SANFERMINES; LA OTRA REALIDAD

 

Se sabe que según uno se va haciendo mayor percibe como si el tiempo transcurriera más rápido. Los cumpleaños, las vacaciones, las navidades y los sanfermines parecen llegar cada vez más a menudo. Y según se suman más sanfermines en la memoria, unos se van confundiendo con otros, y cada seis de julio uno recuerda muy cercanos los hechos de otros seis de julio; las faenas de Ruiz Miguel a los Miuras, las banderillas de Morenito y las broncas a Jesulín se confunden en la memoria en una única feria del toro interminable; y en cada pobre de mí a uno le parece estar repitiendo gestos de hace unos pocos días. Para quien vive cada año los sanfermines del seis al catorce de julio en Pamplona (no obviamente para quien tiene recuerdos del chupinazo en Salou o del encierro por la tele en Buenos Aires) al final la vida se compone de dos mitades; los sanfermines y el resto.

Los sanfermines constituyen una doble vida (¿o una doble realidad?) que se rige por reglas distintas. Lo que tiene lógica el siete de julio en Pamplona no pasaría de ser una excentricidad (por no decir un síntoma de enajenación mental) en otro lugar o en otro momento.

Cuando uno ha pasado la noche sin dormir, ha comido y bebido en exceso, se le ha reabierto la úlcera sanferminera, ha roto otro par de alpargatas, perdió ayer la cartera no sabe dónde, ¿qué procede que haga? Si es un diez de julio a las seis de la tarde, por ejemplo, la respuesta será irse a los toros, volver a comer, a beber, a cantar, a bailar, y si hace falta a pasar la noche sin dormir y volver a perder cualquier otra cosa antes de regresar a casa. Además, se volverá a vestir de blanco aunque el día anterior al llegar a casa su ropa blanca llevaba manchas de todos los colores y en su composición reproducían casi enterita la tabla periódica de elementos.

En sanfermines uno se deja estafar en cualquier chiringuito sin perder la compostura y sin mentar el libro de reclamaciones; se traga todos los festejos del abono aunque de antemano sabía que esa ganadería que consiguió la Meca en rebajas sólo iba a servir para el concurso del toro más sabroso del Gazteluleku; y empieza a comer toro de la feria de San Fermín (auténtico y certificado) antes de que los bichos del primer festejo hayan pasado por el desolladero. A ratos se puede sentir un héroe de novela de Hemingway, disfrutando de la vida mientras la destroza a base de exprimirla, llenándola de color, vértigo, música, ruido, muerte, alcohol, despilfarro y miseria. En otros momentos se siente en profunda comunión espiritual con los antepasados, reviviendo eternas tradiciones (antigüedad media de cuarenta años) que se transmiten de generación en generación, aseguran la identidad de la tribu y mantienen intacto el orden y las buenas costumbres de la ciudad. A ratos le viene la vena cosmopolita y explica a unas turistas yanquis, vecinas de localidad, el desarrollo de la corrida de toros, o exhibiendo su inglés más académico (de academia de idiomas perfeccionado en un par de visitas a Londres) guía a unos japoneses por los misterios de la fiesta. Claro que al poco tiempo puede sufrir un ataque de xenofobia sanferminera y despotricar violentamente contra los neozelandeses y demás guiris que saltan desde la fuente de la Navarrería (ojalá se estrellen) o inventan otras gracias incompatibles con nuestro carácter.

En sanfermines abandonamos nuestra costumbre de no manifestar gestos de amistad con nadie que no haya ido al menos diez años al mismo colegio que nosotros, sea del mismo club o frecuente los mismos bares, y nos abrimos a la hermandad universal. Basta que el prójimo porte vestimenta sanferminera y coincida en el mismo local o en la misma ceremonia para que le saludemos como si le conociéramos de toda la vida.

En sanfermines de pronto nos volvemos ciudadanos modelos; dejamos el coche aparcado en casa y subimos al centro en autobús o andando (¿doble fila? ¿qué es eso?). Incluso aplaudimos las intervenciones de los municipales y de la grúa (siempre que los coches retirados sean franceses, madrileños o guipuchis).

Solo en sanfermines nos parece normal que las villavesas circulen las veinticuatro horas del día; que nadie salga de casa sin un pañuelo rojo al cuello; que los periódicos locales no nos cuenten nada de lo que pasa en el resto del mundo; o que aparezcan peñas suecas y clubs taurinos de Nueva York.

Se dice que, en Pamplona, el año empieza, o acaba, no se sabe muy bien, con los sanfermines. Quizás es la realidad, alguna realidad, la que empieza, y acaba, con los sanfermines.

 

 

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