LA
UNIDAD Y LA UNIFORMIDAD DE ESPAÑA
Hace pocos años Miguel Herrero de Miñón incluía en uno de sus libros,
“Derechos históricos y Constitución”, un “mapa político de España” trazado en
1852 por Francisco Torres Villegas. En ese mapa España aparece compuesta por
varias partes: la “España uniforme o puramente constitucional”, que se
corresponde con los reinos de la corona de Castilla y se compone de 34
provincias “iguales en todos los ramos económicos, judiciales, militares y
civiles”; la “España incorporada o asimilada”, que son las provincias que
formaron parte de la antigua corona de Aragón; la “España foral”, compuesta por
Navarra y las Vascongadas; y finalmente, la “España colonial” formada por los
restos del Imperio español en América, África y Asia.
El cartógrafo de 1852 era
consciente de que unidad no era uniformidad, y que dentro de la misma
organización política cabían distintos regímenes jurídicos. Hoy quizás hubiera
añadido que también caben distintas culturas y sentimientos de identidad. Pero
desde aquella época hasta el presente nuestra historia política ha estado
presidida por la tensión entre quienes conciben a España como algo no sólo
unido sino también uniforme y quienes consideran que la unidad se puede hacer
desde la pluralidad (“Et pluribus unum”, es el lema de los Estados Unidos de
América; “Unida en la diversidad”, es la divisa que propone para la Unión
Europea su no-nata Constitución). En buena medida entre los habitantes de
aquélla “España uniforme” de 1852 sigue predominando una visión uniformista,
mientras que los habitantes de la periferia tienen una concepción más
pluralista. El uniformismo ha tendido tradicionalmente a ser también
centralista; pero persiste, incluso cuando España ha tomado el camino de la
descentralización, en la idea de que la autonomía también debe ser uniforme: el
“café para todos” de los pactos autonómicos o el actual proyecto de reforma del
estatuto de la Comunidad Valenciana que exige que “el nivel de autogobierno
establecido en el presente Estatuto sea actualizado en términos de igualdad con
las otras Comunidades Autónomas”.
Esta contraposición entre
uniformismo y pluralismo se sigue manifestando en los debates sobre
organización territorial del Estado. Y frecuentemente no enfrenta sólo a unos
partidos políticos con otros, sino que se trata de una brecha transversal que
genera también tensiones internas. Resulta claro en el PSOE; no es casual que
dirigentes de Cataluña, País Vasco o Galicia mantengan un discurso y una
sensibilidad distintos a la de los dirigentes socialistas de Andalucía,
Extremadura o ambas Castillas (con Rodríguez Zapatero tratando de hacer no de
leonés sino de árbitro). Algo muy similar sucede en IU, por más que al igual
que el PSOE se trate de una fuerza federalista, con discursos distintos desde
el País Vasco o desde Andalucía. Pero incluso en el PP, con mucha sordina, se
aprecian los matices de Josep Piqué respecto del discurso oficial, o se
insinúan ideas como la de un PP galleguista en la Galicia postfraguista.
El choque entre estas dos
concepciones, y las contradicciones que produce a las fuerzas políticas, ha
quedado perfectamente visualizado con el reciente manifiesto del Foro de
Ermua que no sólo es “por la unidad de
España” sino también “por la igualdad y la solidaridad de todos los españoles”.
Bajo este título se ampara un discurso manifiestamente uniformista: rechazo de
los derechos históricos como opuestos “a los fundamentos democráticos de la
sociedad moderna y de nuestro sistema constitucional”; apuesta por una “racional
descentralización del Estado” y una reforma de los Estatutos “razonable” que
debe llevar a eliminar “las asimetrías competenciales y, sobre todo, los
privilegios fiscales y financieros que aún existen”.
Traer este discurso a
Navarra, como ha decidido hacer el Foro de Ermua convocando una manifestación
en Pamplona “por la unidad de España”, resulta especialmente embarazoso. Porque
en Navarra viene gobernando un regionalismo conservador que por tradición ha
sido rabiosamente españolista en el sentido de defender la unidad de España y
de considerar a Navarra parte indisoluble de la nación española; pero que no ha
sido uniformista, al contrario, ha hecho de la defensa de la diversidad que
supone el régimen foral el otro pilar de su programa (“Navarra foral y
española”, y nótese que foral va primero). Que defiende la asimetría
competencial y un sistema económico y fiscal singular, y todo ello justificado
en los derechos históricos reconocidos en la Constitución. Un regionalismo
navarrista que defiende la Constitución española porque ésta ampara los
derechos históricos, y no al contrario.
Desde el Foro de Ermua se ha
dicho que no se pone en cuestión el régimen foral de Navarra, porque es ejemplo
de lealtad y está reconocido en la Constitución. Como cuando lo hace Mariano
Rajoy en el Congreso al referirse a los derechos históricos, en el fondo parece
que no se discute tanto el qué como el quién. Ya lo hizo Franco en 1937; fuera
el régimen singular para Guipúzcoa y Vizcaya como “provincias traidoras”; vale
para Álava y Navarra, provincias leales. Que desde Navarra, siempre que se haga
con juramento de unidad eterna y envolviéndose en la bandera española, se
reclamen derechos históricos preconstitucionales, relación bilateral con el
Estado, un régimen fiscal que permite bajar los impuestos bastante más que en
el resto de España, agencia tributaria, prevalencia del derecho propio, o
ejecutar por su cuenta obras de competencia estatal, no es problema. Que se
haga lo mismo desde Cataluña o País Vasco es intolerable y anticonstitucional.
La contradicción es mayor
todavía entre quienes en Navarra defienden el régimen foral pero rechazan que
las demás Comunidades Autónomas puedan alcanzar un status similar. Un discurso
coherente les debiera llevar a defender, o cuando menos a no atacar, las
demandas de mayor autogobierno que se están planteando mediante la reforma de
los estatutos de autonomía. No se entra tampoco en contradicción si se defiende
el régimen foral, no desde esencias históricas sagradas e inmutables, sino simplemente
como expresión histórica (y, por ello, mudable) del autogobierno y sometida en
última instancia a la libre voluntad de la ciudadanía, y en ese sentido
perfectamente incardinado en el sistema democrático. Ni si se apuesta por
avanzar hacia el federalismo, no para disgregar ni uniformar, sino para
establecer de común acuerdo lo que debe ser común y dejar a la libertad de cada
uno la organización de lo que debe ser propio y diverso.
Hoy no parece quedar nadie que reclame la vuelta del antiguo centralismo, pero todavía está muy arraigado el uniformismo. Que no nos den, con apariencia de la liebre de la igualdad y la solidaridad, el gato de la uniformidad.
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