CURSO DE TAUROMAQUIA SANFERMINERA

Séptima lección:

El tercer tercio

El tercer tercio es el definitivo y más importante; suele decidir el triunfo o fracaso y la consecución de trofeos. El matador emplea la muleta, esa tela roja con un palito dentro. La suerte más empleada es el natural; se ejecuta mostrando al toro la muleta con la mano izquierda y haciéndole pasar junto al torero por ese lado. Si se hace lo mismo con la mano derecha se denomina derechazo. Hay toros que embisten mejor por un lado que por otro, y el torero deberá ir probando ambos. Los naturales se van ligando uno detrás de otro, a menudo haciendo girar al toro, lo que se llama toreo en redondo. Suele finalizar cada tanda con un pase de pecho, un pase cambiado y por alto: se hace pasar al toro por el lado contrario al de la mano que sujeta la muleta, y ésta se mueve a la altura del hombro. Si un torero no da más pases que éstos debemos sospechar que no sabe otros (es un mero pegapases); los buenos toreros tienen un repertorio más amplio que no podemos exponer aquí.

El propósito último del toreo de muleta es dominar al toro, o como se suele decir, parar, templar y mandar. Templar es hacer embestir al toro a la velocidad precisa que marca el torero, que debe mover la muleta al ritmo preciso que exijan las condiciones de cada toro. Y mandar, obviamente, que sea el torero el que marque al toro lo que tiene que hacer, y no al contrario.

Saber si un torero lo está haciendo bien en este tercio es fácil. Debe estar cerca del toro y delante de sus astas, echándole valor aunque también tiento para no ser cogido. No vale torear de lejos, estirando el brazo o llegando a la cara del toro solamente con el pico de la muleta. Además el torero debe tender a la inmovilidad y hacer que sea el toro el que se mueva. Si el torero se mueve más y más rápido que el toro, malo; no está dominando al toro sino huyendo de él. Una buena faena debe dar la misma impresión que asistir a un ballet; toro y torero deben moverse como en un pas de deux, con suavidad y armonía. Si en vez de a un ballet los movimientos del dúo recuerdan a un combate de boxeo quiere decir que el torero no está consiguiendo hacer bailar al toro a su voluntad.

Cuando el toro ya está dominado (y cansado), o cuando el torero ha decidido que no hay manera de sacarle una buena faena porque no embiste como Dios manda, o simplemente no quiere torearlo más, es momento de matar. Lo habitual es matar al natural, con el costado derecho del toro paralelo a la barrera. De esta manera el torero, tras clavar el estoque con la mano derecha, sale hacia las tablas, mientras el toro, engañado por la muleta, sale hacia los medios. Pero si el toro tiene querencia por las tablas se puede matar a la suerte contraria, colocándole al revés. Además de por la colocación, se distinguen varias suertes de matar en función del movimiento de toro y torero. El volapié consiste en que el torero se abalanza sobre el toro, que está parado; matar recibiendo es lo contrario, el torero cita al toro sin moverse de lugar y cuando éste embiste lo estoquea; a un tiempo es la suerte en que toro y torero avanzan y se encuentran en el espacio intermedio.

El estoque debe clavarse en la cruz u hoyo de las agujas, la parte superior del lomo que queda sobre las patas delanteras. Si el torero no acierta se dirá que la estocada es delantera o trasera, caída o bajonazo, esto último si el estoque entra más cerca de las patas que del lomo, cosa muy fea que debe pitarse. En función de la cantidad de estoque que el torero logra clavar al toro es una estocada entera, honda, media, corta, o sólo un pinchazo que obliga a repetir. Si la estocada no es suficiente para que el toro doble (caiga al suelo o se acueste para morir), el torero deberá descabellar, rematarlo clavando un estoque en la base del cuello.

El torero debe matar al toro en diez minutos desde que inicia el tercio; si no lo hace suena un aviso; a los trece minutos el segundo, y a los quince el tercero, que manda al toro al corral, quedando patente la incapacidad del matador para hacer honor a su nombre. Aunque tampoco es muy aceptable, por no decir que es una estafa que debe protestarse, si la faena dura sólo un par de minutos.

Muerto el toro, si el torero lo ha merecido el público puede pedir trofeos agitando pañuelos. El presidente debe dar una oreja si la petición es mayoritaria (la apreciación es subjetiva, pero es una decisión gubernativa que no admite recurso), dos si le da la gana y muy, muy excepcionalmente, puede dar el rabo. Los buenos presidentes deben saber contener el entusiasmo con el que el público sanferminero tiende a solicitar apéndices. El aficionado avezado no debe excederse en la petición, aunque es de buen tono aplaudir siempre a los toreros que los consiguen.

 

 

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