EL PROGRAMA, EL RIAU-RIAU Y OTRAS COSAS

Cada año, según se va acercando el mes de julio, aproximadamente entre el momento de renovar el abono de los toros y el de la primera cena presanferminera, hay que cumplir con el rito del programa de fiestas. La tradición más pura exige comprarlo, claro está, en la tómbola. Tras hojearlo un rato, esa misma mañana el programa va a parar a su destino natural: el estante donde descansará en compañía de los programas de años anteriores, de donde no se moverá durante los Sanfermines. Todo el mundo sabe que el programa que cada año edita el Ayuntamiento sirve para cualquier cosa menos para organizarse las fiestas; cada uno tiene su programa, que sólo en algunos momentos entre el chupinazo y el pobre de mí coincide con el oficial.

Ese es uno de los encantos del programa: su desconexión con la realidad. Cada año se copia cuidadosamente el programa del año anterior, con las mínimas correcciones para que no se confunda con él. Las alteraciones del programa se producen con una lentitud que envidiarían los británicos más celosos de la tradición. Sólo tras muchos años de celebrarse un acto festivo será admitido en el programa; sólo tras estar ausente durante lustros un espectáculo desaparecerá de sus páginas. Imagino que en el Ayuntamiento funciona una discreta comisión que trabaja de forma similar a la Real Academia de la Lengua, que aguarda años y años antes de admitir un nuevo vocablo con la esperanza de que el uso de una palabra no se consolide y no haya necesidad de engordar el diccionario.

¿Ejemplos? Durante años el programa anunciaba lo siguiente: "Fiestas de sociedad: organizadas por las agrupaciones deportivo-recreativas de la ciudad, Club de Tenis, Club Larraina, Club Natación, Ciudad Deportiva Amaya, Nuevo Casino, Casino Eslava, etc." (dicho sea de paso, en el programa de 1988 en vez de agrupaciones de la ciudad, gracias a los duendes de la imprenta, eran agrupaciones de la Ciudadela). La mayoría de las sociedades, con el paso de los años y el auge del ambiente en la calle, dejaron de celebrar esas fiestas, con alguna conocida excepción, pero el programa seguía anunciándolas tozudamente. Puedo dar fe de que, al menos, en la agrupación deportivo-recreativa en la que se agrupa en calidad de socio un servidor, las fiestas sanfermineras desaparecieron hace más de diez años. Por fin, el año pasado, la Ilustre Comisión Defensora de la Esencia y la Tradición del Programa de Fiestas dio el visto bueno a que desapareciera el anacrónico anuncio.

Más casos. No he visto jamás anunciada en el programa la concentración que se produce en la plaza del Castillo a las doce del mediodía del seis de julio para oír el chupinazo (por cierto, espero que no trasladen el chupinazo, como quieren algunos, a la plaza del Castillo, porque entonces ¿a dónde iremos los que ahora vamos allí huyendo de los empujones de la plaza consistorial?); tampoco la salida de las peñas de la plaza de toros, acto que congrega mucho más público que otros actos que sí se anuncian en el programa. El Estruendo de Iruña nunca ha existido oficialmente. Ni que decir tiene que las llamadas barracas políticas o barracas populares, pese a llevar unos quince años en funcionamiento, tienen por el momento vedada su entrada en el programa de fiestas (desde aquí elevo a la Ilustre Comisión la propuesta de que estudie su inclusión; aunque particularmente no las visito desde hace años, creo que hacen un gran papel congregando un elevado número de personas que de otra manera harían todavía más peliaguda la batalla por entrar y pedir algo de beber en los bares del Casco Viejo).

Otro simpático acto que todavía no tiene la antigüedad requerida para ser admitido en el programa es el encierro de la villavesa, denostado por algunos pero con el mismo origen popular que los encierros propiamente dichos: gente que se mete a correr donde nadie le llama, ayer ante los toros conducidos a la plaza y hoy ante un autobús.

