MITOS DE LOS SANFERMINES
7 de julio
LA PROCESIÓN
Hace años en Pamplona se conocía todo el mundo. Hoy es más difícil, por la avalancha de nuevos vecinos y porque la mayoría de los pamploneses viven en la periferia y ya no coinciden en los sitios de toda la vida. De ahí ha surgido la necesidad de demostrar públicamente la identidad pamplonesa –que no pamplonica, como dicen algunos con falso gracejo y supina ignorancia-. La prueba definitiva de que uno es un verdadero pamplonés conocedor y amante de sus fiestas y tradiciones -o japonés de visita, pero la diferencia se nota enseguida- es acudir el siete de julio a la procesión de San Fermín. Sólo eso explica por qué, cuanto más desciende la práctica religiosa, más aumenta cada año la asistencia a la procesión.
Es el momento en que el alcalde –o alcaldesa-, pastoreando con la vara de mando a los demás corporativos y a otras instituciones de la ciudad –entre ellas el cabildo catedralicio, pero que por las características de su función cede todo el protagonismo a la corporación municipal- se presenta públicamente al pueblo en loor de multitudes (u olor de multitudes, como suele decirse vulgarmente, expresión que puede incluso ser más adecuada a la dimensión olfativa de los sanfermines) para recibir su aplauso. El año pasado el pueblo eligió como alcaldesa a una vecina de nacimiento burgalés e infancia vizcaína que por la gracia de las listas electorales es ahora tan pamplonesa de toda la vida como el que más. Y precisamente por ello, de esas alcaldesas que tan bien sientan a una ciudad como Pamplona, perpetua y confusa amalgama del conservadurismo más aldeano con la modernidad más cosmopolita. Una de esas señoritas de familia bien que, en vez de aprender caligrafía, buenos modales y piano a la espera de un pretendiente adecuado, como en otras épocas, ahora se hacen un impecable curriculum profesional con estudios universitarios, ropa de marca, fotogenia y telegenia a la espera de que les llamen para contribuir al marchamo de centrismo y progresía del PP en este fin de milenio como alcaldesas, ministras o presidentas de las Cortes.
Existe la creencia de que en los sanfermines la ciudad de Pamplona honra a su patrón, San Fermín. Nada de eso. San Fermín no es patrón de Pamplona –para eso está San Saturnino- y las fiestas sirven para que los pamploneses se honren a sí mismos. Es la exaltación del pamplonesismo el auténtico motivo de la fiesta, y esa es la razón de que se eligiera a San Fermín –uno de los nuestros- y no a San Saturnino –un extraño, un francés, por mucho que viniera a evangelizar Pamplona- como imagen de la fiesta –como mascota, diríamos hoy, si no sonara un poco irreverente comparar a San Fermín con Naranjito o con Cobi, por más que su papel en la sociedad del consumo sea muy similar- a la que se pasea por las calles la mañana del día siete. Igual que en Bélgica dicen que el único belga es el rey –los demás son todos valones o flamencos- en los sanfermines el único que de verdad se siente obligado a honrar a San Fermín en su homilía es el Arzobispo, su sucesor, que suele ser foráneo.
La procesión une a los pamploneses de pro, nativos o adoptados, católicos, agnósticos, ateos, sintoístas o budistas, clérigos y laicos, socios de peña o colegas sin peña, de derechas –los más, como casi todo en Pamplona- y de izquierdas, joteros y chistularis, vascoparlantes, castellanoparlantes o navarroparlantes. Niños, mayores y ancianos –jóvenes, más bien pocos, están todavía en la cama-. Obligado llevar a la procesión a hijos y nietos mientras se les explica que años ha se vivió la misma experiencia de la mano de padres y abuelos. El horario resulta muy adecuado para fomentar esa concurrencia; los más madrugadores aparecen ya a las diez de la mañana para ver a la Corporación salir hacia la catedral a buscar al Cabildo; los más dormilones toman el aperitivo en Mercaderes mientras presencian el regreso a la catedral, después de varias horas de marcha, y los más auténticos –la crème de la crème de los iruñshemes- se plantan en el atrio para el momentico, la auténtica prueba de fuego para reconocer un pamplonés de verdad –y si algún lector no sabe lo que es el momentico, no se lo voy a explicar, es obvio que no es un pamplonés de verdad, y aunque intentara explicárselo ni siquiera lo entendería-.
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