LA TERRITORIALIDAD

Autodeterminación y territorialidad. Sobre todo desde la tregua de ETA oímos juntas estas dos reivindicaciones inseparables en sus comunicados y en boca de los portavoces de Herri Batasuna/Euskal Herritarrok. Sobre la autodeterminación he escrito ya alguna cosa en estas páginas; la territorialidad es un concepto nuevo. La curiosidad me lleva al Diccionario de la RAE:

"territorialidad. (De territorial) f. Consideración especial en que se toman las cosas en cuanto están dentro del territorio de un Estado. || 2. Ficción jurídica por la cual los buques y los domicilios de los agentes diplomáticos se consideran, dondequiera que estén, como si formasen parte del territorio de su propia nación".

Me da la impresión de que ninguna de estas definiciones se ajusta a las exigencias del nacionalismo radical; habremos de buscar otra. Supongo que territorialidad unida a autodeterminación equivale a la reivindicación de un determinado territorio nacional.

La teoría política nos dice que el territorio es uno de los elementos del Estado, el espacio físico en el cual ejerce su poder o en el cual aplica un determinado ordenamiento jurídico. Cómo se determina ese espacio? Según Aurelio Guaita (División territorial y descentralización) el territorio es un acto jurídico; es la norma y sólo ella la que convierte la tierra en territorio, la que superpone a una realidad física preexistente una categoría jurídica. Una decisión normativa (contenida en la Constitución, en otras leyes o en tratados internacionales) delimita el territorio de un Estado, establece hasta donde alcanza su poder. Con qué criterios se toma esa decisión? En un plano histórico, Charles Tilly (Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990) explica que la formación de estados surge de una variedad de combinaciones entre coerción y capital. El capital tiende a acumularse en las ciudades, su concentración fomenta el crecimiento urbano. La concentración de medios de coerción produce estados: el esfuerzo para luchar contra los vecinos crea las estructuras estatales. A la guerra acompaña la necesidad de crear una infraestructura de tributación y abastecimiento; con el paso del tiempo, cada vez menos gobernantes tienen capacidad para sostener medios militares eficaces; sólo sobreviven quienes han tenido cerca adecuadas concentraciones de capital -a los que acudir mediante préstamos y tributos- y coerción, espacios donde se combina una red urbana tupida con extensas zonas rurales y economías comercializadas. Es sobre todo el resultado de las guerras -dependiente de la distribución del capital y la coerción- el que ha fijado las fronteras; posteriormente se ratifican mediante una norma: el tratado de paz. En nuestra época el tratado de paz universal es la Carta de las Naciones Unidas: con el principio de integridad territorial de sus miembros sanciona la situación existente en 1945. Cualquier cambio territorial posterior debe producirse de acuerdo con la Carta o sus normas de desarrollo (como las que han regulado el proceso de descolonización).

Creo que el nacionalismo no se refiere a territorialidad como al hecho de que cada estado tenga su territorio; se da por supuesto. Frente a la existencia de estados creados por la fuerza suele oponer la existencia de unas comunidades naturales anteriores, las naciones, a las que atribuyen el derecho de autodeterminarse (en su caso, separándose del estado del que forman parte, dando por supuesto que pertenecen a un estado compuesto por varias naciones; si un estado está formado por una sola nación los nacionalistas apelan a la unidad nacional). Y como el derecho a autodeterminarse se atribuye a una comunidad territorial e incluye la posibilidad de crear un nuevo estado separado, debe ir unido al derecho a disponer de un territorio. La territorialidad no es, pues, un derecho distinto al de autodeterminación, sino un presupuesto o elemento necesario para su ejercicio. El sujeto de la autodeterminación debe estar asentado en un territorio, ya que la organización política a la que se refiere su decisión difícilmente se concibe sin base territorial.

Por tanto, la cuestión no es tanto reivindicar la territorialidad; la autodeterminación ya la supone. La cuestión, entonces, es qué territorio. Cómo, quien, decidirá cual es el territorio sobre el cual la nación ejerce su derecho de autodeterminarse? Para la ideología nacionalista, puesto que la nación es una comunidad natural, es la propia naturaleza la que habrá señalado un territorio natural. Frente al concepto meramente político de nación -pueblo sometido al mismo centro de poder- el nacionalismo afirma un concepto cultural: comunidad humana que comparte una misma cultura, sobre todo la misma lengua. Así que para identificar una nación habrá que sumergirse en estudios etnológicos, antropológicos, lingüísticos, históricos, que nos dirán, por ejemplo, que el territorio natural de Euskal Herria es exactamente el comprendido por los seis herrialdes "históricos" de Álava, Guipúzcoa, Laburdi, Navarra, Vizcaya y Zuberoa. Y el territorio natural de cada una de estas unidades vendrá también perfectamente delimitado por esos estudios.

