Proyecto de Comunidad, de Estado y Europeo
Ponencia presentada es la mesa redonda organizada por la Fundación Zabaldiak el día 7 de marzo de 2002.
1. INTRODUCCIÓN.
El objeto de esta ponencia, como el de la mesa redonda, es el "Proyecto de Comunidad, de Estado y Europeo", y con tal enunciado podrían abordarse muchos y amplísimos temas, pero me centraré, como creo que era el propósito de la organización, en hablar sobre mi visión de cómo debe encajar la Comunidad Foral de Navarra en el Estado Español del que forma parte, y como a su vez España debe encajar en la Unión Europea de la que también forma parte. Porque precisamente estas cuestiones no son pacíficas en nuestra tierra y hay personas y fuerzas políticas disconformes con que Navarra forme parte de España, y personas y fuerzas políticas que aun estando conformes con que Navarra forme parte de España debaten sobre la forma en que debe articularse esa pertenencia, porque la Constitución dejó muy abierta la cuestión de la organización territorial; y aunque entre nosotros creo que no hay nadie, o al menos no se le oye, que piense que ni Navarra ni España deban integrar la Unión Europea, sí hay también diversas fórmulas sobre como debe hacerse la construcción europea, cual debe ser el papel de los Estados miembros, y el papel de las instituciones comunes europeas, e incluso cual debe ser el papel de las regiones, cómo deben organizarse las relaciones entre las diversas partes que forman la Unión Europea, y precisamente en estos días se ha puesto en Bruselas en marcha una Convención para hablar de todo esto que quizás desemboque en una Constitución para Europa.
Pero hablar de Navarra en España y de España en Europa nos lleva también a otro tema que tampoco es pacífico, y es el de la identidad de Navarra, y la identidad de España, y la identidad de Europa, es decir, qué es, y qué debe ser cada una de estas unidades políticas y geográficas.
2. SOBRE LA IDENTIDAD.
Es precisamente la identidad uno de los muchos lugares comunes habituales en la política navarra. Muchas fuerzas políticas afirman que entre sus fines está el de defender una determinada identidad. Así, Alberto Catalán, secretario general de UPN, en febrero de 2001 declara al periódico El País lo siguiente: "defendemos a ultranza la identidad de Navarra, y ésa es nuestra esencia. Y lo hacemos con rotundidad y contundencia. Fue nuestro eje fundacional y precisamente nuestra presencia política, nuestra proyección social, no capta adeptos en la ideología del reformismo centrista que propugnamos, sino que aglutina a todas aquellas personas que tienen muy clara la identidad propia de Navarra. Por eso en UPN cabe gente de la derecha conservadora, democristianos, liberales o personas de centro izquierda o centro progresista, en que algunos militamos. Teniendo clara la defensa de Navarra, lo demás, la ideología, muchas veces sobra". Prácticamente lo mismo que escribe Jaime Ignacio del Burgo el 3 de febrero de 2001 en Diario de Noticias: "UPN nació con la finalidad de defender la identidad de Navarra. La ideología, es decir, el conjunto de principios relativos al modelo de sociedad quedó en un principio oscurecida por la intensidad de la lucha política relativa a los objetivos fundacionales".
Claro está que UPN no es el único partido que pretende defender una determinada identidad. El artículo 2 de los estatutos de Convergencia de Demócratas de Navarra se marca como fin de ese partido, entre otros, "Defender la identidad nacional de Navarra como Comunidad política diferenciada". Por su parte, la Ponencia socioeconómica del último congreso de Eusko Alkartasuna dice: "Tenemos que construir como partido socialdemócrata una sociedad más justa y solidaria, igualitaria y desarrollada, en lo social, cultural y económico, en la que queden reservados y garantizados los valores y señas de identidad de la nación vasca", y añade más adelante: "no podemos, ni queremos, limitarnos a estudiar y proponer soluciones circunscritas únicamente a nuestro País, aunque la pertenencia a nuestra Nación y la identidad como vascos y vascas, sea nuestra razón más específica de existir como partido político". En los documentos del último congreso del PNV se afirma: "Euzko Alderdi Jeltzalea-Partido Nacionalista Vasco está comprometido desde su nacimiento con la defensa y desarrollo de los signos de identidad del Pueblo Vasco y, en consecuencia, con la defensa de sus derechos históricos de autogobierno. Ha estado comprometido desde su fundación -hace más de cien años- con el trabajo para consolidar y desarrollar sus señas de identidad, sus tradiciones, su lengua -el euskera-, su cultura, su manera de ser y trabajar, su vocación social, su defensa de los derechos individuales, etc.". Por su parte, en los documentos elaborados en 1999 en las jornadas de extensión de Euskal Herritarrok en Navarra se afirmaba: "aspiramos a construir Euskal Herria desde la totalidad de Nafarroa y dando la palabra al pueblo. Saben que no aceptaremos ningún proyecto contra la voluntad de las y los navarros. Que propugnamos una vertebración territorial respetuosa con la pluralidad y la identidad de los diversos territorios de Euskal Herria, sin imposiciones, ni centralismos"; "Por medio de esta iniciativa nueva y abierta, l@s navarr@s de izquierdas defensor@s [sic] de nuestra identidad, queremos construir el futuro diseñando la Nafarroa del siglo XXI".
