RECORTAR EN PATRIOTISMO
Vaya por delante que muy partidario de
recortar no soy. Si las cuotas de la comunidad de vecinos no llegaran para
limpiar el portal y la escalera y para que funcionara el ascensor, no
propondría yo que no se limpien los rellanos o que el ascensor sólo llegue al
décimo y a los de los cinco pisos superiores que les den. No me fiaría mucho
del administrador que hiciera tales sugerencias sino que antes preguntaría por
las cuotas. Y si resultara que no llega porque hay varios vecinos gorrones que
se escaquean de pagar y pretenden vivir de gratis, pues al juzgado y que
paguen, o si hay que subir un poco las cuotas, pues se suben.
Pero parece que en esta comunidad de
vecinos grande en la que vivimos, y también en las manzanas próximas, la
mayoría acepta mansamente la necesidad de recortar los gastos y no se atreve a
revisar las cuotas ni a reclamar a los vecinos gorrones, al revés, no quiere
molestarlos no vayan a enfadarse. Por lo menos de momento, ya veremos si en la
junta de vecinos que tenemos convocada para el 20 de noviembre se les planta
cara. Pero bueno, suponiendo que haya que recortar, haré una humilde propuesta.
Podríamos recortar un poco en patriotismo, que aunque no figura como tal en las
partidas de gasto del presupuesto es algo que nos cuesta un dinero.
Ya sé que mucha gente cree que el
patriotismo es una virtud que hay que cultivar. Amor a la patria dice el
diccionario que es y suena bien. Pero en este tema estoy más con Bertrand
Russell que escribió que el patriotismo de tipo nacionalista debería ser
clasificado como una forma de histeria y que es el vicio más peligroso de
nuestro tiempo que, lejos de fomentarse, debiera prohibirse. El patriotismo
tiene una facilidad pasmosa para inflamarse a nada que se cultive y para
convertirse en patriotitis, creer que los de tu comunidad de vecinos sois
distintos y mejores y con más derechos que los de la acera de enfrente y además
estar orgullosos de ello, así que soy partidario de no cultivarlo en absoluto.
Las fiestas nacionales, autonómicas,
días de la patria y similares se pueden suprimir, nuestros antepasados ni
tenían. No digo fiestas patronales o populares, que esas vienen bien, salir a
emborracharnos juntos algunos días nos hace tolerable el tener que vivir juntos
todo el año. Digo las institucionales, esas que solo sirven para hacer actos
aburridos con discursos aburridos para que salgan en el telediario a mayor
lucimiento de los que mandan, o los desfiles militares y cosas así. Gastar
dinero para fingir que nos alegramos de compartir comunidad de vecinos cuando
en realidad apenas nos aguantamos unos a otros, nos insultamos al cruzarnos en
el portal y el del piso catorce no puede salir de casa con su silla de ruedas
porque con los recortes no le llega el ascensor, resulta totalmente superfluo.
Fuera fiestas, fuera actos y canapés, fuera
Podemos recortar en banderas, que no
hacen ninguna falta. Hasta hace poco más de un siglo no se ponían banderas en
los edificios oficiales. En los cuarteles empezaron a izarlas al amanecer y a
recogerlas por la noche, y luego pusieron unas pocas en los edificios civiles
importantes los días de fiesta, más tarde se decidió que todos los días del año
y a todas horas y, como con un patriotismo no nos es suficiente (tenemos el
grande, el pequeño y el intermedio y el CIS pregunta periódicamente cuál
sentimos más inflamado), tampoco con una bandera, hay que poner tres o cuatro
en cada edificio, la nacional, la autonómica, la europea, la local. En Navarra
la ley de símbolos ha ido más allá y dice que debe de haber banderas en todos
los edificios y servicios públicos y se han puesto en sitios donde nunca hubo,
hospitales, bomberos, bibliotecas y así y menos mal que no se cumple del todo,
sólo en lo importante de quitar ikurriñas, porque de seguirla a la letra habría
que seguir plantando banderas por todos los centros de salud, colegios,
piscinas, oficinas de hacienda, de turismo y donde quiera que haya algo
público. Multipliquemos edificios y banderas por comunidades autónomas,
provincias, 8.111 ayuntamientos, unos doscientos países donde tenemos embajadas
y consulados y delegaciones autonómicas, sumemos banderones monumentales como
el que puso Aznar en Colón para emular el del Zócalo de México y un larguísimo
etcétera, ni se sabe la de kilómetros cuadrados de tela que gastamos, que aún
sin saber a cuanto está el metro de tela ya tiene que costar una pasta y sin
contar mástiles, drizas, lavandería y algunos otros conceptos accesorios como
gastos de juzgado para obligar a ponerlas donde se resisten a ello y además hay
que reponerlas de cuando en cuando porque a la intemperie se estropean. Mi
propuesta: suprimir las banderas. Con el rótulo que ya se pone en cada edificio
basta para saber si es la delegación de hacienda, la oficina de correos, el
departamento de educación o el palacio de
Los retratos del rey, símbolo de la
unidad y permanencia de la patria, en todos los despachos oficiales, son
también suprimibles. Antes de la invención de la fotografía sólo se hacían unos
pocos al óleo para edificios importantes y no pasaba nada. En algunas
comunidades también ponen la foto del presidente autonómico lo cual es un gasto
todavía más ridículo. Sumando coste del fotógrafo, imprimir, enmarcar,
alcayatas y tacos para colgar en la pared, multiplicado por miles de despachos,
también hay un dinero importante que se puede recortar.
Ya sé que es un recorte limitado, el
chocolate del loro, y a lo mejor sirve para poco más que para abrir otro
quirófano en alguna parte y salvar solamente unas pocas vidas. Pero granito a
granito…