LA VERDADERA HISTORIA DE LOS SANFERMINES

Tal y como me fue revelada en una visión a la hora de la siesta una tarde de principios de verano.

Todo el mundo sabe que San Fermín es el patrón de Pamplona, lo saben incluso en aquellos remotos lugares de la tierra donde jamás han oído hablar de Osasuna ni de los pimientos del piquillo de Lodosa. Lo es por naturaleza, por ser el primer obispo de Pamplona, y lo ha sido desde siempre, incluso durante aquellos oscuros siglos en que nadie en Pamplona guardaba memoria de San Fermín, hasta que en el siglo XII el obispo Pedro de París, que pese a su nombre era de Artajona y había tenido noticia de su antecesor en Amiens siendo estudiante, introdujo su culto en su ciudad natal. Lo siguió siendo incluso cuando el Ayuntamiento nombró como patrono a San Saturnino. A San Fermín esto no le molestó, claro está, al fin y al cabo fue San Saturnino quien le bautizó, y Pamplona podía tener perfectamente dos patronos, el oficial y el auténtico. Pero no fue lo mismo cuando le surgió otro rival en el culto, que no fue otro que San Francisco Javier. La Diputación impulsó que fuera nombrado patrón de Navarra, que es como decir que fue ascendido a un rango superior al de San Fermín, contra los deseos del Ayuntamiento y del pueblo de Pamplona. Esto no sentó nada bien a San Fermín, no por él, ya que los santos no tienen ni celos ni envidias, para eso son santos, sino por todos sus fieles que se esforzaban tanto en mantener las tradiciones, y también por el rigor histórico; San Francisco Javier era un advenedizo, un recién llegado, que además no había hecho nada por Pamplona ni Navarra, ya que se había ido a predicar por Oriente. La cosa mejoró un poco cuando, gracias a la presión de sus partidarios, el Papa nombró a San Fermín y San Francisco Javier copatronos de Navarra. Pero no bastaba con esa reparación, así que San Fermín decidió intervenir personalmente, con permiso de la corte celestial, e incluso con permiso de San Francisco Javier, que se partía de risa con esas disputas y le tomaba el pelo a San Fermín por tomárselas en serio tratándolo de primitivo (hay que recordar que Javier había estudiado teología en la universidad, mientras que en tiempos de Fermín ni siquiera se había creado esa ciencia). San Fermín decidió que su fiesta sería la mejor del mundo, porque aunque él sea humilde como santo al fin y al cabo es un santo pamplonés, y Pamplona no se merecía menos; no se conformaría con las iglesias, procesiones, votos y misas habituales que se dedican a los demás santos. Lo suyo sería distinto; ¡se iban a enterar! Lo primero, inspiró al obispo de Pamplona para que cambiara la fecha de la fiesta, desde principios de octubre, a principios de julio; así la hacía coincidir con las ferias de ganado que se celebraban a partir de San Juan, cuando Pamplona se llenaba de gente y se celebraban corridas de toros. Después sopló sobre Pamplona, para infundirle el espíritu que deseaba dar a su fiesta; el espíritu que llenó Pamplona era, igual que describe la Biblia a la sabiduría, inteligente, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, límpido, diáfano, agudo, benéfico, amigo de los hombres. Pero además era alegre, bullicioso, travieso, contagioso, desbordante, luminoso, estruendoso. El espíritu de la fiesta viajó con el viento y en los ríos y se extendió también por toda Navarra, y ahí sigue. Pero no es fácil verlo, como todo lo que es esencial y auténtico es invisible al ojo humano, y mucho más al microscopio o a los rayos X. Se oculta, descansa, hiberna, espera el momento propicio. De pronto, estalla, se manifiesta, lo invade todo, llena los corazones.

