece que se sigue justificando la “actividad armada” (asesinatos,
secuestros, extorsiones) en pasado, como efectos lamentables pero inevitables
en un conflicto en que las culpas están siempre en otra parte. Se acepta que
esos medios ya no son procedentes en el presente, pero el silencio sobre el
pasado sugiere que en su momento sí lo fueron. Hay que repetir: aludir a una
situación de conflicto político o social o a una guerra no basta para excluir
ni las responsabilidades ni la valoración moral de los crímenes.
Pero también hay quienes se resisten a
admitir que, además de las víctimas de ETA, en la misma época hubo más
víctimas, las del GAL, Batallón Vasco-Español y otras organizaciones similares,
o las producidas por excesos policiales. Decirlo a veces conlleva la acusación
de pretender equiparar a víctimas con verdugos. Parece que una parte de la
opinión pública dio por bueno, y sigue dando por bueno, el empleo de métodos
“expeditivos” (asesinato, secuestro, tortura) para acabar con ETA como
lamentables pero inevitables, pero fueron otros crímenes igualmente
injustificados que tampoco justifican nada.
Sería deseable que los miembros de ETA
reconocieran su responsabilidad y que su “actividad armada” nunca estuvo
justificada. Pero habría sido deseable que lo hubiesen hecho también los que
iniciaron la sublevación armada de 1936 y los que tuvieron responsabilidades en
el régimen franquista (que siguió matando y reprimiendo hasta 1975). Quienes
piden lo primero debieran pedir lo segundo, y viceversa. Debemos pedir memoria
y justicia para las víctimas, para todas, lo que conlleva –para cada caso y en
el momento y lugar oportuno para cada uno- la denuncia de la violencia, del
crimen, de la opresión, de las violaciones de los derechos humanos sin diluir
unos hechos en otros, sin lamentos generales que llamen al olvido de cada
suceso en particular, sin fórmulas genéricas que sugieren la justificación o
minusvaloración de los hechos, sin hurtar responsabilidades. Sin injusta
discriminación entre víctimas y víctimas.