UN PROBLEMA DE DEMOCRACIA

 

 

         Es clásico en la ciencia política el tema de la incidencia de los partidos políticos en el funcionamiento del sistema democrático. Hace años que García-Pelayo (El Estado de partidos) explicaba que hoy el Estado democrático no tiene más remedio que configurarse como Estado de partidos porque sólo éstos son capaces de sistematizar las demandas sociales y elevarlas a las instituciones y que las decisiones públicas respondan a los intereses de la mayoría. Claro que esto tiene sus consecuencias, algunas poco deseables. Cuando varios órganos estatales están ocupados por el mismo partido político la autonomía de esos órganos disminuye y “ceden las líneas de separación entre sus poderes y competencias”.

 

         La cuestión es especialmente palpable en las relaciones entre el Gobierno y el Parlamento. Si la teoría nos dice que en un sistema parlamentario el segundo, elegido en representación de la ciudadanía, designa y controla al primero, la realidad puede ser otra. Tanto el Gobierno como el Parlamento pueden convertirse en simples ejecutores de las decisiones adoptadas en el seno de un partido o de una coalición de partidos. Peligra el equilibrio de poderes, tanto la autonomía del legislativo como el control parlamentario sobre el ejecutivo.

 

La desnaturalización de la democracia parlamentaria variará de grado en función de la configuración del sistema de partidos y de su organización interna. Cuanto más simple el sistema de partidos, mayor concentración de poder; máxima con partido único, intensa en el bipartidismo y más atenuada en la medida en que mayor pluralidad de partidos aumente la posibilidad de generar alternativas y de reflejar el pluralismo del electorado y exija mayor debate y capacidad de compromiso y pacto entre los diversos partidos. Cuanto más centralizada, jerarquizada y disciplinada sea la organización de los partidos políticos asimismo mayor será el riesgo de que el poder estatal resulte centralizado y se inmunice frente a los límites y controles constitucionales. Cuanto más abierta, plural y participativa sea la vida interna de los partidos mayores posibilidades de que esos valores se comuniquen a las estructuras estatales.

 

         En un Estado descentralizado, sea federal o regional, esta problemática se traslada a las relaciones entre poder central y poderes territoriales. García-Pelayo se limitaba a señalar que si los órganos centrales y autonómicos están ocupados por el mismo partido de ámbito nacional disminuirán los conflictos de competencias. Está claro que si hay menos conflictos es porque también hay menos autonomía. Las decisiones se centralizan, no tanto en los órganos del Estado como en los órganos del partido gobernante. Un sistema estatal formalmente descentralizado puede encubrir de hecho un sistema muy centralizado. Se ha puesto como ejemplo de esta situación a la Unión Soviética, donde un régimen teóricamente federal que reconocía incluso el derecho de secesión en la práctica mantenía un férreo centralismo debido a la rígida jerarquía y disciplina del partido único. No es extraño que la crisis del PCUS llevara como consecuencia a la ruptura y desaparición del propio estado soviético.

 

         En Navarra acabamos de experimentar las consecuencias de este estado de cosas, aunque con ciertas peculiaridades. Las características de nuestro sistema de partidos, especialmente complejo, ya que el sistema español de partidos se compone de diversos subsistemas algunos de los cuales, como el navarro, tienen rasgos propios muy acusados, condicionan, como no puede ser de otro modo, no sólo la formación del Gobierno de Navarra sino incluso el propio grado de autonomía de que puede disponer la Comunidad Foral. Como en otras comunidades con acusada personalidad política y aspiración a un elevado nivel de autogobierno, nuestro subsistema de partidos ha evolucionado en el sentido de que las decisiones que afectan a Navarra se puedan adoptar en Navarra. En unos casos han surgido fuerzas políticas exclusivamente de ámbito foral, sin referencia exterior; en otros casos son partidos integrados en organizaciones federales; en un caso, UPN, es una fuerza de ámbito navarro ligada a otra de ámbito estatal mediante un pacto cuasifederal; en otros, en fin, son partidos que han descentralizado su organización y reconocido la especificidad navarra (como los hoy unidos en Nafarroa Bai, una coalición autóctona).

 

         Y sin embargo, la decisión sobre la configuración del próximo Gobierno de Navarra no se ha tomado ni en el Parlamento de Navarra ni tan siquiera en el seno de las fuerzas políticas navarras. Ha sido en la calle Ferraz de Madrid, por los órganos centrales del PSOE, y en contra de la voluntad unánime de los órganos del PSN. A diferencia de otra fuerza federal como IU, donde estatutariamente se proscribe que los órganos federales puedan imponer candidaturas, programas o alianzas a las federaciones, en el PSOE su supuesto federalismo se concibe como una mera organización descentralizada territorialmente donde todas las decisiones importantes se concentran en su ejecutiva federal y donde priman los valores de jerarquía y disciplina. Ha quedado claro que el PSN no es ni el PSC, partido distinto y autónomo que sí puede tomar sus decisiones en contra de los criterios del PSOE (así lo demostró Montilla al formar ejecutivo tripartito desoyendo las indicaciones de Ferraz de entregar el poder a CiU), ni el PSE, al que por las específicas condiciones de la política vasca se le permiten ciertas alegrías, ni tan siquiera el PSG, que también disfruta de algún margen para su política de alianzas. Pero si dentro del PSOE el PSN es una federación más sometida a sus órganos centrales y dotada tan sólo de cierta autonomía funcional para los asuntos de trámite, dentro de Navarra el PSN lleva camino de convertirse en una curiosa excepción.

 

         Excepción, porque su sumisión a la rígida organización central del PSOE no tiene equivalente directo en las demás fuerzas políticas navarras. Y curiosa, porque sus efectos son ciertamente insólitos. No tanto porque esa sumisión a los intereses del PSOE a nivel nacional/estatal (táchese lo que no interesa) suponga una merma en el grado de autogobierno de Navarra. Ya he dicho que la centralización partidista se traduce en centralización estatal, y a esta regla no escapa el régimen foral de Navarra por muchas peculiaridades propias que le queramos adjudicar. Lo realmente curioso es que la consecuencia de ello sea la entrega del poder a la derecha navarra, la misma que proclama como valor fundamental la defensa de la identidad de Navarra. Identidad que, visto lo visto (la alegría con la que UPN acepta que el futuro de Navarra se decida en Madrid), no significa tanto capacidad de autogobierno, capacidad de la ciudadanía navarra para decidir su presente y su futuro, sino garantía de que nada cambie para que todo siga igual, para que sigan gobernando siempre los mismos al margen de lo que vote la mayoría de los navarros.

 

         En fin, un partido que se define de izquierdas cuya misión histórica parece ser asegurar el poder de la derecha (y van tres...); que se define autonomista pero que garantiza que las decisiones trascendentales sobre Navarra se adopten fuera de Navarra; que se reclama federalista y foralista pero que en su organización interna huye de los mecanismos del consenso, del pacto y del compromiso propios de esas etiquetas y apuesta por la unidad y la disciplina. Un partido que, a día de hoy, es el mayor obstáculo para la capacidad efectiva de la ciudadanía navarra de ejercer el poder de decidir, y también el mayor problema para que los ciudadanos y ciudadanas de Navarra que se sienten de izquierdas puedan albergar alguna esperanza de que en un futuro próximo quepa en nuestra comunidad la alternativa y la alternancia frente a la derecha que nos gobierna desde casi siempre. Un partido así debiera cambiar mucho si no quiere seguir siendo un problema para la democracia en Navarra.

 

 

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