La existencia de tantos partidos y tan distintos defendiendo la identidad sugiere que no hay un acuerdo sobre cual es la identidad que debe defenderse, o en otras palabras, que hay distintas concepciones sobre cual es la identidad de nuestra comunidad política. Muchas veces estos debates se suelen simplificar afirmando que en Navarra compiten dos formas distintas de entender su identidad: el navarrismo y el nacionalismo vasco. La primera entiende que Navarra tiene una identidad distinta a la del País Vasco, por lo que su defensa implica la opción de combatir la integración en la Comunidad Autónoma del País Vasco o en cualquier otro tipo de organización política común. La segunda entiende que Navarra comparte la misma identidad cultural y nacional con otros cinco o seis, según se mire, provincias o herrialdes, por lo que la defensa de la identidad implica un proyecto de unidad política, bien dentro de la actual Comunidad Autónoma Vasca o preferentemente en un futuro estado vasco independiente.
Yo me voy a permitir discrepar de este análisis y voy a proponer otro. En Navarra existen personas y fuerzas políticas que proclaman la defensa de la identidad, de alguna identidad, como uno de sus fines, objetivos o instrumentos, mientras que otras consideran (consideramos) las identidades individuales o colectivas uno de los muchos factores con los cuales hay que contar en la vida política, pero no el eje de sus programas o actuaciones. Podríamos hablar de partidos identitarios y no identitarios, o si se prefiere de partidos nacionalistas y no nacionalistas.
Me adscribo a los segundos, y me producen cierta desconfianza los partidos que proclaman entre sus objetivos la defensa de una identidad nacional, regional o étnica, pues con esa fórmula suele casi siempre enmascararse la defensa de otros intereses que no se hacen explícitos.
La identidad se puede entender de varias formas. La más obvia es la identidad ontológica, la que se deriva del primer significado que el Diccionario de la Real Academia Española otorga a la palabra identidad: cualidad de idéntico, siendo idéntico lo que es lo mismo que otra cosa con la que se compara. De lo que resulta que hablar de la identidad de una cosa supone decir qué es esa cosa en comparación con otra, pero frecuentemente en política se habla de identidad sin ofrecer términos de comparación, lo que significa decir de una cosa que es igual a sí misma, lo que a los efectos que aquí nos interesan resulta más bien poco útil; decir que Pepe es Pepe, o que una rosa es una rosa no nos ayuda mucho, aunque algún político navarro sí que ha llegado muy lejos diciendo que Navarra es Navarra.
La forma más útil de entender la identidad es como una síntesis de las diferentes clases a las que pertenece el objeto, o la enumeración de las características relevantes de algo, es decir, la segunda acepción del DRAE: "conjunto de rasgos propios de un individuo o colectividad". Gustavo Bueno (en El mito de la cultura) ejemplifica esta identidad sintética recordando que Platón se define como hombre, varón, griego, ateniense y de la época de Sócrates. Pero esta identidad sintética puede a su vez entenderse de dos modos, como una identidad esencial, es decir, con un contenido invariable, unas características eternas que se mantienen a lo largo del tiempo, o como una identidad sustancial, no como algo estático o inmóvil, sino como algo que sufre cambios, que varía de contenidos, pero que en el proceso sigue constituyendo una misma cosa reconocible. El símil adecuado es el de un organismo vivo: los materiales que lo sustentan van cambiando, pero el organismo permanece como algo reconocible.
Quienes hacen objeto de su acción política la defensa de una determinada identidad suelen referirse a ella como si constituyera una identidad esencial. Se supone que Navarra tiene determinadas características esenciales que se mantienen a lo largo de su historia y que por formar parte de su esencia, de su identidad, deben preservarse a toda costa. Lo mismo da que esas esencias tengan carácter cultural, político o religioso; imponen el deber de conservación y su defensa frente a quienes amenazan la identidad por pretender alterar alguna de esas características casi sagradas. Como ha escrito Miguel Sánchez-Óstiz (Derrotero de Pío Baroja) "En Navarra y en Pamplona ha habido siempre mucho de "lo más sagrado", tal vez demasiado"
Ningún sociólogo, antropólogo o filósofo admite hoy que existan esas identidades grupales de carácter esencial. Cualquier sociedad moderna no está aislada de su entorno, sino en permanente equilibrio dinámico y en intercambio metabólico con otras sociedades. Su cultura, su lengua, su economía, sus costumbres, sus creencias, su sistema político, no dejan de cambiar, y como en todo sistema, la energía necesaria para mantener sus procesos ha de tomarla del entorno, es decir, de otros sistemas, de otras culturas, de otros modelos políticos. La única identidad de carácter invariable, al menos en la escala de tiempo que podemos manejar los seres humanos, probablemente sea la identidad humana, esa que en un reciente libro de José Antonio Jáuregui que se titula precisamente así, La identidad humana, se considera como la más importante. Afirma este autor su propósito de "demostrar que los seres humanos somos humanos, que la sociedad más fundamental es la antrópolis, la sociedad humana, y que nuestra cultura más rica es la cultura humana, el patrimonio de la humanidad, pero no como un tema uniforme, monótono y tedioso, sino como un tema con variaciones inesperadas, distintas, distantes y divertidas". Las identidades parciales que constituyen esas variaciones sobre una identidad humana común, sean culturales, religiosas, étnicas, nacionales, son las que no cesan de evolucionar en el tiempo.
Aunque nadie pone en duda en el mundo de hoy que vivimos en sociedades en continuo y acelerado cambio, y además nadie se manifiesta en contra del progreso, a la hora de hacer los discursos políticos sobre la identidad se aparca esta evidencia y se habla como si las identidades fueran eternas, con sus antecedentes en épocas remotísimas, prehistóricas, míticas, anteriores a la historia comprobable, y alimentando la ilusión de su conservación indefinida.
