VEN EN COCHE

En principio esa jornada de "la ciudad sin mi coche" que celebran muchas urbes europeas está bien. Un día sin coche para comprobar que uno puede desplazarse por otros medios y que la ciudad mejora sin tanto vehículo particular. Un día sin coche para ir experimentando lo que puede ser un futuro con menos coches por las calles y un medio ambiente urbano más limpio, más acogedor y más humano (en Pamplona casi celebramos ya una semana larga "sin mi coche" en sanfermines, cuando prudentemente la mayoría de los pamploneses lo dejamos quieto, y la mejora ambiental, en efecto, es notable).

El problema viene cuando el día "sin coche" se convierte en unos breves fuegos de artificio que sólo dejan humo. Cuando en los restantes 364 días del año las políticas municipales son "con coche" y convierten esa jornada aislada en un perfecto ejercicio de hipocresía. Exactamente lo que sucede, sin ir más lejos, en Pamplona. El Ayuntamiento carece de cualquier estrategia dirigida a fomentar el uso de otros medios de transporte que no sean el automóvil particular, por no decir que la mayor parte de las medidas adoptadas en los últimos tiempos se dirigen más bien a potenciar su uso.

Veamos qué sucede con la política de peatonalización. O lo que se nos viene vendiendo como tal en dos lugares determinados. Hacer de tránsito principalmente peatonal el Casco Viejo es una medida loable. Por desgracia se ve complementada con la construcción del aparcamiento en el subsuelo de la Plaza del Castillo; el mensaje que nos lanza el consistorio no es "deja el coche y ven andando" sino "vente con el coche al Casco Viejo". Lo mismo sucede con la mitad superior de Carlos III, una zona semipeatonal en torno a los accesos de otro aparcamiento subterráneo. Estas áreas peatonales se venden como islas de comercio y ocio a las que se puede acceder en coche; en casi todo iguales a los centros comerciales de la periferia enclavados a pie de autovía. Está totalmente ausente de los papeles que maneja el Ayuntamiento la idea de promover itinerarios pedestres, libres de coches, entre unas y otras zonas de la ciudad.

En cuanto al transporte público, la gestión comarcal establecida a partir de 1999 ha supuesto, sin duda, una importante mejora en el servicio de autobuses urbanos, que en comparación con otras ciudades se puede decir que es relativamente barato y cómodo. Pero ese impulso parece haberse agotado, y en particular en el centro de Pamplona las perspectivas no son halagüeñas ya que todas las medidas adoptadas sobre tráfico se hacen pensando en los automóviles y nunca en el transporte colectivo. Las obras de reurbanización de la Plaza del Castillo, además de suprimir uno de los más antiguos estacionamientos de bicicletas, aleja del Casco Viejo una de las pocas paradas de autobuses con que contaba, por la que pasaban tres líneas diurnas y todas las nocturnas. Para más inri, la parada que sirve de alternativa principal, en Duque de Ahumada, tiene un negro futuro ya que habrá de compartir una calle estrecha y ya al borde del colapso con uno de los accesos del aparcamiento de la Plaza del Castillo. Pero sin duda el mayor enemigo del transporte público es la potenciación del vehículo privado, lo cual crea un desesperante círculo vicioso. El abuso del automóvil ahoga la circulación en el centro de la ciudad; los autobuses no pueden circular con fluidez, así que difícilmente cumplen los horarios y las frecuencias. En consecuencia, los posibles usuarios prefieren utilizar el coche particular. Y se nos anuncia un amenazador futuro para toda la zona de captación de tráfico comprendida entre los aparcamientos de la futura estación de autobuses, del futuro palacio de congresos, del futuro Corte Inglés y de la Plaza del Castillo.

