Personajes y protagonistas

 

EL TORERO NAVARRO

 

 

         Vete a saber por qué, habrá razones para ello, hay muy pocos toreros navarros. Históricamente, podemos presumir de que Navarra es una de las cunas del moderno toreo a pie y de que en el siglo XVIII los toreros navarros eran reclamados en las plazas de toros de toda la península para lucir el estilo propio de su tierra. Cierto que en ocasiones se llamaba navarros también a toreros de los territorios vecinos, riojanos o aragoneses. Pero, en fin, ahí está una serie de antiguos toreros navarros-navarros de los que se han ocupado Luis del Campo y otros historiadores taurinos: Bernardo Alcalde, conocido como “el Licenciado de Falces”, Santiago Alargunsoro “el Labrador de Falces”, Pascual Zaracondegui, José Leguregui “el Pamplonés”, Martincho.  En el siglo XX también hubo buenos toreros como Calixto Gastón “Gastoncillo”, Constantino Preciado, Cándido Tiebas “el Obispo”, los hermanos Julián e Isidro Marín. Pero lo cierto es que el número de toreros navarros ha ido menguando hasta el punto de que en los últimos cincuenta años han sido muy frecuentes las épocas en que no existía ninguno en activo. A diferencia de otras regiones que sirven de cantera del toreo, como Andalucía, Madrid o Salamanca, Navarra produce bastantes futbolistas pero pocos matadores.

 

         En las últimas décadas se cuentan con los dedos de una mano paisanos nuestros que hayan hecho con más o menos fortuna carrera en la profesión de la tauromaquia: Sergio Sánchez, el malogrado Francisco Martínez “Paquiro”, Francisco Marco. Muchos otros lo han intentado como novilleros pero sin llegar a tomar la alternativa como matadores, o se han cortado la coleta nada más tomarla como Lalo Moreno.

 

         Esta sequía de toreros autóctonos no es que preocupe mucho al ciudadano medio, ajeno a la fiesta de los toros salvo cuando llegan los sanfermines, pero sí al reducido círculo de aficionados que en torno a la Casa de Misericordia, el Club Taurino y las secciones taurinas de los medios de comunicación promueven e impulsan los destinos de la Feria del Toro. Una de sus ambiciones es poder introducir en los carteles a matadores de la tierra, ya que por el apego que tenemos por todo lo propio, autóctono y particular generan mucho más interés y entusiasmo entre el público.

 

         Así que apenas un navarro logra introducirse en el circuito de las novilladas picadas despierta la atención de la comisión taurina de la Meca. Muy mal tiene que hacerlo para que no sea contratado en la novillada que tradicionalmente abre la feria de San Fermín. Y si logra descollar lo suficiente como para tomar la alternativa, tiene asegurada una oportunidad en la monumental de Pamplona o, incluso, si las cosas van de cara, que se le ofrezca doctorarse en la propia Feria del Toro, como hicieron Sergio Sánchez o Paquiro. A partir de ahí el torero navarro tiene muy difícil no ser contratado todos los años. Además, cada tarde podrá disfrutar del apoyo del público y de los medios de comunicación, que le darán más espacios que a los demás compañeros de cartel. Claro que, al final, al toro se tiene que enfrentar igual que todos, y por lo general el toro no tiene ni idea de si el torero nació a orillas del Ega, del Ebro o del Guadalquivir. Los aplausos serán más entusiastas en la vuelta al ruedo y el triunfo más apoteósico, pero para conseguirlo primero hay que matar al bicho.

 

         He dejado aparte a Pablo Hermoso de Mendoza, torero estellés, porque su protagonismo es de otra galaxia. Para empezar, en vez de torear a pie, que se supone que era lo nuestro, torea a caballo, una invención andaluza. Y para seguir, no ha necesitado ser navarro para haberse convertido ya en una leyenda del toreo no sólo en Navarra sino en todo el mundo taurino. Resulta que poquito a poco se ha convertido en uno de los mejores rejoneadores, si no el mejor, de la historia de la tauromaquia. No sólo es protagonista desde hace unos años en los sanfermines sino que suele serlo en cualquier lugar en el que actúe, ya que está harto de cortar orejas y abrir la puerta grande de todas las plazas. Lo excepcional del caso ha llevado a que se modificara la propia estructura de la Feria del Toro. Desde 1999 el día 6 de julio se dedica a una corrida de rejones, un espectáculo que no había tenido cabida en los cuarenta años anteriores, y la novillada que tradicionalmente abre la feria pasó al día 5 de julio. No hace falta decir quien debe figurar inexcusablemente en el cartel y quien es siempre el protagonista de la corrida del día 6.

 

 

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