El hecho de que las sociedades cambien, y en nuestra época de forma acelerada, implica que quien afirma la defensa de una identidad y al mismo tiempo no reniega del progreso en realidad está dando por supuesto que algunas características de la sociedad en la que vive van a desaparecer y van a ser reemplazadas por otras importadas del exterior, mientras que otras van a pervivir. Cuando afirma defender las señas de identidad de su comunidad, por tanto, esa persona asume que esa defensa es selectiva; está dispuesta a defender unas determinadas características que entiende que deben conservarse, mientras que otras determinadas características quedan excluidas de tal defensa ya que su destino es desaparecer, y otras de carácter novedoso se irán introduciendo y pasarán a formar parte, siempre de forma temporal, de la identidad.
Vamos a pensar qué puede significar esto referido a la identidad de Navarra. Hace cincuenta años Navarra era, según lo define cualquier estudio que consultemos, una sociedad agrícola, mayoritariamente rural, conservadora y anclada en un catolicismo tradicional, por no decir integrista, y un sistema político autoritario y caciquil. Hoy lo más normal es decir todo lo contrario; Navarra es una sociedad industrializada, mayoritariamente urbana, menos conservadora (decir que es progresista me parecería exagerado), secularizada y con una creciente pluralidad religiosa, y con un sistema político democrático. Ninguno de los partidos que defienden la identidad de Navarra, creo yo, propone una vuelta a los rasgos que identificaban a Navarra hace cincuenta años. Entonces, ¿cuál es el contenido de la identidad que se defiende? Cada uno selecciona discrecionalmente cuáles son los rasgos de identidad que deben mantenerse y descarta los demás. Para unos la identidad de Navarra consiste en ser españoles y diferenciarse de los vascos; para otros, en hablar en euskera; para otros, en mantener los fueros; y así sucesivamente. Esta pluralidad en la defensa de la identidad revela una pluralidad intrínseca de identidades en el seno de nuestra sociedad.
¿Quiero decir con esto que la identidad es un mito, que no existe? Por supuesto que no. La identidad existe; existen ciertas características de cada comunidad que, en un momento de la historia, permite compararla y diferenciarla de otra comunidad, permite decir que no es idéntica a ninguna otra, exactamente igual que tampoco hay dos personas idénticas. Y existe el sentimiento de identidad, la identificación emocional con determinadas características, aspiraciones y símbolos de la propia comunidad a la que se pertenece, o como se dice en la tercera acepción de identidad en el DRAE, "la conciencia de una persona de ser ella misma". Existen más que rasgos de identidad colectiva rasgos de identificación colectiva, igual que existen rasgos de identificación individual (nombre, edad, sexo, lugar de nacimiento, padres, estatura, peso, color de ojos y pelo, número del DNI, o en el futuro cada vez más pruebas de DNA). Es obvio que se puede identificar a Navarra como una sociedad que habla en castellano y en euskera, y no en inglés y tagalo como lo hacen en Filipinas. O como una sociedad de religión mayoritariamente católica, y no luterana como Islandia o musulmana como Marruecos. O como una sociedad mayoritariamente alfabetizada, al contrario que Afganistán. O como sociedad industrializada, al revés que Somalia. O como la sociedad cuyos patronos son San Francisco Javier y San Fermín.
Pero cosa muy distinta es admitir que Navarra tiene una identidad propia, como la tiene cualquier grupo humano (como la tiene la Ribera, o el Valle de Roncal, o el Valle de Arán, o la tiene Europa, o la tiene la Iglesia Católica y el Islam, y también los aficionados al fútbol, y los socialistas, los liberales, los obreros, las mujeres, los jóvenes, los militares, los marinos, etc.), y otra que esa identidad deba convertirse en el objeto principal de la acción política. Y mucho menos que la identidad sea algo que preexiste a sus defensores, que tiene una existencia objetiva e indudable, y que las únicas opciones políticas que se pueden adoptar al respecto sean la de defensa de la identidad o la del ataque. La identidad como objeto de un programa político es siempre algo que no tiene existencia fuera de ese programa, que existe solo en cuanto es enunciada como programa, porque como he dicho la definición de esa identidad es selectiva y a gusto del consumidor.
Sin embargo quienes hablan en nombre de una identidad amenazada, porque la identidad que es objeto de un programa político siempre es una identidad amenazada y por eso necesita defensa, lo hacen como si esa identidad no solo tuviera carácter esencial y eterno, sino como si constituyera una verdad self-evident, como dice la declaración de independencia de Estados Unidos, una verdad evidente por sí misma.
Como sucede en muchos otros casos, parafraseando ese dicho popular según el cual "el que parte y reparte se lleva la mejor parte", quien define la identidad y pretende hacerla pasar por un hecho objetivo y evidente suele también tratar de imponer la definición que más le favorece. La presunta identidad que se aparenta defender con enorme altruismo y desinterés suele ser un argumento interesado, bien para defender un determinado orden socioeconómico o político ya establecido, o bien para impugnarlo y sustituirlo por otro.
Otra de las virtudes de la identidad como finalidad política es que sirve para imponer determinados patrones de conducta y reprimir la disidencia de quienes no los comparten, como argumento para establecer la homogeneidad cultural, política o religiosa. Vamos a recordar aquella época en que se consideró que la identidad de España se basaba en la unidad "espiritual", la unidad en el catolicismo más ortodoxo. La consecuencia lógica era exigir que todo español fuera católico, porque no serlo era un ataque a la identidad común. En nombre de esa unidad se expulsó a judíos y moros; en nombre de esa unidad se encarceló, expulsó o ejecutó a los protestantes y a cualquier sospechoso de herejía; se exigió la limpieza de sangre y la demostración de ser cristiano viejo para ejercer determinados oficios; se cerró España a determinadas corrientes de pensamiento y ciencia que surgían en otros lugares de Europa. Hoy esta situación se mantiene en otros países; en nombre de una supuesta identidad religiosa, y no sólo en Afganistán, se obliga a la mujer a ser casi invisible bajo un velo, se practica la mutilación genital o la lapidación ritual, y se pretenden justificar tales prácticas ante la intromisión de los organismos internacionales o agencias humanitarias con el argumento de la defensa de una cultura distinta y de la propia identidad.
