SÍMBOLOS

 

 

         Tenemos un problema con los símbolos. Frecuentemente no nos ponemos de acuerdo en qué simbolizan, y tampoco en cuándo y donde se deben o no se deben utilizar; a veces sustituimos el debate sobre las cuestiones de fondo por el debate sobre los símbolos y pretendiendo simplificar la cuestión la complicamos añadiendo el factor emocional que les suele acompañar.

        

La última polémica es la relativa a los crucifijos en edificios públicos, en particular en los colegios. Que ya tiene un planteamiento vicioso al hablar de quitar crucifijos, sugiriendo una acción negativa y represora. Antes que para quitar habría que lograr el acuerdo sobre poner. ¿Qué símbolos procede poner en los colegios públicos? No parece que en espacios que son públicos, o sea, comunes y compartidos por toda la ciudadanía, deban ponerse símbolos con los que se identifica sólo una parte mayor o menor de ella, sean religiosos, políticos o culturales. La pluralidad ideológica y religiosa que conviene a un Estado democrático y aconfesional llevaría a que en los espacios de todos solo haya símbolos neutrales, es decir, los compartidos por todos. Y dado que el crucifijo no es compartido por todos, aunque lo pueda ser por una mayoría, no debería ponerse.

 

         La defensa que se viene haciendo por algunos de la presencia del crucifijo en las aulas públicas tiene un fundamento endeble. Por un lado, se invoca el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación conforme a sus propias creencias religiosas reconocido en la Constitución. Pero si se reclama ese derecho, habrá que reclamarlo para todos, no solo para algunos, sean mayoría o minoría. El padre musulmán podrá reclamar con el mismo fundamento constitucional que figuren en el aula donde estudia su hijo también sus símbolos, y lo mismo hará el padre judío o sintoísta. Pero quizás reclamen que figure sólo el suyo, y no el de otra confesión que no comparten; o quizás prefieran que no haya ninguno. El padre agnóstico o ateo reclamará que no haya ningún símbolo religioso, o quizás reclame un símbolo ateo que pudiera ofender a los creyentes. Y puestos a reclamar derechos, los alumnos también podrían reivindicar el suyo, que no tiene porqué coincidir con el de sus padres, a que figuren o a que no figuren determinados símbolos. Y los profesores algún derecho tendrán también a realizar su trabajo en un lugar en el que estén los símbolos apropiados a sus creencias, o en el que no estén los que no se ajusten a las mismas. La única manera de conciliar el derecho de todos y no atropellar el de ninguno es que en los espacios de titularidad pública no haya símbolos no compartidos, y que sea en los espacios de titularidad privada donde cada cual (persona, institución o confesión religiosa) libremente coloque los que le plazcan. Como ha dicho recientemente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (caso Lautsi contra Italia, Sentencia de 3 de noviembre de 2009) “el respeto de las convicciones de los padres en materia de educación debe tener en cuenta el respeto de las convicciones de otros padres. El Estado está obligado a la neutralidad confesional en el marco de la educación pública obligatoria”.

 

         Por otro lado se suele argumentar que el crucifijo es un símbolo cultural y no religioso. Argumento contradictorio con el anterior, aunque algunos utilicen ambos conjuntamente. No parece que pueda existir un derecho a los símbolos culturales que pase por poder exigir su colocación en los espacios públicos. Por muchos ciudadanos que se empeñaran en solicitarlo, ninguna obligación tendrían los poderes públicos de colocar en las aulas el Quijote, el toro de Osborne, el escudo de Osasuna o el lauburu.

 

         Por mi parte, no entiendo el empeño de algunos obispos en clamar por la permanencia de los crucifijos en los edificios públicos. Aferrarse tanto a los símbolos externos no parece muy propio de los seguidores de quien dijo que “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”; o “cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Menos entiendo el sentido de reivindicar la cruz como símbolo cultural, que es tanto como reducir el significado que debiera tener para los creyentes, vulgarizarlo y privarle de sentido. ¿Qué se pretende transmitir a los alumnos que estudian en las aulas de un colegio público en presencia de un crucifijo? ¿Que Dios bendice todas las enseñanzas que reciben? ¿Que la cruz es un simple elemento decorativo, ya que la educación que se imparte bajo ella es aconfesional?

 

         Me llama la atención la absoluta renuncia a defender la cruz como símbolo propio de los cristianos, evitando su uso por las instituciones de un Estado aconfesional. La propiedad y el monopolio sobre los símbolos suelen ser reivindicados por quienes los utilizan, precisamente para proteger que se mantenga su utilidad identificadora. Si cualquiera y en cualquier ocasión puede hacer uso del símbolo acaba no significando nada, como le ha sucedido al retrato del Che Guevara, que lo mismo vale de emblema revolucionario que de icono pop, a la bandera de las barras y estrellas que sirve igual como signo patriótico que como logo comercial, o a la propia cruz, utilizada como motivo de bisutería lo mismo por hippies, punkies que góticos. Algo que la Coca-Cola o Nike jamás permitirán con sus logos porque tienen muy clara su utilidad.

 

         La pérdida de significado por un uso desmedido afecta también a determinadas fiestas que fueron cristianas y que ahora son todo menos eso. La Navidad que toca celebrar ahora ha devenido en fiesta del consumo y del despilfarro, en hueca celebración de falsos buenos deseos y vacua alegría donde si algo va quedando invisibilizado es precisamente el sentido religioso. Algunos ironizan sobre si después del crucifijo se propondrá la abolición de la Navidad. Creo que haríamos bien los cristianos y la propia Iglesia católica en ser los primeros en rogar encarecidamente del Gobierno que se suprima como fiesta oficial y en trasladarla a otras fechas a buen resguardo del calendario laboral, como único modo de conseguir que recupere su significado original y pueda distinguirse de las saturnales con las que se confunde hoy.

 

         No sé si en el fondo del empeño en colocar el crucifijo late esa concepción bélica de los símbolos que lleva a las tropas en combate a plantar su bandera bien visible para proclamar la conquista de cada palmo de tierra y a retirar las banderas enemigas. Esa concepción nacionalcatólica (no sólo propia de España, aunque aquí arraigara tan firmemente, sino de muchos países oficial o mayoritariamente católicos) que tiene más que ver con el ansia de poder que con el mensaje de Jesús y que llevó en ciertas épocas a marcar el territorio con enormes cruces o sagrados corazones en cada elevación del terreno, en lugar de preocuparse por evangelizar los corazones.

 

         En Navarra, tierra que cultiva con especial ardor cualquiera de sus peculiaridades, tenemos amplia experiencia en guerras de símbolos. Incluso tenemos una ley específica para obligar a la exhibición de unos y prohibir la de otros. Ahora nos podemos encontrar con la paradoja de que haya quienes defiendan la presencia del crucifijo en edificios públicos y nieguen la presencia de la bandera bicrucífera en los mismos con el argumento de que se trata en un caso de un símbolo que no debe ofender a nadie y en el otro que les ofende a ellos. Tampoco faltarán quienes defiendan a un tiempo la eliminación del crucifijo y la colocación de la bicrucífera, en ambos casos en nombre de la pluralidad y de la protección de las minorías y el reconocimiento de sus sentimientos más profundos. Para cuadrar el panorama también habrá unos pocos favorables a mantener tanto cruz como bicrucífera, y otros partidarios de que ni una ni otra sean colocadas en los espacios comunes para que puedan seguir siendo comunes.

 

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