SEXO EN SANFERMINES

Miguel Izu

¿Sexo en sanfermines?

Admito que titulo la columna así y no "estampas sanfermineras" o algo parecido con el poco escrupuloso propósito de captar la atención morbosa del lector. La inspiración me viene de la irregular pero exitosa serie "Sexo en Nueva York" (Sex and the City) emitida en canales televisivos de pago. Su protagonista escribe con ese título una columna de "antropología sexual" o el complejo mundo de las relaciones en la moderna sociedad urbana, en particular entre glamurosos especímenes de ambos sexos de treinta y tantos años. Si la Gran Manzana es la capital del mundo mundial, en Pamplona estamos persuadidos de que del 6 al 14 de julio la capitalidad festiva interplanetaria se sitúa en nuestra cosmopolita aldea. Gente de todo el mundo, incluyendo algunos neoyorkinos, viene en peregrinación para confirmarlo. Así que tiene bastante sentido hacer nuestra propia columna.

En torno al sexo en sanfermines, o sobre los rituales de apareamiento del homo sanferminens, he oído dos teorías distintas. La primera, aunque parezca impropia de esta vetusta ciudad, es que en estas fiestas se liga a troche y moche; la segunda, que en estas fiestas se liga menos que el resto del año (y existe el temor fundado de que en Pamplona se ligue más bien poco). Resulta verosímil que, como dijo la Celestina, cada uno hable de la feria según le vaya en ella.

Sospecho que el genuino Pamplonés de Toda la Vida (PTV) no es quien tenga más oportunidades de ligar. El programa es demasiado apretado. Si como buen PTV quieres estar en el chupinazo, en el riau-riau (aunque no se celebre), en la procesión, en el momentico, en la feria del toro, en la salida de las peñas, en el pobre de mí, en el Struendo, seguir a las charangas, ver algún día las mulillas, algún otro los fuegos artificiales, aguantar hasta las dianas, asistir en directo cuando no correr algún encierro, catar el sorbete del Gazteluleku, los gigantes, el apartado, las barracas, la tómbola, lavar y planchar la ropa blanca, echar un ojo al periódico y además salir al vermut a diario, comer o cenar con la familia, la cuadrilla, los compañeros de trabajo, los antiguos compañeros de no sé qué, amén de vivir la marcha nocturna, pasear al inevitable condiscípulo que suele dejarse caer por sanfermines, y si encima eres de una peña y tienes que hacer barra, y si para colmo has de trabajar algún día, y también necesitas dormir de vez en cuando… Simplemente no hay manera. Y si milagrosamente sacas un hueco y te surge la oportunidad, quizás tu cuerpo sometido durante una semana larga a intensa sobreactividad y elevado nivel etílico no esté para muchas alegrías.

Además, por muy desinhibidos que aparentemos estar hoy respecto al sexo y para hablar de él, ligar sigue siendo una ocupación semifurtiva. Parte de su gracia radica en disimular ante terceros y en practicar cierto ocultamiento del mundo. Sus prolegómenos de galanteo y engatusamiento, como toda actividad cinegética, se llevan a cabo mejor en plan de cazador solitario o en pequeños y compactos comandos bien coordinados que en multitud. En sanfermines el PTV rara vez encontrará el entorno propicio. Día y noche las calles están tomadas y llenas de ojos; vayas donde vayas tropiezas con conocidos, vecinos, colegas, parientes, amigos y enemigos bien predispuestos en esas fechas a saludar, invitar a un trago e interesarse por cómo va la feria. Burlar el constante control social y hacerse con un espacio discreto para atender una eventual coyunda se hace cosa improbable.

En cambio, los visitantes que acuden a los sanfermines allende los peajes de Imarcoain y Zuasti atraídos por relatos de absoluto desenfreno, protegidos por el anonimato y dispuestos a pasar un fin de semana en Sodoma y Gomorra (en ambas a la vez), probablemente sí que se puedan dar con más frecuencia a los placeres de la carne. Entre ellos y ellas, claro, a los PTV nos ven demasiado ocupados y preocupados en otras cosas. En roulottes, coches, tiendas de campaña, jardines, descampados, pensiones y otros rincones oscuros hay más actividad que en la mayoría de los tálamos y alcobas indígenas. Esas guipuchis que van preguntando por las "txoznas" (aquí siempre llamadas barracas políticas) a lo mejor se lo hacen con un riojano, los neozelandeses entablan fácil contacto carnal con gente de Zaragoza, un valenciano se echa una novia de Vigo y una de Albacete consigue llevar al huerto a un tudelano (o tudelana). Todos vuelven a sus lugares de origen contando, con más o menos fundamento, lo fácil que es en esas noches de interminable jolgorio y una orgía en cada esquina pillar algo, y engordan como bola de nieve la leyenda.

 

 

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