Sobre el uso de un vehículo poco agresivo como la bicicleta diré que el panorama es desolador. Soy usuario de la bici hace muchos años pero con una frecuencia progresivamente decreciente; resulta que cada vez va siendo más complicado usarla. De un lado, el tráfico rodado va creciendo en densidad y, por tanto, cada día es más peligroso viajar en un vehículo en el que el conductor está desprotegido y es siempre la parte más débil. Por no hablar del escaso respeto que recibe por parte de muchos automovilistas (sí, ya sé que muchos ciclistas no obedecen las señales, pero eso no es causa suficiente para no respetar su preferencia cuando la tienen, cerrarles el paso en cada curva y, en general, conducir como si no existieran o no tuvieran derecho a hacerlo). La propia expansión de la ciudad conspira contra el uso de la bicicleta; las vías de entrada o salida de Pamplona van adoptando sistemáticamente forma de autovía donde o bien está prohibida la bicicleta o bien tratar de usarla resulta suicida. Sólo buscar rutas practicables a menudo ya es un problema para el ciclista. Porque, claro está, a nadie se le ocurre construir carriles-bici. Hace ya muchos años de aquél de Pío XII ("el carril-bici" en la memoria de los pamploneses, no ha habido otro), de infausto recuerdo por mal concebido y mal diseñado. Las calles de la ciudad consolidada no suelen ser aptas para meter un carril-bici y pretender hacerlo supone un ejercicio voluntarista abocado al fracaso. Como norma general debe aceptarse la convivencia con automóviles y peatones. Donde sería factible diseñar carriles-bici desde un principio sería en las nuevas urbanizaciones, en las nuevas vías y en los nuevos accesos a la ciudad. En los últimos años las ocasiones desaprovechadas han sido abundantes en Pamplona y en los municipios colindantes: desde nuevos barrios como Mendillorri, Mendebaldea, Alemanes, la "nueva" Rochapea y el "nuevo" San Jorge, Ezcaba, los futuros ensanches de Lezcairu, Buztintxuri-Euntzetxiki, las urbanizaciones periféricas de Gorráiz, las Mutilvas, o la próxima de Sarriguren, hasta la construcción y posteriores ampliaciones de las rondas norte, este y oeste, los accesos de la UPNA o Landaben, el parque fluvial del Arga, o la próxima reurbanización de la avenida de Navarra (antigua variante oeste). Nunca, jamás, se proyectó ni un kilómetro de carril-bici. Las vías se siguen construyendo con el mismo esquema automóvil/peatón de siempre; las referencias que se hacen a los itinerarios para bicicletas en los documentos urbanísticos son puramente testimoniales. Los promotores y redactores de todos esos proyectos o jamás han estado o no han visto nada en los muchísimos países europeos que cuentan con miles de kilómetros de vías específicas para bicicletas. Algún lector podrá preguntar qué hizo el que suscribe al respecto en su día cuando tuvo alguna responsabilidad en el Ayuntamiento de Pamplona. He de admitir que casi nada. Alguna sugerencia que traté de hacer sobre las bicis en la ordenanza de tráfico fue simplemente ignorada. No es una cuestión de partidos; he visto la misma nula sensibilidad hacia las bicicletas en todas las opciones políticas, en técnicos de toda índole y en la mayoría de los ciudadanos, lo que abona la incertidumbre sobre el futuro de los vehículos de dos ruedas en nuestra ciudad.

La última actuación municipal para disuadir al ciclista urbano son esos "guardias dormidos" o reductores de velocidad que se están sembrando masivamente por las calles de Pamplona. Si ya un automóvil brinca, rebota y se duele en sus amortiguadores al pasar por encima a cualquier velocidad superior a diez por hora, el ciclista vaya a la velocidad que vaya arriesga su estabilidad e integridad física y siente crujir todos los tornillos y tuercas de la máquina. Los instaladores de tales artilugios no tienen piedad y con el fin de que ningún vehículo pueda escapar ponen especial saña en que ocupen todo el carril, de bordillo a bordillo si es preciso.

La política del Ayuntamiento de Pamplona está primando el uso del vehículo particular principalmente a base de ofrecer como panacea a los problemas de tráfico el estacionamiento de rotación en el centro. No aparcamientos sólo para residentes (para animarles a guardar el coche), o para empleados de determinadas instituciones, ni aparcamientos disuasorios en la periferia, ni aparcamiento limitado en el tiempo (zona azul), sino cómodos aparcamientos en pleno centro para animar al ciudadano a ir en su coche. ¿Quiere ir de tiendas? Aparque debajo. ¿Quiere ir al teatro? Aparque debajo. ¿Quiere ir al cine? Aparque debajo. ¿Va al auditorium? Aparque debajo. ¿Va a coger un autobús? Aparque debajo. ¿Quiere pasear? No haga el primo viniendo a pie, aparque debajo del paseo.

 

 

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