ANTOLOGÍA APÓCRIFA DE LOS SANFERMINES

Julio Verne y los sanfermines

Eran las cuatro de la tarde cuando el globo en que viajaban Phileas Fogg y Picaporte, junto con el piloto, aterrizó en un prado de las afueras de una ciudad.

-¿Sabe usted dónde estamos, señor? –preguntó Picaporte, que acababa de despertar después de haber hecho las últimas millas profundamente dormido.

-Esto debe ser Pamplona, donde hemos de coger un ferrocarril que nos lleve hasta Barcelona para embarcar allí –respondió Phileas Fogg. Todavía estaba molesto por el hecho de no haber podido hacer todo el viaje en ferrocarril, como había previsto, y haber tenido que recurrir al globo aerostático para traspasar los Pirineos.

Alrededor del globo se habían empezado a congregar algunos curiosos. Picaporte descargó de la barquilla el ligero equipaje que portaban, mientras Phileas Fogg se dirigía a uno de los espectadores que les observaban y le preguntó cómo podrían llegar a la estación de ferrocarril. El hombre puso cara de no entender lo que le preguntaban; Phileas Fogg se dio cuenta de que no conocía su idioma.

-Picaporte, a ver si usted se puede hacer entender –le pidió.

Afortunadamente Picaporte pudo entenderse con uno de los presentes que hablaba francés, y que además aceptó, bajo promesa de una buena recompensa, buscarles un carruaje que los transportara hasta la estación. Unos minutos más tarde amo y criado cruzaban la ciudad en un desvencijado coche de caballos acompañados por un cochero y su recién adquirido amigo. A petición de Mr. Fogg Picaporte le preguntó si sabía a qué hora salía el tren.

-Dice que el próximo tren sale a las cinco en punto –informó Picaporte.

-Bien; llegaremos a tiempo –dijo Phileas Fogg comprobando en su reloj que eran las cuatro y media.

Pero pronto los viajeros se toparían con un contratiempo. El cochero tuvo que detener los caballos al inicio de una calle estrecha que se encontraba llena de gente. Se escuchaba el lejano sonido de una banda de música. Picaporte se asomó a la ventanilla e intercambió unas palabras con su guía.

-¿Qué sucede? –preguntó Phileas Fogg.

-Señor, se celebran fiestas, y por estas calles discurre ahora mismo una procesión con todas las autoridades de la ciudad que se dirigen a un santuario a honrar a su santo patrón. No podemos pasar hasta que la gente se disperse.

-Dígale que intente pasar. No podemos esperar o perderemos el tren.

El cochero fustigó los caballos e intentó avanzar entre la multitud, pero tuvo que desistir. Algunos de los espectadores, que parecían enardecidos por el alcohol, sujetaron las bridas de los caballos y comenzaron a golpear el coche profiriendo voces y grandes risas. Picaporte, temeroso y enfurecido, les gritó que abrieran paso, pero fue lo peor que podía hacer, porque al reconocer a los pasajeros del carruaje como extranjeros los golpes fueron en aumento.

-Serénese y diga al cochero que dé la vuelta –le ordenó Phileas Fogg, que se mantenía impasible ante todo aquello.

El cochero maniobró como pudo, ayudado por el acompañante de Mr. Fogg y Picaporte que había descendido a la calle y trataba de convencer a sus paisanos de que les permitieran seguir su camino. La actitud de quienes rodeaban el coche no era agresiva, pero tomaron a risa las súplicas. El coche pudo por fin girar y enfilar la salida de la calle, pero tuvo que detenerse de nuevo. Un grupo compacto de espectadores se había colocado delante de los caballos y danzaban al tiempo que cantaban lo que parecía ser un vals. Todos se mecían levantando los brazos y coreaban ruidosamente el final de cada estrofa con un grito que sonaba ¡riau-riau!

-Señor, vamos a perder el tren –dijo angustiado Picaporte, viendo que eran ya las cinco menos cuarto.

Phileas Fogg sacó de su bolsa un fajo de billetes de banco y los tendió a Picaporte.

-Dígale a su amigo que puede repartir este dinero si nos dejan pasar.

-¡Pero señor, ahí debe haber al menos cincuenta libras! –exclamó Picaporte.

-Setenta, para ser exactos. Haga lo que le digo.

Picaporte y su amigo bajaron del coche y comenzaron a repartir los billetes explicando lo que esperaban a cambio. Los danzantes cesaron de momento en su actitud y examinaron con desconfianza los billetes.

-¿Qué sucede? –preguntó Picaporte a su acompañante.

-Preguntan a ver qué son estos papeles.

Phileas Fogg no había contado con el hecho de que por aquellas latitudes nadie reconocía los billetes del Banco de Inglaterra.

-¡Suba, rápido! –gritó Mr. Fogg, que había visto la oportunidad de salir del atolladero y por señas indicaba al cochero que arrancara.

Picaporte y su amigo saltaron al coche mientras éste se ponía en movimiento y pasaba a través del gentío. Si los billetes no habían servido para comprar la voluntad de los paisanos, sí habían sido útiles para desconcertarles y no supieron reaccionar ante la partida del coche.

A las cinco menos un minuto llegaban a la estación de ferrocarril. La satisfacción de Phileas Fogg se tornó en decepción cuando le informaron de que el tren a Barcelona tenía un retraso de al menos una hora.

 

 

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