Debemos preguntarnos si en una sociedad pluralista, y recordando que el pluralismo es uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico, como proclama el artículo primero de la Constitución española, tiene sitio la defensa de la identidad cuando esa identidad se predica de toda una nación o de toda una región y pretende imponerse desde los poderes públicos como parte de un programa político.
Porque la defensa de la identidad individual resulta perfectamente legítima. Hoy no sólo se admite como una exigencia ineludible de cualquier sociedad que cumpla con los derechos humanos que respete la identidad cultural o religiosa de cada persona, permitiéndole libremente el ejercicio de los actos de culto privados o públicos derivados de sus creencias religiosas, o el aprendizaje y uso de su lengua, o la práctica de cualesquiera costumbres siempre que no invadan el ámbito penal, sino incluso que respete su identidad sexual. En otros tiempos, junto a falsos conversos y herejes se reprimía también la homosexualidad y ni cabía hablar de la transexualidad; en estos momentos se tramita en las Cortes Generales una "Proposición de Ley sobre el derecho a la identidad sexual" en la cual se afirma que "el transexual diagnosticado como tal tiene derecho a adaptar irreversiblemente su anatomía a la identidad sexual que siente y vive, así como a rectificar la mención registral de sexo y nombre".
En cambio la defensa de una supuesta identidad colectiva o bien implica exigir coactivamente que todos los miembros de esa comunidad se adapten a las características que definen esa identidad (y así exigimos de todos los individuos la misma identidad religiosa, cultural, política o sexual), o bien no deja de ser un mito apropiado para la movilización política pero sin demasiado contenido.
Entre nosotros ya nadie, o casi nadie, habla de que la defensa de la identidad de Navarra pase por la homogeneidad de los navarros. Los navarros no tenemos porqué ser todos católicos, o todos musulmanes, o todos ateos; ni tenemos porqué ser todos heterosexuales, o todos homosexuales; ni tenemos porqué ser todos de izquierdas, o de centro, o incluso de derechas (aunque hoy nadie dice ser de derechas); ni tenemos porqué hablar todos la misma lengua, sea el castellano, el vascuence, el inglés o el árabe. Y se supone que tampoco tenemos todos que ser foralistas, amantes de los sanfermines o caminantes en las javieradas (y digo esto porque un autor navarro ha considerado como "hitos de configuración de la identidad colectiva navarra moderna" a los fueros, los sanfermines y la javierada).
El dogma de la homogeneidad cultural de las naciones, o la especificidad y unidad cultural como base de una comunidad política afortunadamente está decayendo ante la evidencia contraria. Hay países que así lo han reflejado incluso en sus textos constitucionales. La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos dice en su artículo cuarto: "La nación mexicana tiene una composición pluricultural"; y la Constitución boliviana en su artículo primero hace la siguiente definición: "Bolivia, libre, independiente, soberana, multiétnica y pluricultural, constituida en República unitaria, adopta para su gobierno la forma democrática representativa, fundada en la unidad y la solidaridad de todos los bolivianos".
Hoy se habla mucho de multiculturalidad o pluriculturalidad. Afirmar que hoy estamos abocados a vivir en una sociedad multicultural parece sugerir que hasta ahora hemos vivido en una sociedad culturalmente homogénea, y que es la llegada de inmigrantes que traen otras culturas la que nos lleva a la multiculturalidad. Pero esta es una visión muy contaminada por el ideal nacionalista que se ha impuesto en los siglos XIX y XX y considera a cada país como un ámbito culturalmente homogéneo. La realidad más bien nos indica que todas las sociedades son multiculturales, porque en ellas coexisten distintos grupos humanos que comparten sistemas propios de comprensión del mundo, distintos sistemas de conocimiento que les proporcionan un modelo de realidad específico, generados y compartidos por el grupo al cual identifican.
Sin salir de Navarra, es obvio que siempre ha sido una sociedad multicultural. No hace falta que nos vayamos hasta la Edad Media para hablar de la convivencia con judíos, moriscos, francos, grupos que convivían cada uno con su propia lengua, su propio ordenamiento jurídico y hasta su propia religión. Hasta nuestros días, como pone de relieve Xabier Erize Etxegarai (Vascohablantes y castellanohablantes en la historia del euskera de Navarra), ha llegado la coexistencia de dos comunidades lingüísticas, la vascohablante y la castellanohablante, que proviene de antiguo, y de antiguo (desde la dinastía Jimena) la de habla romance ha detentado el poder político y económico, pero la vascoparlante se ha mantenido fuertemente ligada a formas de organización social gentilicia. Por cierto que me parece muy acertada la reflexión de Erize, no muy acorde con el tópico que maneja el nacionalismo vasco de que el Reino de Navarra fue una monarquía vasca, sobre que el centro simbólico e institucional del Reino fue siempre de habla romance y situado en la Zona Media, y que "para el mundo castellanohablante, ellos eran la sociedad navarra y sus instituciones", mientras que "sabían de la existencia del euskera, pero en el fondo no lo consideraban más que como algo particular de una zona geográficamente marginal y sin función significativa en la sociedad navarra: como una lengua proveniente del pasado y en retroceso".
