Siniestralidad laboral: ¡basta ya!
Por el Foro Iruña: Fernando Atxa, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Conchita Corera, Ginés Cervantes, Miguel Izu, José Ignacio López Borderías, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz, José Luis Úriz.
Cómo no expresar una opinión
desde un foro plural como el nuestro, sobre una forma de violencia que genera
cada año en el Estado español más de mil muertos y decenas de miles de heridos:
la siniestralidad laboral.
Han pasado más de doce años
desde la entrada en vigor de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales que se
elaboró con el fin de acabar con esta terrible lacra, y poco hemos avanzado.
Seguimos a la cabeza de la UE en cuanto a accidentes laborales, muertos y
heridos derivados de los mismos. Demasiado sufrimiento para que no nos tomemos
en serio este problema, buscando soluciones y exigiendo responsabilidades.
Es curioso, y denunciable,
cómo ningún gobierno sea de derechas o de izquierdas, o incluso tomando como
referente las Comunidades Autónomas; sea nacionalista o no, ha sido capaz de
tomar medidas suficientemente eficaces para acabar con esta sangría.
Todos los agentes
implicados, empresas, trabajadores, sindicatos, y Administraciones Públicas
coinciden en el diagnóstico y en el análisis de sus causas, existiendo un gran
número de estudios, investigaciones, leyes y normas de obligado cumplimento
para las partes afectadas.
Todos ellos nos indican que
la alta siniestralidad laboral de nuestro país viene dada por un sistema
productivo injusto y deficiente, en el que la precariedad (la mayor de la UE, e
incluso en esta legislatura ha seguido creciendo del 30 al 34 %), la
temporalidad, la falta de formación, la subcontratación, la aparición de las
ETT, el trabajo a destajo, generan constantes situaciones de riesgo para los
trabajadores y trabajadoras, agravado por la falta de instrumentos de control,
en especial de una Inspección de Trabajo escasa y en muchas ocasiones
inoperante.
En los últimos años un nuevo
elemento se ha añadido a la ya de por sí insostenible situación: la llegada
masiva de mano de obra inmigrante, la que en mayor medida está siendo víctima
ahora de este problema. Como dato significativo, apuntar que el 40% de los
accidentados son inmigrantes cuando sólo suponen el 10% de la población activa.
Con el agravante de que las estadísticas se deforman al existir en este
colectivo un gran número de trabajadores que se encuentran en situación
irregular, por lo que los accidentes menos graves ni siquiera están
denunciados, y por tanto registrados. Otra forma más de racismo, ya que resulta
cruel perder la vida en el lugar donde uno ha venido precisamente a ganársela.
Nos estamos refiriendo a los
accidentes graves, que sólo son la punta del iceberg. Si tuviéramos que hacer
la radiografía total del problema incluyendo los accidentes in itínere, o los
derivados de los riesgos psicosociales, y sus consecuencias (estrés, síndrome
del quemado, acoso laboral…) el panorama resultaría aún más dramático y
desalentador.
Pero también existen razones de fondo que explican esta situación, y que tienen que ver con una mercantilización neoliberal del concepto de trabajo, que lleva, en especial desde el colectivo empresarial, a una visión puramente instrumental, economicista y productivista del mismo, y su consiguiente deshumanización. Precisamente cuando lo más reseñable del trabajo es su condición humana, de la que se deriva su valor, su dignidad, y sus derechos.
Ante esta realidad
incuestionable existe una arbitraria percepción social de lo que es
problemático, y parece que la siniestralidad laboral y todo el sufrimiento
derivado de la misma no lo es. Asumimos con normalidad que con el
volumen actual de lo productivo tengan que existir accidentes. Pero conviene
hacerse los siguientes interrogantes: ¿qué convulsiones sociales y políticas se
producirían si estas cifras se trasladaran a la violencia terrorista o a la de
género? ¿Si se dedicaran los mismos recursos y campañas de concienciación que a
evitar los accidentes de tráfico se mantendrían las mismas cifras?
Estamos por tanto ante un asunto
básicamente económico pero especialmente cultural y ético, de un profundo
calado. Sin un cambio en las estructuras económicas, pero también en las
culturales y éticas, que tengan presente lo humano del trabajo, difícilmente
podrán ser eficaces el resto de medidas, que siendo de inmediata y absoluta
necesidad su aplicación como la elaboración de una Ley Integral de Relaciones
Laborales, la potenciación de la Inspección de Trabajo, o el castigo a los
responsables, no podrán conseguir el objetivo de acabar con esta lacra.
Pero lo más llamativo, y
denunciable, es el poco interés demostrado por los agentes que debieran estar
empeñados en luchar contra esta forma especial de violencia. Desde un gobierno
de izquierdas que no ha previsto que la lucha contra la siniestralidad laboral
esté en la agenda política a corto plazo, o sea dentro de los temas estrella
de la actual campaña electoral, hasta una oposición a la que tampoco le
interesa, pasando por la clase empresarial sólo preocupada por la rentabilidad
de sus negocios, o unos sindicatos que miran para otro lado y ni están ni se
les espera en esta difícil batalla.
Mientras, ahí fuera, siguen muriendo o resultando heridos miles de trabajadores y trabajadoras, continúan sufriendo ellos y sus familias con el silencio cómplice de muchos. Pero al menos desde estas líneas queremos alzar nuestra plural voz para decir alto y contundente: ¡Basta ya! ¡Basta ya de siniestralidad laboral!
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