Me
alegró que las candidaturas de Bildu pudieran concurrir a las elecciones del
pasado 22 de mayo por lo que tal hecho puede tener de normalización
democrática. Es preferible que personas que durante años han justificado el
terrorismo de ETA, e incluso que han formado parte de ETA, ahora manifiesten
que deba rechazarse la violencia como arma política y que deben utilizarse vías
exclusivamente pacíficas y democráticas. Lo considero como un claro éxito de la
movilización social de tantos años que venía reclamando exactamente esto, no
como una derrota del Estado de derecho como se empeñan en ver algunos. Y tal
como señaló el Tribunal Constitucional, para restringir el ejercicio de un
derecho fundamental como el de sufragio no bastan ni las sospechas sobre la
sinceridad de esas declaraciones contrarias al terrorismo ni los juicios de
intenciones. En caso de duda siempre debe decidirse a favor del ejercicio de
los derechos fundamentales, eso es lo que deriva de la Constitución.
No me
alegré del éxito electoral de Bildu por razones obvias, no comparto en absoluto
su ideología nacionalista. Pero tampoco me sorprendió dada la campaña electoral
gratuita que le hicieron otros, los que se presentan como sus más ardientes
enemigos pero que se retroalimentan con su mera existencia, y dada la tozuda
sociología electoral vasca que no va a cambiar bruscamente sólo con ciertas
medidas legales o judiciales. Pero puestos a ver el lado positivo, que de nuevo
el voto a las candidaturas patrocinadas o apoyadas por la autodenominada
izquierda abertzale se incremente sensiblemente cuando apuesta por la paz y no
por la justificación de la violencia creo que puede ayudar a avanzar en la
pacificación.
Una
vez producidos los resultados electorales que se produjeron, no cabe sino
reconocer la legitimidad de quienes han conseguido ocupar los diversos cargos
que se sometían a elección. Pero ese reconocimiento en un sistema democrático
debe ir acompañado del sometimiento a una crítica rigurosa y de la exigencia de
responsabilidad. Y es aquí donde creo que desde todas las demás fuerzas
políticas y desde el conjunto de la sociedad debe reclamarse a Bildu con
firmeza que afronte las graves responsabilidades que ha contraido.
Me
consta que en Bildu hay organizaciones políticas y personas que han apostado
por la paz y la democracia durante muchos años y que su propósito al integrarse
en esa coalición es trabajar en la misma dirección. Pero apoyando a Bildu
también hay mucha gente cuya apuesta por la paz y la democracia está pendiente
de confirmación porque durante años han jaleado a los terroristas, han
justificado su actuación o simplemente han preferido mirar para otro lado y no
condenarla con excusas varias. Sobre unos y otros pende la carga de la prueba
de que sus declaraciones de intenciones y sus compromisos electorales no solo
son sinceros sino que se van a traducir en hechos palpables. Entre estos hechos
debe estar la capacidad de buscar con empeño el diálogo con todas las demás
fuerzas políticas, excluyendo la imposición y la unilateralidad incluso allí
donde pudieran practicarla por tener mayoría. Porque incluso a las fuerzas
políticas que han defendido su derecho a estar en las urnas tienen todavía que
convencerlas de que, además, pueden ser interlocutores de acuerdos políticos.
Una cosa es tener derecho a la participación y otra es tener credibilidad.
Entre las asignaturas pendientes de Bildu también está la de cuidar la política
de gestos y símbolos. Eludir la exigencia de disolución de ETA no contribuye en
nada a la tan esperada normalización; si está implícita en el programa, si está
en el acuerdo de Gernika, si de verdad se trabaja por ella, poco debiera costar
poder pedirla expresamente las veces que haga falta. Sólo con palabras no
basta, pero tampoco ayudan determinados silencios.