DE BUENOS AIRES A NUEVA YORK (II)
Por todo lo alto: América
andina
Texto y fotos: Miguel Izu
Entro
a Bolivia a pie por el puente que une La Quiaca con Villazón. Aun llegando de
una zona pobre de Argentina tengo la sensación de entrar al tercer mundo. Además
de la vestimenta multicolor de los bolivianos y las calles abarrotadas de
tenderetes, los precios se desploman. En La Quiaca pago el equivalente de 1,25
euros por el taxi hasta la frontera; en Villazón por un trayecto similar a la
estación de tren sólo 0,5 euros. Por una coca-cola de medio litro 0,35 euros;
por comer en el tren 0,4.
De Villazón me dirijo hacia Uyuni. El
tren es cómodo pero lento, 300 kilómetros en ocho horas y media, a 35 km/h. Hay
pocas alternativas; en esta remota zona del altiplano boliviano (altitud 3.600
m.) las carreteras no están asfaltadas.
Uyuni
es una población importante, no tanto por sus 12.000 habitantes sino como nudo
ferroviario (una de sus atracciones, el cementerio de trenes), base militar y,
sobre todo, punto de arranque para visitar el Salar, el mayor desierto de sal
del mundo (11.500 km2, mayor que Navarra), resto de un
lago salado prehistórico. El pueblo no tiene nada especial pero está lleno de
agencias de viajes, hoteles y todo lo que necesitan los turistas mochileros de
todas las nacionalidades que lo llenan. Los indígenas, salvo los del negocio
turístico, siguen su vida sin hacer mucho caso de tanto guiri y sus rarezas,
como tomar el sol en camiseta y shorts pese al clima extremo, calor de día
y frío apenas oscurece, con radiación intensa que quema enseguida (los
autóctonos van bien tapados).
La
excursión al Salar, en 4x4, es realmente espectacular. La inmensa superficie de
sal está rodeada de volcanes y salpicada de “islas” rocosas en las que crecen
enormes cactus (cardones, les dicen). En los márgenes hay humedales con
una población de flamencos y en su interior funciona un hotel edificado con
bloques de sal.
Otro
viaje nocturno en autobús por malas carreteras me lleva a La Paz, la ciudad
donde reside el gobierno aunque la capital oficial sea Sucre (lo que provoca no
poca rivalidad). Una ciudad toda en cuesta, edificada sobre un cañón y con
barrios entre los 3.200 y 4.000 m. de altitud. En el centro da la impresión de
que los barrios colgantes de las afueras se te vienen encima. Eso sí, hay
varios miradores con impresionantes vistas dominadas por la cumbre nevada del
volcán Illimani (6.500 m.).
La Paz
es ruidosa, con tráfico caótico y calles atestadas de gente que viene y va
entre miles de puestos de venta ambulante, pero tiene su encanto. El casco
histórico está lleno de callejuelas y edificios coloniales bien cuidados, y aun
sin grandes monumentos posee museos curiosos (sobre el oro y la plata, o sobre
costumbres populares donde me entero que el tradicional vestido de “chola” no
es sino la adaptación de la moda española del siglo XVIII, mantón de Manila
incluido) y mercadillos donde curiosear y disfrutar del color local y de la
extrema amabilidad de los bolivianos. Al callejear se percibe también la
crispación política que se vive entre partidarios y detractores de Evo Morales,
y las constantes manifestaciones que llenan de policía las calles.
Tras
la preceptiva excursión al parque arqueológico donde se están desenterrando los
vestigios de la cultura Tiwanaku, una de las más antiguas e importantes de
Sudamérica, me dispongo a abandonar La Paz pero me llevo una desagradable
sorpresa. La carretera hacia Perú ha sido cortada en Desagüadero. Me entero que
toda movilización que se precie en Bolivia pasa por su bloqueo, en esta ocasión
son los opositores de Evo. No me queda otro remedio que aplazar el viaje un día
y tomar la vía alternativa de Copacabana, atravesando el lago Titicaca. Una
ruta realmente pintoresca; en el estrecho de Tiquina te hacen bajar del autobús
y tomar una de las lanchas que cruzan el lago. El autobús viaja por separado en
una barcaza, y hay que esperarlo al otro lado para reanudar el viaje.
Es el
lago navegable más alto del mundo (3.800 m.). Acoge a la Fuerza Naval
Boliviana, símbolo del obstinado propósito de no perdonar la pérdida del
litoral tras la guerra del Pacífico de 1879 con Chile. Hace frontera con Perú,
donde se enclavan dos tercios de su superficie. Hacemos los trámites fronterizos
con agilidad y me da la impresión de pasar a un país algo menos pobre.
El
destino del viaje es Puno, principal base de las excursiones por el lago. Al
llegar descubro que el hotel que he reservado está en Chucuito, un pueblo a
veinte kilómetros que, aparte de un par de hoteles con vistas al lago, sigue
anclado en la vida rural, uno se cruza por las calles con los indígenas aymaras
que conducen sus ovejas, vacas y burros.
Desde