Este año, de pronto, la redacción del programa se ha prestado a polémica en el salón de plenos del Ayuntamiento y en las páginas de la prensa local; todo porque el alcalde, aconsejado sin duda por la Ilustre Comisión, mandó suprimir del programa la Marcha a Vísperas. Este acto se solía anunciar así: "El Ayuntamiento de la ciudad, acompañado por la comitiva de maceros, clarineros y timbaleros, banda de música "La Pamplonesa" y Comparsa de Gigantes y Cabezudos, se dirigirá en corporación desde la Casa Consistorial, por las calles San Saturnino y Mayor para asistir a las Vísperas en la Capilla de San Fermín (iglesia de San Lorenzo)". Todo el mundo sabe que este acto sanferminero hace por lo menos veinte años que dejó de celebrarse; era ya hora de que desapareciera del programa. Lo curioso es que este acto fue progresivamente desplazado y finalmente sustituido por otro que nunca ha figurado en el programa, y que desde hace años era denominado "el Riau-Riau". Consistía este acto en que cuadrillas de mozos y mozas se congregaban a lo largo del recorrido que presuntamente iba a hacer la Corporación y lo impedía bailando al son del Vals de Astráin. De esta manera, la Corporación dejó de estar acompañada por la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, que se situaba lo más lejos posible; en vez de ello fue acompañándose por un número creciente de policías municipales que intentaban atravesar la barrera humana para que el Ayuntamiento llegara a San Lorenzo. Luego el Ayuntamiento dejó de marchar, y dedicaba la tarde a bailar, a beber, a merendar, hasta la hora en que se cansaban del Riau-Riau y se iban a San Lorenzo, donde cada año llegaban más tarde y donde el arzobispo les recibía cada vez más cansado de esperar; ni iban en corporación ni iban por el itinerario programado (y frecuentemente ni siquiera llegaban todos los corporativos). Además, solían llegar más que pasada la hora litúrgica de celebrar las vísperas.

El Riau-Riau no alcanzó suficiente solera como para ser introducido en el programa de fiestas en vez de la antigua marcha a vísperas, y desapareció hace pocos años. En su lugar se organizó una batalla campal delante de la casa consistorial, donde unos acudían a insultar a los corporativos, otros a pegar a los municipales, otros a apedrear o incendiar la casa consistorial, otros "a salvar el Riau-Riau" (se supone que a bailar delante de la Corporación), y otros simplemente a ver en qué degeneraba todo aquello. Entre unos y otros conseguían que no se celebrara nada. Esta batalla cada año se recrudecía más, y el alcalde ha decidido suprimirla por la vía de no anunciar en el programa de fiestas la desaparecida marcha a vísperas (hay que tener un perfecto conocimiento de la dinámica sanferminera para comprender por qué el alcalde, para acabar con un acto nunca anunciado en el programa de fiestas, ha optado por suprimir el anuncio de otro que hace años desapareció; afortunadamente los forasteros que nos visitan tampoco leen el programa y no quedarán perplejos por estas peculiares maniobras municipales). Los diversos grupos políticos municipales de oposición han criticado al alcalde por esta decisión y parece ser que confían en que anunciando la antigua marcha a vísperas quizás se logré recuperar el desaparecido Riau-Riau. Con ello muestran un alejamiento de la realidad tan sanferminero y entrañable como el del programa de fiestas.

Cabe prever que este año, como siempre, las fiestas discurrirán por su camino, que no coincide con el programado. Así, me atrevo a pronosticar que una parte de los participantes en la habitual batalla campal del seis de julio, que no leen el programa (dudo que lean en general), acudirán igualmente con ganas de insultar al alcalde y medir sus fuerzas con las de los municipales; lo único diferente será que no se encontrarán con la Corporación.

Quiero acabar aportando algo. Si el personal tiene ganas de bailar al son del vals de Astráin y corear ¡riau-riau! la tarde del seis de julio, lo mejor es proceder directamente haciendo caso omiso del programa. Ahora bien, ya que las inmediaciones del Ayuntamiento no son lugar idóneo por diversas razones, propongo hacerlo en la plaza del Castillo. Hago un llamamiento para que La Pamplonesa (o, en su lugar, cualquier charanga), se sitúe la tarde del seis de julio en el kiosco de la plaza del Castillo y toque el vals de Astráin ininterrumpidamente; y hago un llamamiento para que los que quieran conservar el Riau-Riau acudan a bailar hasta que aguante el cuerpo. ¿Qué esto no es lo tradicional? Tampoco era tradicional el chupinazo las primeras veces que Hemingway vino a Pamplona y el año pasado celebramos el cincuentenario de uno de los actos más conocidos de los Sanfermines. Todo es empezar.

 

 

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