LA RECONCILIACION: UN HORIZONTE IMPRESCINDIBLE Y UNA TAREA NECESARIA
Por el Foro Iruña: Fernando Atxa, Mikel Armendáriz, Ainhoa Aznárez, Iñaki Cabasés, José Luis Campos, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Ioseba Eceolaza, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y José Luis Úriz.
La paz es uno de esos
anhelos siempre inacabados y a construir por nunca plenamente satisfechos.
Síntesis del conjunto general de valores, relaciones y bienes que configuran y
sustentan una convivencia humana mínima y razonablemente satisfactoria, la paz
es, a día de hoy, una aspiración clamorosa y universal. Irrumpe incluso en
nuestro tiempo, con fuerza y consciencia crecientes, como uno de los derechos
humanos de nueva generación de primera magnitud.
En nuestro propio ámbito, la
paz nos apremia, en primer lugar, desde el presente. Se reconoce en él la
existencia de un conflicto, pero se discrepa en su diagnóstico, solución y
tratamiento. Hasta su adjetivación resulta, por eso, polémica. Y, pese al
repudio mayoritario de la violencia para dilucidar nuestras diferencias u
obtener rentas políticas, seguimos padeciendo los perversos y traumáticos
efectos de quienes injustamente la practican: con grave quiebra de derechos fundamentales
como el de la vida o el del valor,
dignidad e inviolabilidad de las personas, gravísimo detrimento de la
convivencia, y significativas y empobrecedoras constricciones de nuestro
sistema de libertades. La apelación a la paz, por otra parte, halla hoy también
refuerzo, en muchos, en el recuerdo de nuestro reciente y trágico pasado común
(golpe militar, guerra, asesinatos y represión, dictadura) y de sus secuelas.
Un pasado no siempre debida o cumplidamente satisfecho en sus demandas, a pesar
de los esfuerzos e iniciativas realizados, muy meritorios y loables muchos de
ellos. Y cuyo lado oscuro pervive, a menudo, en talantes, símbolos y prácticas
que se mantienen.
Simultáneamente, el objetivo
de la paz nos remite a una serie de indispensables pasos intermedios. La
definitiva superación de toda violencia. La incondicional adscripción a una
cultura de paz, que deberá ser, por su naturaleza, democrática, en la medida en
que se asienta en los derechos humanos que la fundamentan. La delimitación y el
reconocimiento, sin excepciones, de las víctimas, convertidas en tales por la
injusticia o la ilegitimidad de la
acción causante de su sufrimiento. La delicada cuestión de cómo hacerles
justicia integralmente, siempre conscientes de lo inapreciable y en parte irreparable
de su condición, y de la radical insolvencia de la nuestra. La demanda de la
verdad y, con ella, la de la recuperación de una memoria, no sólo crítica con
falsedades instaladas sino también autocrítica, que sirva de catarsis colectiva
y de antídoto para el futuro. La reconciliación, finalmente, que conlleva retos
como el de la generosidad y el perdón, y que es presupuesto necesario para una
convivencia en paz.
Queremos centrarnos en la
reconciliación: la que todavía debe abordar algunas tareas pendientes de
nuestro abrupto y reciente pasado colectivo, y la que se enfrenta a las graves
quiebras acontecidas en la época posfranquista y democrática. Nos anima, pues,
una voluntad abarcadora. Pero inmediatamente nos salen al paso algunas
objeciones razonables. Con un hoy tan acuciante, ¿no es evasión seguir evocando
el ayer por muy reciente que sea? Y, así nos refiriéramos sólo al presente,
poner en relieve la reconciliación ¿no supone una huída hacia delante, un
situarse ya en el final del camino pasando por alto los tramos previos a
recorrer? En suma, ¿no estaremos ante un empeño extemporáneo o, cuando menos,
inoportuno?
Venimos con una mochila demasiado cargada de agravios y demandas. Por eso la estación de la reconciliación está todavía por llegar, es cierto. Pero pasado y futuro gravitan sobre un presente en el que, desde ángulos temporales distintos y motivaciones diferenciadas, los reclamos de la reconciliación se aúnan y nos llaman. No habrá cosecha de reconciliación sin voluntades que ya la vayan sembrando. También aquí se cumple aquello de que en el modo de realizar el camino para alcanzarlos, vamos poniendo en juego y nos jugamos los fines. Por eso, la fuerza inspiradora y motriz de un futuro convivencial, los valores y actitudes que comporta, deben impregnar y animar el recorrido por las asignaturas pendientes. Ello nos permitirá abordar la reconciliación con una visión y preocupación más englobantes, que primen lo actual sin ignorar lo pendiente. Lo que nos ayudará además, posiblemente, a ser más humildes, y menos unilaterales; a comprender, a la luz de nuestras propias dificultades, las de los otros, facilitando así la autocrítica – que puede ser una forma indirecta e implícita de pedir perdón -; a ser más flexibles y aparcar ciertos obstáculos heredados que perduran, como el maniqueísmo cainita y reductor de las dos Españas, o el de la partición en buenos y malos.
Ya hemos dicho que nos
hallamos ante uno de esos valores sólo alcanzables en la medida en que los
vamos construyendo, así estemos en tiempos desapacibles. Además, es propiamente en dicho esfuerzo
como los vamos dotando de contenido. Por eso, siendo meta, la reconciliación es
también camino, un abordaje del presente que abre futuro. Pero ¿qué entendemos
por reconciliación? Huyendo de un buenismo iluso, nos contentamos con
entenderla como la recuperación de una convivencia basada en el respeto y la
aceptación mutua. Así entendida y pretendida, hay actitudes y prácticas que la
favorecen: como el combate a la intolerancia, la puesta en valor del
pluralismo, el talante incluyente – que no sólo se pone en el lugar del otro,
sino que le hace sitio -, el rechazo de un
maniqueísmo que prolonga atmósferas pasadas, la capacidad de
autocrítica, y, en la medida en que los conflictos son inherentes a la vida
social, observatorios de vigilancia para que aquéllos no se pudran y profundización en los mecanismos inherentes a la
democracia para solventarlos.
No hay reconciliación sin generosidad y perdón. Lo prolongado y duro del enfrentamiento, sus graves y profundos desgarros humanos y sociales, la necesidad de una renuncia constructiva por parte de todos, para ganar entre todos la paz, avalan la necesidad de la primera. Respecto al segundo, respetando los procesos, habrá que pedir perdón, así sea sólo implícita e indirectamente, reconociendo autocríticamente el mal y lo mal hecho. Y en cuanto al perdón otorgado, éste no se impone ni se exige. Es gratuito y libre. Del perdón se ha dicho que es incondicional para quien lo ofrece y condicionado para quien lo recibe. Y que quien lo otorga lo recibe, aunque nadie se lo dé. Añadamos por último que en la escuela de la generosidad es donde iremos aprendiendo y madurando, todos, el perdón.
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