POR LA RAZÓN O LA FUERZA
Mikel Armendáriz, Victor Aierdi, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciaurriz, Reyes Cortaire, Jokin Elarre, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Angel Pérez-Nievas, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, Andoni Santamaría, José Luis Úriz, Patxi Zabaleta
El escudo nacional de Chile está adornado desde 1920 por un lema que dice: "Por la razón o la fuerza" ("por la razón o la fuerza, venceremos", parece que es la frase completa atribuida al libertador Bernardo O'Higgins). Quizás no suene bien del todo a nuestros oídos, puesto que presumimos de vivir en una sociedad civilizada y pacífica en la que la razón de la fuerza ha sido sustituida por la fuerza de la razón. Ya dijo Cicerón que "la fuerza es el derecho de las bestias". Pero si reflexionamos un poco sobre hacia dónde va el mundo últimamente a lo mejor llegamos a la conclusión de que ese lema bien podría figurar en el escudo de armas de muchos países.
Corremos el riesgo de que la entrada en el siglo XXI haya venido a significar, en el campo de la política internacional, la renuncia práctica por parte de la mayoría de los gobiernos y de los organismos internacionales a los principios que trataron de imponerse durante el siglo XX. Después de la Gran Guerra de 1914 (la guerra que iba a acabar con todas las guerras, y que por desgracia hubo que rebautizar como Primera Guerra Mundial porque enseguida tuvo una segunda parte) la humanidad se fijó como meta sustituir la guerra por la paz, la violencia por el derecho, la fuerza por la razón y la justicia. El Pacto de la Sociedad de Naciones de 1919 disponía que "toda guerra o amenaza de guerra, afecte o no directamente a alguno de los Miembros de la Sociedad, interesa a la Sociedad entera, la cual deberá tomar todas las medidas necesarias para salvaguardar eficazmente la paz de las naciones"; los miembros se comprometían a solucionar cualquier desacuerdo mediante arbitraje o arreglo judicial para evitar la guerra. Si pese a esos compromisos un país recurría a la guerra, se entendía que había cometido un acto de agresión contra todos los países miembros de la Sociedad, los cuales se apoyarían mutuamente para tomar las medidas oportunas y hacer respetar los compromisos del Pacto. La Constitución republicana de 1931 fue aún más lejos en el espíritu pacifista de esa época y expresó en su art. 6º que "España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional".
La Carta de las Naciones Unidas de 1945 enuncia el propósito de "Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz".
Todos estos buenos propósitos se están quedando en los últimos años en eso, en propósitos, y a menudo manipulados con mucho cinismo. El recurso unilateral a la fuerza y la inacción o la palmaria ineficacia de las instituciones internacionales se está convirtiendo en un hecho cotidiano. No se trata de algo nuevo; en las últimas décadas han sido múltiples las guerras y sus protagonistas (desde la guerra de Vietnam o la de Afganistán hasta las guerras balcánicas, pasando por las eternas guerras africanas en Angola, Sudán, etc.), pero desde la desaparición de los bloques militares y el fin de la "guerra fría" ha aumentado notablemente la tolerancia internacional ante la violencia. La guerra ya no se ve como problema que debe ser atajado cuanto antes sino como un instrumento a utilizar en caso necesario, y las grandes potencias ya ni se molestan en ocultar su participación en conflictos armados, aunque manipulen la información sobre lo que realmente está pasando. Principalmente desde el 11 de Septiembre la apelación a la lucha contra el terrorismo, y la calificación como terrorista de cualquier enemigo, tiende a convertirse en la justificación universal para recurrir a la guerra. Se va generalizando el lenguaje bélico y su uso tanto en la política internacional como en la interna de los estados.