Puno hago el tour de las islas de los Uros, una experiencia muy curiosa. Son un
pueblo que vive en islas flotantes artificiales, hechas de corcho y juncos y
ancladas al fondo del lago. Encima construyen sus chozas también de junco
(ahora añaden interiores de madera y zinc, y electricidad con placas solares),
y sobreviven de la caza y la pesca y, cada vez más, de mostrar sus islas a los
turistas y de pasearlos en sus barcos de remo.
Otro
autobús me lleva hasta Cuzco, lugar monumental y destino principalísimo del
turismo en Perú, se nota en que los precios dejan de ser tan baratos y en que
te asaltan para venderte de todo. “¡Amigo! A picture!”, te gritan
mujeres y niños pidiendo una propina por dejarse fotografiar con trajes
típicos, cabras y llamas, dando por supuesto que todo turista no habla sino
inglés.
La ciudad colonial, que
conserva en perfecto estado sus calles, iglesias y palacios, está edificada
sobre la capital inca. Restos de una y otra época aparecen mezclados. Se
aprecia en particular visitando el Qoricancha o convento de Santo Domingo; uno
de los principales templos del imperio inca está embutido dentro del claustro
de la iglesia renacentista. Durante muchos años el templo estuvo oculto tras de
los muros, ahora se ha sacado a la luz.
Vendedores aparte, es un
placer recorrer sus calles, plazas y monumentos, en especial la extensa y
porticada Plaza de Armas, donde compiten en tamaño y monumentalidad la catedral
y la Iglesia de la Compañía. Cuentan que en el siglo XVI un obispo pleiteó con
los jesuitas para impedir que su iglesia fuera mayor que la catedral; el Papa
falló a su favor, pero para entonces las obras estaban casi concluidas.
Cuzco
es la base para visitar Machu Picchu. Es un viaje en tren de casi cuatro horas,
bajando del seco altiplano andino hacia la húmeda selva tropical (de los 3.400
a los 2.000 m.), y luego subiendo en autobús por un accidentado paisaje
espectacular de por sí aun sin la ciudad inca. Las ruinas están en relativo
buen estado, y aunque a diario las invaden los turistas no hay sensación de
agobio. En el recorrido el guía indígena nos explica que fue abandonada antes
de la llegada de los conquistadores y estuvo oculta durante siglos; también nos
da una idílica visión de lo felices que vivían los andinos (sin guerra ni
maldad, sin miedos, sin ambición, en armonía con la naturaleza) antes de que
destruyeran su cultura; una historieta de buenos y malos, en blanco y negro,
tan exagerada como la que tampoco creemos ya de benéficos conquistadores que
siembran la civilización entre los salvajes.
Tras
29 horas en autobús, dando un largo rodeo para evitar malas carreteras, llego a
Lima. Se nota que en tiempos fue capital de buena parte del imperio hispánico.
El centro histórico está bien conservado (otra cosa son los enormes barrios de
la periferia donde se acumula la pobreza) y genera riesgo de sufrir una
sobredosis de arquitectura colonial. Lo más apetecible es callejear en torno a
la Plaza de Armas por su catedral, iglesias, museos y palacios. Es una ciudad
muy viva, mucho más europeizada que La Paz o Cuzco -no se habla ni aymara ni
quechua-, pintada en alegres colores para disimular su cielo gris plomizo (tuve
la suerte de ver un día con sol). Aunque tiene fama de insegura, mi impresión
fue la contraria, al menos en el centro se ve mucha policía.
Por
sus animadas calles muchos niños llevan disfraces de Halloween; me entero que
coexiste con el rechazo de tal invasión cultural y la celebración del Día de la
Canción Criolla. También compruebo, visitando el enorme Museo de la Nación, que
se reivindica con empeño la herencia precolombina y la venerable antigüedad de
sus muchas culturas.
Mi última parada en Perú, antes de Ecuador, es Trujillo, fundada por Pizarro y homónima de su pueblo natal. Como Lima, con un centro histórico perfectamente conservado abundante en edificios de la época virreinal, aunque con escaso turismo foráneo. Lo más interesante es Chan-Chan, la mayor ciudad de adobe del mundo, edificada por la cultura Chimú en el siglo VIII y abandonada tras la conquista inca. Se ha conservado enterrada durante siglos, y ahora se van sacando a la luz sus grandiosos templos y palacios.

Salar de Uyuni, en Bolivia

Volcán Tunupa, junto al
Salar de Uyuni.

Vista de La Paz, al fondo a
la derecha el volcán Illimani.

Paso de autobuses por el
Lago Titicaca a través del Estrecho de Tiquina.

Islas flotantes de los Uros
en el Lago Titicaca.

Color local en las calles de
Cuzco (foto obtenida mediante propina)

Plaza de Armas de Cuzco

La obligada foto en Machu
Picchu

Casa consistorial de Lima

Restos de Chan-Chan, la mayor ciudad de adobe del mundo en Trujillo, Perú
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