Pero la pluralidad cultural de Navarra, como la de cualquier otra sociedad moderna, va más allá de la cuestión lingüística. También hablamos de una cultura urbana contrapuesta a una cultura rural, y las dos están muy presentes en nuestra tierra. Existe una cultura obrera, y una cultura agrícola; una cultura juvenil (aunque esta se cura con la edad); una cultura propia de las mujeres, y una cultura masculina; y así sucesivamente. Y para complicar más el panorama vamos a recordar también a la comunidad gitana, establecida entre nosotros desde hace siglos.
Todas las sociedades son pluriculturales o multiculturales. Lo que está sucediendo ahora, y por eso se habla tanto de multiculturalismo, es que debido a una serie de fenómenos, entre los cuales el más importante es la emigración, es que esa pluriculturalidad se radicaliza, las diferencias entre diversos grupos que conviven en un mismo territorio se hacen más patentes y más profundas que antes, el contraste es más visible. Y por eso los problemas de convivencia entre diversos grupos culturales, que han existido siempre, se agudizan.
Y sin embargo se sigue hablando de una identidad de Navarra que es objeto de defensa en el campo de la política. ¿En qué consiste esa identidad? Me temo que en una cosa muy simple. Defender la identidad de Navarra consiste en llevar a la práctica lo que dice el programa político de cada partido que dice defender la identidad. Quienes son contrarios a la integración de Navarra en una entidad política vasca, afirman que esa integración es incompatible con la preservación de la identidad de Navarra. Quienes son partidarios de esa integración, afirman que la defensa de la identidad de Navarra la exige.
En mi opinión, en una sociedad democrática y pluralista la defensa de la identidad no puede significar más que estas dos cosas:
1º Que mediante los mecanismos de participación propios de la democracia son los propios miembros de una comunidad, todos los ciudadanos, los que tienen la potestad de decidir qué es lo que quieren ser, qué características de su comunidad quieren conservar y cuales quieren cambiar. En suma, que la identidad colectiva está en manos de las decisiones que día a día van tomando sus titulares.
2º Que cada persona, y cada grupo social, tiene también derecho a decidir su propia identidad, es decir, a decidir qué quiere ser, en qué quiere creer y cómo quiere vivir. Y este derecho a la identidad sólo puede tener un límite, y es el que marque el Código Penal, límite que se deriva del respeto a los derechos fundamentales de los demás. Por eso llevar turbante o llevar un pañuelo en la cabeza es un símbolo de identidad para determinadas personas que debe respetarse; en cambio la ablación genital o la no escolarización de las mujeres no debe permitirse. Leo a Fernando Savater (El País, 8 de marzo de 2002) que "si el multiculturalismo se entiende como el derecho a que coexistan en el mismo plano dentro de la democracia los criterios democráticos y los que no lo son, el sistema se irá corrompiendo más y más". Tiene razón en esta afirmación, pero no la tiene en suponer que la reivindicación de multiculturalismo implica dar por igual de válido cualquier contenido cultural. Los enemigos del multiculturalismo empiezan a exigir de los inmigrantes que acepten "nuestra cultura". ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué les tiene que gustar el fútbol, los toros, la sangría, la tortilla de patatas, el gazpacho y dormir la siesta? Ni siquiera un español está obligado a ello, ni a aceptar la cultura española. Lo que tanto españoles como inmigrantes tienen que aceptar es cumplir las leyes. Estoy totalmente de acuerdo con lo manifestado por Manuel Pimentel, exministro de Trabajo con el PP, en El País de 9 de marzo de 2002: "Si por multiculturalismo entendemos que bajo una misma frontera convivan culturas distintas gobernadas por leyes propias y diferentes, no cabe duda que estaríamos ante un fenómeno negativo y disgregador, que ocasionaría graves desequilibrios en el futuro. Es mejor el principio del Estado de Derecho: un país, una ley. Si por multiculturalismo se entiende que cada persona pueda expresar su cultura, dentro del imperio de la ley del país receptor, estaríamos ante un hermoso ejercicio de libertad".
3. EL AUTOGOBIERNO.
Que Navarra tiene derecho a su autogobierno, que los ciudadanos navarros somos los únicos que tenemos que decidir cómo gobernarnos, al menos en las cosas que sólo nos afectan a nosotros, es algo que no se discute por nadie y que yo desde luego comparto. Pero sí que quiero hacer un par de reflexiones sobre el autogobierno de Navarra.
En primer lugar, me parece evidente que Navarra ha alcanzado las máximas cotas de autogobierno con el Amejoramiento del Fuero, del que ahora se celebra el vigésimo aniversario. Frente a determinados mitos sobre las instituciones de Navarra en la Edad Media o en la Edad Moderna, sobre los fueros como un régimen de soberanía o como una constitución que anticipara en varios siglos un régimen de libertades para los navarros, me parece que un régimen de libertad y de autonomía en el sentido que le damos hoy no ha existido anteriormente. Los navarros no hemos tenido reconocida la potestad legislativa a través de un órgano representativo hasta 1982. Las antiguas Cortes de Navarra tenían una composición estamental nada representativa según los criterios actuales y no tenían capacidad de aprobar las leyes, solamente de proponerlas (en forma de "pedimento de ley"); era el Rey y, en su nombre, el virrey el que hacía las leyes. Y hasta 1841 Navarra carecía de lo que hoy denominamos autonomía administrativa, que estaba también en manos del Rey a través del Consejo Real. Con la Ley Paccionada de 1841 se creó un régimen de autonomía en el cual la Diputación Foral asumió una serie de competencias de carácter administrativo y fiscal que posteriormente, desde 1982, se han ido ampliando con la transferencia de servicios desde la Administración del Estado. Por eso me parece que hasta tiempos muy recientes los navarros no hemos sido dueños de nuestro destino.
Sin embargo, el autogobierno conseguido por los navarros, que por supuesto es manifiestamente mejorable, hoy está amenazado y corre el riesgo de sufrir recortes.