La inflexible hegemonía de la única potencia mundial efectiva, los Estados Unidos, se manifiesta cada vez más claramente. Después de una guerra en Afganistán declarada y desarrollada de forma unilateral, se amenaza con seguir haciendo lo mismo en Iraq, Irán o cualquier otro país donde lo considere oportuno. La ONU asiente, la Unión Europea, aunque haga tímidas manifestaciones de su incomodidad con el unilateralismo americano, es incapaz de formular una política exterior y de defensa propia, y las otras posibles potencias, como Rusia o China, prefieren no rechistar mientras les dejen las manos libres para hacer lo mismo en sus propios asuntos (la guerra de Chechenia, la ocupación de Tibet, etc.) y se les prometa su plena incorporación al sistema económico mundial. Se ha generalizado la actitud común en los gobiernos de encerrarse en la defensa exclusiva de los propios intereses y a corto plazo, en una visión estrecha de la realidad internacional y miope ante el sombrío futuro a que puede abocar a toda la humanidad este orden de cosas.
Sobran los ejemplos de cómo se aprovecha el desorden internacional para sacar ventaja. El gobierno israelí de Ariel Sharon lanza una guerra salvaje muy posiblemente dirigida a acabar con cualquier poder palestino y a preservar indefinidamente la dominación sobre los territorios ocupados. La ONU no hace nada, salvo lo que lleva haciendo más de medio siglo: aprobar resoluciones y abstenerse de tomar medidas para hacerlas efectivas. Al fin y al cabo, lo mismo que hizo en 1948: aprobar la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, y la administración internacional de Jerusalén, pero abstenerse de aplicar ninguna garantía real dirigida a mantener la paz y la convivencia de dos comunidades que desde entonces han estado en guerra, y solamente una de ellas ha podido mantener y acrecentar su propio estado. Tampoco los atentados indiscriminados de fanáticos árabes que cuestan tantas víctimas inocentes favorecen en nada la distensión de esta situación de guerra.
El rey marroquí Mohamed VI se frota las manos porque el plan de arreglo aprobado por la ONU para la autodeterminación del Sahara Occidental sigue estancado. Estados Unidos y Francia, los países que tienen intereses económicos y estratégicos en Marruecos, se van quitando la careta y empiezan a proponer el reconocimiento de la anexión, que es tanto como asumir el fracaso del plan de paz y bendecir el resultado de una agresión armada (agresión que también afectó a España, que se vio forzada a abandonar el territorio precipitadamente en 1976). Una burla para el pueblo saharaui, que ha defendido su causa durante muchos años ajustándose al derecho internacional y confiando en la mediación de la ONU. Y otro caso más, de los muchos que hay, de cómo cuando intervienen las Naciones Unidas o lo hacen mal, o lo hacen tarde, o ambas cosas al tiempo; ahí está Timor Oriental, cuya reciente independencia de Indonesia costó miles de muertos, por no hablar de su papel en la desintegración de Yugoslavia.
Por desgracia da la impresión de que quienes se llevan el gato al agua son quienes apuestan por la violencia en vez de por la paz. Sobran los ejemplos: el genocidio de Ruanda, la guerra de Congo/Zaire, el silenciado conflicto de Argelia; o el apoyo que recibió en su día el hoy denostado dictador iraquí Sadam Hussein para hacer la guerra a Irán cuando esto convenía a los intereses de Occidente. No extraña que en estos momentos India y Pakistán vuelvan a su eterna guerra por Cachemira. Pueden estar seguros estos dos países que la llamada comunidad internacional no tomará otras medidas que las puramente retóricas; que el Consejo de Seguridad de la ONU seguirá bloqueado por el veto de alguno de los países que puede utilizarlo; que el recurso a las armas será observado con naturalidad e indiferencia por la comunidad internacional, y que en muy pocas semanas volverán a desaparecer de las portadas de la prensa occidental.
Algunos intelectuales, como Umberto Eco, aseguran que estamos entrando en una segunda Edad Media. Quizás esta afirmación sea exagerada, pero la realidad es que entre la razón y la fuerza cada vez más se está optando por la fuerza. Quienes nos resistimos a aceptar calladamente que se consolide este estado de cosas que no se corresponde con la condición del ser humano debemos aportar nuestro grano de arena en la reivindicación permanente de un mínimo de racionalidad que nos acerque a la paz.
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