RECONSTRUIR
Que la izquierda, y todo lo que ha
defendido tradicionalmente la izquierda (libertad, igualdad y fraternidad me
sigue pareciendo el mejor lema para resumirlo) está en horas bajas en toda
Europa y parte del extranjero es una evidencia puesta de manifiesto tanto desde
la propia izquierda, con desconsuelo, como desde la derecha, con indisimulado
júbilo. Que algo habrá que hacer para remediarlo también es un lugar común
aunque esta vez solamente desde la izquierda, o desde las izquierdas. En los
pasados meses han sido constantes los manifiestos, iniciativas o llamamientos
para la reconstrucción, refundación, renovación, regeneración o reunión de la
izquierda (de quienes quieren hacer políticas de izquierda, excluyo al PSOE que
al margen del lavado de cara que trata de hacer en las campañas electorales
viene siguiendo las políticas que le marcan los más destacados portavoces de la
derecha, Merkel, Sarkozy, Trichet, y también a los frentes patrióticos cuyo fin
sea la construcción nacional y no la construcción social); en este momento en
que están anunciadas elecciones generales se plantea cómo pueden traducirse en
una alternativa electoral que pueda parar el anunciado triunfo de la derecha.
El problema para unir a los diversos
sectores de la izquierda no está en las propuestas, en los diversos manifiestos
suelen contenerse suficientes coincidencias como para armar un programa, sino
principalmente en el modelo de organización. Tradicionalmente las
organizaciones políticas se asemejan a una empresa o a una secta. A riesgo de
simplificar y exagerar, pero con el fin de que la caricatura nos permita
distinguir los rasgos más prominentes de lo caricaturizado, diré que ningún
partido político es enteramente como una empresa o como una secta, pero que
todos suelen tener algo de ambas. Una empresa es una organización preparada
para competir en el mercado y captar clientes, cuantos más mejor. Lo
fundamental es la cuenta de resultados, ganar dinero como sea, y por ello se
adapta a lo que haga falta: cambia de nombre, de estructura, de socios, de
directivos, de personal, cambia incluso de productos y de sector de actividad
con el objetivo de crecer, crecer y crecer, a ello se sacrifica todo lo demás,
incluso si hace falta se fusiona o deja absorber para dar lugar a una empresa
mayor, con más mercado, más clientes, más ganancias. En cambio, una secta es
una organización preparada para defender unos principios a toda costa, lo
fundamental es preservar la ortodoxia de una doctrina verdadera y por ella se
puede renunciar a todo lo demás; da igual perder adeptos (al contrario, es
necesario expulsar a los heterodoxos), da igual ser minoría, da igual estar
solos, da igual perder dinero. El tener razón permite enrocarse en las propias
posiciones dictaminadas por un liderazgo carismático, individual o colectivo, y
hacer llamamientos a los infieles que se sitúan fuera de la secta para que se
conviertan. En general, en la derecha se inclinan más hacia el modelo
empresarial (lo que no quiere decir que no tengan comportamientos sectarios) y
en la izquierda más hacia el modelo de secta (lo que no quiere decir que no
imiten también a las empresas). Por eso en la derecha suele haber menos
partidos y más grandes, y también más coaliciones, y en la izquierda es normal
una sobreabundancia de partidos más pequeños y también de organizaciones que
reniegan de los partidos, de grupos que no llegan a la categoría de
organización e incluso de personas que reniegan de cualquier grupo u
organización porque ahogan su individualidad y sus principios. Los partidos de
derechas que no tienen una suficiente cuota de mercado desaparecen o negocian
su fusión con otro mayor aunque tengan que pasar por la técnica grouchomarxista
de cambiar sus principios por sus otros principios. Los partidos de izquierdas
suelen ser inmunes a tal planteamiento y cuanto más a la izquierda más inmunes;
que sean pequeños no es problema para su subsistencia, ya que están iluminados
por la verdad, ni obstáculo a que se produzcan escisiones provocadas por discrepancias
sobre dónde está la verdad más verdadera. Así que no sólo tenemos habitualmente
esa amplísima fragmentación de la izquierda, sino que incluso en estos momentos
en que parece que casi toda la izquierda coincide en la misma conclusión
evidente, que es necesaria su reconstrucción para plantar cara a una derecha
desenfrenada que amenaza con destruir todo lo que la izquierda había ido
sembrando, estamos también muy fragmentados sobre cómo debe hacerse.
Tenemos unas pocas pistas. No parece
procedente volver al modelo de partido-secta (más propio de la enfermedad
infantil del izquierdismo) ni de partido-empresa (más propio de la derecha o de
la derechización). Y ni siquiera las sectas o las empresas de hoy son como las
de antes. El modelo de organización del presente es la red, que lo mismo vale
para grupos económicos que para grupos terroristas. Frente al partido
monolítico de antes hoy parece más viable el movimiento, la alianza flexible de
diversas organizaciones a las que une un programa, una causa, una iniciativa.
El ciudadano de hoy no quiere un carnet, una etiqueta, un compromiso para toda
la vida, quiere que se le tenga por un ciudadano comprometido pero
independiente, hoy firma este manifiesto y mañana ese otro, hoy con unos y
mañana con otros, así que casi nadie propone fundar un nuevo partido como los
de antes sino crear un movimiento, alianza, coalición, corriente, cooperativa,
asociación, espacio que siempre ha de ser abierto, plural, participativo,
flexible.
Entre una imposible organización-empresa,
compacta y homogénea, y una constelación de minúsculas sectas a cada cual más
auténtica, ha de ser posible encontrar algún punto intermedio. El movimiento
15-M ha puesto de manifiesto que hay mucha gente indignada que ha decidido
movilizarse para reivindicar cosas que, en esencia, son prácticamente las
mismas por las que venimos peleando desde diversas organizaciones de la
izquierda desde hace años y, además, con las que simpatiza la mayoría de la
sociedad española según se deduce de las encuestas. El problema es que gran
parte de las personas que se movilizan rechazan
por igual a todos los partidos, a todos los políticos, no se sientes
representadas por nadie. Quiere decir ello que quienes hemos hecho política en
la izquierda tenemos que hacer autocrítica y preguntarnos por las causas por
las que hemos tenido tan poco éxito para movilizar a los sectores sociales que
comparten las mismas causas y para inspirar suficiente confianza como para
trabajar juntos.
Ante la abundancia de iniciativas es
urgente superar sectarismos, individualismos, personalismos, desconfianzas,
vetos. Este es el momento, de cara a las próximas elecciones generales, de
articular una candidatura que aglutine a la izquierda; es necesario un proceso
de confluencia lo más abierto posible que lleve a ofrecer una opción capaz de
poner a trabajar el voto y la esperanza del electorado de izquierdas, de los
indignados con esta situación económica y social, de los damnificados por la
crisis, de los que no se conforman con cambiar de gobierno sino que quieren
cambiar las políticas.