VÍCTIMAS Y MÁRTIRES
''Los terroristas han matado a muchas personas por el mero hecho de ser españoles'', dijo Aznar en referencia a los espantosos atentados del 11 de marzo en Madrid. Los datos le desmienten; los muertos no eran todos españoles, pertenecían a una docena de nacionalidades diferentes, muchos eran inmigrantes, así que debieron matarles por alguna otra razón, o sinrazón. Los terroristas querían matar en España, pero les era indiferente el color del pasaporte de sus potenciales víctimas.
Sin embargo, la afirmación de Aznar no es un simple error de apreciación. Responde a una profunda lógica de fondo y es coherente con el discurso que ha mantenido en los últimos años. Es necesario que las víctimas tengan la nacionalidad española (y a quienes no la tengan, el Gobierno del PP está dispuesto a concedérsela de inmediato); es necesario que les hayan matado por ser españoles. Sólo así España podrá ser la causa por la que han muerto; sólo así serán mártires por España. Porque a algunos las víctimas quizás no les preocupen tanto como les gustan los mártires.
Es un lugar común decir que las víctimas del terrorismo en España no han sido debidamente reconocidas en el pasado. Y es así. Estremece ir a la hemeroteca y hojear periódicos de los años setenta y ochenta. En ciertas épocas los atentados eran casi diarios. Los muertos solían ser militares, policías, guardias civiles. Las noticias sobre ellos no ocupaban demasiado espacio; una llamada en primera plana, no demasiado destacada, y media página en el interior. Las autoridades que acudían a los funerales no iban mucho más allá del rango de subsecretario, y las condenas, si las había, se despachaban en unas pocas líneas.
Pasaron años antes de que algunos ciudadanos comenzaran a manifestarse en silencio tras los asesinatos; que algunos ayuntamientos comenzaran a adoptar sistemáticamente acuerdos de condena, aunque el atentado se hubiera cometido lejos de su término; que hicieran lo propio los parlamentos; que las autoridades autonómicas y estatales comparecieran en el lugar de los hechos; que los medios de comunicación les dedicaran sus primeras planas; que la mayoría de la sociedad comenzara a sentir los atentados como si fueran en carne propia, y no como simples incidencias laborales de unos anónimos y lejanos servidores del Estado. Contribuyó mucho a ello ETA, que decidió ampliar su ámbito de actuación y matar también a políticos, periodistas, funcionarios de prisiones, empresarios, jueces, o simples ciudadanos que tenían la mala suerte de pasar cerca de un coche bomba. De pronto las víctimas potenciales éramos casi todos.
Podría pensarse que las cosas han cambiado lo suficiente como para considerar que hoy las víctimas del terrorismo se hallan atendidas y reconocidas en toda la medida que es posible, con leyes e instituciones específicamente dedicadas a ellas. Pero cabe preguntarse si lo que se ha hecho ha sido simplemente reconocer los derechos de las víctimas, o si de lo que se ha tratado de hacer por parte de algunos sectores políticos es convertir a las víctimas en mártires susceptibles de aprovechamiento partidista.
Mártir: persona que muere o padece mucho en defensa de creencias, convicciones o causas, dice el diccionario. Las víctimas a secas no necesitan convicciones ni causas por las que morir o padecer. Las víctimas del 11 de marzo, sean muertos, heridos o sus familiares, no compartían ninguna causa por la que padecer. Sólo la mala suerte y una voluntad ajena, la de los asesinos, los unió en la muerte y el dolor. Lo mismo sucede con las demás víctimas del terrorismo. Resulta muy forzado pensar que gente tan distinta como Melitón Manzanas, Carrero Blanco, Yoyes, Ernest Lluch, Miguel Ángel Blanco, compartieran apenas otra cosa en el ámbito político que el haber sido asesinados por ETA. No hay ninguna causa en común de la cual se les pueda considerar mártires.
Sin embargo, en los últimos años se ha venido practicando un culto oficial a quienes se califican de mártires de la democracia, de la Constitución, de la libertad, cuando no de la unidad de España o de la lucha contra el nacionalismo vasco. Como en otra época no tan lejana se cultivó el culto oficial a los muertos por Dios y por España en la Cruzada, a los mártires de la patria. La ventaja de los mártires frente a las víctimas es que los primeros pueden ser objeto de apropiación por quienes defienden la causa a las que se les adscribe. Pero el culto de los mártires se hace en detrimento del respeto que se merecen las víctimas. Víctimas que sí lucharon por la democracia en este país han recibido la misma condecoración que un torturador franquista. Víctimas que resultan incómodas, porque no comparten las tesis de los que mandan y se resisten a ser mártires de causas que les son ajenas, son silenciadas, marginadas y convertidas en víctimas de segunda categoría. Porque hay víctimas de primera y de segunda, según su utilidad y posibilidades de manipulación.
Aznar y su gobierno, felizmente saliente, no han podido resistir la tentación de convertir a las víctimas del 11 de marzo en mártires de su propia causa, de la causa del PP. Por eso necesitaban que los asesinos fueran de ETA y no de Al Qaeda, y trataron de manipular la información para que todos siguiéramos creyendo que las bombas llevaban el sello etarra por lo menos hasta que pasaran las elecciones. Por eso apenas pasadas dos horas desde los atentados ya estaban convocando, unilateralmente y sin consultar a las demás fuerzas políticas, una manifestación, eligiendo un lema en el que se uniera a las víctimas con la Constitución para contar con mártires constitucionales (de una constitución de la que llevan años apropiándose). Aunque entre tales mártires haya que incluir a inmigrantes ilegales, extranjeros que nunca se propusieron defender la Constitución española porque bastante tenían con la lucha diaria por la supervivencia en un país que les negaba los papeles y los derechos fundamentales. Aunque no sepamos el grado de aprecio que los demás podían tener hacia la Constitución, y nadie les preguntó si estaban dispuestos a padecer o morir por ella, porque lo que les convirtió en víctimas fue simplemente coger un tren para acudir a su trabajo o a sus clases; igual que a la mayoría de los miles de muertos en Iraq, Afganistán o Palestina en nombre de los cuales matan quienes pusieron las bombas de Madrid, nadie les ha dado a elegir ser mártires. Aunque se haya dado la patética paradoja de que un presidente y un gobierno a quienes tanto gusta descalificar a los líderes de la oposición como pancarteros y agitadores callejeros finalicen su mandato en la calle detrás de una pancarta, como convocantes de la mayor manifestación de la historia de España.
Ahora que se anuncia un cambio político en nuestro país, es momento de recuperar el respeto por la dignidad de las víctimas, la dignidad de las personas que sufren. Sin hacerlas mártires de nada, ni de nadie. Sin convertirlas en símbolo de enfrentamiento de unos contra otros. Si las víctimas del 11 de marzo se deben a alguna causa, no debiera ser otra que la de todos los seres humanos sin distinción, la causa de los derechos a la vida, a la libertad, a la felicidad.
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