UBICUIDAD SANFERMINERA

En sanfermines es habitual tratar de estar en varios lugares a la vez. Contrariando el dicho muchos corren de la procesión al repique de la campana María buscando un improbable don de la ubicuidad con tal de no perderse ninguno de los actos del programa que transcurren entre el chupinazo y el pobre de mí. Menos normal es conseguir tal don, pero a veces sucede sin que uno se lo haya propuesto. Voy a contar mi caso, y aunque como todo relato sanferminero parecerá a algunos exagerado y fantasioso, puedo asegurar que sucedió tal cual sigue.

El año pasado me sorprendió leer mi nombre en el periódico, en una de esas habituales crónicas que relatan las andanzas de los famosos durante las fiestas. No tanto por verme incluido entre los famosos, rebajado al nivel de un conde Lequio cualquiera, pese a que desde hace años evito cuidadosamente ir a pasearme por el apartado, que es la forma más directa de salir en esas fotos. En Pamplona, a falta del relumbrón de las estrellas de la farándula, y dado que las historias sobre nuestro pentacampeón del Tour de Francia, sobre nuestro pertinaz representante en Eurovisión y sobre los jugadores de Osasuna y San Antonio se agotan enseguida, los periodistas conceden la categoría de famoso, con tal de llenar espacio en los papeles o en las ondas, a cualquiera que haya desempeñado el más ínfimo cargo en la política, la empresa o la beneficencia local. Lo que me sorprendió es que, según el periódico, la noche del lunes había sido visto "paseando un gran cachi de cerveza" por el paseo Sarasate. Yo recordaba perfectamente haber pasado buena parte de esa noche por la calle Estafeta bebiendo cerveza pero en dosis mucho más modestas -simples cañas acompañadas de un bocata de lomo con queso en el Muthiko- y sin haberme acercado para nada por el paseo Sarasate.

Teniendo en cuenta que el periódico en cuestión, dentro de la objetividad, independencia e imparcialidad que son intrínsecas a todos nuestros medios de comunicación, en ocasiones no me ha mostrado excesivas simpatías, pensé que se trataba de una mera fabulación dirigida a sugerir a sus bienpensantes lectores la imagen de mi persona en un lastimoso estado de ebriedad que contrastara –y no a mi favor- con el dignísimo chocolate con churros con el que había sido vista de mañanita la alcaldesa en una terraza y con el no menos digno director general venido de Madrid con el que habían descubierto a varios consejeros del gobierno foral en el Casino Principal. Ya se sabe que la discrepancia con la realidad no es argumento suficiente para desechar una buena historia; quizás la alcaldesa ni siquiera tome chocolate con churros, con lo que engorda (el chocolate con churros), más lo entrañable y familiar de la imagen hasta justifica esa pequeña licencia literaria.

Pero a los dos días Cecilia aseguró haberme visto a las nueve de la mañana, cuando ella bajaba a comprar el pan, en la calle Estafeta. Le precisé que yo a esa hora, después de haber visto el encierro en casa por Televisión Española Internacional (no por aparentar ningún cosmopolitismo, sino simplemente porque a diferencia de la primera cadena no le ponen anuncios), me había vuelto a la cama y estaba durmiendo. Como ella estaba tan segura de haberme visto como yo de no haber estado allí a esa hora, no nos convencieron mutuamente nuestras explicaciones y quedamos igualmente desconcertados.

Al día siguiente, oyendo la radio, me entero no sólo de que esa mañana se me ha visto corriendo el encierro, sino que además me han adjudicado la categoría de parlamentario foral. Después de hacer memoria y asegurarme a mí mismo de que a las ocho de la mañana yo estaba de nuevo en los brazos de Morfeo y que nunca me he presentado a las elecciones del Parlamento de Navarra, empiezo a dudar sobre si tengo un doble, una segunda personalidad que me dota del don de la ubicuidad, o si es el simple y festivo exceso de ingesta alcohólica por parte de quienes me han visto en lugares donde no he estado lo que causa esas confusiones.

Con esos antecedentes desistí completamente de llevar la contraria a la pareja de jóvenes que esa noche a las puertas del Kabiya me identificaron como concejal de UPN y aseguraron haberme visto en el balcón del Ayuntamiento durante el chupinazo. En vez de tratar de convencerles de que el chupinazo lo había visto por la televisión desde el Otano, preferí dirigirles una enardecida soflama para que resistieran el asedio nacionalista y defendieran la foralidad y la identidad de Navarra hasta la muerte, discurso que acogieron con alborozadas –y quizás un pelín exageradas por el consumo de sendos cubatas que no parecían ser los primeros- muestras de satisfacción. Tampoco hice ningún esfuerzo por deshacer el equívoco de aquel otro ciudadano que creía haberme visto en televisión y en el Gazteluleku me preguntó qué tal me iba como diputado en el Congreso, y le hice una imaginativa y pormenorizada descripción de su cafetería asegurándole que es el lugar desde donde se gobierna de verdad el país, pese a que la única vez en mi vida que he pisado el palacio del Congreso de los diputados fue para visitar su archivo.

Para cuando llegó el pobre de mí yo ya me había animado lo suficiente como para contar a quien me quisiera oír que había portado la imagen de San Fermín en la procesión, que había bailado a la reina europea en los Gigantes, que había tocado el bombo durante todo el recorrido del Struendo y que hasta había visitado a Pedro Osinaga en su camerino del Gayarre. Pero en medio de estas historietas sanfermineras advertí la mirada escéptica de un conocido con el que compartía barra y corrillo en el Fitero que me soltó: "¡Venga ya, si me han dicho que te han visto toda la semana en la playa de Salou!"

 

 

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