REIVINDICACIÓN DE LA POLÍTICA

Sé que es muy osado, en el día de hoy, venir a reivindicar la política, o todavía peor, la dedicación a la política. La propia expresión se ha cargado de matiz peyorativo. En los últimos meses he oído, o leído, cosas como éstas; que a la hora de otorgar subvenciones el Ayuntamiento de Pamplona no debe adoptar criterios políticos (supongo que habrá que repartir el dinero con criterios teológicos o estéticos); que la Asamblea de la Mancomunidad corre el riesgo de politizarse (como si todos sus miembros, alcaldes y concejales, no estuvieran allí por ostentar cargos políticos y para ejercer unas funciones políticas); que el PNV votó en contra de los Presupuestos Generales del Estado por motivos políticos (quizás si hubiera votado a favor sus motivos hubieran sido filantrópicos); que la dimisión de varios miembros del consejo consultivo del euskera obedece a una actitud política (como si su nombramiento no fuera un acto político sino humanitario). En todos los casos lo político se hace sinónimo de algo sucio e indeseable, de un elemento corruptor que debe evitarse.

¿Habrá que recordar otra vez que política procede del griego polis, y que no significa otra cosa que la administración de la ciudad, es decir, de los asuntos públicos? Algo no solo necesario sino inevitable en cualquier comunidad humana. Incluso quienes la consideran como un mal deben aceptar que es un mal necesario o un mal menor frente al caos que significaría que nadie se ocupara de gestionar los intereses comunes de los ciudadanos.

A principios del siglo XIX Benjamín Constant escribió acerca de lo que denominaba la libertad de los modernos para contrastarla con la libertad de los antiguos. Los antiguos, es decir, los griegos o los romanos de la época clásica, creían que su libertad se aseguraba interviniendo en los asuntos públicos, y que la actividad más digna a la que podían dedicarse los ciudadanos era precisamente la política. Los atenienses inventaron la democracia directa porque permitía a todos intervenir en política. Y establecieron el principio de que los cargos públicos debían ser rotatorios y retribuidos; de esa manera todos los ciudadanos podían abandonar temporalmente sus asuntos privados para dedicarse a la política. Los antiguos estaban dispuestos a sacrificar sus intereses privados en aras de la actividad política, y ese sacrificio era visto como una causa noble y deseable.

En cambio, según Constant, los modernos entienden que la libertad se manifiesta preferentemente en el ámbito privado, en poder dedicarse a perseguir intereses particulares o simplemente en disfrutar la vida familiar. El ciudadano moderno está deseoso de liberarse de participar en los asuntos públicos, para poder dedicarse a los privados (los únicos que considera suyos). En consecuencia, los modernos inventan la representación política. Unos pocos representantes elegidos por los ciudadanos gestionan los asuntos públicos (ni siquiera es necesario que todos los ciudadanos voten, en el caso del sufragio censitario de los mayores contribuyentes o de la exclusión de la mujer del primitivo sufragio universal), y así los demás pueden dedicarse a su vida privada.

La tesis de Constant parece que se reafirma en nuestra época. La política aparece como una actividad poco deseable; "la política, para los políticos", he oído más de una vez, y no en boca de políticos que quisieran evitar el intrusismo profesional, sino en boca de ciudadanos con una visión poco elevada de la política y los políticos. En consecuencia, se hacen recaer sospechas sobre quien quiera dedicarse a ella. Se da así la paradoja de que la mayoría de los ciudadanos, en vez de estar agradecida a los políticos por ocuparse de asuntos de los que prefiere estar lejos, despotrica contra ellos por el mismo hecho de su vocación por los asuntos públicos. También se produce la paradoja de que se considera legítimo obtener una retribución cuanto más abundante mejor cuando se defienden intereses particulares (en la empresa privada o en el ejercicio profesional) pero cuando se defienden intereses públicos se tiende a retribuir en mucha menor medida. La sociedad desincentiva que sus mejores ciudadanos se dediquen a la política. La opinión pública siempre tiende a pensar que está retribuyendo en exceso a sus políticos, aunque se le demuestre con datos fehacientes que la mayoría de los políticos mejoran sus rentas cuando abandonan sus cargos, no cuando los ocupan.

Evidentemente, un contenido esencial del sistema democrático es que los gobernantes se someten al control y a la crítica de los ciudadanos, y siempre hay actuaciones que justifican la repulsa. Desde la simple incompetencia o los errores reiterados, hasta el engaño, la hipocresía o la búsqueda de un lucro personal a costa del erario público, pasando por el abuso de sus funciones y hasta la comisión de delitos diversos, el repertorio de actuaciones inaceptables por parte de personas que han ocupado cargos públicos es amplio y suficientemente conocido. Pero igual que no está justificado llamar ladrones a todos los gitanos porque alguno de ellos en alguna ocasión haya robado, ni todos los judíos son usureros, ni todos los empresarios son estafadores, no todo político es delincuente ni mentiroso por naturaleza, ni cualquier error en su gestión lo descalifica automáticamente. Los comentarios despectivos sobre la política y los políticos (habitualmente amplificados por los medios de comunicación) a veces parecen venir de personas que creen vivir en una sociedad de ciudadanos perfectos, y por ello les sorprende e indigna sobremanera que los políticos no sean perfectos como los demás. Es evidente que los políticos comparten los mismos defectos (y las mismas virtudes) que sus vecinos.

La mayoría de nuestros conciudadanos comparten la creencia de que el mejor sistema de gobierno es la democracia (o cuando menos, como decía Churchill, que es el peor de todos sólo si excluimos a todos los demás). Pero quizás hay que recordar que el pilar básico de la democracia es la participación de todos los ciudadanos en los asuntos públicos. En otras palabras, en una democracia la política no es asunto de unos pocos sino de todos. Difícilmente se podrá sostener un sistema democrático, y mucho menos podrá progresar y perfeccionarse, si la misma actividad política sufre un constante desprestigio. Prestigiarla adecuadamente es tarea también de todos, políticos, medios de comunicación y ciudadanos en general (aunque la mayor responsabilidad recaiga, como es lógico, en los primeros). Porque la alternativa es la política en manos de unos pocos, y que la democracia ceda ante la oligarquía.

 

 

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