Cuando prohíban los toros
EL CINE SIN TOROS
Cuando prohíban los toros a ver qué
podemos vender para que saquen a Pamplona en el cine los de Hollywood, o los de
Bollywood, que parece que Asia es el futuro, ahora que nos habían puesto en el
mapa aunque por desgracia han descubierto que aquí llueve. Reconozcámoslo, el
motivo principal de que Pamplona haya salido en unas cuantas películas es el
encierro. No sólo las típicas versiones de Fiesta
o The Sun also rises de Hemingway o
engendros como Cowboys de ciudad
donde los pamploneses tenemos un sospechoso aspecto mexicano. Incluso para las
películas españolas la tentación de ambientar en los Sanfermines cualquier
producción localizada en Pamplona es fuerte; desde Luna de verano de Pedro Lazaga hasta la mítica La trastienda de Jorge Grau, aunque aquí los Sanfermines cedieron
el protagonismo a la anatomía de la Cantudo que mostró todo lo que se podía
mostrar, incluso lo que estaba prohibido hasta entonces.
El caso es que si desaparece el
encierro pocos productores se nos van a arrimar para sacarnos en una película.
El mayor enemigo lo tenemos en casa, la Navarra
Film Commission que montó el consejero Corpas para promocionar la Comunidad
Foral como localización de rodajes. Ofrece variadísimos escenarios; desde el
Señorío de Bértiz a Viana, pasando por el castillo de Olite, desde el Roncal
hasta Tudela, y todos los caminos a Santiago. A falta de toros los peliculeros
se nos van a ir a Urbasa, como el Patton
de Franklin J. Schaffner, a Artajona como Robin
y Marian de Richard Lester o a las Bardenas como El mundo nunca es suficiente de James Bond, perdón, de Michael
Apted.
Como en Navarra tenemos mucho monte,
mucho bosque, valles, ríos, castillos, iglesias, puentes, pueblecitos de postal
con sus prados verdes, sus ovejitas y sus vacas pastando, y hasta nuestro
desierto, la competencia para ofrecer un buen paisaje es cruda. En la cuenca
estábamos especializados en el cereal, poco cinematográfico (salvo los maizales
para escenas de terror o los arrozales para escenas bélicas, pero aquí se dan
poco), nada que hacer contra los viñedos, los olivares o los campos de algodón.
Ahora lo vamos sustituyendo por los polígonos industriales, las rondas y mucho
suelo urbanizable. Como paisaje, poco apto para localizar cualquier película
salvo que se quiera reflejar un vulgar y corriente paisaje urbano de capital de
provincia, con sus polígonos industriales, sus rondas y sus urbanizaciones de
las afueras, o con su catedral, su casco antiguo y su plaza mayor en el centro.
Pero claro, capitales de provincia así debe haber en España más que provincias,
y ni te cuento por el resto de Europa. Hemos de asumir que Pamplona es una
ciudad cómoda para vivir, en general, y
la mejor del mundo para nosotros porque es la nuestra y no hay más que hablar,
pero a efectos puramente cinematográficos ni es una ciudad monumental como
Salamanca, ni con vistas espectaculares como Cuenca, ni con encanto como San
Sebastián, ni con duende como Granada. Simplemente existe, como Teruel. Si al
menos no hubiéramos urbanizado el entorno de la Ciudadela podíamos hacer
películas bélicas del siglo XVII, pero con el Edificio Singular de por medio
poco especial hay que ofrecer salvo el encierro amenazado de extinción y el
régimen foral que tampoco hay manera de convertirlo en objeto cinematográfico
(¿con qué plano consigues transmitir que la estatua de los Fueros no tiene nada
que ver con la estatua de Colón?). Condenados estamos a que si pese a lo caro
que es rodar (y vivir) aquí nos elijan como localización para una película sea
porque estén buscando precisamente un entorno urbano anodino y anónimo sin
especiales hitos.
El único remedio a este otro aspecto de
la catástrofe que supondrá la prohibición de los toros, ser borrados del
séptimo arte, será pasarnos a los efectos digitales. Habrá que vender que el
encierro no ha desaparecido para el cine, que se puede seguir rodando aquí, que
aunque la especie del ganado bravo haya quedado extinguida (salvo quizás en
Senda Viva o algún otro parque zoológico donde se conserven unos pocos
ejemplares), en la postproducción se pueden añadir con modernísimas técnicas de
efectos especiales la cantidad de toros que haga falta, eligiendo incluso el
tamaño, el color y si lo queremos astifino, cornalón, veleto o playero.
Pongamos en marcha la Encierro Film
Commission con un laboratorio digital de quitar el hipo que haga temblar a
Lucas y Spielberg. No nos merecemos menos que un Iruñiwood.
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