Durante
su reciente viaje a Santiago de Compostela y Barcelona el Papa Benedicto XVI ha
vuelto a insistir en una idea recurrente de los dos últimos pontificados: la
reevangelización, que unas veces se predica de Europa, envuelta en un proceso
de supuesta descristianización, y otras de España, víctima al parecer de un
agresivo laicismo idéntico al que contribuyó a provocar la guerra civil de
1936-1939 justificada como Cruzada en defensa de la fe..
En
cualquier caso, late esa nostalgia por otros tiempos pasados, siempre mejores
en el recuerdo, cuya vuelta se reclama en todo pensamiento conservador. Pero la
pregunta que uno se hace es a qué momento de la historia hay que volver; es
decir, cuándo fue el tiempo feliz en que Europa, o España, estuvieron realmente
evangelizadas. Es decir, cuándo imperaba la buena
nueva, cuándo se acogía y practicaba el mensaje de Jesús de Nazaret entre
los europeos o los españoles. Supongo que no debía ser cuando olvidando aquello
de “guarda tu espada, porque el que a
hierro mata a hierro muere”, o lo de que “al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra”, los
cristianos se dedicaban a guerrear unos con otros y a matar en nombre de Dios
bajo banderas adornadas con cruces y bendecidas por sus respectivos prelados;
cuando el Papa dirigía ejércitos no sólo contra los infieles sino también
contra otros monarcas cristianos, y estos se dedicaban periódicamente a saquear
Roma. Cosas que han venido sucediendo hasta antesdeayer mismo en términos
históricos, hasta el último siglo. O cuando prescindiendo de lo de que “no se puede servir a Dios y al dinero”
Europa se ha dedicado sistemáticamente a enriquecerse y a colonizar y expoliar
a otros pueblos, eso sí, a menudo con la excusa de civilizarlos y hasta de
evangelizarlos. Tampoco parece que eran tiempos muy evangélicos aquellos en los
que obviando lo de que “el que tenga dos
túnicas, dé una al que no tiene” se han mantenido sistemas económicos y
sociales basados en la desigualdad de la distribución de la riqueza, en la
acumulación de bienes por unos y en la penuria de otros; o sea, los que vienen
desde tiempos de Jesús y llegan hasta hoy mismo. ¿En qué tiempo se practicó con
carácter general en España lo de “amad a
vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”? ¿Quizás durante la
Reconquista, cuando los caballeros cristianos descabezaban moros, quizás cuando
se expulsó a judíos y moriscos? ¿Quizás en todos esos momentos culminantes de
la historia de España tan recordados con monumentos y efemérides: Covadonga,
las Navas de Tolosa, Lepanto, Pavía, San Quintín, el Dos de Mayo, Bailén, el
desembarco en Alhucemas, la batalla del Ebro? ¿Cuál es el período histórico
exacto en el que debemos ubicar la aplicación en España y en Europa de lo de “no juzguéis y no seréis juzgados; no
condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados”?
Con la
idea de reevangelización, con el clamor porque Europa no se aleje de sus raíces
cristianas, se sugiere que ya fue evangelizada, que ya acogió la buena nueva de
Jesús, pero que luego con la modernidad ha sido desevangelizada. Pero, en
realidad, la cristianización de Europa –y la del resto del mundo- en buena
parte ha sido falsa, superficial, sólo aparente. Jesús podría decir a los
europeos lo mismo que dijo a los judíos de su tiempo: “¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?”.
Siempre hubo cristianos ejemplares y consecuentes, pero me temo que sus valores
fueron siempre minoritarios en la sociedad de cada tiempo. La llamada a recuperar
una supuesta tradición cristiana puede quedar en una reivindicación de volver a
las apariencias, a la cáscara externa sin fruto, a mantener una religiosidad
convertida unas veces en ideología para sustentar un determinado orden social y
político, otras veces en mero folclore o costumbre. La evangelización, la buena
nueva que es la tarea de la Iglesia, apenas ha empezado, está casi toda por
hacer.
Pero
en esa misión de proclamar el evangelio la Iglesia donde más debiera mirar es
de puertas adentro. La necesidad de recuperar el mensaje de Jesús resulta mucho
más apremiante en el seno de la propia organización eclesiástica. Porque la
misma Iglesia, junto a innumerables muestras admirables de entrega al evangelio
(y ahí están tantos hombres y mujeres santos, en el sentido original de
virtuosos, ejemplares y venerados por los fieles, hayan sido o no declarados
tales por la burocracia del Vaticano, esa sospechosa fábrica de beatificaciones
y canonizaciones que viene funcionando desde Trento), a lo largo de la historia
con demasiada frecuencia ha dado un nefasto ejemplo totalmente contrario a la
doctrina de Jesús. Lo ha hecho cuando prescindiendo de aquello de que “el que esté libre de pecado, que tire la
primera piedra” se condenaba a los herejes a la hoguera (algo que, por
cierto, no hizo sólo la Iglesia romana; anglicanos, luteranos, calvinistas,
también se emplearon a fondo en determinadas épocas). O cuando olvidando lo de
no impedir hablar en nombre de Jesús porque “el que no está contra nosotros, está con nosotros” se ha ejercido
una implacable inquisición contra quien predicara sin sujetarse a la doctrina
oficial y sin estar autorizado por la autoridad eclesiástica; o sea, hasta hoy
mismo. Lo viene haciendo al contrariar lo de “no os hagáis llamar maestro, porque no hay más que un maestro y todos
sois hermanos. No llaméis a nadie en el mundo padre, porque no hay sino un
Padre celestial. No os dejéis llamar tampoco doctores, porque sólo tenéis un
doctor que es el Mesías” repartiendo títulos y dignidades, convirtiendo la ecclesía (asamblea) en un Estado
absoluto, con su sumo pontífice (título tomado de los emperadores romanos), sus
príncipes, sus diplomáticos, sus soldados. O tan a menudo al pasar por encima
de lo de “misericordia quiero, y no sacrificios”, “no hagáis como los
hipócritas: les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las
calles, para ser vistos”, privilegiando la pompa, la liturgia, el
espectáculo sobre la conversión de corazón; y peor, pese a lo de “cuando te
inviten, ve a colocarte en el último sitio”, “todo el que se ensalza
será humillado, y el que se humilla será ensalzado", en las iglesias,
en las celebraciones, se reservan los sitios privilegiados para los ricos, para
los gobernantes, para los poderosos. Y de los abusos sexuales por parte de
sacerdotes y su encubrimiento... mejor ni hablamos.
Si hay
que reevangelizar algún ámbito que se ha ido alejando de la buena nueva
original probablemente no es ni la vieja Europa ni la católica España; sin duda
que es la propia Iglesia.