El milagro sucede cada año por las mismas fechas. No intentéis analizarlo, estudiarlo, comprenderlo, desmenuzarlo, representarlo. Será inútil, porque siempre se ha resistido a ser controlado, reducido ni encerrado. Durante siglos en Pamplona nos hemos empeñado en hacerlo, en organizar, medir, programar, prever, guardar las supuestas esencias, preservar las tradiciones, poner puertas al campo. Como si se pudiera. San Fermín se divierte mucho viendo cómo su soplido desbarata, altera, desorganiza, cambia de lugar todo lo que toca. Esa es la única esencia, la única tradición. La fiesta se contagia siempre de lo importante a lo accesorio, salta por encima del programa, crea actos nuevos donde no había nada y suprime los organizados. El público pasa de espectador a protagonista, lo que era preparación se convierte en centro, las horas se confunden y vivimos de noche para ir a dormir después del desayuno. ¿Queréis ejemplos? Son tan evidentes que pasan inadvertidos. El encierro, lo más típico. El Ayuntamiento trasladaba los toros para la corrida hasta la plaza, y durante muchos años se hartó de prohibir que nadie se metiera delante de la manada. Tuvo que transigir con los gamberros y con los valientes, y el encierro se convirtió en espectáculo por sí mismo y no en mera preparación de la corrida. Así que decidimos explotarlo como el plato fuerte de los Sanfermines; entonces la avalancha de participantes empezó a ponerlo en peligro, y quienes pasan más miedo son los toros, que cualquier día serán aplastados por la masa. La corrida de toros dejó de celebrarse en la plaza del Castillo, y dejó de participar el pueblo en la arena, pasando el protagonismo a los toreros profesionales. Vano intento, porque en los tendidos surgió otra fiesta, y el público dejó de ir para ver a los toreros y empezó a ir a su fiesta, a cantar, a merendar y a mirarse unos a otros, y a encontrarse con los vecinos de abono que uno sólo ve por sanfermines.

En una ciudad tan poco taurina como Pamplona, en la que salvo los pocos socios del Club Taurino nadie jamás iría a una corrida fuera de San Fermín, la plaza se llena a rebosar y aplaude a rabiar a los toreros, pero casi nadie se entera de por qué pide frenéticamente otra oreja. La marcha a vísperas degeneró en el Riau-Riau y el centro de la fiesta pasó de la marcha del Ayuntamiento al baile. Pero cuando empezamos a institucionalizar el baile y lo quisimos alargar más de lo prudente, desapareció. La víspera, la preparación de la fiesta acaba contagiándose y se convierte en el día más alegre; cuando queremos delimitar el inicio lanzando el chupinazo, resulta que la fiesta ya ha empezado por lo menos dos horas antes, sin contar la semana presanferminera, ya están los primeros clientes de urgencias. Cuando queremos señalar el final de la fiesta con más cohetes, resulta que se alarga tras el Pobre de Mí hasta el encierro de la villavesa. Cuando los americanos vienen a conocer las fiestas que describió Hemingway y trató inútilmente de contar Hollywood en technicolor, se encuentran con unas fiestas que ya tienen poco que ver con las de aquel pueblo de los años veinte, en las que nadie vestía de blanco, y no existían ni las peñas, ni el chupinazo, ni la verbena de la Taconera. ¿Para qué añadir más? Podría seguir sin parar recordando muchos otros actos absolutamente degenerados por la fiesta y apenas reconocibles respecto de su origen: el apartado donde nadie va a ver los toros, las dianas que no despiertan a nadie porque nadie ha dormido, los kilikis que no asustan a los niños que se fotografían con ellos porque están saturados de dibujos animados japoneses especialmente horripilantes, la salida de las peñas donde pedir el carné de la peña es como pedir el DNI entre los jíbaros, etc. Si alguien no queda convencido de la verdad de estas líneas, propongo que se haga el siguiente experimento: que el Ayuntamiento ponga el Estruendo de Iruña en el programa, lo subvencione, se repartan carnés de participante, se fije una fecha y una hora y un recorrido determinado, y que se retransmita por la televisión. La inmediata extinción de ese acto sanferminero demostrará que el espíritu sigue vivo.

 

 

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