No creo que el riesgo sea, como se proclama continuamente desde el navarrismo, la anexión al País Vasco. Esa cuestión está resuelta en la Constitución (Disposición Transitoria Cuarta), en el Estatuto vasco y en el Amejoramiento, y mediante un pacto que en su día exigió sobre todo Del Burgo, el ideólogo del navarrismo, y suscribieron UCD, PSOE y PNV. Los navarros tenemos la facultad de decidir si queremos o no integrarnos en la Comunidad Autónoma del País Vasco mediante un referéndum; y no parece que vaya a ser así porque hoy creo que ningún partido político lo plantea. Por otro lado, una incorporación a la fuerza por la presión del terrorismo de ETA, amenaza que algunos se empeñan en proclamar constantemente, es algo completamente fuera de la realidad. ETA tiene capacidad para matar, para amenazar, para causar mucho sufrimiento; pero carece de ninguna posibilidad de imponer sus objetivos políticos. Es un grupo políticamente derrotado y crecientemente aislado.
Me parece que el riesgo viene de otros factores que están relacionados entre sí. Por una parte, de la política autonómica que está practicando el PP, y que aspira a cerrar el proceso autonómico reconduciéndolo a un nuevo modelo de uniformidad. Si bien no pone en cuestión la existencia de las Comunidades Autónomas y de las competencias que, en virtud de los Estatutos de Autonomía, tienen asumidas, sí que propugna establecer una serie de mecanismos de homogeneización y de coordinación que sitúen de nuevo las decisiones políticas más importante en el centro. La Ley de Estabilidad Presupuestaria es un buen ejemplo de esto. Donde antes hubo cincuenta provincias que se pretendían regir uniformemente desde Madrid, ahora hay diecisiete Comunidades Autónomas que se quieren regir uniformemente desde Madrid, sea desde la Moncloa o desde la calle Génova. Me parece significativa a estos efectos una acusación que continuamente el PP hace contra el PSOE: que no tiene una política nacional sino diecisiete políticas distintas, una en cada Comunidad Autónoma. Yo creo más bien que un partido que se tome la Constitución española en serio debiera tener dieciocho políticas; una para cada Comunidad Autónoma y otra más de carácter general. Porque lo que caracteriza al Estado autonómico es que todas las Comunidades tienen una autonomía de carácter político, que incluye la potestad legislativa a cargo su propio parlamento, y eso los manuales dicen que consiste en poder desarrollar sus propias políticas en el marco común establecido por la Constitución y la legislación básica del Estado. Que el PP se vanaglorie de tener una sola política para toda España no es un ejercicio de coherencia sino de vocación centralista.
Al mismo tiempo, el proceso de construcción europea supone una transferencia de competencias desde los Estados miembros hacia las instituciones comunitarias. Y muy frecuentemente esas competencias, en el caso de España, no corresponden al Estado en el sentido de organización central, sino a las Comunidades Autónomas. Esto es muy evidente, para una comunidad con amplias competencias fiscales como Navarra, en el campo económico. En cuanto progrese la armonización fiscal en el ámbito europeo se recorta la capacidad de decisión de Navarra. Esto no quiere decir que debamos oponernos de principio a esa armonización, que si se hace bien puede ser positiva. Pero para poder decir que Navarra mantiene su autonomía fiscal es obvio que debiera estar representada donde se toman las decisiones, tanto en Madrid como en Bruselas. Esta es la hoy tan debatida cuestión de la representación de las Comunidades Autónomas ante la Unión Europea, y a la que de momento el Gobierno del PP no da otra solución que reafirmar su monopolio para negociar en Bruselas, incluso frente a opiniones mucho más lúcidas de otros miembros del propio PP, como es Manuel Fraga, que propone la búsqueda de fórmulas de participación de las Comunidades Autónomas.
Y me tengo que referir también a los fenómenos que se vienen amparando bajo la etiqueta de la globalización, y que en muchos casos no significan sino el avance internacional del capitalismo bajo fórmulas neoliberales, esto es, propugnando en teoría la libertad de mercado, la libre competencia y la desregulación económica, e imponiendo en la práctica el dominio de oligopolios multinacionales que dictan a los gobiernos las políticas económicas que deben seguir bajo la amenaza de la deslocalización de las inversiones y otras sanciones indirectas a través de los organismos internacionales que controlan, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Bajo la apariencia de que las políticas aplicadas en nombre del "pensamiento único" neoliberal fomentan el bienestar y la riqueza y son la única esperanza para los países menos desarrollados, las estadísticas elaboradas por organismos poco sospechosos del sistema de las Naciones Unidas nos dicen que su resultado real es hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, que las desigualdades a nivel mundial se están profundizando y que además no se está poniendo coto a la degradación ambiental.
Un efecto directo de esta tendencia mundial es el creciente traspaso de poder desde las instituciones públicas, incluidos parlamentos y gobiernos, a instituciones privadas, y principalmente al mundo empresarial. En Navarra conocemos de primera mano esa situación de dependencia. Una buena parte de la economía navarra descansa en un monocultivo, el del automóvil, que depende de decisiones tomadas más allá de las mugas forales. Nuestra autonomía y capacidad de decisión en materia económica está fuertemente condicionada no por las decisiones tomadas más o menos democráticamente por las instituciones representativas de Navarra, ni siquiera por las adoptadas en Madrid o Bruselas, sino por decisiones tomadas en Alemania con estrictos criterios de rentabilidad económica para los propietarios de la empresa que fabrica algunos de sus coches en Navarra.
Mantener en Navarra políticas económicas como las que patrocinan el PP y UPN, perfectamente acordes con los moldes de la globalización neoliberal, reduciendo el peso del sector público, reduciendo el gasto público y transfiriendo responsabilidades al sector privado, no conduce sino a menguar las posibilidades de autogobierno, ya que el autogobierno se ejerce a través de los poderes públicos o simplemente no existe.
4. EL FEDERALISMO.
Decía antes que nadie pone en duda la capacidad que hemos de tener los navarros para gestionar nuestros asuntos. Pero tampoco duda nadie de que estamos obligados a convivir con el resto del mundo, y que compartimos intereses y aspiraciones con otras comunidades, empezando por las que tenemos más cerca y con las que compartimos la pertenencia al Estado español y a la Unión Europea. Así que el autogobierno ha de conciliarse con esa pertenencia, que puede hacerse a través de diversas fórmulas, sean de descentralización, de regionalismo o, como personalmente prefiero, de federalismo.
Hace más de un siglo Francisco Pi y Margall escribía en Las nacionalidades "Yo estoy por que, en vez de agitar el mundo para reconstituir naciones, fundándonos, ya en la identidad de raza, ya en la de lengua, ya en la de creencias, ya en las llamadas fronteras naturales, agitación que no puede menos de traer incesantemente perturbado el orbe, se trabaje en todas partes por que se restituya la autonomía a los grupos que antes la tuvieron, dejándolos unidos a los actuales centros sólo para la defensa y el amparo de sus comunes intereses"; "La federación es un sistema por el cual los diversos grupos humanos, sin perder su autonomía en lo que les es peculiar y propio, se asocian y subordinan al conjunto de los de su especie para todos los fines que les son comunes. Es aplicable, como llevo dicho, a todos los grupos y a todas las formas de gobierno. Establece la unidad sin destruir la variedad, y puede llegar a reunir en un cuerpo la humanidad toda sin que se menoscabe la independencia ni se altere el carácter de naciones, provincias ni pueblos".
Creo que estas afirmaciones siguen siendo válidas hoy. Frente a la pretensión de constituir comunidades políticas sobre la base de una identidad nacional, regional, étnica, cuya crítica ya he hecho, creo que lo que debe caracterizar a la polis es ser un espacio de convivencia plural donde se trabaja por el respeto de los derechos de todos, incluido el derecho a la propia identidad, el derecho a la igualdad ante la ley y el derecho a ser diferente. En este sentido me uno a quienes propugnan un patriotismo constitucional, no en el sentido en que pretende hacerlo el PP, como orgullo de ser español, que no es más que una reedición vergonzante del nacionalismo preconstitucional, sino en el sentido de que son las instituciones que aseguran los derechos de los ciudadanos lo que realmente debe unir a la comunidad política. No se trata más que de la actualización del concepto de nación tal como se acuñó en la Revolución Francesa: un conjunto de ciudadanos que vive bajo una ley común y que están representados por el mismo parlamento; concepto político de nación que luego ha quedado oscurecido por el concepto cultural de nación de origen alemán, basado en la identidad lingüística o étnica.
El nacionalismo cultural o identitario se convierte en una nueva religión, difunde una idea esencialista y trascendente de la nación que en vez de derechos genera obligaciones. Muchos Estados nacionales se han convertido en nacionalistas, pueden garantizar la libertad religiosa y de pensamiento pero imponen, con más o menos ímpetu, una confesionalidad "nacional", una idea oficial sobre la nación. El Estado, en su Constitución o a través de sus ritos simbólicos, fomenta una determinada idea de la nación, que suele corresponder a la concepción de una parte mayor o menor de la población. He escrito (Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra) que el Estado debiera ser también "no confesional" en lo nacional, respetar el pluralismo y no propugnar ninguna idea trascendente en torno a la nación salvo la de nación puramente política: conjunto de ciudadanos unidos por un gobierno o una constitución común, pero libres para profesar una idea distinta sobre la nación, como son libres para profesar una u otra religión o ideología. Debiera disociarse entre ser un buen ciudadano, que exige simplemente cumplir con la ley, y ser un buen patriota –un buen español, un buen vasco, un buen alemán-, que implica profesar una determinada identidad nacional o el orgullo de pertenecer a determinada nación, cosas que responden al ámbito de los sentimientos personales y de las creencias privadas.
Es obvio que en España se produce un hecho plurinacional, aunque no en el sentido que existan varios territorios diferenciados cada uno de los cuales tenga una identidad nacional distinta, o varios cuerpos políticos perfectamente diferenciados que haya que articular entre sí, lo que sería fácilmente resoluble preguntándoles si quieren seguir viviendo juntos o no. La cuestión es que dentro de cada uno de esos cuerpos políticos o territorios también se produce pluralidad en cuanto a la identidad nacional. Por ejemplo, en la Comunidad Autónoma del País Vasco existen ciudadanos que se consideran vascos, pero no españoles; otros se consideran vascos y españoles, y entre ellos algunos más vascos que españoles y otros españoles por encima de todo. Internamente el País Vasco también es plurinacional, los vascos tienen identidades nacionales diferentes. Y la cuestión se complica con el hecho de que muchos vascos se consideran parte de una nación que comprende también a Navarra y al País vasco-francés. Parece que la mayoría de los navarros no se consideran parte de esa nación, por lo que no sienten la obligación de dar respuesta a las necesidades de identidad de los vascos –y navarros- que requieren algún tipo de unidad política. No se trata sólo de articular políticamente el País Vasco con España, sino de vertebrar a los vascos entre sí, a los navarros entre sí, a vascos con navarros, y a todos ellos con el resto de los españoles. Encontrar un marco político que asegure la satisfacción de las diversas identidades nacionales es una tarea complicada.
Creo que un marco político que permita la convivencia de las diversas identidades nacionales existentes en España puede ser un estado federal no confesional –en ninguno de sus niveles- en lo nacional. Un estado que no haga otra definición de la nación que la puramente política y que no atribuya la soberanía ni al todo ni a sus partes, sino a los ciudadanos, como decía el frustrado proyecto de Constitución federal de 1873: "La soberanía reside en todos los ciudadanos, y se ejerce en representación suya por los organismos de la República, constituida por medio del sufragio universal". Una federación donde cada una de sus partes tenga poder suficiente para darse su propia constitución y definir su propia identidad –la que puedan consensuar sus ciudadanos a través de las decisiones que democráticamente adopten para organizar su convivencia- sin necesidad de que le venga otorgada desde fuera. Una federación compuesta por estados internamente descentralizados, pluralistas e integradores. Esto implica la sustitución de la cultura nacionalista actual por una alternativa cultura federalista, la potenciación de las ideas de pacto y convivencia frente a las de identidad y diferencia.
En este marco la defensa del patriotismo constitucional no puede referirse a un ámbito territorial determinado, y mucho menos a una comunidad con una identidad esencialista para la cual deben reclamarse derechos que se niegan a otras comunidades, o por la cual se siente un orgullo de pertenencia y a la cual es de aplicación en exclusiva el lema "todo por la patria". Como escribió en 1878 otro federalista, en este caso navarro, Serafín Olave (El pacto político como fundamento histórico general de la nacionalidad española), "Navarra es muy difícil reconquiste su antiguo bienestar perdido y, si por azar lo logra, es imposible lo asegure y consolide; mientras las demás provincias no disfruten ventajas análogas por el triunfo de la descentralización, simbolizada en España por la escuela federativa"; afirmaba que "fuerismo y federalismo son sinónimos", ya que si se desea la máxima autonomía para la propia región, aplicando la máxima evangélica de no desear para otro lo que no se quiera para uno mismo, no se puede defender la centralización para el resto de España.
Hoy debemos extender también a Europa este análisis. La unidad europea no tiene otro camino que avanzar hacia un federalismo de nueva planta, que no debiera constituir una nación europea más que en el sentido puramente político ya enunciado; sería un mal camino pretender buscar una identidad europea esencialista basada en la raza, la religión o la cultura. Tampoco es realista una federación de Estados nacionales o nacionalistas, una suma de patrias cada una de las cuales defiende celosamente sus esencias. Creo que Europa está condenada a ser una unión de Estados y regiones internamente plurales, cuya única seña de identidad debe ser la integración de sus ciudadanos en un marco de convivencia donde se garantizan los derechos de todos.
Creo que los problemas que plantea cómo convivir en una sociedad irremediablemente multicultural, en un mundo irremediablemente globalizado (en el que algunos esperamos que una vez globalizado el capital y el mercado, se globalicen también los derechos humanos), y aspirando a hacerlo en un marco democrático y pluralista sólo pueden ser resueltos a través de un "patriotismo federal" que haga compatible ser y sentirse navarro, sentirse vasco o no sentirse vasco, sentirse o no sentirse español, con ser y sentirse más o menos europeo, y todo ello al mismo tiempo que uno puede ejercer las muchas otras variedades que caben dentro de su identidad humana: ser hombre o mujer, ser creyente o no creyente, ser cristiano o musulmán, ser blanco o negro, ser homosexual o heterosexual, ser monolingüe, bilingüe o plurilingüe, ser aficionado al fútbol o a la filatelia, ser uno de los muchos etcéteras que todos podemos ser.
5. CONCLUSIÓN.
Hasta aquí he ofrecido algunas pistas sobre un modelo de construcción social no basado ni en las naciones ni en las identidades, sino en los ciudadanos que defienden sus derechos fundamentales. Un modelo que creo que puede ser compartido en mayor o menor grado por muchos ciudadanos navarros, aunque la eterna cruzada que libran entre sí el navarrismo y el nacionalismo vasco en nuestra tierra impida con frecuencia advertir que estas dos no son las únicas propuestas. Y por otro lado, en su lucha por demostrar quien defiende la auténtica identidad de nuestra tierra, son dos opciones opuestas pero que a veces se parecen mucho más de lo que les gustaría admitir. Quiero traer a colación una cita que corresponde a la campaña electoral que se celebraba en mayo de 1987; un candidato hacía las siguientes declaraciones al periódico Navarra Hoy: "UPN está rozando un cierto napartarrismo. Me da mucha pena, pero lo que últimamente estoy viendo es que están siguiendo casi las doctrinas de Sabino Arana, con la peculiaridad de que donde Arana decía vascos, UPN dice navarros". No sé si el autor de estas reflexiones hoy las suscribiría, pues era José Ignacio Palacios, entonces miembro de Alianza Popular y hoy de UPN, pero a mí me parece que sigue habiendo conductas de UPN a las que todavía se les pueden aplicar.
Y para acabar quisiera leer unas líneas que con motivo del cambio de moneda publicaba en El País Santos Juliá el 30 de diciembre pasado:
"El euro viene a derribar una de las barreras levantadas en nombre de la nación, símbolo del poder del Estado nacional. Ya cayeron las fronteras, toca hoy a la moneda, mañana debe tocar a las naciones. Europa ha existido durante siglos sin naciones; nada impide que, sobre otra base muy diferente, pueda construirse, reforzada, una Europa posnacional. Por soñar que no quede. Si algún día la vieja utopía internacionalista, hija de la mejor tradición ilustrada, se cumpliera como realidad posnacional, los afortunados mirarán atrás, a esa hora lúgubre de las naciones identificadas con Estados, sólo para comprobar que ellas estuvieron a punto de liquidar la civilización europea".