PREMIO
DE DIEZ BICICLETAS
El Ayuntamiento de Pamplona sigue
mostrando su particular sentido del humor. Con motivo de la “Semana de la
movilidad” de 2005 (esa semana en que predica justamente lo contrario de lo que
promociona el resto del año) concede como premio de un concurso “20 cargas
de 30 euros de combustible biodiesel para automóviles”. Muy ecológico y muy
incoherente, porque el lema de esa semana es “La ciudad sin mi coche”,
no “Mi coche con biodiesel”. En fin, los humanos, igual que los toros,
nos dejamos llevar por la querencia.
Entre los premios se hallan también
diez bicicletas. Un poco más congruente, pero no menos desprovisto de humor. A
los afortunados con el sorteo de los diez ciclos me quiero dirigir.
Posiblemente todavía estén a tiempo. No se les ocurra caer en la tentación de
utilizar las bicicletas por Pamplona. Una vez que el Ayuntamiento les haga
entrega del premio, no piensen que les va a facilitar en absoluto su uso. Al
contrario; todas las políticas municipales conspirarán para disuadirles de tal
excentricidad.
No se trata sólo de que haya pocos
carriles-bici. Los que hay están ubicados y diseñados de tal modo que sean
escasamente utilizables por los ciclistas. Descubrirán que para acceder a ellos
deben invadir zonas peatonales teóricamente prohibidas para las bicicletas, y
que en justa reciprocidad los peatones se ven obligados a circular por los
carriles-bici. Comprobarán que los pocos tramos existentes de carril-bici en
realidad no llevan a ningún lado, y que no existen itinerarios ciclistas por la
ciudad, así que pronto se resignarán a compartir las calzadas con los
automóviles con el riesgo subsiguiente.
Podrán constatar también que los
aparcamientos para bicicletas son escasos, y en vez de aumentar van en disminución.
Desde hace dos legislaturas apenas se ha creado alguno, e incluso parte de los
existentes se eliminan. Aunque la web municipal anuncie que existe uno en la
Plaza del Castillo, en realidad desapareció con las obras de construcción del
aparcamiento subterráneo y no ha sido repuesto. No es el único aparcamiento
fantasma; la web consistorial incita a creer que existe uno en la Plaza del
Consejo. Y acaba de ser desmantelado el ubicado en la calle San Roque, frente
al Palacio de Justicia, por las obras de otro aparcamiento. Habrá que ver si se
restituye algún día. Tampoco pasa nada si desaparece definitivamente; el que
hubo solía estar lleno de motos, pese a una señal de tráfico que indicaba que
estaba prohibido el estacionamiento para todos los vehículos menos para las
bicicletas. Un mal habitual en los aparcamientos de bicicletas, y nunca he
visto que la Policía Municipal haga nada porque los motoristas respeten el ya
exiguo espacio de las bicicletas.
Sobre la señalización del tráfico en
nuestra ciudad, podrán advertir que está pensada exclusivamente para los
vehículos de motor, como si fueran los únicos que circulan, y que si yendo en
bicicleta quieren portarse como buenos ciudadanos y respetarla escrupulosamente
se irán jugando la vida a cada pocos metros. Para muestra un botón, y sin ir
más lejos (lo digo porque la tengo cerca de casa) tomen la calle Río Ega y
síganla hasta su extremo sur para alcanzar el barrio de Azpilagaña. Al llegar
al final el ciclista tiene teóricamente dos opciones: girar a la izquierda,
cuesta abajo y directamente hacia Azpilagaña, para lo que tiene perfecta
visibilidad y habitualmente poco tráfico; o girar a la derecha, cuesta arriba y
en dirección a Iturrama, para entrar en la rotonda existente en la Variante
Oeste o Avenida de Navarra, donde deberán dar toda la vuelta para desandar lo
andado y bajar hacia Azpilagaña. Excuso decir que con esta segunda opción el
ciclista pone en grave riesgo su integridad física, ya se sabe la velocidad a
que se circula por la Variante y la densidad de su tráfico. Pues bien, la
segunda opción es la única que permite el Ayuntamiento, que tiene colocada una
señal que prohíbe la posibilidad descrita en primer lugar, y que pone al
ciclista en el habitual dilema de obedecer la ley o seguir los dictados de la
prudencia y la lógica. Luego habrá quien eche pestes de los ciclistas porque no
respetan las señales.
Tampoco se acuerda nadie de las
bicicletas cuando se colocan bandas limitadoras de velocidad, o cuando se abren
zanjas o se realizan otras obras en la calzada, así que el imprudente ciudadano
que se empeñe en utilizar la bicicleta debe resignarse a ir dando botes o
desplazándose sobre gravilla. El ciclista debe de tener en cuenta también que
los baches no se arreglan, por peligrosos que puedan ser para un vehículo de
dos ruedas, hasta que tienen el tamaño suficiente para que entre entera la
rueda de un automóvil, así que más le vale ir ojo avizor si no quiere dar con
sus huesos en tierra.
Si pese a lo que vengo explicando, los
afortunados nuevos propietarios de
biciclos se empeñan en utilizarlos, por favor, que no traten de salir de
Pamplona con ellos, o mejor, que ni siquiera intenten salir de su barrio. Las
grandes vías de acceso a Pamplona y su comarca, de unos años a esta parte, se
han convertido en autovías o arterias similares, y en esta operación hay que
reconocer también buena parte del mérito al Gobierno de Navarra, que comparte
la misma política respecto de las bicicletas que el Ayuntamiento de Pamplona,
es decir, ignorarlas. Las autovías no están prohibidas a las bicicletas, se
puede circular por el arcén, pero no son nada recomendables. Si no quieren
jugarse el tipo, no se les ocurra intentar ir en bicicleta de Pamplona a
Gorráiz, o a Sarriguren, o a Berriozar, o a Orkoien, o a Cordovilla y Noáin.
Piénsenlo mucho antes de ir a Mendillori, San Jorge o Mendebaldea, o de acceder
a Villava y Burlada desde la Chantrea. En todos estos casos difícilmente van a
encontrar un itinerario alternativo a las vías de gran capacidad de entrada y
salida de la ciudad y sus endiabladas rotondas (gran capacidad, gran velocidad,
gran peligrosidad). Y un consejo práctico: si quieren ir hasta Arre no lo hagan
por el flamante túnel de Ezkaba. Está prohibido para bicicletas, aunque no
encontrará la señal que lo indica hasta que se encuentre en la propia entrada
del túnel, cuando ya no pueda dar marcha atrás.
En fin, que mejor que los afortunados en el sorteo hagan con sus nuevas bicicletas lo que la mayoría en nuestra ciudad: guárdenlas a buen recaudo en su trastero o en su garaje y sáquenlas una vez al año para la farsa de la semana de la movilidad. Sigan el ejemplo de nuestros gobernantes, hablen mucho de las virtudes de la bicicleta pero absténganse de ponerlas en práctica.
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