El convencimiento nacionalista sobre la existencia de naciones naturales y la posibilidad de identificarlas "científicamente" (de ahí su empeño en cultivar la historia, la etnología o la lingüística) suele ir vinculado a una enorme confianza en la ciencia como instrumento para alcanzar la Verdad propia del siglo XIX, cuando surge la ideología nacionalista. A fines del siglo XX los científicos son más modestos y consideran la ciencia como un instrumento de búsqueda de conocimiento, pero que no garantiza la verdad absoluta. Hoy la ciencia más rigurosa no se dedica a descubrir naciones; su labor va por otros derroteros. Para Benedict Anderson (Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo) la nación es una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Afirma que "todas las comunidades mayores que las aldeas primordiales de contacto directo (y quizás incluso éstas) son imaginadas. Las comunidades no deben distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo con que son imaginadas". Así como la ciencia hoy no pretende demostrar o refutar la existencia de Dios, tampoco se dedica a identificar naciones verdaderas o falsas, sino en todo caso a estudiar como y porqué los seres humanos imaginan la nación. Ante el hecho de que Jordi Pujol afirme que España no es una nación, y en cambio, según las encuestas, la mayoría de los españoles están convencidos de que España es su nación, la ciencia no pierde el tiempo en demostrar quién tiene razón. En todo caso nos puede explicar porqué Pujol piensa lo que piensa (mejor, siente lo que siente) y porqué la mayoría de los españoles siente otra cosa.

El problema del nacionalismo radical es que reivindica un territorio natural y, por ello, no negociable, pero al mismo tiempo no le es suficiente con la obra de la naturaleza y la evidencia de la ciencia y necesita de la norma que obre la conversión de tierra en territorio. De un lado, la nación y su territorio están ahí, como verdad inopinable; no admitirlo supone ya violar el derecho de ese pueblo a su existencia como nación; no creer en la existencia de esa determinada nación con ese determinado territorio le convierte a uno en su enemigo. Pero parece que esa verdad no es suficiente para los propios nacionalistas y necesitan del acto jurídico de creación.

He ahí la trampa de la territorialidad. Por una parte se admite que el territorio nace como fruto de una decisión, de una norma que habrá de elaborarse, y por ello está sometida a debate ("siendo distintas las concepciones que existen sobre la raíz y permanencia del conflicto, expresadas en la territorialidad, el sujeto de decisión y la soberanía política, éstos, se constituyen en el núcleo de cuestiones fundamentales a resolver", dice la Declaración de Estella). Pero por otra parte ETA y HB/EH sugieren que no les basta la territorialidad, cualquier territorio, sino solamente una territorialidad determinada (sin la cual ETA amenaza con volver a la "lucha armada"). Es evidente que la sola garantía de que, de reconocerse la autodeterminación, ésta se ejercería en algún territorio no colmaría sus aspiraciones. Alguien (a ser posible alguien exterior, una institución o un mediador internacional) debe definir el territorio. Se revela aquí uno de los puntos de conflicto interior de los nacionalismos, la tensión permanente entre la fidelidad a la nación y el acatamiento de la democracia. Un nacionalista no puede transigir con la nación; no puede someter a discusión la existencia o la extensión territorial de su nación, pues es la base de sus convicciones más profundas y, sobre todo, de sus sentimientos políticos más sagrados. Pero si acepta la democracia se puede encontrar con que los ciudadanos de su nación decidan a través de las urnas que ésta no es tal, o no es tal cual la imaginaba el nacionalista; una parte de la nación puede decir separarse o simplemente no integrarse. Al final, quien pretende ser nacionalista y demócrata deberá optar por dar prioridad a alguno de estos aspectos.

Si HB/EH quiere optar por la democracia que tanto reclama puede seguir exigiendo autodeterminación, pero difícilmente puede reclamar la territorialidad tal como lo viene haciendo. Porque según las normas democráticas debería aceptar que Navarra, o que Álava, o que Zuberoa, decidan que no forman parte (o no quieren formar parte) de la nación vasca; es decir, que ésta no es necesariamente como ellos la imaginan.

 

 

* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU