A la
Iglesia católica, en el escándalo de los abusos sexuales cometidos por algunos
sacerdotes y religiosos (muchos, demasiados, confío en que en todo caso una
minoría, en que la mayoría está libre de culpa), le han faltado y le siguen
faltando algunos de los requisitos que establece el catecismo para una buena
confesión, para que le puedan ser perdonados sus pecados. Porque aunque como es obvio los responsables
de esos abusos son las personas individuales que los han cometido, no menos
evidente resulta que el conjunto de la Iglesia como institución también ha
participado de algún modo en esos pecados, que no sólo son pecados sino también
delitos, no sólo actos rechazados por la ley divina sino también por la ley
humana de cualquier sociedad mínimamente civilizada.
A la
Iglesia, y me refiero principalmente a su jerarquía, más que a la comunidad de
los fieles (aunque probablemente también alguna responsabilidad nos atañe a
todos cuando menos por pasividad o silencio ante el funcionamiento de la
institución), le ha faltado hacer examen de conciencia. Se lo han tenido que
hacer otros, tarde, mal y desde fuera, mediante denuncias públicas ante las
autoridades civiles o ante los medios de comunicación. El dolor de los pecados
no ha sido espontáneo, y no se sabe muy bien si para algunos no es mayor el
dolor de haber sido descubiertos que el provocado por los actos de pedofilia en
sí mismos.
Ante
la avalancha de acusaciones y testimonios no ha habido más remedio que confesar los pecados en público, eso sí, con desgana
y cuentagotas, buscando disculpas y echando balones fuera. Y no habrá más
remedio que cumplir la penitencia, penitencia que ya se ha empezado a sufrir:
descrédito de la Iglesia en su conjunto y principalmente de su jerarquía;
escándalo de propios y ajenos; y sobre todo mucha vergüenza de los propios.
Pero me preocupa en particular si va a existir propósito de enmienda, o sea,
según nos han enseñado, la “firme resolución de no volver a pecar y de evitar
todo lo que pueda ser ocasión de cometer pecados”. Doy por hecho que ni al
Papa, ni a los obispos, ni a los sacerdotes, ni a los fieles en su conjunto,
les falta la voluntad de que no vuelvan a suceder hechos como los que se han
producido a lo largo de tantos años y que ahora nos conmocionan. Pero no sé si
será igual de firme la resolución, ni siquiera si existe, de evitar la ocasión
de cometer nuevos pecados. Porque el pecado no se ha limitado a los actos de
abuso sexual en sí mismos. El pecado, sobre todo el pecado de la Iglesia, se
extiende a la ocultación, a la negación, al encubrimiento de los abusadores, a
la falta de medidas serias para evitar que se siguieran cometiendo los abusos,
a haber permitido en algunos casos que sacerdotes sobre los que ya existían sospechas
y denuncias pudieran seguir desempeñando sus labores tras un simple traslado, a
la falta de caridad con las víctimas. Y ahí es donde nos hemos de preguntar qué
es lo que ha dado ocasión a todo ello, y si realmente se va a corregir.
Me
pregunto si se va a abordar la cuestión de la salud sexual de los sacerdotes y
de los católicos en general. Si se va a debatir no sólo si el celibato
obligatorio induce, estimula, facilita o se relaciona de algún modo con el
hecho de que algunos sacerdotes caigan en la pedofilia o en otras conductas
aberrantes (algo sobre lo que no se ponen de acuerdo los expertos, pero por eso
mismo debe debatirse), que en seguida ha sido puesto en el foco de atención.
También sobre si debe mantenerse a ultranza esa moral sexual patriarcal,
culpabilizadora, represiva y opresiva que sigue oficialmente vigente en los
textos eclesiásticos aunque parece que muy pocos católicos practican realmente,
y según se va sabiendo ni siquiera muchos sacerdotes y ni siquiera el confesor
del Papa Juan Pablo II. Si algo de lo que habla tan poco el Evangelio, por no
decir que no habla nada, debe ser algo tan perturbador y obsesivo para los
creyentes.
Pero
sobre todo me pregunto si se va a cuestionar que la Iglesia como institución
jerárquica y jerarquizada (no como asamblea de fieles que fue en origen y que
pervive a duras penas oculta bajo su dimensión institucional) deba seguir
organizada y deba seguir funcionando del mismo modo. Como una monarquía
absoluta en la que perviven los peores vicios de tal forma de gobierno, que ya
no son admisibles ni admitidos en la sociedad civil. Donde las decisiones de
todo tipo se toman de forma autocrática, centralizada, oscurantista, por unos
pocos que no responden ante nadie. Donde en lugar de una fraternal colegialidad
prima una estricta jerarquía que se mueve por la obediencia, el miedo y el
secretismo. Donde, ahora nos vamos enterando, circulan normas que nunca se
hacen públicas (o sólo en situaciones de emergencia como la presente). Que está
siempre a la defensiva, primando proteger los propios intereses como
organización, proteger a los miembros de la propia tribu aunque sean culpables,
aunque no tengan razón, proteger la mera imagen exterior. Que dedica un tiempo
excesivo a los medios (la organización) en detrimento de los fines (proclamar
el Evangelio). Que con demasiada frecuencia no da ejemplo de lo que proclama,
sino que se convierte en uno de los sepulcros blanqueados contra los que
advirtió Jesús. Que incluso ha tratado de comprar con dinero el silencio sobre
los pecados y delitos de algunos de los suyos.
Me
pregunto si la jerarquía eclesiástica va a ser capaz de aprovechar la ocasión
(la ocasión que toda crisis supone) para darse cuenta de que el problema no es
que haya enemigos exteriores que van a aprovechar el momento para atacarle sin
piedad (hay que contar que esos enemigos, a los que el Evangelio nos obliga a
amar, van a existir siempre). El problema mayor es la propia Iglesia como
institución que desconcierta y escandaliza a sus fieles que no entienden las
dobles varas de medir, tantas amenazas de condenación eterna a veces y tanta
comprensión en otras ocasiones, tanta exigencia hacia fuera y tan poca hacia
adentro, tanta ley y tan poco ejemplo, tanta pompa y tan poca humildad. Que
ensombrece y oculta su mensaje, el Evangelio, y el testimonio y la conducta
ejemplar de tantos sacerdotes y religiosos y de tantos laicos que sí son dignos
de admiración e imitación, que afortunadamente también abundan aunque no
siempre brillan lo suficiente. Problema que no se va a solucionar con parches,
con medidas limitadas a determinados ámbitos eclesiales o determinadas
congregaciones, sino que necesitaría de reformas más profundas y globales.
Cuentan
que el Papa Juan XXIII al convocar el concilio Vaticano II dijo que quería
abrir las ventanas de la Iglesia para poder ver hacia afuera y que los fieles
pudieran ver hacia el interior. Las ventanas se cerraron demasiado pronto;
sería hora de que se volvieran a abrir y no sólo para ver a través de ellas
sino también y sobre todo para que corriera el aire fresco.