CURSO DE TAUROMAQUIA SANFERMINERA

Quinta lección:

El tercio de varas

Una corrida de toros se compone de tres partes o tercios. El primero es el de varas (la vara, pica o garrocha es el palo largo acabado en punta que lleva el picador, similar a las lanzas de los tercios de Flandes del cuadro de Velázquez).

La suerte de varas lleva un prólogo en el cual, tras salir el toro, el matador auxiliado por la cuadrilla lo torea con la capa o capote. Se trata de fijar al animal, es decir, que en vez de corretear impulsivamente por la plaza buscando una salida, como es su tendencia, ponga su atención en los toreros y se dedique a embestirlos. Conseguida la atención del toro el torero le hace unos pases más o menos elaborados según se sienta inspirado y observe condiciones en el animal. El pase básico es la verónica, que consiste en mostrar la capa al toro y cuando este embiste se le hace pasar al lado del torero y se le saca la capa por debajo del hocico; el bicho se queda perplejo y preparado para embestir de nuevo.

Los toreros con más valor, y sobre todo con más necesidad de triunfo, antes de que salga el toro se colocan de rodillas ante la puerta de toriles (a porta gayola, se dice). Cuando el toro sale a toda velocidad le dan una larga cambiada, un pase en el que se hace volar la capa por encima de la cabeza con una mano hacia el lado contrario para que el toro la siga y pase junto al torero sin arrollarlo. Un lance vistoso y arriesgado para obtener la atención y el favor del respetable.

Una vez fijado el toro, y el público, salen los picadores, titular y suplente. En los primeros tiempos del toreo los nobles iban montados y los plebeyos a pie. Con el paso del tiempo el toreo a pie desplazó al de a caballo, y ahora los picadores son simples subalternos. Como vestigio de otros tiempos quedan los festejos de rejones donde el torero o rejoneador actúa a lomos de caballo y ha de demostrar a la vez dominio de la cabalgadura y del toro, auxiliado por subalternos a pie.

El torero pone al toro en posición para ser picado (los dos anillos dibujados en la arena de la plaza sirven para esto; el toro debe estar detrás del anillo interior, y el picador fuera el anillo exterior), y el picador cita al toro para que embista. Que el toro embista con más o menos decisión es medida de su bravura, y sobre todo que vuelva a embestir tras probar la pica, sin salir huyendo del castigo.

Durante mucho tiempo la habilidad del picador era defenderse del toro con la pica, evitando que corneara al caballo, y para ello debía ser un consumado jinete. En los años veinte del siglo pasado el espectáculo de los caballos muertos en la arena con las tripas fuera (se medía la bravura de un toro por el número de caballos destripados) empezó a repeler a la sensibilidad del público y se introdujo el peto protector. De este modo cambió la suerte de varas. El picador ya no necesita ser buen jinete, simplemente no caerse del caballo. El toro embiste al caballo, que como está protegido y pesa más únicamente sufre el empujón; mientras el toro está despistado corneando el peto, el picador clava la puya, la punta afilada de la pica, en el toro. En teoría debe picarlo en el morrillo, es decir, en la cerviz o parte posterior y abultada del cuello. La finalidad principal de esto es ahormar al toro, que sangre, pierda fuerza y baje la cabeza para ser manejable con la muleta. Deben darse al toro al menos dos varas; rara vez se dan más, los picadores abusan de su caballo acorazado y lo utilizan para atontar al toro con el topetazo que se da; lo pican de cualquier modo, hundiendo la puya varias veces en el primer lugar del toro que pillan y cerrándole la salida contra las tablas. El toro suele quedar conmocionado y semiinválido.

Estas prácticas de los picadores hacen que no reciban mucha simpatía por parte del público; el buen aficionado debe protestar en cuanto empiezan a ensañarse con el toro. Aunque también debe aplaudir las raras ocasiones en que el picador da un puyazo como es debido: sin esperar al topetazo, cuando el toro embiste, acertando con precisión en el morrillo, de forma limpia y sin abusar.

Entre vara y vara, los toreros realizan los quites, prueban al toro con la capa para verificar su estado. Si el toro es bueno y no ha quedado inválido aprovechan para lucirse y dar unos pases artísticos, que el público versado debe agradecer con aplausos. Tras el quite el matador puede pedir el cambio de tercio mostrando la montera en la mano al presidente, o éste ordenarlo por propia iniciativa; el buen aficionado debe exigir siempre las dos varas. Los picadores se retiran recibiendo algunos proyectiles del público; el aficionado debe deplorar esa nefasta costumbre, atenuada desde que no se obliga a los caballos a pasar ante los tendidos de Sol.

 

 

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